Día 1 de agosto

1 de agosto

Memoria obligatoria de san Alfonso María de Ligorio

Memoria de san Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, que refulgió por su celo por las almas y por sus escritos, su palabra y su ejemplo. A fin de promover la vida cristiana en el pueblo, trabajó infatigablemente predicando y escribiendo, especialmente sobre teología moral, disciplina en la que es considerado maestro, y tas muchos obstáculos, fundó la Congregación del Santísimo Redentor, para evangelizar a la gente falta de formación. Elegido obispo de Sant’Agata dei Goti, se entregó de modo excepcional a este ministerio, que tuvo que dejar quince años después aquejado por graves enfermedades, y pasó el resto de su vida en Nocera de’Pagani, en Campania, Italia, tras grandes sacrificios y dificultades. (1787) (Martirologio Romano).

*****

Semblanza

Un santo en el siglo de las luces

Hombre de grandes cualidades

En el siglo XVIII, denominado el siglo de las luces, surge una figura gigante en la historia de la Iglesia. Un hombre -un santo- que ilumina con su espiritualidad a todo un mundo influido por las obras de Voltaire, de Rousseau y demás escritores de La Ilustración. Un verdadero hombre de Dios cuyo carisma es su espíritu de síntesis y equilibrio entre lo humano y lo divino, entre las exigencias del Evangelio y la condescendencia con las humanas limitaciones. Este hombre es Alfonso María de Ligorio.

Nació el 27 de septiembre de 1696, en Marianella, cerca de Nápoles, en el seno de una familia acomodada. Sus padres -José de Ligorio y Caterina Ana Cavalieri- llevaron al futuro fundador de los Redentoristas a la pila bautismal de la Iglesia de Santa María dei Vergini, dos días después del nacimiento. Los esposos Ligorio-Cavalieri tuvieron ocho hijos: cuatro varones y cuatro mujeres. Alfonso María fue el primogénito.

A los nueve años recibe por vez primera la Sagrada Comunión. Era el 26 de septiembre de 1705. Tres años después, el 25 de octubre de 1708 se inscribió para su primer año en la Universidad de Nápoles. Estudiará Leyes.

A lo largo de su vida aparece como extraordinariamente humano. Vive abierto a todos los valores. De gran inteligencia. Bien dotado para el dibujo y la pintura, fue pintor y dibujante experto. También cultivó la música, pero donde más destaca es en su faceta de escritor. Aficiones que practicó durante toda su vida. Alfonso María no dejaría de fructificar ninguno de los talentos que el Señor le concedió. Todo talento será activamente invertido para la gloria de Dios.

Abogado a los 16 años

A los 16 años y con dispensa de cuatro, es proclamado doctor en Leyes. El día 21 de enero de 1713 se le entrega la toga de abogado, para instalarse a continuación en la cátedra doctoral; se pone en su dedo el anillo de oro que lo desposa con la Sabiduría; y le es impuesto el birrete doctoral y judicial.

La ceremonia de la investidura doctoral terminó con la profesión de fe católica y con el compromiso solemne del doctorando en la defensa de la verdad de fe -aún no definida- de la Inmaculada Concepción: Yo, Alfonso María de Ligorio, humildísimo servidor de María, siempre virgen, Madre de Dios; postrado a los pies de la divina Majestad, en presencia de la inefable Trinidad de un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo; poniendo como testigos a todos los habitantes de la Jerusalén celestial, creo fielmente con mi espíritu, abrazo verdaderamente con el corazón y proclamo firmemente con la boca que vos, Madre de Dios, siempre virgen, habéis sido objeto, por parte de Dios omnipotente, de un privilegio absolutamente único: vos habéis sido preservada enteramente de toda mancha de pecado original desde el primer instante de vuestra concepción, es decir, desde la unión de vuestro y de vuestra alma. En público y en privado, hasta el último aliento de mi vida, enseñaré esta doctrina, y me empeñaré con todas mis fuerzas en que los demás la sostengan y enseñen. Así lo afirmo, así lo prometo, así lo juro; y que Dios me ayude y estos santos evangelios.

