Día 13 de agosto

13 de agosto

Memoria libre de san Ponciano y san Hipólito

Santos mártires Ponciano, papa, e Hipólito, prtesbítero, que, deportados al mismo tiempo a Cerdeña, ambos aftontaron allí una condena común y fueron ceñidos, según la tradición, con un única corona. Sus cuerpos, finalmente, fueron trasladados a Roma, el primero al cementerio de Calixto, y el segundo al cementerio de la vía Tiburtina. (c. 236) (Martirologio Romano).

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Página evangélica

La pesca milagrosa

Sucedió que, estando Jesús junto al lago de Genesaret, la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo en una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y sentado enseñaba desde la barca a la multitud (Lc 5,1-3).

Jesús, al comienzo de su vida pública, sale de Cafarnaúm y se dirige a la ribera del lago. La multitud le sigue y se agolpa junto a Él. Han sido testigos de sus primeros milagros y se sienten atraídos por su doctrina. Tienen hambre de escuchar las enseñanzas del Maestro. Ante la gran concurrencia Jesús se sube a la barca de Pedro para, desde allí, a la vista de todos, poder dirigirse a la gente.

Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca (Lc 5,4). Antes, con mucha delicadeza, había rogado a Simón que apartase un poco la barca de la orilla. Ahora le dice que reme hacia el interior del lago para realizar las faenas propias de la pesca. Las palabras de Jesús suenan firmes. Simón le respondió: Maestro, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y no hemos pescado nada (Lc 5, 5). Pero no hay lugar para la vacilación. El apóstol decide obedecer a Cristo. Sobre tu palabra echaré las redes (Lc 5, 5). Es verdad que el mandato del Maestro le ha cogido totalmente desprevenido, pero él tiene fe en la palabra y en el poder del Señor. Y a pesar del cansancio de toda una noche de brega empieza a bogar mar adentro.

Podía haberse negado dando razones humanamente muy sólidas. ¿Qué entiende un carpintero de las faenas de la pesca? Él, Simón, se ha curtido desde muy joven en este trabajo, y sabe bien que los mejores momentos para echar las redes son las horas de la noche. Si no han pescado nada en la noche apenas transcurrida, ¿qué podrán coger en esas horas matutinas, cuando los peces se refugian en las innumerables oquedades del lago?

Fiados en la palabra de su Maestro, y olvidándose de la reciente y amarga experiencia de su fracaso durante la noche anterior, Simón y sus compañeros hacen -a fuerza de remos- que la barca se adentre en el lago. Una vez que están bastantes alejados de la orilla, los pescadores prueban de nuevo suerte y echan las redes. Con estrépito se hunden las redes en el agua, provocando en su caída círculos concéntricos que se alejan más y más. De pronto, aquellos hombres aprecian en la superficie de aquella mar en calma una turbulencia producida por agitación de los peces apresados en la red.

Y habiéndolo hecho recogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían (Lc 5, 6-7). El fruto de su obediencia al Señor es bien patente. La pesca ha sido abundante. Jesús ha premiado la confianza depositada por sus discípulos en Él.

El asombro se apodera de Simón y de Andrés, de Santiago y de Juan, y de los demás pescadores. Hay abrazos y gritos de júbilo, mientras quizá alguna lágrima furtiva baña las mejillas de estos hombres quemados por la brisa y el sol. Aquella no había sido una pesca normal, sino milagrosa. El dedo de Dios se había manifestado allí. Y apareció la espontaneidad característica de Pedro: Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador (Lc 5, 8). Pero no solamente se había quedado pasmado Simón ante aquella milagrosa, sino también los otros: Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían capturado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón (Lc 5, 9-10).

Los lugareños -gente de la ribera- comentarían la pericia marinera de Simón y de los demás apóstoles, quizás envidiando su buena suerte. Sólo los que estuvieron con Jesús en la barca sabían con certeza que todo había sido obra del Maestro.

Entonces Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron (Lc 5, 11). Jesús, al salir a la mar con sus discípulos, no miraba sólo a esta pesca. Por eso, cuando Pedro se arroja a sus pies y confiesa con humildad: “apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”, Nuestro Señor responde: “no temas, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar”. Y en esa nueva pesca, tampoco fallará toda la eficacia divina: instrumentos de grandes prodigios son los apóstoles, a pesar de sus personales miserias (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 261).

Dos mil años después de aquella pesca milagrosa, un sucesor de san Pedro -y por tanto, Vicario de Cristo- recordaba a todos los cristianos el pasaje evangélico de la pesca milagrosa: Al comienzo del nuevo milenio, mientras se cierra el Gran Jubileo en el que hemos celebrado los dos mil años del nacimiento de Jesús y se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a “remar mar adentro” para pescar. Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. “Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces” (San Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 1).

Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19). Es necesario pensar en el futuro que nos espera, hemos de mirar hacia el nuevo milenio que se abre como profecía del futuro. Y es preciso soñar con nuevas pescas milagrosas. Las palabras dirigidas a los Apóstoles a orillas del Mar de Tiberíades son también para nosotros una invitación del Divino Maestro para que llevemos otras almas a Él, siendo pescadores de hombres.

San Juan Pablo II decía a los jóvenes reunidos en Santiago de Compostela en la Jornada Mundial de la Juventud de 1989: Cristo os llama no solamente a caminar con Él en esta peregrinación de vida. Él os envía en su lugar, para servirle de mensajeros de la verdad, para ser su testimonio en el mundo, concretamente, delante de otros jóvenes como vosotros, porque muchos de ellos hoy, en el mundo entero, están en busca del camino, de la verdad y de la vida, pero no saben adónde ir. “Llegó la hora de emprender una nueva evangelización”, y vosotros no podéis faltar a esa llamada urgente.

Con estas palabras el Papa, el Sucesor de san Pedro, el Vicario de Cristo, nos recuerda el mandato del Señor: Bogad mar adentro y echar vuestras redes para la pesca. Y con la misma decisión de Simón y sus compañeros iremos -vamos ya- por los caminos de este mundo -hoy tan llenos de falsos profetas- para dar a conocer la doctrina y la vida de Jesucristo, mediante un apostolado personal que descubra a las almas los horizontes maravillosos del mundo sobrenatural.

Es cuestión de fe. No olvidemos que las condiciones de la pesca milagrosa no eran las más propicias, pero los apóstoles pusieron su confianza en el Señor –sobre tu palabra echaré las redes-. Nosotros también ponemos nuestra confianza en Dios. Él nos llenará de fuerza y nos dará vigor.

Por último, fijémonos en la respuesta de aquellos pescadores de Galilea: dejadas todas las cosas, le siguieron. Son de resaltar las palabras con que la Sagrada Escritura describe la entrega inmediata de estos apóstoles. Pedro y Andrés al instante dejaron las redes y le siguieron. Del mismo modo, Santiago y Juan al instante dejaron la barca y a su padre y le siguieron. Dios pasa y llama. Si no se le responde al instante, Él puede seguir su camino y nosotros perderlo de vista. Esto último sería muy triste. El ejemplo de los apóstoles es el que debemos seguir siempre, confiando en la palabra del Señor, que también a nosotros nos dice: Bogad mar adentro y echar vuestras redes para la pesca.

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