Día 9 de agosto

9 de agosto

Fiesta de santa Teresa Benedicta de la Cruz

Fiesta de santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith) Stein, virgen de la Orden de Carmelitas Descalzas y mártir, la cual, nacida y educada en la religión judía, después de haber enseñado filosofía durante algunos años entre grandes dificultades, recibió por el bautismo la nueva vida en Cristo, prosiguiéndola bajo el velo de las vírgenes consagradas hasat que, en tiempo de un régimen hostil a la dignidad del hombre y de la fe, fue encarcelada lejos de su patria, y en el campo de extermino de Auschwitz, cercano a Cracovia, en Polonia, murió en la cámara de gas. (1942) (Martirologio Romano).

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Semblanza

Judía, conversa y mártir

Años de infancia y de juventud

El 11 de octubre de 1998 san Juan Pablo II canonizaba en la Plaza de San Pedro de Roma a Edith Stein, judía, conversa, filósofa, feminista, carmelita y mártir.

Edith había nacido en la ciudad de Breslau (hoy Wroclaw, en Polonia), el 12 de octubre de 1891, en el seno de una familia judía. Era la menor de cinco hermanas y dos hermanos. Su padre, Siegfrid Stein, poseía un negocio de madera en Lublinitz, y murió cuando Edith tenía tan sólo un año y nueve meses de edad. Su madre, Augusta Courant -auténtica mujer fuerte, según la expresión bíblica-, logró con gran energía y esmero hacer del negocio familiar, que su marido había dejado con bastantes deudas, una empresa floreciente. El trabajo no le impidió llevar una vida de profunda piedad, con gran fidelidad a la Ley, pues era una judía de arraigadas convicciones.

En su familia, Edith fue educada en un judaísmo sincero y piadoso. Realizó sus primeros estudios en la escuela Victoria de su ciudad natal. Pasado el tiempo, dirá: En la escuela se me tomó en serio. Era una niña muy alegre y despierta, y una alumna excelente que destacó por su inteligencia. Sin embargo, nada sabía de Jesús, el amable Hijo de Dios, cuya luz ilumina el corazón del niño bautizado, lo consuela y le ayuda. La pequeña judía adquirió cierto conocimiento de Dios a través del amor de su madre, pero ese conocimiento no disipó las tinieblas del mundo interior. De aquí que no le quedó otro recurso que el de autoformar la propia inteligencia. En su Autobiografía escribió: Toda la familia me definió desde mi más tierna infancia por dos cualidades. Se me reprochaba, con toda razón, el ser ambiciosa, y también se me llamaba “la lista Edith”. Ambas cosas me dolían mucho. La segunda porque yo interpretaba que algo se quería decir sobre mi inteligencia y, además, me parecía que se indicaba que solamente era lista. Desde los primeros años de mi vida yo sabía que era más importante ser bueno que listo.

A los diez años sufrió un duro golpe por la muerte de un tío muy querido. Acudió al funeral. El rabino inició la oración fúnebre -rememoraba cuando ya se había convertido-. Yo ya había escuchado otras oraciones fúnebres. Eran un resumen de la vida del muerto, en el se realza todo lo bueno que había hecho durante la vida, removiendo el dolor de los familiares y sin que por ello se recibiese ningún consuelo. Por fin, con solemne y engolada voz, dijo el rabino: “si el cuerpo se convierte en polvo, el espíritu vuelve a Dios, que es quien se lo dio”. Pero detrás de todo esto, no había una fe en la pervivencia personal y en un volver a encontrarse tras la muerte. Tuve una impresión totalmente distinta cuando al cabo de muchos años participé en un culto funerario católico, por primera vez. Se trataba del entierro de un sabio famoso. Pero nada se dijo en la oración fúnebre de sus méritos, ni del apellido que había llevado en el mundo. Solamente se encomendaba a la Misericordia de Dios su pobre alma mediante el nombre de pila. Ciertamente, ¡qué consoladoras y serenantes eran las palabras de la liturgia que acompañaban a los muertos a la eternidad!

A los 14 años dejó la escuela, en medio de una crisis de adolescencia. Su madre la envió a Hamburgo con su hermana Else, que acababa de casarse con un médico. Ayudó a Else en las tareas del hogar y fue conociendo aquella gran ciudad del norte de Alemania. El ambiente de aquel hogar no se caracterizaba por las prácticas de piedad. Tanto Else como su cuñado Max profesaban unas ideas bastantes liberales y prescindían totalmente de la religión. En aquel mal momento de la crisis abandonó la práctica religiosa. Perdió totalmente la fe y se declaró atea sumergiéndose en un mundo sin Dios durante diez años, aunque siempre mantuvo respeto y admiración hacia la religión judía. En aquellos años -confesó- abandoné conscientemente y por propia decisión el hábito de rezar. Durante su estancia en Hamburgo, que duró un año, la lectura de obras literarias avivó su inquietud intelectual y le animó a proseguir los estudios. De nuevo en Breslau, en 1911, concluyó el bachillerato. Por aquel entonces, estaba decidida a ser maestra. Sentía pasión por la enseñanza y un vivo interés por la política y por la cuestión de la mujer.

Estudios universitarios

En el bienio 1911-1913 estudió, ya en la Universidad de Breslau, letras germánicas, historia, filosofía y psicología. Y fue la psicología lo que despertó más intensamente el interés de la joven Edith, ya que deseaba conocer los fundamentos y el sentido de la existencia humana. El enfoque mecanicista de la psicología que se enseñaba en Breslau -como era común entonces- le decepcionó profundamente y se apartó rápidamente de ella. En esa situación cayó en sus manos un ejemplar de las Investigaciones lógicas, de Edmund Husserl, catedrático en Gotinga. La fenomenología, con su lema: Volvamos a las cosas mismas, cautivó a Edith. La filosofía husserliana abría un camino para la busca de la verdad, superando los estrechos límites del idealismo. En 1913 se trasladó a la Universidad de Gotinga para realizar estudios en la cátedra de Husserl. Fue su encuentro con la escuela fenomenológica. Allí se ganó enseguida el aprecio de Husserl, que descubrió en ella una honda sintonía intelectual.

Con clarividencia la joven atea se percató de que el maestro del método fenomenológico de investigación señalaba una dirección que en vano buscaba ella en la filosofía moderna, a saber: el interés por la verdad objetiva y la superación del subjetivismo. Comenzó entonces para ella la gran búsqueda de la verdad, que quería conseguir con las solas fuerzas de la razón. Todavía no comprendía lo que muchos años después iba a afirmar: Quien busca la verdad, busca a Dios, sea consciente, sea inconscientemente. Pronto Edith Stein llegó a ser un miembro más de la escuela fenomenológica de Gotinga, que reunía alrededor de Husserl a filósofos como Max Scheler, Adolf Reinach, Hans-Theodor Conrad y la que más tarde sería su mujer, Hedwig Martius, o el polaco Roman Ingarden.

Max Scheler dejó especial huella en su vida. Su filosofía profética causó en ella una impresión indeleble. Scheler venía de Munich, era judío convertido al catolicismo, y en la época en que Stein oyó sus lecciones está totalmente prendado de las creencias católicas. Sus conferencias sobre religión abrieron a la joven estudiante judía un panorama insospechado. La propia Edith, años después, recordaba así el efecto que le produjo la enseñanza de Scheler: Las barreras de los prejuicios racionalistas en los que me había educado sin saberlo, cayeron, y el mundo de la fe, estaba, de pronto, ante mí.

También influyó en su vida el más íntimo colaborador de Husserl, Adolf Reinach. Éste, cristiano, era una persona cordial que suavizaba las relaciones de los discípulos con el maestro, hombre distante y difícil de tratar. De él diría Edith: Tenía la impresión de no haber conocido jamás a un hombre con una bondad de corazón tan pura. Rainach invitó a Edith a tomar parte en las reuniones de la Sociedad filosófica. Empezó entonces para Edith una dura vida de trabajo, sólo interrumpida por excursiones con sus amigos. Era una vida sacrificada que a veces le llevó al desánimo. Pero tenía que aprobar los exámenes y quería escribir cuanto antes la tesis doctoral. En enero de 1915 superó el examen de licencia –pro facultate docendi– en Propedéutica filosófica, Historia y Germanística.