Como abogado se traza una norma de conducta, fijada en doce puntos:

1) No hay que aceptar jamás causas injustas, porque son perniciosas para la conciencia y la reputación.

2) No se debe defender una causa con medios ilícitos e injustos.

3) No se debe gravar al cliente con gastos superfluos; de otro modo, queda al abogado la obligación de restituir.

4) Las causas del cliente se deben tratar con aquel cuidado con que se tratan las causas propias.

5) Es necesario el estudio de los procesos para deducir de ellos los argumentos válidos en la defensa de la causa.

6) La dilación y negligencia en los abogados, con frecuencia, perjudican al cliente, y se deben reparar los daños; de otra suerte, se peca contra la justicia.

7) El abogado debe implorar la ayuda de Dios en la defensa, porque Dios es el primer protector de la justicia.

8) No es laudable el abogado que acepta causas superiores a sus talentos, a sus fuerzas y al tiempo que con frecuencia le faltará para preparar la defensa.

9) La justicia y la probidad no deben separarse jamás de los abogados católicos, por lo que hay que cuidarlas como a la niña de los ojos.

10) Un abogado que pierde una causa por su negligencia incurre en la obligación de reparar todos los daños hechos a su cliente.

11) En la defensa de una causa hay que decir la verdad y ser sincero, respetuoso y razonable.

12) Finalmente, los requisitos de un abogado son la ciencia, la diligencia, la verdad, la fidelidad y la justicia.

De la toga a la sotana

Por naturaleza, tiene un carácter enérgico, arrebatado y autoritario, que domina a fuerza de penitencia, hasta el punto de mostrarse siempre con expresión dulce, alegre y amable. Alcanzó la santidad, pero no fue su camino fácil, sino áspero, estrecho. Tuvo que pasar por la puerta angosta que habla Cristo. Sabía que para seguir al Señor es necesario abrazarse a la Cruz, y este convencimiento le hace romper con una brillante sociedad y una acomodada posición, e -incluso- ir contra la voluntad paterna, para seguir la llamada de su vocación sacerdotal.

En 1723 elige el estado eclesiástico. El 27 de octubre se despoja de sus ropas de seglar y se reviste con la sotana, propia de los clérigos. El 23 de septiembre -sábado de las cuatro témporas de otoño- de 1724 es tonsurado. Tres meses después -23 de diciembre- recibe las cuatro Órdenes menores: ostiario, lector, exorcista y acólito.

Con dispensa de los intersticios es ordenado subdiácono el 22 de septiembre de 1725. De nuevo con dispensa, recibe el diaconado el sábado 6 de abril de 1726, en el altar mayor de la iglesia metropolitana de Nápoles

Una dura prueba

Dios permite que pase por las más duras pruebas espirituales. En sus años de seminarista principiante sufrió -como consecuencia de la educación recibida de niño- la purificación del escrúpulo, experimentando todas sus angustias en su propio ser. Son años de rudos tormentos, pero él busca preservar a los demás de los escrúpulos con un mensaje espiritual de confianza, de esperanza y de moderación.

Escrúpulos que retornaron en 1726, en tiempos de su diaconado. De esta época son los siguientes preceptos -entre otros- que recibe de su director espiritual:

-Estaba el precepto de no confesar cosas pasadas, si ciertamente no se podía jurar que fuera pecado grave y no confesado. Pero para quitar toda inquietud, y dado que mis confesiones no han sido maliciosamente defectuosas, y en vista de que la integridad material no debe buscarse con grave daño de la conciencia y de la salud por causa de la inquietud, por eso se me ha dado nuevo precepto de no confesar ninguna cosa pasada.

-Para el Oficio. Más preceptos de no repetir (las partes recitadas distraidamente)… Además, habría pecado al repetir, ya contra el precepto, ya porque se abriría el camino a los escrúpulos, y, una vez abierto, no mucho mejor se recitaría el Oficio y la conciencia estaría inquieta, perdiendo la paz y la salud.

