Día 24 de agosto

24 de agosto

Fiesta de san Bartolomé

Fiesta de san Bartolomé, apóstol, a quien generalmente se identifica con Natanael. Nacido en Caná de Galilea, fue presentado por Felipe a Cristo Jesús en las cercanías del Jordán, donde el Señor le invitó a seguirle, agregándolo a los Doce. Después de la Ascensión del Señor, es tradición que predicó el Evangelio en la India y que allí fue coronado con el martirio. (s. I) (Martirologio Romano).

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Meditación

San Bartolomé

San Bartolomé es uno de los discípulos llamados por Jesús durante su vida terrena, uno de los Doce. En las cuatro listas de los Apóstoles que aparecen en el Nuevo Testamento está Bartolomé, sin embargo no se tiene noticias relevantes de él. En efecto, su nombre sólo aparece dentro de esas listas de los Doce, pero no se encuentra jamás en el centro de ninguna narración.

Llama la atención su nombre, que es claramente patronímico, porque está formulado con una referencia explícita al nombre de su padre. Es posiblemente un nombre de origen arameo, bar Talmay, que significa precisamente hijo de Talmay.

Vamos a fijarnos en Bartolomé, pero ¿cómo? Si no sabemos nada de él. Sí, sabemos que era -nada más ni nada menos- apóstol de Cristo. Y quizá lo bonito de su vida es eso, ser apóstol pasando desapercibido. Anunció a Cristo, dio testimonio de su resurrección, predicó el Evangelio, permaneciendo él, por decirlo de alguna manera, en el anonimato. Al igual que el Bautista, sólo quería dar a conocer al Señor.

Pero sí sabemos algo de su vida, y especialmente, de su encuentro con el Señor y de su vocación, porque tradicionalmente se le identifica con Natanael. Y en el cuarto Evangelio está narrado este encuentro y las consecuencias que tuvo en su vida.

Pero antes, ¿por qué esa identificación entre Natanael y Bartolomé? Con toda probabilidad se deba al hecho de que Natanael, en la escena de su vocación narrada por el evangelio de san Juan, está situado al lado de Felipe, es decir, en el lugar que tiene Bartolomé en las listas de los Apóstoles referidas por los otros tres evangelios.

Antes hicimos referencia al nombre de Bartolomé, pero más interesante es fijarnos en el significado de Natanael. Este nombre significa Dios ha dado. Y nos preguntamos ahora cada uno de nosotros: ¿Qué me ha dado Dios? Seguramente que ya lo habremos dicho mentalmente, porque se puede contestar a esta pregunta con una sola palabra: Todo. Sí, Dios nos dado todo, y esto nos mueve a darle gracias, pero especialmente le agradecemos la vida, la fe, la gracia, la filiación divina, el abrazo misericordioso que nos da cada vez que nos confesamos y nos perdona los pecados, su entrega hasta la muerte de cruz por nosotros, la Eucaristía, los sacramentos…, y el habernos dado a su Madre por madre nuestra. En Jesús, Dios se nos ha dado totalmente a sí mismo, es decir, nos lo ha dado todo.

Natanael era oriundo de Caná y, por consiguiente, es posible que estuviera en las bodas de Caná donde Cristo hizo su primer milagro y, por tanto, que fuera testigo del gran signo realizado por Jesús en aquel lugar. Además, era amigo del también apóstol Felipe, y gracias a esa amistad conoció al Señor, un día de primavera, en la región del Jordán. En el Evangelio se dice que Felipe le comunicó que había encontrado a ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, el de Nazaret (Jn 1, 45).

Felipe da por hecho que su amigo conoce las Escrituras, que ha leído lo que escribieron los profetas acerca del Mesías. Antes de seguir con la narración evangélica, nos preguntamos: ¿conozco bien la Sagrada Escritura? Quizá el Antiguo Testamento no lo hayamos leído entero, pero ¿y el Nuevo Testamento?… Pues la Iglesia recomienda insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo. Especialmente hay que conocer el Evangelio, donde está la vida de Cristo y sus enseñanzas. En el Evangelio está la voz de la agonía en Getsemaní; el grito del Gólgota; la voz silenciosa pero poderosa del Niño en la cueva de Belén; la voz laboriosa de la vida privada del Maestro en Nazaret; y la voz de las Bienaventuranzas desde el monte que se asoma al lago donde tuvieron lugar los hechos emblemáticos del Hijo de Dios.

Jesucristo sigue hablando. Sus palabras, por ser divinas y eternas, son siempre actuales. Leer el Evangelio con fe es creer que todo lo que se dice en él está, de alguna manera, ocurriendo ahora. Es actual la marcha y la vuelta del hijo pródigo; la oveja que anda perdida, sin saber a donde camina y el Pastor que ha salido a buscarla; la necesidad de la levadura para convertir la masa y de la luz para que ilumine la tremenda oscuridad que, a veces, se cierne sobre el mundo y el hombre.

Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra -obras y dichos de Cristo- no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia (San Josemaría Escrivá, Forja, n. 754).

