Día 29 de agosto

29 de agosto

Memoria obligatoria del martirio de san Juan Bautista

Memoria del martirio de san Juan Bautista, a quien el rey Herodes Antipas retuvo encarcelado en la fortaleza de Maqueronte, en el actual Israel, y al cual mandó decapitar en el día de su cumpleaños, a petición de la hija de Herodías. De esta suerte, el Precursor del Señor, como lámpara encendida resplandeciente, tanto en la muerte como en la vida dio testimonio de la verdad. (s. I) (Martirologio Romano).

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Siempre, en primer lugar, la caridad

Del libro de Jesús Urteaga, El valor divino de lo humano

Allá en la montaña -me dicen- vive un hombre de Dios. Le hemos visto rezar en la noche y fatigarse durante el día. Ve allí, a la montaña. Si mañana estás aquí, verás a las doce lucir una estrella. Ese hombre de Dios -enteré después- baja muy de mañana al pueblo que se encuentra al pie de la montaña. Trabaja con ilusión, sin olvidar a su Dios. Al terminar su labor comienza la ascensión pina y dura, con su borrico de carga; cuando más fuertemente pega el sol, se encuentra todos los días junto a la fuente clara de la montaña. Su boca pastosa se aliviaría con el agua, pero puede siempre más su amor, y siempre, cada día, ofrece ese pequeño dolor a su Padre-Dios. El cielo, en recompensa, con la luz del mediodía, dibuja entre las nubes una estrella. Así todos los días.

Han pasado unos meses, y un pequeñuelo se ha acercado a contemplar la vida de aquel pobre anciano. Un muchacho sin años, que pide aventuras, le quiere imitar. Pero el anciano le disuade: No podrás, pequeño, sufrir esta vida. Pero él insistió tanto, que trataron de poner su tesón a prueba un solo día.

Rezaron de noche a su Dios. Y muy de madrugada bajaron con leña en el borriquillo al trabajo duro del amanecer. Los dos trabajaron, el viejo y el niño. Terminaron la labor, y de nuevo, tirando del jumento, iniciaron la subida. El pequeño jadea, se cansa y sonríe. ¿No podrás más? Las piedras, sujetas en falso, le hacen perder el equilibrio, y rueda alguna vez con pequeños gritos. Se levanta, sacude su alforja y sigue adelante.

Ahora se le van los ojos hacia la fuente. Será un buen descanso. El muchacho mira al agua y mira al viejo. Si el viejo no bebe, ¿podré beber yo? Y en el viejo, otra duda: ¿Me mortificaré, Señor? ¡No beberá el niño si no bebo yo!

Indecisión. ¿Mortificación o caridad? Una de las dos ha de postergarse en aque momento. Y pudo más la caridad. Beberé para que él se atreva a beber. Y el viejo se acercó a la fuente y bebió de ella. Al muchacho se le escapó un grito de alegría y se volcó en las aguas.

Los dos ahora descansan. Pero el buen viejo reflexiona: ¿Me sonreirá hoy también el cielo con su estrella? Y con temor levantó, lentamente, sus ojos a las nubes.

En el cielo, aquel día, lucieron dos estrellas.

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