-Precepto de superar los escrúpulos siempre que no haya pecado evidente. Y de comulgar, si no es evidente el mortal…

Sólo es el amor el que le arroja en estos temores del escrúpulo que le hacen estremecer ante la sombra misma del pecado, y es también el amor el que lo saca de ellos. De él es el siguiente poema, en el que se refleja su abandono en Dios:

Sólo para el amor vive la Esposa,

sólo por el amor se da el Amado,

y, si abriga un temor, ése no es otro

que el de no plenamente contentarlo.

El castigo mayor, el más temido,

es ser privada de un Amor tan caro.

No espera premio, que el amar es premio,

su vida toda, al amor amando.

Abandono en Dios

En los últimos años de su vida, especialmente en 1784 y 1785, experimentó el desgarrador abandono de Cristo en la Cruz. Quien sabe ‑decía llorando‑, quien sabe si esté en gracia de Dios y me salve. Volviéndose hacia el crucifijo, exclamaba: Jesús mío, no permitas que yo me condene… Señor, no me arrojes al infierno, porque en el infierno no se ama.

¿Cómo se encuentra?, le preguntó un día un amigo. Me encuentro bajo el azote de la justicia de Dios.

Eran tentaciones contra la fe, que él vencía haciendo actos de fe. Dios mío -repetía-, yo creo, y quiero vivir y morir hijo de la Santa Iglesia.

De nuevo los escrúpulos invadían libremente -terriblemente- el campo de una conciencia a la que el anciano Alfonso María ya no podía dominar. La sola obediencia le devolvía entonces una paz precaria, e igualmente la comunión.

Pero venció en la lucha. Cuando el 16 de julio de 1787, un violento ataque de disentería, seguido de una intensa fiebre, advirtió que su vida llegaba a su fin, comenzó a repetir: Muero tranquilo, abandonado en las manos de Jesucristo y de María; espero ir pronto a darles las gracias en el paraíso. Y aún pudo exclamar: Señor, tú bien sabes que todo lo que he pensado, dicho, hecho o escrito, todo ha sido por las almas y por tu gloria.

Cristo, su amor

También Alfonso María, que fue siempre un hombre de fe inconmovible, pasa por el desierto purificador de la aridez y de la oscuridad. En una etapa larga de su vida Dios le privó de sus acostumbrados consuelos, de tal forma que no vivió sino una existencia árida y desolada. No encontraba devoción alguna en la Misa; la oración le causaba tedio; buscaba a Dios y no le encontraba.

Alfonso María navegaba de continuo contra corriente. Se puede decir que cuanto hacía en medio de tales oscuridades, lo hacía guiado puramente por la fe y sólo a punta de espíritu, resuelto a dar gusto a Dios, aunque para él no hubiera cielo ni infierno.

En el fuego de la aridez que lo retuerce como un sarmiento seco, Alfonso María irradia, al mismo tiempo, ese amor puro que lo ha encendido todo. Para él, Cristo es el centro de todo. De ahí su insistencia en los misterios, sobre todo la Navidad y la Pasión. Lo que importa sobre todo es amar a Jesucristo. María es como el complemento femenino de la Encarnación. Pone una nota maternal de misericordia en la vida cristiana.

La vida de san Alfonso María de Ligorio consistió en todo momento hacer la voluntad de Dios. Sabía que la salvación es ante todo una cuestión religiosa, que es necesario un diálogo confiado con Dios. Quien reza se salva y quien no reza se condena, solía decir.

Sacerdote

Su disponibilidad al querer divino fue total; lo dejó todo por el Reino de los cielos, consciente de que la vida es una marcha hacia el más allá.

En el mismo lugar en que recibió el diaconado, ocho meses después -21 de diciembre de 1726- recibe el orden sacerdotal de manos de monseñor Domenico Invitti, arzobispo in partibus de Sardía, auxiliar del cardenal Pignatelli, arzobispo de Nápoles.