En sus años de estudiante se pueden destacar dos características principales en Edith Stein. La primera es su búsqueda apasionada por la verdad. Edith se sentía inundada por un profundo idealismo ético, que no le permitía, aun alejada de la fe, callar la voz interior que la impulsaba a la búsqueda de Dios. Como segunda característica se puede mencionar el también apasionado interés por los acontecimientos políticos de su tiempo y su pronunciada conciencia de responsabilidad social. Con insospechado énfasis se comprometió en la lucha por la igualdad de los derechos de la mujer, y nunca pudo aceptar una actitud indiferente frente a la problemática social y política de su época. En sus escritos se puede entrever cuán profundamente la conmovieron los sucesos bélicos que acosaban a su patria.

En un hospital de campaña

Tanto, que se comprometió activamente en la Primera Guerra Mundial, interrumpiendo sus estudios para ingresar en el Voluntariado de la Cruz Roja alemana, en el hospital de campaña para prevención de epidemias de Mahrisch-Weisskirchen, Austria. Allí cuidó a enfermos de tifus y a los soldados con heridas más graves. Cuando haya terminado la guerra y yo siga viviendo, entonces podré pensar de nuevo en mis asuntos privados, comentó por aquella difícil época.

Con verdadero cariño y espíritu de sacrificio, totalmente desinteresada por su propia persona, ayudó día y noche a cambiar poco a poco el ambiente moralmente degradante de su entorno. El contacto con la muerte le impresionó. Al ver morir a uno de los primeros soldados quedó impactada. Años después comentaría aquella muerte. Cuando ordené las pocas cosas que tenía el muerto reparé en una notita que había en su agenda. Era una oración para pedir que se le conservase la vida. Esta oración se la había dado su esposa. Esto me partió el alma. Comprendí, justo en ese momento, lo que humanamente significaba aquella muerte. Edith recibió la Medalla al Valor por su trabajo abnegado en el hospital.

Actividad docente

Cerrado aquel hospital y después de su experiencia en la sanidad militar, en 1915 volvió a Breslau y reemprendió la redacción de la tesis doctoral, a la vez que comenzaba su actividad docente. Al año siguiente, Husserl se trasladó de Gotinga a Friburgo de Brisgovia y necesitaba un ayudante. No tenía a Reinach, que había sido movilizado por el ejército, y eligió a Edith Stein, que pasa a ser ayudante en la cátedra de aquel gran filósofo, cosa extraordinaria para una mujer en aquellos tiempos.

En 1917 se doctoró con el trabajo Sobre el problema de la empatía, que fue calificado con summa cum laude y, más tarde, publicado. Durante los años de Friburgo, desarrolló un trabajo titánico al lado de Husserl. Gracias a Stein, que revisó y ordenó casi diez mil hojas manuscritas de su maestro, éste pudo publicar el segundo volumen de sus Ideas relativas a una fenomenología pura. Por esta época, además de realizar un intenso trabajo científico privado, intentó sin éxito la habilitación para una cátedra universitaria. Su solicitud para ocupar una plaza de profesora en Gotinga fue rechazada por el simple hecho ser mujer. Edith reclamó ante el Ministerio de Educación, que respondió con un decreto, en 1920, que instaba a abrir a las mujeres el acceso a las cátedras universitarias. Pero la orden no surtió ningún efecto práctico, y Edith renunció a nuevos intentos por el momento. Siguió con Husserl, pero el maestro, más que tenerla como colaboradora, la utilizaba como sirvienta académica y no le ayudaba a abrirse camino. Finalmente, Edith se separó de él; comenzó a impartir cursos de filosofía en su propia casa y, más tarde, dio clases de ética en la Escuela Superior de Breslau.

En el camino de la fe

Es por esta época de finales de la segunda década del siglo cuando encuentra Edith la fe cristiana, a la que fue acercándose lentamente. Las clases del filósofo Max Scheler fueron un apoyo muy importante en el largo camino de la conversión, pero la influencia decisiva la ejercieron los muchos testimonios de fe de amigos cristianos y los escritos de santa Teresa de Jesús.

Hay varios episodios -experiencias orientadoras- en la vida de Edith Stein que son pasos importantes en su camino hacia la fe verdadera. El primero ocurrió en 1917. Estando paseando con la hermana del filósofo Reinach por el casco viejo de la ciudad de Francfort, entraron unos minutos en la catedral. Mientras admiraban en silencio la belleza de la arquitectura, Edith vio allí a una sencilla mujer que venía con su cesta del mercado, se arrodilló y rezó. Según el testimonio de la propia Edith, esta escena fue una impresión decisiva en su acercamiento a la fe: una persona sencilla que se arrodilla para rezar en la catedral. Esto me sorprendió mucho -confesó Edith más tarde-. A la sinagoga sólo íbamos para celebrar las fiestas y el culto oficial. Pero allí vi a una mujer que había interrumpido sus negocios cotidianos para hablar confidencialmente con su Dios. Esto nunca lo pude olvidar. Algo inexpresable, sumamente sencillo, la cosa más natural, y sin embargo tan misterioso: ese trato familiar con el Dios invisible. No es un meditar replegándose en sí mismo, sino en el silencioso tender hacia un Otro que es Misterio. Lo que vislumbró la futura santa en esa sencilla mujer que reza, se convertirá pronto para ella en certeza: Dios existe, y en la oración volvemos a Él.

En aquel mismo año le llegó la noticia que su amigo Reinach había muerto en el frente. Ella fue la encargada para ordenar el legado filosófico -la herencia científica- de su colega filósofo. Le gustó la idea, pero temía visitar a Anna, su viuda -que era cristiana-, a la que, sin duda se la encontraría deshecha en lágrimas. Ella era atea y ¿cómo iba a consolar a una creyente? Cuando Edith fue a casa de Reinach para pedir los papeles de ésta a su viuda, en vez de ver a una persona triste y desesperada, se encontró con una mujer llena de paz, dispuesta a aceptar su dolor como voluntad de Dios. La fe robusta, que daba serenidad y fortaleza, de la joven viuda dejó muy pensativa a Edith. Aquella mujer le explicó que sacaba fuerzas de la fe en Jesucristo crucificado que resucitó. Años después, Edith escribiría: En este momento se hundía mi incredulidad. Aquel fue mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que ésta infunde a quienes la llevan. Entonces comenzó a leer el Nuevo Testamento con mucha atención, aunque todavía no tenía fe.

En 1920, Edith pasó por una profunda crisis interior. Sufría por no encontrar el último porqué de su vida. Cuando preguntó a un judío conocido suyo por su imagen de Dios, recibió esta respuesta: Dios es espíritu. Más no se puede decir. Quedó decepcionada: Me sentía como si me hubieran dado una piedra en vez de pan para comer. Tampoco le bastaron las explicaciones del filósofo danés Kierkegaard, cuyas ideas sobre el cristianismo había estudiado con interés.

El acontecimiento decisivo tuvo lugar en el verano de 1921, durante unos días de vacaciones que pasó Edith en la casa de campo que el matrimonio Conrad-Martius, sus amigos de la escuela de Gotinga, tenían en el pequeño pueblo de Bergzabern. Una tarde, estando sola, para entretenerse, buscó algo interesante entre los libros de la estantería, y encontró la autobiografía de santa Teresa de Jesús. Durante el resto del día y toda la noche la leyó con verdadero entusiasmo. Al acabar y cerrar el libro, llegó a la conclusión, se dijo: ¡Ésta es la verdad! Enseguida se compró un catecismo y un misal, y se puso a estudiarlos detenidamente. Unos días después, entró en una iglesia -la parroquia católica de San Martín-, asistió a la Santa Misa, y una vez concluida ésta, Edith pidió al sacerdote ser bautizada. Aquel sacerdote, asombrado, le dijo que hacía falta una larga preparación. Edith insistió, así que el sacerdote no tuvo más remedio que examinarla en la fe. Quedó tan impresionado por su firmeza y sus conocimientos que fijaron la fecha del bautizo. Unos meses más tarde, el 1 de enero de 1922, fiesta de la Circuncisión del Señor, en el mismo templo parroquial de Bergzabern recibió el Bautismo. Su madrina fue su amiga protestante Hedwig Conrad-Martius. Adoptó los nombres de Teresa Hedwig en honor de santa Teresa de Jesús y de su amiga y madrina de bautismo. También, en la misma ceremonia, hizo su Primera Comunión y fue confirmada.

