Día 23 de agosto

23 de agosto

Memoria libre de santa Rosa de Lima

Santa Rosa, virgen, que, desde muy pequeña por su austera sobriedad de vida, en Lima, en el Perú, vistió el hábito de las Hermanas de la Tercera Orden de Santo Domingo. Entregada a la penitencia y a la oración, y ardiente de celo por la salvación de los pecadores y de la población indígena, aspiraba a dar la vida por ellos, sometiéndose de buena gana toda clase de sufrimientos para ganarlos para Cristo. Su muerte tuvo lugar el día veinticuatro de agosto. (1617) (Martirologio Romano).

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Anécdota

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús.

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Liturgia

Doble finalidad de la Liturgia

El fin de la Liturgia es doble: 1) la glorificación de Dios; 2) la santificación del hombre, ya que ejerce dos funciones: la de alcanzar de Dios la gracia, ya sea por razón de los mismos actos litúrgicos (los sacramentos) o por su impetración (sacramentales, funciones u oraciones litúrgicas); y la de ofrecer a Dios el culto público que le debe el hombre por justicia.

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Frutos de la Liturgia

El papa Pío XII, en la encíclica Mediator Dei, escribió de los frutos de la Liturgia: Así el alma se eleva más y mejor hacia Dios; así el sacerdocio de Jesucristo se mantiene siempre activo en la sucesión de los siglos, ya que la Liturgia no es sino el ejercicio de esta función sacerdotal. Lo mismo que su Cabeza divina, también la Iglesia asiste continuamente a sus hijos, los ayuda y los exhorta a la santidad para que, adornados con esta belleza sobrenatural, puedan un día volver al Padre Celestial. Ella regenera para la vida sobrenatural a los nacidos a la vida terrena, los fortalece con el Espíritu Santo en la lucha contra el enemigo implacable; llama a los cristianos en torno a los altares y con insistentes invitaciones los anima a participar en el Sacrificio Eucarístico y celebrarlo debidamente; los nutre con el Pan de los Ángeles para que estén cada vez más fuertes; purifica y consuela a los que el pecado ha herido y manchado; consagra con rito legal a los que por divina vocación son llamados al ministerio sacerdotal, afianza con gracias y dones sobrenaturales las bodas castas de los que están llamados a fundar y organizar un hogar cristiano; por fin, después de haberlos confortado y restaurado con el Viático Eucarístico y la Sagrada unción en sus últimas horas de vida terrena, acompaña con suma piedad los despojos de sus hijos al sepulcro, allí los deposita religiosamente y los pone al amparo de la Cruz para que un día resuciten triunfantes de la muerte. Además, a cuantos se consagran al servicio divino para lograr la perfección de la vida religiosa, los acompaña con su bendición y sus plegarias solemnes. Por fin, extiende su mano en socorro de las almas que en las llamas del Purgatorio imploran oraciones y sufragios, para conducirlas, finalmente, a la dicha eterna.

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