Lo mismo que se fijó una conducta de hombre de leyes, al recibir la ordenación sacerdotal se trazó una norma de conducta fijada en 15 puntos:

1º Soy sacerdote; mi dignidad supera la de los ángeles: debo tener una suma pureza y, en cuanto pueda, ser un hombre angelical.

2º Dios obedece a mi voz: yo debo obedecer a las voces de Dios, de su gracia y de los superiores eclesiásticos.

3º La Santa Iglesia me honra: yo debo honrar a la Iglesia con la santidad de vida, con celo, con el trabajo, con el decoro.

4º Ofrezco a Jesucristo al eterno Padre: debo estar revestido de las virtudes de Jesucristo y prepararme a tratar con el Santo de los santos.

5º El pueblo cristiano me considera como un ministro de reconciliación con Dios: yo debo ser siempre grato a Dios y gozar de su amistad.

6º El justo quiere con mi virtuoso ejemplo confirmarse en la buena y santa vida: yo debo dar buenos ejemplos siempre y a todos.

7º Los pobres pecadores esperan de mí que los libre de la muerte del pecado: yo debo hacerlo con las oraciones, con el ejemplo, con la voz, con los hechos.

8º Necesito fortaleza y valor para vencer al mundo, al infierno y a la carne corrompida: con la divina gracia debo combatir y vencer.

9º Debo prepararme con la sabiduría para defender la santa religión y abatir los errores y la impiedad.

10º Los respetos humanos y amistades del mundo debo odiarlos y aborrecerlos como cosa del infierno: esas cosas desacreditan al sacerdocio.

11º Debo maldecir la ambición y el interés como peste del estado sacerdotal: por su ambición tantos sacerdotes han perdido la fe.

12º Necesito la seriedad y la caridad, y debo ser cauto, reservado, especialmente con las mujeres, pero no altanero, áspero o despreciativo.

13º El recogimiento, el fervor, la sólida virtud, el ejercicio de la oración, deben ser mi continua ocupación si quiero agradar a Dios.

14º Sólo debo buscar la gloria de Dios, la santificación de mi alma y la salvación de mi prójimo, aun a costa de la vida.

15º Soy sacerdote; debo inspirar virtud y glorificar al sumo y eterno Sacerdote Jesucristo.

Cuenta su biógrafo Tannoia: Si como diácono no tenía ya un solo día para él, una vez sacerdote, se puede decir que se vio tan lleno de trabajo que no tenía tiempo ni para respirar. No había acabado un ministerio, cuando era necesario emprender otro; los rectores de las iglesias rivalizaban entre sí para ver quién lo reservaba primero para beneficio de los propios fieles. Las numerosas asociaciones se lo arrebataban para sus ejercicios espirituales y para otras predicaciones.

Predicador

Fue un buen predicador. En su predicación no había follaje y vano aparato de inútil erudición. Todo era nervio y sustancia con estilo llano y popular. Predicaba a Cristo crucificado, y la compunción suscitada por su palabra conducía a sus oyentes, especialmente a los pecadores, a la confesión sacramental, a la reconciliación con Dios.

Como predicador invocará continuamente la Sagrada Escritura, pues estaba bien convencido de la eficacia de la Palabra de Dios. Pero citará únicamente la Vulgata, texto tradicional latino de la Iglesia, el único declarado auténtico por el Concilio de Trento. Él confía en la elección de la Iglesia. Hay en esa actitud de obrar una actitud de fe.

Juez y padre

Como confesor estuvo siempre resuelto a compaginar la exigencia rigurosa de la doctrina y la ternura evangélica de Cristo para los pecadores.

Alfonso María acogía a todos los penitentes con indecible caridad. No era de aquellos confesores que reciben a los pecadores con aires bruscos y grave ceño, sino que era todo ternura. Llenaba a los pecadores de confianza en la sangre de Cristo y les indicaba con caridad y claridad los medios para salir del pecado. Solía decir: Cuando las almas están más hundidas en el vicio y bajo la influencia del demonio, tanto más debemos acogerlas con ternura para arrancarlas de las manos del demonio y ponerlas en los brazos de Jesucristo. No se requiere mucho para decir: “Eres un condenado, no te puedo dar la absolución”, pero se olvida que esa alma es precio de la sangre de Cristo.