Profesora en Espira y en Münster

Lo más duro que le esperaba a la recién conversa era decírselo a su familia. Edith era un orgullo para su madre. Por eso mismo, ésta se derrumbó y se echó a llorar cuando su hija se reclinó en su regazo y le dijo: Madre, soy católica. Edith la consoló como pudo, e incluso le acompañaba a la sinagoga. Su madre no se repuso del golpe -lo consideraba una traición-, aunque no tuvo más remedio que admitir, viendo a su hija, que todavía no he visto rezar a nadie como a Edith.

La decisión de convertirse y la de hacerse carmelita fueron en Edith casi simultáneas, pero pensó que su ingreso en el Carmelo supondría para su madre un segundo golpe demasiado duro, así que optó por esperar. Además, entre sus consejeros espirituales, algunos opinaban que ella sería más útil a la Iglesia si seguía su labor intelectual que si entraba en un convento. Pero Edith no quería reanudar la vida universitaria en Friburgo, de la que estaba desencantada.

El obispo de Espira encontró una solución. Sabía que las dominicas de la ciudad necesitaban una profesora para su Liceo y su Escuela de Maestras, y propuso a Edith que ocupara la plaza. Ella aceptó, y en 1922 comenzó su nuevo trabajo, que realizó durante diez años. Su actividad docente no le impidió realizar una gira de conferencias en defensa de la igualdad de la mujer por Alemania y por otros países, publicar estudios filosóficos en la revista de la escuela fenomenológica, y realizar una serie de actividades literarias y de traducción. Entre otras obras de esta época es su traducción y comentario de las Quaestiones disputatae de veritate, de santo Tomás de Aquino Algunos años, durante las vacaciones de Navidad y de Semana Santa Edith acudía a la abadía benedictina de Beuron. La espiritualidad benedictina dejó en ella su huella.

En Espira cambió sus posturas filosóficas todavía más a fondo. Tradujo las cartas y los diarios de Newman y descubrió, poco a poco, el modo de pensar desde la perspectiva del cristianismo. Sobre todo, las obras del Aquinate le ayudaron a comprender el fundamento racional de la fe católica: Aprendí de santo Tomás -escribió en una carta- que se puede hacer un oficio divino incluso de la ciencia… y que se puede vivir en medio de este mundo una vida contemplativa. (…) Cuanto más profundamente una persona entra en Dios, tanto más tiene que salir de sí mismo para llevar la vida divina a los hombres. Además de su tarea y la dedicación a las alumnas escribió una Carta mensual para mujeres profesionales ofreciendo ayudas para la meditación personal.

En el verano de 1932, en una carta, hablaba sobre sus planes más inmediatos: Con los filósofos… tengo buenas relaciones de amistad, pero de momento no he abordado la cuestión de mi habilitación para la cátedra. Yo creo que también aquí habría dificultades para ello (precisamente ahora) (…). Para septiembre-octubre he aceptado en Aquisgrán un curso sobre la antropología de santo Tomás de Aquino (…). Tengo, además, para el 12 de septiembre, una invitación de la Sociedad Tomista para ir a Juvisy, junto a París, a una sesión de trabajo sobre la fenomenología y sus relaciones con el tomismo.

En un nuevo la habilitación para la docencia universitaria en Friburgo y en Breslau, obtuvo el mismo resultado negativo que la vez anterior, por lo que decidió aceptar el puesto que le ofrecía el Instituto Alemán de Pedagogía Científica, que las asociaciones de maestros y maestras católicas tenían en Münster. Y durante un curso -el de 1932-33- impartió clases sobre la formación de la mujer, hasta que vino la prohibición de su actividad docente por parte del Partido Nacionalsocialista (NSDAP) a causa de su ascendencia judía. Edith Stein escribió en una carta: No hay que lamentarse de que no tenga clases, yo creo que detrás de todo esto late un designio grande y misericordioso (…). Probablemente ya no estaré mucho en Münster. Y en otra carta posterior decía: Desde Pascua de Resurrección no tengo ya actividad docente. No sufra por ello. En su lugar me va a venir algo mucho más hermoso… Probablemente dentro de dos semanas iré a mi casa por algún tiempo y ya no regresaré a Münster.

En el Carmelo

Cuando le fue vedada la docencia, vio llegado el momento de cumplir su deseo de ser carmelita. El 14 de octubre de 1933, vísperas de la fiesta de Santa Teresa de Jesús, cumplidos 42 años, entró en el Carmelo de Santa María de la Paz de Colonia. Con alegría pudo escribir en una carta: Por fin estoy en el sitio que me corresponde plenamente. Tiempo después, la misma Edith contó lo doloroso que le resultó dar ese paso tan decisivo en su vida: Las últimas semanas que pasé en mi casa y la despedida fueron, como no podía ser menos, muy duras. Fue totalmente imposible lograr que mi madre mostrara alguna comprensión, y yo pude marcharme sólo por una firme confianza en la gracia de Dios en la fuerza de la oración.

Al año siguiente, el 15 de abril, tomó el hábito de la Orden de las Carmelitas Descalzas con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Cuando elegí el nombre a Cruce -explicó con sencillez-, lo hice por el destino de mi pueblo, porque ya entonces se podía prever que iba a sufrir mucho. Pensé que quienes entendíamos que los acontecimientos políticos significaban para nosotros la Cruz de Cristo, tendríamos que llevar esta Cruz en el nombre de todos. El 21 de abril de 1935 hizo la profesión temporal y tres años más tarde, en el mismo día, la profesión perpetua de los votos.

Ya en el Carmelo, algunas estrofas poéticas salidas de su pluma eran una clara manifestación de su profunda unión con el Divino Maestro, y de su puro y abnegado amor:

Tú, con inmenso amor, hundes tu mirada en la mía

E inclina tus oídos a mis calladas palabras

Y llenas el corazón de profunda paz.

Pero tu amor no encuentra satisfacción

En este intercambio, en el que aún cabe la separación:

Tu corazón aspira a más.

Como banquete matinal vienes Tú a mí cada mañana,

Tu carne y sangre se hacen mi comida y bebida

Y se realizan maravillas.

Tu Cuerpo penetra misteriosamente en el mío,

Y tu alma se une con la mía:

Ya no soy lo mismo que era antes,

Tú llegas y te vas, pero permanece la semilla.

Echada por Ti para fructificar en la gloria venidera,

Escondida en el cuerpo de polvo.

Permanece el vínculo que une corazón a corazón,

La corriente vital, que mana de la tuya

Y vivifica todos los miembros.

Qué admirables son tus amables milagros,

Sólo podemos asombrarnos, y balbucir, y enmudecer,

Pues espíritu y palabra fallan.

Otra de sus poesías fue dedicada al gozo en el Espíritu Santo:

¿Quién eres Tú, dulce luz, que me llena

e ilumina la obscuridad de mi corazón?

Tú me guías como de la mano de una madre,

y si me soltaras,

no sabría dar un paso más.

Tú eres el ámbito,

que me circunda y me encierra en sí.

Separada de Ti, me hundiría en el abismo

de la nada, del que a esa nada la elevaste hasta el ser.

Tú estás más cerca de mí que yo misma

eres más interior a mí que lo más íntimo de mi ser

y, sin embargo, eres inaccesible e incomprensible

y no cabes en nombre alguno:

¡Espíritu Santo – Amor eterno!…

En otros versos, Edith Stein contemplaba el profundo sufrimiento salvífico de Jesús en Getsemaní:

El que en Getsemaní, bañado en terrible sudor de sangre,

luchó con el Padre con fervientes súplicas:

Ése es el que consiguió la victoria;

Entonces se decidió la historia universal.

