Día 31 de julio

31 de julio

Memoria obligatoria de san Ignacio de Loyola

Memoria de san Ignacio de Loyola, presbítero, el cual, nacido en el País Vasco, en España, pasó la primera parte de su vida en la corte como paje hasta que, herido gravemente, se convirtió a Dios. Completó sus estudios teológicos en París y unió a él a sus primeros compañeros, con los que más tarde fundó la Orden de la Compañía de Jesús en Roma, donde ejerció un fructuosos ministerio escribiendo varias obras y formando a sus discípulos, todo para mayor gloria de Dios. (1556) (Martirologio Romano).

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Apertura a la vida

El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio, y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 50).

Dios, que creó al hombre varón y hembra, dijo a nuestros primeros padres: Creced y multiplicaos. Es evidente que la unión sexual está natural y principalmente orientada a la transmisión de la vida. De ahí que, por ley natural, sea gravemente ilícito realizar esa unión impidiendo voluntariamente su capacidad generadora, por el uso de medios anticonceptivos u otros medios que privan a la unión de su principal fin. El matrimonio tiene que estar abierto a los hijos. Lo natural es recibir con alegría los hijos que Dios envíe. Decía san Juan Pablo II: Una disposición generosa a aceptar de Dios los hijos como regalo de amor, éste es el rasgo típico del matrimonio cristiano. Sin esa disposición de generosidad, los alemanes no hubieran tenido a Mozart ni a Sebastián Bach, ni a Richard Wagner, ni a Franz Schubert, ni a Ludwig Beethoven, ni a Georg Friedrich Handel… Porque todos estos hombres que han destacado por su talento y por sus producciones geniales no habrían nacido en la actual familia alemana, que sólo tiene de promedio un hijo o, a lo sumo, dos. Todos los citados tenían, al menos, tres hermanos mayores, e, incluso algunos de ellos, seis.

Dios hace muy bien las cosas. Cuando creó al hombre y a la mujer, los hizo distintos, de tal forma que pudiera el hombre y la mujer unirse sexualmente, y así, tener hijos. Pero dispuso que la mujer sólo pudiera quedarse embarazada unos días al mes, sus días fértiles, que son unos pocos, por lo que no de toda unión sexual se concibe un nuevo hijo. Y la sabiduría divina previó que la mujer pudiera saber por algunos signos externos cuáles son esos días fértiles y cuáles no. Para espaciar nacimientos, es lícito lo que se conoce como continencia periódica, es decir, tener relaciones sexuales sólo los días en los cuales la mujer no es fértil. Esto está recogido en la encíclica Humanae vitae del beato Pablo VI: Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofensa a Dios.

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