Día 12 de agosto

12 de agosto

Memoria libre de santa Juana Francisca de Chantal

Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal, religiosa, que, primero madre de familia, educó piadosamente a los seis hijos que tuvo como fruto de su cristiano matrimonio y, muerto su esposo, bajo la dirección de san Francisco de Sales abrazó con decisión el camino de la perfección, dedicándose a las obras de caridad, en especial para con los pobres y enfermos, y dio inicio a la Orden de la Visitación, que dirigió prudentemente. Su muerte tuvo lugar en moulins, junto al río Aller, cercano a Nevers, en Francia, el día trece de diciembre. (1641) (Martirologio Romano).

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Anécdota

Una recompensa sustanciosa

El ajedrez, uno de los juegos más antiguos que se conocen, fue ideado en la India. Cuando el monarca hindú Sheram lo conoció, quedó admirado de su ingeniosidad y de la diversidad de situaciones que podían darse en él. Al saber que había sido inventado por un súbdito suyo, ordenó que lo llamasen, para premiarlo personalmente por su feliz idea.

El inventor, que se llamaba Zeta, se presentó ante el trono del soberano. Era un sabio modestamente vestido. Al verle, le dijo el monarca: –Quiero premiarte dignamente, Zeta, por el magnífico juego que has ideado. Soy suficientemente rico para poder satisfacer tu deseo más atrevido. Dime qué premio quieres y lo recibirás.

Grande es tu bondad, señor -dijo el sabio Zeta-. Ordena que me den por el primer cuadrito del tablero de ajedrez un grano de trigo.

¿Un simple grano de trigo? -se asombró el monarca.

-Sí, señor. Por el segundo cuadrito ordena que me den dos, por el tercero, cuatro, por el cuarto, ocho, por el quinto, 16, por el sexto, 32…

¡Basta! -le interrumpió Sheram irritado-. Recibirás los granos de trigo por los 64 cuadritos del tablero, de acuerdo con tu petición, es decir, correspondiendo a cada uno el doble que al precedente. Pero ten en cuenta que tu petición es indigna de mi generosidad. Pidiendo una recompensa tan insignificante, menosprecias irrespetuosamente mi gracia. En verdad que, como maestro que eres, debías dar mejor ejemplo de respeto a la bondad de tu soberano. ¡Puedes retirarte! Mis servidores te sacarán el saco de trigo.

Zeta se sonrió al salir del salón y se puso a esperar en la puerta del palacio. Mientras tanto, los matemáticos del rey hacían las cuentas. Al finalizar, dijeron al monarca: –Hemos calculado concienzudamente la cantidad de granos que desea recibir Zeta. Esta cantidad es tan grande…

Por muy grande que sea -interrumpió orgullosamente Sheram-, mis graneros no se empobrecerán. La recompensa está prometida y debe darse…

Señor, satisfacer ese deseo es imposible. En todos tus graneros no hay la cantidad de granos que pide Zeta. No los hay en todos los graneros de tu reino. Ni en toda la superficie de la Tierra se podría encontrar ese número de granos de trigo. Si deseas cumplir tu promesa a toda costa, manda convertir en campos labrados los reinos de la Tierra, manda secar los mares y océanos, manda fundir los hielos y las nieves que cubren los desiertos lejanos del norte. Que todo ese espacio sea completamente sembrado de trigo. Y que todo lo que nazca en esos campos, ordena que se lo den a Zeta. Sólo entonces podrá recibir su recompensa. El monarca escuchó boquiabierto las palabras de los matemáticos. –Pero, ¿qué monstruoso número es ése?, dijo pensativo. Dieciocho trillones, cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones, setenta y tres mil setecientos nueve millones, quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince, señor (18 446 744 073 709 551 615).

*****

El monarca hindú no pudo cumplir su promesa: dar la recompensa que le pidió el sabio Zeta. Dios, sin embargo, sí nos puede dar el premio prometido, la vida eterna, consistente en una felicidad que saciará todo deseo del corazón humano. Un Cielo tan maravilloso que no hay palabras para describirlo. San Pablo sólo pudo decir del Cielo: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Co 2, 9).

¿Y qué hay que hacer para conseguir ese Cielo? Esta pregunta ya la encontramos en las páginas evangélicas. Un joven va al encuentro de Cristo para preguntarle: Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna? (Mt 19, 16). Jesús responde al joven: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos (Mt 19, 17). Y san Juan Pablo II comentaba esta respuesta del Señor: De este modo, se enuncia una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen. Por boca del mismo Jesús, nuevo Moisés, los mandamientos del Decálogo son nuevamente dados a los hombres; Él mismo los confirma definitivamente y nos los propone como camino y condición de salvación (Encíclica Veritatis splendor, n. 12).

Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.072).

Y los mandamientos de la Ley de Dios los puede cumplir el hombre, no con sus solas fuerzas, sino con la ayuda de la gracia que Dios comunica gratuitamente. El cumplimiento del Decálogo es posible, por tanto, ya que es incompatible con la bondad y la justicia de Dios exigirnos algo imposible de cumplir. Este cumplimiento es consecuencia del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). San Agustín se pregunta: “¿Es el amor el que nos hace observar los mandamientos, o bien es la observancia de los mandamientos la que hace nacer el amor?” Y responde: “Pero ¿quién puede dudar de que el amor precede a la observancia? En efecto, quien no ama está sin motivaciones para guardar los mandamientos” (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 22).

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