En el convento mantuvo frecuente correspondencia con numerosas personas, incluidos sus familiares y sus amigos de los años universitarios. También dedicó tiempo a trabajos filosóficos y teológicos. Se ocupó intensamente de la mística española, sobre todo de las grandes obras de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz. Entre sus obras de la época de carmelita están Ser finito y eterno -su obra filosófica principal-, escrita en 1936, y La ciencia de la Cruz, un estudio sobre san Juan de la Cruz que no pudo concluir. Fue su último libro, escrito en 1940.

Presagios oscuros

Los tiempos que corrían en Alemania no eran favorables para los judíos a causa de las ideas antisemitas de Hitler. Los nacionalsocialistas atacaban, cada vez con más agresividad, a los judíos. Unas nuevas leyes racistas, promulgadas en 1935, decretaron que todos los que no tenían sangre alemana eran ciudadanos de segunda clase. A Edith le iban llegando noticias de amigos y conocidos judíos que emigraban a países lejanos o, simplemente, desaparecían. Observaba con inquietud la creciente persecución contra su pueblo. Todo ello le hacía sufrir, pero no se preocupaba por su propio destino. Edith Stein procuraba consolar y confortar a los que acudían a ella, afligidos por la barbarie nazi. Momento especialmente doloroso fue el de la muerte de su madre, en 1936. Aquella mujer, fervorosa judía, nunca comprendió la conversión y la profesión religiosa de su hija.

Su estado de ánimo lo reveló en el libro Ser finito y eterno: Me siento metida en Dios, tengo paz y seguridad. No es la seguridad autónoma de un adulto que está en pie, por sus propias fuerzas, sobre un terreno seguro; es más bien la seguridad feliz de un niño pequeño que se encuentra en brazos fuertes. Esta seguridad no me parece insensata en absoluto. ¿O sería aquel niño más sensato si continuamente tuviera miedo de que la madre le dejara caer? Un año después, en 1937, presagiaba que la paz de que gozaba en el Carmelo de Colonia podía desaparecer. Hasta ahora -escribió- vivimos en la paz más profunda, sin disturbio alguno tras los muros de nuestro convento. Pero la suerte que corren nuestras hermanas en España, nos dice, sin embargo, a qué tenemos que estar preparadas.

Un año más tarde los presagios son más claros. En la noche del 8 al 9 de noviembre, en Alemania una mano asesina barre la pacífica existencia cívica de los judíos. Indefensos ciudadanos de raza judía fueron súbitamente expulsados a golpes de sus casas y torturados, sus comercios fueron demolidos y expropiados. Por todas partes arden las sinagogas. Cuando llegan al convento de carmelitas de Colonia las noticias de estos atropellos, sor Teresa Benedicta de la Cruz quedó como petrificada de dolor. Lo que había presentido era ya una pavorosa realidad, y exclamó: Esto es la sombra de la cruz que se cierne sobre mi pueblo. ¡Oh, si hubiera un poco de sensatez! Ahora se cumple la maldición que mi pueblo atrajo sobre sí. Caín ha de ser perseguido, pero ¡ay de aquel que toque a Caín! Y Edith Stein estaba dispuesta a compartir el trágico destino de su pueblo. Consciente de la cruz que se avecinaba, ofreció a Dios su vida por el pueblo judío. Pero también sabía que, por su permanencia en el convento de Colonia, toda la comunidad se encontraba en un peligro inminente.

En Holanda

El 31 de diciembre de 1938 tuvo que emigrar al convento de Echt, en Holanda, a causa de las intrigas antijudías del régimen nazi. Le costó el traslado, pero vio su necesidad y lo aceptó serenamente. Antes de abandonar Colonia, Edith rezó ante la imagen de María Reina de la Paz para encomendar el éxito de su viaje a Holanda. Un fiel amigo de nuestra casa (del Carmelo de Colonia) me trajo aquí la tarde de San Silvestre -escribió-. Las buenas hermanas habían hecho todo lo posible para obtener permiso de entrada y me recibieron con un amor entrañable. También confesó en unas cartas: Experimento muy vivamente que en esta tierra no tenemos hogar permanente (…). Hoy comprendo con mucha más claridad lo que realmente es la unión con el Señor en la Cruz.

El Domingo de Pasión del año 1939, poco antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, sor Teresa Benedicta de la Cruz -que no se contenta con apellidarse de la Cruz, sino que quiere hacerse semejante a su Señor Crucificado- escribió a la Priora de su convento: Querida madre, permítame que me ofrezca al Corazón de Jesús como víctima expiatoria por la verdadera paz, para que se derrumbe, a ser posible sin una nueva guerra mundial, el dominio del Anticristo y pueda establecerse un nuevo orden en el mundo. Quisiera hacerlo hoy mismo, y ya estamos en la hora duodécima. Sé que no soy nada, pero Jesús lo quiere, y Él en estos días va a llamar a lo mismo a otros muchos.

El 9 de junio del mismo año, redactó su testamento, que lo resumió en estas palabras: Ya desde ahora acepto la muerte que Dios me ha destinado, con total sumisión a su santísima voluntad y con alegría. Pido al Señor que se digne aceptar mi vida y mi muerte para honra y gloria suya, por todas las intenciones de los santísimos Corazones de Jesús y de María, y de la Santa Iglesia, en especial por la conservación, santificación y perfección de nuestra Orden, y más particularmente de los conventos de Colonia y de Echt, para reparar la incredulidad del pueblo judío y para que el Señor sea aceptado por los suyos, y venga su Reino glorioso, por la salvación de Alemania y la paz del mundo; finalmente, por mis parientes, vivos y difuntos, y por todos los que Dios me ha dado: para que ninguno se pierda.

El martirio

El 1 de septiembre de 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial. Muchos familiares de Edith huyeron a Estados Unidos, a Colombia y a Noruega. Su hermana Rosa, que se había convertido también a la fe católica, se refugió -con muchas dificultades- igualmente en el Carmelo de Echt, y se hizo lega. En su convento de Echt, sor Teresa Benedicta de la Cruz no cesa de implorar la paz. En una carta fechada el 2 de febrero de 1942 escribió: Ayer, delante de una imagen del Niño Jesús de Praga, me vino a la mente la idea de que lleva la insignia imperial y no por casualidad ha querido manifestar su actividad en Praga. Praga ha sido, a través de los siglos, la sede de los antiguos emperadores alemanes, esto es, del Sacro Imperio Romano-germánico, y produce una impresión tan majestuosa como ninguna otra ciudad que yo conozca y que pueda compararse, incluso París y Viena. El Niño Jesús llegó precisamente cuando terminó el imperio político de Praga. ¿No es acaso este “emperador celeste” el que debe poner fin a todas las guerras? Él tiene las riendas en la mano, aun cuando parezcan regir los hombres.

En 1940 los Países Bajos fueron ocupados por los nazis, y dos años después de la invasión comenzó la deportación de los hebreos. El pueblo holandés, junto con sus obispos y presbíteros, quedó profundamente irritado. Con intención de acudir en socorro de los torturados judíos, las comunidades cristianas (calvinistas, católicos y luteranos) holandesas dirigieron un telegrama al comisario del Reich, Seyss-Inquart. Ante la indignada súplica, el Gobierno ofreció seguridades de que los judíos cristianos no serían molestados. Pero las autoridades eclesiásticas no podían callar ante el secuestro de los judíos no cristianos que proseguía sin cesar. Y ante tales atropellos se dispusieron a publicar una pastoral denunciando tales injusticias. El jefe de la Gestapo en Holanda, Karsten, hizo saber que si tenía lugar la denuncia, deportaría no sólo a los hebreos de sangre y de religión, sino también a los bautizados. Ante este chantaje, algunas comunidades cristianas cedieron, pero el obispo de Utrecht comunicó a las autoridades de ocupación que no tenían ningún derecho a entrometerse en asuntos eclesiásticos.