Su aprecio por la administración del sacramento de la Penitencia era grande, y en más de una ocasión, especialmente en su ancianidad, repitió: Este ministerio es el más provechoso para las almas y el menos sujeto a la vanidad para el operario del Evangelio. Por él, más que ningún otro, los pecadores se reconcilian con Dios y se les aplica con sobreabundancia la sangre de Jesucristo.

Siendo anciano afirmaba no recordar haber despedido a alguien sin absolución; mucho menos con descortesía y aspereza.

Esto no quiere decir -comenta Tannoia- que Alfonso María haya absuelto indistintamente a dispuestos y no dispuestos, sino que, como él mismo explicaba, acogía a los pecadores con ternura, los llenaba de confianza en la sangre de Jesucristo, les indicaba con caridad los medios para salir del pecado; y decía que ellos, así animados a volver, se veían ya arrepentidos y compungidos.

Fundador

En 1732 san Alfonso María funda, con la colaboración de la Madre Celeste Crostarosa y de Tomás Falcoia, la Congregación Misionera del Santísimo Redentor (Redentoristas). La fecha de la fundación es el domingo 9 de noviembre, en que se festeja la dedicación de la Basílica del Santísimo Salvador, catedral de la diócesis de Roma, madre y cabeza de todas las Iglesias. En ese día, en Scala, nació la Congregación de los Padres del Santísimo Salvador, a la que la Santa Sede cambiará pronto el nombre por el del Santísimo Redentor.

Alfonso María da a la nueva Congregación su dinámica vocacional misionera, aporta lo que podríamos llamar la experiencia comunitaria, y la Madre Crostarosa, religiosa contemplativa, el elemento místico.

El día 9 de mayo de 1743 fue elegido Alfonso María superior general de los Redentoristas -rector mayor, como se decía entonces-. Acepté el gobierno de la Congregación -diría más tarde- por obediencia y es la sola obediencia la que me retiene en él.

La Congregación recibe la definitiva aprobación papal en 1749.

Escritor

A partir de 1750 se define claramente en Alfonso María la vocación de escritor en casi todos los campos del saber eclesiástico, pero particularmente en el de la Moral y la Pastoral. Sin renunciar por completo a las misiones populares, se dedica de un modo especial, a partir de este momento, a consolidar el fruto de las misiones y a preparar a sus misioneros por medio de una importante serie de publicaciones. Entre éstas sobresalen de manera especial la Teología Moral y el resumen de ésta, el Homo apostolicus; Las Visitas al Santísimo Sacramento; Las Glorias de María; La Práctica del amor a Jesucristo; La Preparación para la muerte.

Las obras de Alfonso María ofrecen una verdadera síntesis de las ciencias eclesiásticas con vistas a la formación del pastor de almas y del Pueblo de Dios: Historia, Dogma, Moral, Espiritualidad. Pocos doctores de la Iglesia presentan una síntesis tan rica y armoniosa.

Obispo

El 9 de marzo de 1762 un enviado del nuncio en el reino de Nápoles le comunica que el papa Clemente XIII lo ha promovido como obispo de Sant’Agata dei Goti. Alfonso María, que ya en otras ocasiones había rehusado el episcopado, no sale de su estupor. El dolor le retuerce el corazón y las entrañas. Inmediatamente redacta una carta de renuncia. Agradeciendo al Santo Padre su gran bondad, le ruega que acepte la excusa de su incapacidad. Hace valer ante él sus sesenta y seis años; su salud (estoy sordo, casi ciego, ando cojo, imposibilitado de recorrer una diócesis); su naciente y tan útil Congregación tiene aún necesidad de él; y, además, él ha hecho el voto de renunciar a toda dignidad eclesiástica en los términos de la Regla redentorista aprobada por Benedicto XIV.

