Día 19 de agosto


19 de agosto

Memoria libre de san Juan Eudes

San Juan Eudes, presbítero, que se dedicó durante muchos años a la predicación en las parroquias y fundó después la Congregación de Jesús y María, para la formación de los sacerdotes en los seminarios, y otra de religiosas de Nuestra Señora de la Caridad, para fortalecer en la vida cristiana a las mujeres arrepentidas. Fomentó de una manera especial la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, hasta que en Caen, en la región de Normandía, en Francia, descansó piadosamente en el Señor. (1680) (Martirologio Romano).

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Plática

El Ángel Custodio

En la Biblia hay un libro, el de Tobías, en el cual se relata la ayuda de un ángel, san Rafael, a la familia de Tobit, y en especial al joven Tobías. Sin dar a conocer su condición angélica, san Rafael acompañó al hijo de Tobit en un largo y difícil viaje, y le prestó servicios inestimables, como auxiliarle para no ser devorado por un pez y descubrirle la virtud curativa que había en el hígado, la hiel y el corazón de aquel pez. También el arcángel fue quien lanzó al demonio Asmodeo, y, reprimido y aniquilado su poder, hizo que no dañase a Tobías. Además, le dio buenos consejos, pues fue él quien enseñó al joven el verdadero y legítimo derecho y uso del matrimonio. Y por último, restituyó la vista al padre de Tobías, Tobit, que estaba ciego.

Al final de la narración, san Rafael descubre su personalidad: Yo soy Rafael, uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos y tienen entrada ante la majestad del Santo (Tb 12, 15). Dios conocía bien la conducta honrada y piadosa de Tobit y de su familia. Por eso añade el ángel: Cuando orabais (…) yo presentaba ante Dios vuestras oraciones. Cuando enterrabas a los muertos, también yo te asistía. Yo estaba contigo (Tb 12, 12).

¿Los Ángeles existen realmente? La respuesta está en el Catecismo de la Iglesia Católica en la mano: La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición (n. 328).

En la Biblia hallamos numerosos testimonios de la existencia de los ángeles. Nos refiere, por ejemplo, que Adán fue echado del paraíso por un ángel; que algunos se aparecieron a Abrahán, a Lot, a Isaac, a Agar, a Jacob, a Tobías, al profeta Elías, a la Virgen, a san José, a san Pedro, etc. En la Sagrada Escritura se mencionan unas 35 apariciones. Jesucristo habló varias veces de ellos; se aparecieron en su nacimiento, en su agonía, en su resurrección y ascensión; y dijo que en el Cielo, después de nuestra resurrección seremos como los ángeles de Dios. Su número es muy crecido, pero sólo conocemos el nombre de tres: Miguel, Rafael y Gabriel. La Iglesia siempre ha enseñado ser algo revelado por Dios la existencia de los ángeles.

¿Se puede decir algo más sobre los ángeles? Sí. Antes que al hombre, que es la criatura más perfecta de todo el mundo sensible, había creado Dios una infinita muchedumbre de otros seres, de naturaleza más elevada que el hombre, llamados ángeles. En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales. Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello.

Los ángeles no tienen forma ni figura alguna sensible, porque son puros espíritus y fueron creados para subsistir sin tener que estar unidos a cuerpo alguno. Dios los hizo a su imagen, con capacidad de conocerle y amarle, y libres para obrar el bien o el mal. Además, fueron sometidos a una prueba. En el momento en que ésta se produjo, muchísimos ángeles permanecieron fieles a Dios; pero muchos otros pecaron. Su pecado fue de soberbia, pues quisieron ser semejantes a Dios, no depender para nada de Él y tampoco servirle.

Los espíritus fieles, llamados ángeles buenos, o simplemente ángeles, fueron premiados con la eterna felicidad de la gloria. Los espíritus infieles, llamados diablos o demonios, capitaneados por Lucifer o Satanás, fueron condenados al Infierno por toda la eternidad.

Dios se sirve de los ángeles como ministros suyos, y, en especial, a muchos de ellos los hace custodios y protectores nuestros. Todos los hombres, cristianos o no, tienen su Ángel Custodio. Su misión comienza en el momento de la concepción de cada hombre y se prolonga hasta el momento de la muerte. Sí, todos los hombres tenemos un ángel para que nos acompañe por la vida, que es un camino largo y lleno de peligros.

¡Qué seguridad nos tiene que dar el estar siempre acompañados de nuestros Ángeles Custodios! Ellos nos guardan de todo mal, nos protegen, nos aconsejan bien. Siempre están cercanos a nosotros, nos consuelan, nos iluminan, pelean en favor nuestro, interceden a Dios por nosotros, presentan a la Majestad Divina nuestras buenas obras y oraciones. Nuestro Ángel Custodio nos dirá a cada uno cuando lleguemos al Cielo: Yo estaba contigo.

Aunque la presencia del Ángel Custodio sea menos sensible que la de un amigo de la tierra, su eficacia es mucho mayor. Sus consejos y sugerencias vienen de Dios y penetran más profundamente que la voz humana.

La misión de guardar y socorrer a los hombres, para que no reciban daño alguno grave, dada por Dios a los Ángeles Custodios, se comprende bien. Así como los padres, cuando los hijos necesitan viajar por caminos malos y peligrosos, hacen que les acompañen personas que les cuiden y defiendan de los peligros, de igual manera Dios, que es Padre, para este caminar nuestro por el mundo, lleno de peligros, interiores y exteriores, tanto para el cuerpo como para el alma, nos da ángeles para que, fortificados con su poder y auxilio, nos libremos de los lazos furtivamente preparados por nuestros enemigos, y rechacemos las terribles acometidas que nos hacen; y para que con tales guías sigamos por el camino recto, sin que ningún error interpuesto sea capaz de separarnos del camino que conduce al Cielo.