En consecuencia, el 26 de julio de 1942 se leyó públicamente ante los fieles holandeses la carta pastoral. Entre otras cosas decía: Amadísimos fieles… Cuando Jesús se acercaba a Jerusalén y vio la ciudad, lloró sobre ella y dijo: “¡Ah, si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya! Pero ahora está oculto a tus ojos”… Queridos fieles, suscitemos ante todo en nosotros mismos un profundo sentimiento de arrepentimiento y de humildad. Pues ¿acaso no somos también nosotros responsables de las catástrofes que nos afligen? ¿Hemos buscado siempre y ante todo el Reino de Dios y su justicia? ¿Hemos ejercitado siempre nuestros deberes de justicia y caridad para con nuestros prójimos? Si reflexionamos seriamente, habremos de reconocer que todos hemos faltado… Supliquemos a Dios que se digne otorgar pronto al mundo una paz justa. Que fortalezca al pueblo de Israel, tan acerbamente probado en estos días, y lo lleve a la verdadera redención de Cristo.

Y la temida respuesta se produjo una semana después de darse a conocer la carta pastoral. En un acto de venganza contra los obispos holandeses, el 2 de agosto la violencia del régimen alemán descargó con toda su furia sobre los hebreos. Ese día fueron detenidos todos los judíos católicos y los miembros judaicos de los conventos holandeses. Como los agentes del nacionalsocialismo no se atrevieron con los superiores eclesiásticos, su odio lo descargaron de lleno sobre los judíos católicos, víctimas inocentes, que serán deportados a los campos de concentración y de exterminio. Entre las víctimas, Edith Stein.

El primer domingo de agosto, día 2, sor Teresa Benedicta de la Cruz estaba arrodillada haciendo oración, en el coro de las religiosas del Carmelo de Echt, cuando fue avisada para que acudiera al locutorio. Allí le esperaban dos oficiales de las SS, que le intimidaron a que saliera del convento en el plazo de cinco minutos. Edith Stein, antes de salir, rogó a las hermanas que pidieran por ella. Comenzaba su calvario. Igualmente había sido detenida su hermana Rosa. La comunidad que contemplaba con dolor e indignación la detención vio cómo Edith tomó de la mano a su hermana y le dijo: Ven, vamos a sacrificarnos por nuestro pueblo. Fueron las últimas palabras que las carmelitas de Echt oyeron de sus labios. Momentos antes, las dos hermanas se habían arrodillado para recibir la bendición de la Madre Priora.

En la noche del 3 al 4 fue trasladada con el resto de los secuestrados -unos 1.200- al campo de concentración de Westerbork. Allí, sor Teresa Benedicta de la Cruz se incorporó definitivamente al abandono de su Señor en Getsemaní y a sus sufrimientos anímicos en el madero de la Cruz. Crucificada con Él, quiso hacer provechosos sus sufrimientos para la eterna salvación de su amado pueblo judío. Pero su profundo dolor no le impidió en modo alguno ser una fuente de cariño y de consuelo para cuantos la rodean. Ella misma escribió desde su cautiverio: Aquí hay tantas personas que necesitan consuelo… y esperan recibirlo de las carmelitas.

Con su acostumbrada servicialidad atendió a todos, especialmente a los hambrientos y desamparados niños. Desarrolló una actividad tan intensa en lavado y limpieza, que causó admiración a todos. Para los desvalidos niños se convirtió en una madre cariñosa. Una superviviente manifestó: Entre todos los detenidos internados se distingue sor Benedicta por su inalterable tranquilidad. Los lamentos en el campo de concentración y la zozobra entre los recién llegados eran algo indescriptible. Sor Benedicta iba de un lado para otro entre las señoras, consolando, ayudando, tranquilizando como un ángel. Muchas madres, rayanas en la locura, llevaban bastantes días sin preocuparse de sus hijos y estaban aletargada en su sorda desesperación. Sor Benedicta comenzó enseguida a prodigar cuidados a los pobres pequeñuelos, lavándolos y peinándolos y preocupándose de su alimentación y de cuanto necesitaban.

El 7 de agosto fue conducida, juntamente con su hermana Rosa y otros deportados, a la aldea polaca Oswiecim. Dos días después fue asesinada en las cámaras de gas del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.

Glorificación

El 1 de mayo de 1987 san Juan Pablo II beatificó a Edith Stein -hija del pueblo judío y fiel cristiana- en la ciudad alemana de Colonia. Entre los fieles y público asistente a la ceremonia, se encontraban familiares de la nueva beata y bastantes judíos. En la homilía, el Pontífice dijo: La Iglesia propone hoy a nuestra veneración e imitación a la beata mártir Teresa Benedicta de la Cruz, ejemplo de seguimiento heroico de Cristo. Abrámonos al mensaje que ella nos dirige como mujer del espíritu y de la ciencia que supo ver en la ciencia de la cruz la cima de toda sabiduría. Además, destacó el doble significado que presentó su martirio: En el campo de exterminio murió como hija de Israel “para gloria del Nombre Santísimo” y, al mismo tiempo, como hermana Teresa Benedicta de la Cruz, es decir, bendecida por la cruz. También el Papa señaló: La recepción del bautismo no significó para Edith Stein de ningún modo la ruptura con su pueblo judío. Todo lo contrario: ella misma afirma: “Yo había dejado de practicar mi religión judía cuando era una jovencita de 14 años y sólo después de mi vuelta a Dios volví a sentirme judía”. Y añadió Juan Pablo II: Su propia vida y su cruz están íntimamente unidas al destino del pueblo judío. En una oración, confiesa al Señor que ella sabe que “es su cruz (la cruz de Jesús) la que ha sido cargada ahora sobre los hombros del pueblo judío”.

Once años después, el 11 de octubre de 1998, el mismo Papa, san Juan Pablo II, canonizaba a Edith Stein que, según expresión feliz del cardenal Josepf Höffner, ha sido un regalo de Dios, una llamada y una promesa para nuestra época.

En la homilía de la Misa de Canonización san Juan Pablo II dijo: El amor a Cristo fue el hecho que encendió la vida de Teresa Benedicta de la Cruz. Mucho antes de darse cuenta fue completamente conquistada por Él. Al comienzo, su ideal fue la libertad. Durante mucho tiempo Edith Stein vivió la experiencia de la búsqueda. Su mente no se cansó de investigar, ni su corazón de esperar. Recorrió el camino arduo de la filosofía con ardor apasionado y, al final, fue premiada: conquistó la verdad; más bien, la Verdad la conquistó. En efecto, descubrió que la verdad tenía un nombre: Jesucristo, y desde ese momento el Verbo encarnado fue todo para ella. Al contemplar, como carmelita, ese periodo de su vida, escribió a una benedictina: “Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios”.

En otro momento de la homilía, el Papa se refirió a la relación entre el amor y la verdad que supo comprender Edith Stein: Santa Teresa Benedicta de la Cruz llegó a comprender que el amor de Cristo y la libertad del hombre se entrecruzan, porque el amor y la verdad tienen una relación intrínseca. La búsqueda de la libertad y su traducción al amor no le parecieron opuestas; al contrario, comprendió que guardaban una relación directa. Y añadió el Papa: En nuestro tiempo, la verdad se confunde a menudo con la opinión de la mayoría. Además, está difundida la convicción de que hay que servir a la verdad incluso contra el amor, o viceversa. Pero la verdad y el amor se necesitan recíprocamente. Sor Teresa Benedicta es testigo de ello. La “mártir por amor”, que dio la vida por sus amigos, no permitió que nadie la superara en el amor. Al mismo tiempo, buscó con todo empeño la verdad, sobre la que escribió: “Ninguna obra espiritual viene al mundo sin grandes tribulaciones. Desafía siempre a todo el hombre”. Santa Teresa Benedicta de la Cruz nos dice a todos: No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad. El uno sin la otra se convierte en una mentira destructora.