Natanael le manifestó a Felipe un prejuicio más bien fuerte: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?(Jn 1, 46). Natanael (…) habría oído por las Escrituras que el Cristo debía venir de Belén, del pueblo de David. Así lo creían los judíos y lo había anunciado, tiempo atrás, el profeta: “Y tú, Belén, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe, que apacentará a mi pueblo Israel” (Mi 5, 2)). Por tanto, al escuchar que provenía de Nazaret se turbó y dudó, al no encontrar cómo compaginar las palabras de Felipe con la predicación profética (San Juan Crisóstomo). Además, Nazaret era un pueblecito pequeño y desconocido de Israel. Estaba situado al norte de Galilea. Jesús había nacido en Belén, pero no era exclusivamente de Belén, sino también se puede decir que era de Nazaret, donde fue concebido en las purísimas entrañas de Santa María por obra y gracia del Espíritu Santo, y además, la mayor parte de su vida vivió en Nazaret. Pero lo realmente importante es Jesús venía del cielo, del Padre que está en los cielos.

Felipe, en su réplica, dirigió a su amigo una invitación significativa: Ven y verás (Jn 1, 46). Comenta Benedicto XVI: Nuestro conocimiento de Jesús necesita sobre todo una experiencia viva: el testimonio de los demás ciertamente es importante, puesto que por lo general toda nuestra vida cristiana comienza con el anuncio que nos llega a través de uno o más testigos. Pero después nosotros mismos debemos implicarnos personalmente en una relación íntima y profunda con Jesús. De modo análogo los samaritanos, después de haber oído el testimonio de su conciudadana, a la que Jesús había encontrado junto al pozo de Jacob, quisieron hablar directamente con él y, después de ese coloquio, dijeron a la mujer: “Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo”.

El evangelista Juan nos refiere que, cuando Jesús ve a Natanael que venía hacia Él, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño (Jn 1, 47). Se trata de un elogio parecido al que está en el salmo 32: Dichoso el hombre… en cuyo espíritu no hay fraude (versículo 2). De los labios del Maestro divino salió aquella alabanza porque Bartolomé es un hombre sencillo, sincero.

La sencillez es una cualidad que debe brillar en la vida de los cristianos. Sencillez es descomplicación, naturalidad, franqueza, consecuencia necesaria de la bondad de corazón, porque así como la propiedad de la estrella es la luz de que está rodeada, la propiedad del hombre piadoso y temeroso de Dios es la sencillez y la humildad (Hesiquio). El alma sencilla no se enreda ni se complica inútilmente por dentro: hace lo de todos, pero procura hacerlo bien, cara a Dios.

Al oír las palabras del Señor, Natanael, asombrado, replica: ¿De dónde me conoces? Contestó Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera te vi (Jn 1, 48). La respuesta de Jesús no es inmediatamente comprensible. Y comenta Benedicto XVI: No sabemos qué había sucedido bajo esa higuera. Es evidente que se trata de un momento decisivo en la vida de Natanael. Él se siente tocado en el corazón por estas palabras de Jesús, se siente comprendido y llega a la conclusión: este hombre sabe todo sobre mí, sabe y conoce el camino de la vida, de este hombre puedo fiarme realmente. Y así responde con una confesión de fe límpida y hermosa, diciendo: “ Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”.

En esta respuesta se da un primer e importante paso en el camino del seguimiento de Cristo. Las palabras de Natanael presentan un doble aspecto complementario de la identidad de Jesús: es reconocido tanto en su relación especial con Dios Padre, de quien es Hijo unigénito, como en su relación con el pueblo de Israel, del que es declarado rey, calificación propia del Mesías esperado. No debemos perder de vista jamás ninguno de estos dos componentes, ya que si proclamamos solamente la dimensión celestial de Jesús, corremos el riesgo de transformarlo en un ser etéreo y evanescente; y si, por el contrario, reconocemos solamente su puesto concreto en la historia, terminamos por descuidar la dimensión divina que propiamente distingue (Benedicto XVI).

Natanael siguió a Cristo. Aquel encuentro propiciado por su amigo Felipe fue el principio de una aventura divina. Tú y yo, como el apóstol san Bartolomé, debemos seguir a Cristo. Si seguimos a Cristo y llevamos a los demás hombres tras de Él, entonces el camino de nuestra vida terrena estará lleno de paz aun en medio de las tempestades. Si perseveramos en nuestro camino terreno en pos de Cristo, en la eternidad gozaremos de su misma felicidad. Vale la pena dar todo, renunciar a todo, incluso a la vida, para merecer ser contado entre los amigos de Cristo. Vale la pena.

San Bartolomé recibió la recompensa que el Señor le anunció: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver. Y añadió: En verdad, en verdad os digo que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre (Jn 1, 50-51).

Sobre su actividad apostólica no tenemos noticias precisas. Según tradiciones, parece ser que predicó el Evangelio en la India, y que dio testimonio de su fe en Cristo con el martirio, muriendo desollado. Sus reliquias se veneran en Roma, en una iglesia dedicada a él. Concluyendo, podemos decir que la figura de san Bartolomé, a pesar de la escasez de informaciones sobre él, de todos modos sigue estando ante nosotros para decirnos que la adhesión a Jesús puede vivirse y testimoniarse también sin la realización de obras sensacionales. Extraordinario es, y seguirá siéndolo, Jesús mismo, al que cada uno de nosotros está llamado a consagrarle su vida y su muerte (Benedicto XVI).

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