Día 17 de agosto

17 de agosto

Testimonio apócrifo de un cristiano sobre el apóstol Juan

Me ha impresionado de él -testigo ocular, directo, de la vida y muerte del Maestro así como de Cristo resucitado- la fuerza de su testimonio. Con palabra ardiente y voz llena de vigor nos hablaba del Señor y de sus enseñanzas. De todos los acontecimientos vividos junto al Jesús guardaba un recuerdo entrañable, un recuerdo vivo como si lo estuviera contemplando en el momento en que nos los contaba. Cuando habló de su primer encuentro con el Nazareno se acordaba perfectamente de la hora exacta.

Refiriéndose a este hecho, nos dijo que él, siendo aún un adolescente, se hizo discípulo del Bautista cuando éste predicaba por la ribera del Jordán preparando la llegada ya inminente del Mesías anunciado por los Profetas. Este seguimiento del Bautista lo hizo compatible con su trabajo, con las duras faenas de la pesca que realizaba con su padre. El mar y el sol le habían curtido, robustecido. Y como todo joven -comentó de pasada-, tenía ideales y sueños, además de ser poco amigo de las mediocridades y de las metas poco ambiciosas. Según contó, las palabras del Bautista avivaron sus deseos de ver al que vendría a libertar a su pueblo.

A continuación voy a procurar transmitirte lo más fielmente posible el relato que hizo Juan del momento en que conoció a Jesús.

Un buen día estando Andrés y yo con el Bautista paseando por la orilla del Jordán, mientras nos hablaba con tanta ternura como pasión del Mesías prometido nos aseguró que estaba ya en la tierra. Y cuál sería nuestra sorpresa cuando fijándose en uno que pasaba, dijo: “He aquí el Cordero de Dios”. No sé, pero tanto Andrés como yo sentimos en nuestro interior un fuerte impulso que nos empujó casi físicamente a seguir a Jesús. La personalidad del Señor nos cautivó desde el primer momento. El testimonio del Bautista había sido claro. Nos había mostrado al Mesías.

Volviendo la mirada hacia atrás, vio Jesús que le seguíamos, y parándose nos preguntó: “¿Qué buscáis?” Aquella pregunta fue el comienzo de la amistad con el Señor que durante toda la vida hemos gozado y que perdurará eternamente. Le respondimos con otra pregunta: “Maestro, ¿dónde vives?” Con estas palabras, le manifestamos nuestro deseo de conocerle, gozar de su compañía. “Venid y veréis”, nos dijo. Era una dulce invitación a iniciar la amistosa familiaridad que buscábamos, la oportunidad para poderle tratar, de ser adoctrinados por Él. Sin dudarlo un solo instante, acompañamos al Maestro al lugar donde vivía y permanecimos el día entero con Él.

No había prisas. Necesitábamos tiempo para aquel diálogo divino y humano. Teníamos las certeza de estar con Aquél que podía saciar nuestra sede de verdad. Su palabra, llena de autenticidad, penetraba hasta en lo más interior de nuestros corazones. Aquella conversación no perdía en ningún momento interés, sino todo lo contrario. Según iba pasando el tiempo se afianzaba la convicción de que lo que estaba ocurriendo no era casual, sino algo previsto por Dios. Teníamos la sensación de que el mismo Dios nos estaba hablando, que se dirigía personalmente a nosotros, que unos ojos omnipotentes, profundos como un océano infinito, los ojos de Dios nos miraba, se habían posado en Andrés y en mí.

Sorprendentemente, Juan no contó nada de lo que pasó y se dijo en todo el tiempo en que Andrés y él estuvieron reunidos con el Señor. Quizá haya una explicación de ese silencio, que es un silencio sonoro cargado de sentido, me parece a mí. Y es que cuando se tiene que relatar algo en que uno es no sólo testigo, sino protagonista, sujeto pasivo de una predilección tan inefable como inmerecida, el relato de ese suceso tiene para aquéllos que lo han vivido y les ha afectado personalmente un significado oculto, entrañable, que ni debe ni puede ser descrito y que el pudor encubre. Sea ésta la razón o no, lo cierto es que Juan no quiso decirnos nada de lo que aquel día habló con el Maestro.

Por tanto, ignoro el tema de la conversación, o si ocurrió algo de particular relieve, y según parece, nunca lo sabremos. Pero sí se sabe es que salieron radiantes de esa reunión, con una alegría desbordante que no tiene cabida en un solo corazón. ¡Habían encontrado al Mesías! El resultado de aquel primer encuentro fue bien elocuente…, pero mejor es que te lo siga contando con las mismas palabras del Apóstol.

Después volvimos a Betsaida, al trabajo de la pesca. Pero, ¿cómo guardar para uno mismo semejante encuentro? Era tan grande nuestro gozo que enseguida quisimos que otros -parientes, amigos- conocieran la entrañable noticia: “Hemos encontrado al Mesías”, y así fueran también partícipes de nuestra misma alegría.

Andrés, tan pronto como vio a su hermano Simón, le faltó tiempo para ponerle al corriente de todo lo sucedido y llevarle a Jesús. Después me contó que el Señor puso los ojos en su hermano y le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Joná. Tú te llamarás Cefas, que quiere decir Piedra”. Yo, por mi parte, hice lo mismo con mi hermano Santiago. Siempre, durante toda su vida, me agradeció el que le presentara al Señor.

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