Y al final, habló el Pontífice de la experiencia de la cruz que vivió Edith Stein: La nueva santa nos enseña, por último, que el amor a Cristo pasa por el dolor. El que ama de verdad no se detiene ante la perspectiva del sufrimiento: acepta la comunión en el dolor con la persona amada. Edith Stein, consciente de lo que implicaba su origen judío, dijo al respecto palabras elocuentes: “Bajo la cruz he comprendido el destino del pueblo de Dios (…) En efecto, hoy conozco mucho mejor lo que significa ser la esposa del Señor con el signo de la cruz. Pero, puesto que es un misterio, no se comprenderá jamás con la sola razón”. El misterio de la cruz envolvió poco a poco toda su vida, hasta impulsarla a la entrega suprema. Como esposa en la cruz, Sor Teresa Benedicta no sólo escribió páginas profundas sobre la ciencia de la cruz, también recorrió hasta el fin en camino de la escuela de la cruz. Muchos de nuestros contemporáneos quisieran silenciar la cruz, pero nada es más elocuente que la cruz silenciada. El verdadero mensaje del dolor es una lección de amor. El amor hace fecundo al dolor y el dolor hace profundo al amor. Por la experiencia de la cruz, Edith Stein pudo abrirse camino hacia un nuevo encuentro con el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, Padre de nuestro Señor Jesucristo. La fe y la cruz fueron inseparables para ella. Al haberse formado en la escuela de la cruz, descubrió las raíces a las que estaba unido el árbol de su propia vida. Comprendió que era muy importante para ella “ser hija del pueblo elegido y pertenecer a Cristo, no sólo espiritualmente, sino también por un vínculo de sangre”.

El 1 de octubre de 1999, en la homilía de la Misa inaugural del Sínodo de Obispos para Europa, san Juan Pablo II manifestó su alegría de proclamar tres nuevas copatronas del continente europeo. Entre ellas, santa Teresa Benedicta de la Cruz. De ella, consumado su martirio, se dijo: Edith es la flor maravillosa del Pueblo escogido, al que Dios no ha abandonado sino que lo protege y conserva hasta que se encamine hacia Cristo. En Edith Dios nos ha dado ya un santo precursor. Y como santa patrona de Europa, su intercesión ante Dios por el Viejo Continente, cuyas raíces son cristianas, traerá abundancia de gracia y bendiciones.

*****

Beato Florentino Asensio Barroso

En Barbastro, en España, beato Florentino Asensio Barroso, obispo y mártir, que fusilado por los milicianos durante el furor de la persecución contra la Iglesia, con su propia sangre dio testimonio de la fe que había predicado constantemente al pueblo que tuvo encomendado. (1936) (Martirologio Romano).

Semblanza

Obispo y mártir

Una cruel persecución

En pleno siglo XX se produjo una de las más tremendas persecuciones contra la Iglesia. Durante la guerra civil española (1936-39), especialmente en los primeros meses, en la zona de dominio republicano-marxista se prohibió toda manifestación de signo religioso y, por el solo hecho de creer en Dios, fueron asesinados 13 obispos, 4.317 sacerdotes, 2.489 religiosos, 283 religiosas, 249 seminaristas y muchos millares de seglares. Felizmente y para gloria de estos mártires -entre los que contaban mujeres, ancianos y muchachos casi niños-, ni los pelotones de ejecución ni los tormentos a que fueron sometidos consiguieron apartarlos de la fe.

Además, en la cruel persecución se destruyeron templos, imágenes, signos y objetos de culto en tan cantidad que pocas veces se encontrará en la ya dos veces milenaria historia de la Iglesia una acción materialmente tan devastadora, consumada con el intento deliberado de eliminar la dimensión religiosa de la vida de una nación. Sólo los templos saqueados, incendiados o arrasados alcanzan la cifra de veinte mil.

Uno de los mártires fue Florentino Asensio Barroso, obispo titular in partibus de Eurea de Epiro y administrador apostólico de Barbastro, beatificado por el papa Juan Pablo II el 4 de mayo de 1996.

Breve fue su pontificado en la ciudad del Vero, pues no llegó a colmar los cinco meses. El 16 de marzo de 1936 había llegado a Barbastro, donde fue recibido por un gran gentío, a pesar de la tensión anticlerical que latía en la ciudad. Al bajar del coche dijo, como presintiendo su drama: Ya estamos aquí. Ecce ascendimus Hierosolymam (He aquí que subimos a Jerusalén). Y sonrió, lleno de paz y de conformidad. El 9 de agosto, a las tres de la madrugada, en el kilómetro 3 de la carretera de Sariñena fue fusilado.

Primeros años de su vida

El obispo mártir había nacido el 16 de octubre de 1877 en Villasexmir, pueblecito vallisoletano del partido judicial de Mota del Marqués, del arciprestazgo de Torrelobatón, entonces de la diócesis de Palencia y hoy de la archidiócesis de Valladolid. Cuando Florentino contaba tres años de edad su familia se trasladó a Villavieja del Cerro. Sintiendo la llamada al sacerdocio, acudió a una preceptoría de preparación para el seminario diocesano que el párroco de Villavieja, D. Santiago Herrero, dirigía.

En el seminario destaca por su aplicación escolar, pero sobre todo por su conducta y virtudes, como proclamaron sus compañeros, hasta afirmar uno de ellos que en Florentino veía un santo dentro de lo humano. Recibió la ordenación sacerdotal el 1 de junio de 1901, de manos de monseñor Cidad, obispo auxiliar del cardenal Cascajares. Quiso celebrar su primera Misa solemne en Villavieja en un día muy señalado para él, el 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, devoción que polarizó siempre los fervores de Florentino. Treinta y cinco años después, en la misma iglesia parroquial ofició su primer pontifical, ya hecho obispo.

Cargos pastorales

Su primer cargo pastoral fue el de coadjutor de Villaverde de Medina. De su actuación en aquel pueblo declaró D. Norberto Iscar, un párroco del lugar que años después recopilaba recuerdos e informes sobre D. Florentino, en estos términos: Todos los que le conocieron me hablan de su carácter sencillo y afable; de su labor paciente y diaria, de su solicitud por la enseñanza del catecismo a los niños y adultos, de su celo por visitar a los enfermos a quienes consolaba y trataba de remediar en sus necesidades. Implantó en el pueblo el Apostolado de la Oración, la Congregación de la Hijas de María y la Obra del Pan de los Pobres para socorrer a los necesitados.

Poco más de un año estuvo en Villaverde, pues el nuevo arzobispo de Valladolid, monseñor Cos y Macho, le llamó a la ciudad del Pisuerga para darle el cargo de archivero episcopal. El 13 de abril de 1903 ya está en Valladolid, canónicamente adscrito a la parroquia de San Ildefonso y como capellán de las Hermanitas de los Pobres. Dos años después el arzobispo le nombra su capellán y mayordomo, empleo que le obligó a residir en la sede del Arzobispado de modo habitual. No por ello renunció a una intensa actividad apostólica. Desde el 2 de enero de 1905, y durante 24 años seguidos, compaginó sus funciones en el palacio episcopal con la de capellán de la Religiosas Siervas de Jesús. En este último cargo destacó por su piedad, asiduidad y celo en el servicio del culto, del confesonario, de la catequesis y formación de religiosa. Le tenían como sacerdote en todo ejemplar por su sencillez, su modestia y su fervor. También atendió el Monasterio de Las Huelgas Reales, y según testimonio de una religiosa, los días que D. Florentino iba al Monasterio había que retrasar la hora de cerrar la iglesia por la gente que acudía su confesonario. Y asimismo, en las Rvdas. Oblatas del Santísimo Redentor, y en las Hijas de la Caridad del Hospital de Santa María de Esgueva. En todos estos centros gozó de fama de prudente confesor y celoso director de almas.