El papa Clemente XIII no acepta sus objeciones y le dispensa del voto de renunciar a las dignidades fuera de su Congregación. Alfonso María no tiene más remedio que aceptar el nombramiento: Gloria Patri! Dios me quiere obispo; yo quiero ser obispo, dice resignado ante la decisión papal. Al día siguiente escribe a su hermano Ercole: Querido hermano mío: me he quedado tan aturdido por esa orden del Papa de aceptar el obispado por obediencia, que estoy como trastornado (…). Escribí al cardenal Spinelli que me ayudara a librarme de esto, y resultó todo lo contrario. ¿Qué puedo decir? Me sacrifico a la voluntad de Dios.

El domingo 20 de junio, en la Iglesia de Santa María Sopra Minerva, en la Capilla del Santísimo Salvador, el cardenal Ferdinando Rossi, prefecto de la Sagrada Congregación del Concilio, le consagró obispo.

En los 13 años que estuvo en su sede episcopal llevó a cabo una profunda renovación religiosa en toda su diócesis. Se puede decir que Alfonso María de Ligorio es un obispo modelo en muchos aspectos, como la promoción sacerdotal, formación de los seminaristas, sobre todo en lo referente a la Teología Moral, revitalización de las comunidades contemplativas y maduración de los seglares, mediante activas asociaciones de vida cristiana.

Su insistencia en pedir la renuncia al obispado, cuando se siente enfermo y anciano, revela su particular manera de ver el episcopado, no como un beneficio, sino como un servicio al Pueblo de Dios.

En noviembre de 1774 escribe al recién elegido Pío VI que le sea aceptada la renuncia a su obispado. Pío VI duda. Por fin, el 9 de mayo de 1775 acepta la dimisión de Alfonso María.

De Sant’Agata dei Goti va a Nocera, donde había vivido anteriormente. En Nocera se le tributa un recibimiento triunfal. Gloria Patri! ¡Qué ligera se ha hecho mi cruz! Estas fueron sus primeras palabras. Después, prosternándose ante el Santísimo Sacramento, exclamó: ¡Dios mío, te doy gracias, porque me has quitado de encima tan gran peso! ¡Jesucristo mío, ya no podía más!

Últimas pruebas

Cuando, después de haber logrado la aceptación de su dimisión del episcopado, esperaba terminar sus días apaciblemente en el seno de su Congregación, tuvo que sufrir la marginación y exclusión, junto con los más allegados a él, de la Congregación que él mismo había fundado. El conflicto entre Pío VI y el Rey de las Dos Sicilias, Fernando IV, había conducido a este desconcertante y doloroso resultado: Roma sólo reconocía a los Redentoristas del Estado pontificio, excluyendo a los que continuaban trabajando más al sur.

Aún Dios le concedió después de la renuncia a la sede episcopal doce años de vida. Permitió Dios que, en sus últimos años, Alfonso María pasara por el fuego de las más duras pruebas espirituales. Como si veintidós años de enfermedad y veinticuatro de persecuciones no lo hubieran purificado bastante, sufrió de nuevo los escrúpulos que tanto le habían hecho sufrir y padecer en sus años jóvenes.

Glorificación

El día 1 de agosto de 1787 murió santamente en la comunidad redentorista de Pagani. Tenía noventa años, diez meses y un día. Ocho meses después de la muerte de Alfonso María de Ligorio, bajo la presión del pueblo y del clero, se abría el proceso informativo en vista de su canonización. Pío VI dispensó los diez años de plazo exigido antes de la introducción de la Causa en Roma.

El 7 de mayo de 1807 aparece el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes. Es beatificado el 15 de septiembre de 1816 en la Basílica de San Pedro y canonizado en el mismo lugar el 26 de mayo de 1839. Declarado Doctor de la Iglesia el 23 de marzo de 1871, y finalmente, el 26 de abril de 1950 es proclamado Patrono de los confesores y moralistas.

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