Un ejemplo de lo que he dicho es lo que se lee en el Nuevo Testamento: Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia con el fin de maltratarlos, y mató a espada a Santiago, hermano de Juan y viendo que esto era grato a los judíos, hizo prender también a Pedro. Entonces eran los días de los ázimos. Luego que lo prendió, lo metió en la cárcel y lo entregó a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, para que lo custodiaran, con el propósito de presentarlo al pueblo después de Pascua. Pedro, pues, estaba custodiado en la cárcel, mas la Iglesia no cesaba de hacer oración por él. Cuando Herodes estaba dispuesto a hacerlo comparecer, en aquella misma noche Pedro estaba durmiendo entre dos soldados atado con cadenas y los guardas ante la puerta haciendo de centinelas. En esto un ángel del Señor se presentó y una luz resplandeció en la celda, y golpeando a Pedro en el costado le despertó diciendo: “Levántate rápidamente”. Y las cadenas se le cayeron de las manos. Entonces el ángel le dijo: “Cíñete y cálzate tus sandalias”. Y así lo hizo. Después le dijo: “Cíñete el vestido y sígueme”. Y saliendo, le seguía, y no creía que fuera realidad lo que el ángel hacía con él; mas bien le parecía estar viendo una visión. Atravesando después la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que va a la ciudad, la que se les abrió por sí misma, y saliendo, atravesaron una calle, y al instante el ángel se apartó de él (Hch 12, 1-10).

El ángel que puso en libertad a san Pedro es muestra del fruto admirable del cuidado y guarda de los ángeles, pues llenó de resplandor la oscuridad de la cárcel; despertó al Príncipe de los Apóstoles tocándole en un costado, rompiéndole las cadenas e instándole a que se levantara y le siguiese; libró a san Pedro sacándole sano entre la guardia de la prisión, y, después de haber abierto la puerta de la ciudad, le puso a salvo.

Nunca nadie se sentirá solo si se acostumbra a tratar a su Ángel de la Guarda. Puede conversar familiarmente con él. Es necesario, sin embargo, que mentalmente le hable para darle a conocer sus pensamientos, sus deseos. La Iglesia recomienda que fomentemos una honda amistad con el propio Ángel Custodio. El trato -base de la amistad- con el Custodio se puede concretar en lo siguiente: reverenciarle y venerarle, por estar siempre en nuestra compañía y en la presencia de Dios; tenerle devoción, porque se preocupa de nuestro bien; confiar en él, por la vigilancia con que nos guarda; darle gracias por las inestimables ayudas que nos ha prestado, nos presta y nos prestará; acudir a él cuando necesitemos su ayuda y protección, especialmente en las tentaciones.

¿En qué nos puede ayudar? Es muy valiosa la asistencia que presta el Ángel Custodio en la vida interior, de piedad: orienta en la oración mental y en las oraciones vocales; facilita la presencia de Dios; sugiere propósitos de mejora; ayuda a ser sinceros en la dirección espiritual; da fuerzas para el combate -en el cual participa- contra los enemigos del alma. Además de su auxilio espiritual, presta su apoyo y colaboración en las pequeñas necesidades de la vida ordinaria: encontrar algo que se ha perdido, acordarse de un asunto olvidado que es preciso tener presente, ser puntual…

Cuento algo que ocurrió. Se puede creer o no, pero la historia es ésta. En Nueva York, una chica llamada Christine había estado conversando con su amiga Juliet, que era un poco escéptica, sobre temas religiosos. Entre otros temas, hablaron de los Ángeles Custodios. Juliet no acababa de estar convencida de la existencia de estos seres y de su actuación en beneficio del hombre. La noche del mismo día en que había hablado con Christine, Juliet, para regresar a su casa, quiso tomar un taxi, pero no tenía dinero suficiente, por lo que no le quedó más remedio que ir andando, y además, pasar una calle poco transitada, la Sampson Dewey Street. Con cierto temor se adentró en aquella calle solitaria y, de pronto, advirtió la presencia de individuo mal encarado. Temió lo peor, a la vez que le vino a la memoria la conversación con su amiga Christine sobre los Ángeles Custodios. Instintivamente le dijo a su Ángel de la Guarda: Ésta es tu oportunidad; si existes, sácame de este peligro. No fue atacada, y pudo llegar sana y salva a su casa. Pero cuál sería su sorpresa al día siguiente al escuchar en la radio la violación y el asesinato de una joven en la misma calle por la que pasó ella y unos minutos después de que viera al individuo que la asustó con su presencia. Escuchar la noticia y salir hacia la comisaría, todo fue uno. Los policías le dijeron que el asesino estaba ya detenido. Invitada a participar en un careo, reconoció inmediatamente al hombre que vio cuando regresaba a su casa la noche anterior. Y sin pensarlo dos veces, preguntó al asesino: ¿Me reconoces? Y el individuo respondió: Sí, te recuerdo perfectamente. Te vi ayer cuando ibas por la calle Sampson Dewey. Juliet volvió a preguntar: ¿Por qué no me atacaste? Y el asesino exclamó: ¡Cómo iba a hacerlo, con aquellos dos tipos que llevabas al lado!

Un buen propósito que podemos hacer para fomentar el trato con el Custodio es rezarle cuando nos levantemos por la mañana y a la hora de acostarnos. No es necesario recitar una larga oración, sino unas pocas palabras, por ejemplo éstas: Ángel de mi Guarda, dulce compañía, // no me desampares ni de noche ni de día. // No me dejes solo, que me perdería.

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