Día 29 de julio

29 de julio

Memoria obligatoria de santa Marta

Memoria de santa Marta, que recibió en su casa de Betania, cerca de Jerusalén, a Jesús, y muerto su hermano Lázaro, profesó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que has venido al mundo”. (s. I) (Martirologio Romano).

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Meditación

Marta y María

Dar posada al peregrino es una de las obras de misericordia. En la Sagrada Escritura se habla en repetidas ocasiones de la hospitalidad. En el Génesis vemos a Abrahán cómo la vivió cuando estando sentado a la puerta de la tienda en lo más caluroso del día vio aparecer a tres hombres. Enseguida fue a su encuentro, y les dijo: Mi Señor, si he hallado gracias a tus ojos, no pases sin detenerte junto a tu siervo. Haré que traigan un poco de agua para que os lavéis los pies, y descansaréis bajo el árbol; entretanto, traeré un trozo de pan para que reparéis vuestras fuerzas, y luego seguiréis adelante, pues por algo habéis pasado junto a vuestro siervo (Gn 18, 3-5).

Llama la atención en estos versículos que hemos leído que cuando Abrahán habla a estos hombres, unas veces lo hace en singular, como si fuese uno solo; y otras, en plural como si fuesen tres. De ahí que algunos Padres de la Iglesia hayan interpretado esta aparición como un anuncio anticipado del misterio de la Santísima Trinidad. Esto nos llevaría a reflexionar sobre la inhabitación de las Personas divinas en nuestra alma en gracia. ¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros? (1 Co 3, 16). Pero en lo que nos fijamos ahora es en la hospitalidad de Abrahán con estos tres hombres, quizás ángeles del cielo. Su hospitalidad mereció que uno de estos tres personajes le dijera: Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.

La hospitalidad es una obra de misericordia. En nuestros días se puede vivir esto, entre las muchas formas que hay, acogiendo en el propio hogar a un niño del tercer mundo durante el período de vacaciones, o por más tiempo; y contribuyendo al sostenimiento de centros de acogida para inmigrantes o albergues para los sin techo.

En los Evangelios vemos cómo Cristo es acogido en algunas casas y goza de la hospitalidad de personas amigas. Por ejemplo, a Nuestro Señor se le ve en la casa que tenía Simón Pedro en Cafarnaún. En una ocasión esta hospitalidad de Pedro con su Maestro sirvió para que Jesucristo curara a la suegra del apóstol. Especialmente sobresale la hospitalidad brindada a Jesús por sus amigos de Betania, Lázaro, Marta y María.

Cuando iban de camino en cierta aldea, y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con los múltiples quehaceres de la casa y poniéndose delante dijo: “Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude” (Lc 10, 38-40).

Marta se dirige al Señor en tono familiar lleno de confianza, quejándose de que su hermana no estuviera haciendo nada en las tareas domésticas. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán” (Lc 10, 41-42).

Marta se ocupaba en muchas cosas disponiendo y preparando la comida del Señor. En cambio, María prefirió alimentarse de lo que decía el Señor. No reparó en cierto modo en el ajetreo continuo de su hermana y se sentó a los pies de Jesús, sin hacer otra cosa que escuchar sus palabras. Había entendido de forma fidelísima lo que dice el Salmo: “Descansad y ved que yo soy el Señor” (Sal 46, 11). Marta se consumía, María se alimentaba; aquélla abarcaba muchas cosas, ésta sólo atendía a una. Ambas cosas son buenas (San Agustín).

Marta ha venido a ser como el símbolo de la vida activa, mientras que María lo es de la vida contemplativa. Sin embargo, para la mayoría de los cristianos, llamados a santificarse en medio del mundo, no se pueden considerar como dos modos contrapuestos de vivir el cristianismo: una vida activa que se olvide de la unión con Dios es algo inútil y estéril; pero una supuesta vida de oración que prescinda de la preocupación apostólica y de la santificación de las realidades ordinarias tampoco puede agradar a Dios.

La clave está, pues, en saber unir esas dos vidas, sin perjuicio de una ni de otra. Esta unión profunda entre acción y contemplación puede vivirse de muy diversos modos, según la vocación concreta que cada uno reciba de Dios.

El trabajo, lejos de ser obstáculo, ha de ser medio y ocasión de un trato afectuoso con Nuestro Señor, que es lo más importante. El trabajo de una persona que quiere ser contemplativa en medio del mundo no es algo únicamente humano, sino también sobrenatural, porque procurará que no le falte la presencia de Dios, el trato con Dios, la conversación con Dios.

En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.49).

El cristiano corriente, siguiendo la enseñanza propuesta en este pasaje del Evangelio, debe esforzarse en conseguir la unidad de vida: vida de piedad intensa y actividad exterior orientada hacia Dios, hecha por amor a Él y con rectitud de intención, que se manifestará en el apostolado, en la tarea profesional y en los deberes de estado.

La hospitalidad se vivió desde el principio del cristianismo. Para cumplir la vocación de la caridad -el servicio de la mesa-, sin que fuera en detrimento de la oración y del servicio de la Palabra, los apóstoles se reservaron para sí su oficio principal y eligieron a los diáconos para atender a las viudas y el servicio de las mesas comunes. Que cada uno ahora se pregunte si ayuda en la parroquia a las obras asistenciales de caridad y procura descargar de trabajo a los sacerdotes para que éstos puedan dedicar más tiempo a la administración de los Sacramentos y a la predicación del Evangelio.

Dios me ha nombrado ministro de la Iglesia, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo (Col 1, 25). Benedicto XVI ha recordado que desde el inicio de la Iglesia el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio.

En Santa María tenemos un modelo maravilloso de vida contemplativa en medio del mundo y de caridad. Santa María en casa de santa Isabel está atareada en un servicio de caridad, pues atendió a su prima durante tres meses. Y allí, con ocasión de la visita, recita el Magnificat, y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est).

Le pedimos a la Virgen la unidad de vida para ser a la vez Marta y María. Es decir, contemplativos en medio del mundo.

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