Profesor

En los años 1905 y 1906 obtuvo la licenciatura y el doctorado por la Universidad Pontificia de Valladolid, lo que le habilitó también para ejercer la docencia en dicha Universidad. En 1916 recibía de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades el nombramiento de profesor. Anteriormente, en 1910 fue nombrado beneficiado de la catedral, y en 1918, canónigo. Al ser promovido a la Sagrada Púrpura su arzobispo, acompañó a monseñor Cos y Macho a Roma, donde conoció al papa san Pío X. A la muerte del cardenal Cos y Macho, ocurrida en 1919, pasa a ocupar la sede vallisoletana monseñor Remigio Gandásegui, que nombra a D. Florentino confesor del Seminario Conciliar. De su esmero y solvencia en este cometido, está el testimonio del que fue cardenal Primado de España, monseñor González Martín: Con frecuencia me confesé con él durante el trienio filosófico, cuando yo tenía 15 a 17 años. Mi recuerdo personal me permite evocarle como un sacerdote muy fervoroso, muy fino y muy delicado espiritualmente; muy capaz de despertar en nosotros los seminaristas, deseos de virtud y vida santa.

En el año 1925 fue nombrado párroco de la catedral metropolitana, a cuya jurisdicción y cuidados pastorales se adscribía todo el personal que prestaba servicios a la catedral. Cargaban también sobre él los servicios ordinarios de culto, predicación, catequesis, confesiones, atención a los enfermos… Los 10 años dedicados a esta función fueron de absoluta ejemplaridad y diligencia.

La predicación fue para D. Florentino una verdadera vocación que cultivó desde el comienzo de su vida sacerdotal hasta los últimos días de su vida. Preparaba sus sermones con esmero y escribía cuanto decía, de principio a fin. Para él la predicación era, más que un desahogo, un deber de su espíritu y celo apostólico.

Obispo

Un día de otoño de 1935 -12 de octubre- fue llamado a Ávila por monseñor Tedeschini, nuncio apostólico en España, para hacerle saber que la Santa Sede se proponía elevarlo a la dignidad episcopal con nombramiento de Administrador Apostólico de Barbastro, sede que había quedado vacante por traslado del obispo redentorista P. Nicanor Mutiloa Irurita a la sede de Tarazona. Sorprendido, y honradamente convencido de que a él no le iba tal dignidad, se resistió hasta el máximo, según testificó el propio nuncio, Federico Tedeschini: El candidato D. Florentino Asensio Barroso, es dignísimo como persona y no indigno como candidato al episcopado. Le llamé y expuse la soberana voluntad (del Papa) que le destinaba a Barbastro. Durante la conversación, el sacerdote, que es sin duda una persona enteramente de Dios, se resistió por todos los medios. Desde Valladolid, el canónigo Asensio escribió al Nuncio declinando la propuesta. Y a duras penas, terminó aceptando la carga de aquella Administración Apostólica. Todo analizado, creo que hará mucho bien, dará mucha gloria a Dios y hará mucho bien a las almas. Parece ser que después de una abundante correspondencia, el representante del Papa zanjó la cuestión con estas palabras: O acepta usted el cargo o será considerado como hijo rebelde de la Santa Sede.

La consagración episcopal tuvo lugar el 26 de enero de 1936. Actuó de consangrante el arzobispo de Valadolid, monseñor Gandásegui, acompañado por los co-consagrantes Manuel de Castro y Alonso, arzobispo de Burgos, y Manuel Arce Ochotorena, a la sazón obispo de Zamora.

Tiempos difíciles

Los tiempos eran difíciles para la Iglesia en España. La situación se agravaba por momentos y el estallido revolucionario, que ya en 1934 había causado muchas víctimas y graves daños en Asturias y en otras partes, amenazaba de nuevo. Para el 16 de febrero, se habían convocado elecciones legislativas y el nuevo obispo quiso dejar pasar aquella circunstancia, antes de emprender la marcha y comenzar la tarea en Barbastro. Pero quiso estar en su nuevo destino antes de que comenzase la Semana Santa de aquel año, y decidió realizar la entrada solemne en su sede el día 15 de marzo, III domingo de cuaresma. Noticia que difundió El Cruzado Aragonés, semanario católico.

Las elecciones generales de febrero, con el triunfo del Frente Popular, encresparon aún más las aguas, no siendo Barbastro ajena a la agitación de aquellos tiempos. Había en la ciudad del Vero grupos organizados que fomentaban la subversión y el sectarismo anticlerical. Durante el pontificado del obispo Mutiloa ya se habían producido la profanación del cementerio y el asalto al Seminario Diocesano.

En Barbastro

Monseñor Asensio salió de Valladolid el 13 de marzo, en marzo rumbo a Zaragoza. Al despedirse de la comunidad del Monasterio de Las Huelgas Reales la abadesa le dijo, lamentándose: En qué tiempo le toca ir a tierras tan lejanas. Y D. Florentino contestó: ¿Y qué? Todo se reduce a que me maten y vaya antes al cielo. La parada en la capital aragonesa era ineludible para postrarse ante la Virgen del Pilar y para cumplimentar a su metropolitano, monseñor Rigoberto Doménech. Estando en Zaragoza, pudo percibir los primeros aires de la tormenta que se cernía sobre su persona.

Al circular la noticia de su llegada, se supo que elementos provocadores estaban apostados en la carretera de Huesca para perturbar el acto o atentar contra la persona del nuevo prelado. El Cabildo de la Catedral lo alertó. Y el Obispo retrasó su llegada al día siguiente, 16 de marzo, lunes. Llegó protegido y sigilosamente. La “recepción” fue en la Catedral, donde se habían congregado los fieles para recibirle sin más boato que la cordialidad y el ceremonial litúrgico prescrito para tales casos.

En la alocución dijo que era la Providencia quien le traía a Barbastro para ser padre de todos en cualquier circunstancia, pero preferentemente en las adversas… Que había llegado el momento de estrecharnos todos las manos para que no existiesen odios, ni rencores, ni envidias, ni prejuicios, hasta conseguir que todos seamos realmente buenos hermanos como hijos de un mismo Padre.

Primeros problemas

Pocos días después -el 18 de marzo-, el Ayuntamiento hizo llegar al Obispo el acuerdo que se había tomado en la sesión municipal de prohibir el toque de campanas como anuncio de actos de culto, de festividades religiosas y cualquier otro tipo que no sea expresamente autorizado por esta Alcaldía. Porque decían que el frecuente toque de campanas constituye una molestia que debe evitarse… es anuncio contrario al sentir popular… abuso flagrante y reto a las creencias u opiniones opuestas… propaganda hiriente para muchos… turbadora del reposo de todos.

Sin hacer en ningún momento dejación de derechos, monseñor Asensio dio pruebas de talento y de moderación.

Pero el asunto que le dio más quebraderos de cabeza fue la defensa del Seminario Diocesano, cuyo edificio se había adjudicado el Ayuntamiento por la fuerza en el año 1933, y que sólo tras penosos esfuerzos pudo ser recuperado por monseñor Mutiloa, predecesor de D. Florentino en la sede episcopal de Barbastro. El recién llegado obispo hizo lo que buenamente pudo en el viejo pleito sobre la propiedad del Seminario. A las amenazas del Ayuntamiento de apoderarse de nuevo del inmueble, monseñor Asensio opuso una táctica dilatoria, entre amable y prudente. Logró así, al menos, que los seminaristas acabasen el curso. Cuando en mayo de 1936 las turbas asaltaron el edificio, consiguió salvar los objetos más importantes de la iglesia, de la biblioteca… Al iniciarse la demolición del Seminario, acudió al Tribunal Supremo y depositó la fianza legal, con lo que frenó por el momento los hechos consumados.

En el ámbito social acudió en auxilio de la clase obrera, tan maltratada. Entregó de sus fondos unas 2.000 pesetas para aliviar a los parados, una cantidad respetable para aquellos tiempos. Mandó también realizar obras en la tapia del huerto del Obispado para dar trabajo a algunos desempleados. Inició, por otra parte, el Sindicato Católico en su diócesis, como alternativa a los sindicatos de ideología anticristiana.

El ambiente de Barbastro era tenso, el clima anticlerical de un sector de la población estaba totalmente enrarecido. D. Florentino presentía la tragedia. Cuando el 2 de julio subió al Monasterio de las Religiosas Capuchinas para presidir la elección de una nueva abadesa, dijo en la plática previa a la votación: Quien sea la elegida tome la cruz y siga a Jesús cargado con la suya hasta el Calvario, para ser allí crucificada con Él. ¡Qué dicha si algún día llegamos a ser mártires! ¿Quién sabe si no lo seremos? Para él, la cruz, el calvario y el martirio estaban tan sólo a días vistas.

