Día 25 de julio

25 de julio

Solemnidad de Santiago

Solemnidad del apóstol Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de san Juan Evangelista, que con Pedro y Juan fue testigo de la transfiguración y de la agonía del Señor. Decapitado poco antes de la fiesta de Pascua por Herodes Agripa, fue el primero de los apóstoles que recibió la corona del martirio. (s. I) (Martirologio Romano).

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Santiago el Mayor

De la vida de este Apóstol sabemos bastante. Era natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera norte del lago de Tiberíades. Sus padres eran Zebedeo y Salomé; y su hermano, Juan. Formaban una familia acomodada. Su profesión, como la de su padre y hermano, era la de pescador.

Tanto él, como el resto de su familia, al conocer al Señor no dudan en ponerse a su total disposición. Santiago y Juan, en respuesta a la llamada de Jesús, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras de Él (Mc 1, 20).

Salomé, la madre, siguió también a Jesús, sirviéndole con sus bienes en Galilea y Jerusalén, y acompañándole hasta el Calvario.

Los evangelistas han dejado constancia del carácter fuerte de los dos hermanos. Así se explica porque el Señor les llamó hijos del trueno. Pero también sobresale el amor apasionado que tuvieron al Señor, que les hizo reaccionar alguna vez con cierta vehemencia contra los que rechazaban a su Maestro. Cuando unos samaritanos no quisieron recibir a Cristo, Santiago y Juan proponen a Jesús: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? (Lc. 9, 54).

Junto con Pedro y con su hermano Juan, Santiago recibe del Señor particulares detalles de confianza y de amistad. Jesucristo quiso que sólo estos apóstoles le acompañasen cuando resucitó a la hija de Jairo; o que fueran testigos de su Transfiguración en el monte Tabor. También en Getsemaní son los que están más cerca de Jesucristo.

Cuando aún era joven recibió la vocación, la llamada de Dios. Tendría unos 18 años, pues era un poco mayor que Juan, el apóstol adolescente. Santiago fue testigo de los principales milagros obrados por el Señor.

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose para pedirle algo. Díjole Él: ¿Qué quieres? Ella le contestó: Di que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu reino. Respondiendo Jesús, les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo que beber? Dijéronle: Podemos. Él les respondió: Beberéis mi cáliz, pero sentarse a mi diestra o a mi siniestra no me toca a mí otorgarlo; es para aquellos para quienes está dispuesto por mi Padre. Oyendo esto, los diez se enojaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, llamándolos a sí, les dijo: Vosotros sabéis que los príncipes de las naciones las subyugan y que los grandes imperan sobre ellas. No ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que entre vosotros quiera ser grande, sea vuestro servidor, y el que entre vosotros quiera ser el primero, sea vuestro siervo, así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20, 20-28). Una petición de la madre. Un deseo muy lógico: querer lo mejor para sus hijos.

La palabra ambición tiene mala prensa, pero injustamente, porque se puede ambicionar cosas buenas. La ambición de Juan y Santiago es estupenda: estar cuanto más cerca del Señor, o mejor, junto a su Maestro.

Después de la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, los Apóstoles, fieles al mandato de Cristo –Id y predicad el Evangelio a toda criatura- se fueron por todos los caminos hasta los más extremos confines de la tierra predicando la Buena Nueva, el mensaje salvífico de Cristo. Dieron fe, con su sangre y con su palabra, de la herencia que les confió Jesucristo antes de su Ascensión.

Los Hechos de los Apóstoles relatan la vida de la Iglesia primitiva, y cómo desde el principio los discípulos del Señor sufrieron persecución, como el mismo Cristo se lo había anunciado. La persecución contribuyó a la difusión del Cristianismo: Palestina, Fenicia, Chipre, Antioquía, Damasco, Cilicia, Tesalónica, Corinto, Roma… Nombres de ciudades y de personas, como estrellas luminosas, figuran desde entonces para siempre en los Anales del Cristianismo: Filipo, Atenas, Éfeso… Tito, Timoteo, Esteban. Pedro y Pablo llegan a Roma, Mateo a Etiopía, Tomás a la India, Felipe a Frigia, Juan a Éfeso, Santiago el Menor se queda en Jerusalén como primer obispo de la Ciudad Santa, Santiago el Mayor viene a España…

La vida de Santiago fue breve, unos treinta años, pero intensa. Es del único apóstol que la Sagrada Escritura da noticia de su martirio. En aquel tiempo prendió el rey Herodes a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan (Hch 12, 2). Este hecho debió ocurrir en el año 42 ó 43. Santiago es el primer mártir entre los Apóstoles.

Id y predicad el Evangelio a toda criatura hasta los confines de la tierra. Por Occidente, los confines de la tierra terminaban entonces en el galaico Finisterre, y hasta allí llegó Santiago Apóstol.

La figura de Santiago está indisolublemente unida a los orígenes y fundamentos apostólicos de la fe de España. Una antigua tradición transmitida oralmente, cuenta que la predicación de Santiago no fue bien recibida, en un principio, por los moradores de la península ibérica; que los frutos de su dedicación al ministerio apostólico eran escasos. Desalentado, estaba a punto de abandonar la empresa, cuando el Señor quiso que su Santísima Madre -que aún vivía en carne mortal- se le apareciese a las orillas del río Ebro: le llenó de ánimos, asegurándole que sus trabajos no quedarían estériles.

Pidamos al Apóstol Santiago, Patrón de España, cuyos restos guarda nuestra patria como la más sagrada de las reliquias, que la fe que él nos predicó se conserve siempre en nuestro país. Y que España siempre sea la tierra de María Santísima, porque el amor y la devoción a la Madre de Dios que aprendimos de él continúen siendo una característica de la fe de nuestro pueblo.

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Efemérides

Tal día como hoy del año 1968 el papa beato Pablo VI firmó la encíclica Humanae vitae. En las primeras horas del 25 de julio de 1968 el papa Pablo VI celebra la Misa del Espíritu Santo para pedir luz de lo Alto. En la mesa de su despacho espera un documento su firma, firma la más difícil de todo su pontificado y, a la vez, una de las más gloriosas. Bajo los altos techos de los palacios vaticanos, siente como nunca el peso de su misión petrina. En todo el mundo las presiones son grandes. Muchos esperan un cambio de doctrina de la Iglesia sobre el problema moral de la contracepción. Pablo VI desde hace tiempo se encuentra en el compromiso de dar a conocer la postura oficial de la Iglesia en tan polémica cuestión.

Y en ese día de verano del año de las célebres revueltas estudiantiles firma la encíclica Humanae vitae. Ningún documento anterior del Magisterio pontificio había sido publicado en medio de tan amargo vendaval como éste. Tiempo después, cuando monseñor Casaroli le pregunta a Pablo VI cuándo había sentido con más fuerza la asistencia del Espíritu Santo, el Papa le contesta, sin vacilar, que cuando, después de haberlo meditado mucho, firmó la encíclica Humanae vitae. Con aquella firma, firmó su propia pasión.

La Humanae vitae, pasión y gloria de Pablo VI, es un grito profético lanzado al mundo para recordar la doctrina de siempre, la que garantiza mejor el verdadero bien del hombre y de la familia. Aborda una de las cuestiones de mayor transcendencia tanto en el orden personal como en el social: la regulación de la natalidad. En esta encíclica profética, la suprema autoridad de la Iglesia recordaba a todos los hombres de buena voluntad otra aplicación de aquel lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre: el acto sexual conyugal y la procreación forman una parte de un todo lleno de amor que al hombre no le es lícito romper poniendo barreras químicas o físicas que separen el aspecto unitivo del aspecto procreativo.

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