El Pastor no abandona a las ovejas

Tan grave era la situación, que varias personalidades eclesiásticas, entre ellas el obispo de Huesca y el arcediano del Pilar de Zaragoza, le aconsejaron que se alejase de la diócesis. La respuesta de D. Florentino, al oír tales consejos, siempre era la misma: Yo no abandono la viña que el Señor me ha confiado. Quiero correr la misma suerte de mi diócesis. Y, sin vacilar en ningún instante, siguió en su puesto ofreciéndose en holocausto. Él vivía en el clima de la confianza en el Señor. Veinte siglos atrás en Jerusalén habían crucificado al Hijo de Dios, y a lo largo de la historia, una multitud de hombres y mujeres habían sufrido persecuciones, violencias y martirios a causa de su fe. D. Florentino presentía que el Señor le llevaba por el mismo camino.

Una sangrienta persecución

El 13 de julio era asesinado en Madrid el jefe de la oposición parlamentaria, José Calvo Sotelo, por las fuerzas de seguridad del Estado. España entera se conmovió. Aquel crimen fue el detonante que desencadenó la Guerra Civil española. Cuatro días después, el 17 de julio, se produjo el alzamiento del ejército de África. Al día siguiente, por la mañana, el secretario de Cámara del Obispado fue a despachar con el prelado. Éste le preguntó: ¿Has oído lo del levantamiento de África? Su colaborador le contestó: Sí, lo he oído, Sr. Obispo. Y el Obispo comentó: Veremos lo que el Señor nos prepara.

A partir de aquel momento, se desarrolló en toda la diócesis de Barbastro una sangrienta persecución religiosa. El 19 de julio fueron detenidos dos sacerdotes, entre ellos el Vicario General. En la mañana del 20, un piquete de milicianos comunica al Sr. Obispo que quedaba detenido en el palacio episcopal, prohibiéndole toda comunicación con el exterior. Dos días más tarde, D. Florentino es trasladado al colegio de los Padres Escolapios, transformado en cárcel, donde fueron llegando varias decenas de religiosos, algunos sacerdotes y algún seglar en calidad de presos.

En D. Florentino la oración fue el soporte y sedante para la tensión de aquellos días. Si todos los allí encarcelados recibieron de él un refuerzo de la fe, la muerte presentida, ya cercana, pedía redoblar las energías del espíritu. Nadie podía apartarle de los grandes asideros de su alma: la oración que hacía delante de la Eucaristía, oculta en el gabinete de física del colegio, desagraviando, y la Sagrada Comunión que recibía diariamente; el recuerdo de la Virgen María con la práctica del Rosario Perpetuo; y, sobre todo, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al cual comenzó una novena el día 31 de julio, terminándola el 8 de agosto con una confesión general, momentos antes de salir para sufrir el martirio.

El martirio

El 6 de agosto empezaron los interrogatorios. Al atardecer del 8, el Obispo fue citado de nuevo por dos milicianos a declarar. Presagiando lo peor, se acercó al prior de los benedictinos y le dijo: Por lo que pudiera ocurrir, déme la absolución. Aquella noche fue encerrado en la cárcel. A la una de la madrugada D. Florentino habló a los religiosos y demás personas que allí habían: Hijos míos, voy a daros mi última bendición, y después, como nuestro Maestro Jesús, celebraré mi última cena con vosotros. Algunos de los presentes se echaron a llorar, y añadió el prelado: No, no lloréis, porque esta noche es muy grata para mí. Elevemos nuestras plegarias al Todopoderoso para que salve a España de nuestros enemigos. A las tres le sacaron de la cárcel camino del Calvario. Su pasión había comenzado.

Cuando lo fueron a buscar en la cárcel, Mariano Abad, conocido por el Enterrador y que capitaneaba el piquete de ejecución, se quedó mirando con fijeza a monseñor Asensio, que vestía una chaqueta que no era suya y con mal aspecto, y soltando aquel personaje siniestro una blasfemia, le dijo: ¿Tú eres el Obispo? Pues, ¡si pareces un pastor!, a la vez que le daba un empellón despectivo y añadía: ¡No tengas miedo, hombre! Si es verdad eso que predicáis, irás al cielo. Lo único que dice el Obispo es: Sí, y rogaré por vosotros. Y entre insultos y blasfemias, el Enterrador le ató las manos detrás de la espalda con alambre, mientras decía: A éste, como es el pez gordo, lo ato yo. Y a continuación se consumó la burla más sangrienta y nefasta de toda la historia de Barbastro, el escarnio del Obispo.

Le bajaron la ropa, entre carcajadas, para ver si realmente era hombre como los demás. D. Florentino bajó los ojos y no hizo ningún movimiento, ni pronunció una sola palabra. Entre frases groseras e insultantes, risas y algarabía, uno de los presentes se acerca a sus genitales y, con sacrílega burla, le enseña una navaja cabritera y le corta los testículos. El obispo palideció, pero no se inmutó. Ahogó un grito de dolor y musitó una oración al Señor de las Cinco tremendas Llagas. Le cosieron la herida, el escroto, con hilo de esparto, como a un pobre caballo destripado. Le apretaron una toalla para frenar la hemorragia. El Enterrador rezongó: Habéis tenido el capricho de hacer esto, y ahora vamos a tener que llevarlo a cuestas hasta el camión, “si se enfría”.

El obispo fue empujado sin consideración al camión, y llevado a fusilar. Le obligaron a ir por su propio pie, chorreando sangre, a primeras horas del día 9 de agosto. Para los asesinos era un perro, una pobre bestia amansada y derruida. Ante los ojos de Dios y de los creyentes, era la imagen ensangrentada y bellísima de un nuevo mártir, en el trance supremo de su inmolación. El heroico prelado iba camino de su Gólgota diciendo en voz alta y alborazada: Qué noche más hermosa para mí; voy a la casa del Señor. Uno de los milicianos no entendía de qué podía alegrarse en aquel trance, y comentó: Se ve que no sabe a dónde lo llevamos… Y D. Florentino, serenamente, dice: Me lleváis a la casa de mi Dios y mi Señor; me lleváis a la gloria. Yo os perdono. En el cielo rogaré por vosotros… Sus verdugos le decían: Anda, tocino, date prisas. Y él: No, si por más que me hagáis, yo os he de perdonar.

Extenuado, llegó al lugar de la ejecución. Al recibir la descarga, los milicianos le oyeron decir: Señor, compadécete de mí. Su muerte no fue instantánea. Su agonía duró aproximadamente una hora, pues no le dieron el tiro de gracia, sino que lo dejaron morir desangrándose para que sufriera más. La agonía le arrancaba lamentos, se le oía decir: Dios mío, abridme pronto las puertas del cielo. También dijo: Señor, no retardéis el último momento. Y repetía muchas veces que ofrecía su sangre por la salvación de su diócesis.

Una vez muerto, Mariano Abad dijo: Ya tenemos al jefazo de los curas liquidado. Esto está en marcha. Luego añadió como arrancándose de la cabeza una pesadilla: ¿Te has fijado, el Obispo? ¡Qué serenidad! Aun en el mismo momento de volarle la cabeza, encomendándose a Dios… ¡Hay que ver cómo muere esta gente! Parece hasta como si tuvieran satisfacción. Se quedó mirando al vacío y de repente: No ha de quedar ni raza. Hasta la semilla de la sotana hay que raer. Y de los 140 sacerdotes de la diócesis de Barbastro fueron asesinados 114.

El cadáver del Obispo mártir fue arrojado a la fosa común. Al finalizar la Guerra Civil se procedió a la exhumación de los restos de las víctimas. El cadáver de D. Florentino pudo identificarse. Trasladados sus restos en un primer momento a la cripta de la Catedral con gran solemnidad, años más tarde fueron depositados bajo el altar de la Capilla de San Carlos. Una vez beatificado, su fiesta se celebra el 9 de agosto.

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