Día 1 de septiembre

1 de septiembre

Efemérides

Tal día como hoy del año 1939 las tropas alemanas invaden Polonia. Es el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

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Artífices de la paz

Cuando en abril de 1848 el rey Carlos Alberto de Saboya entró en guerra con Austria, un clamor popular pedía a Pío IX que el ejército de los Estados Pontificios combatiera junto al de Saboya como apoyo a la causa de la unidad nacional. Como no podía ser de otra manera, el Papa se negó a intervenir en una guerra entre dos pueblos católicos. La respuesta que dio al conde Rignon, embajador enviado a Roma por Carlos Alberto para pedir al Pontífice apoyo moral para la guerra, fue ésta: Si todavía pudiera firmar Mastai, tomaría la pluma y en pocos minutos estaría hecho, porque yo también soy italiano. Pero me toca firmar como Pío, y la cabeza de la Iglesia debe ser ministro de paz, y no de guerra.

Dos meses antes, el 10 de febrero de 1848 Pío IX concluyó una alocución con palabras que reflejaban sus sentimientos hacia su patria: Italia. Dijo: Bendecid, pues, oh Dios omnipotente a Italia y conservadle este don preciado: la fe. Esta frase fue interpretada por muchos patriotas italianos como un apoyo moral que les daba el Papa en su conflicto con Austria. Pero bien lejos de la realidad estaban. El 29 de abril de 1848, en otra alocución, el beato Pío IX dejó bien clara su postura: Fiel a las obligaciones de nuestro supremo apostolado, nos abrazamos a todos los países, a todos los pueblos y a todas las naciones en un idéntico sentimiento de paternal amor.

En el siglo XX, cuando estalló la primera guerra mundial, el papa san Pío X exhortó a todos los pueblos a la oración, a la vez que presentaba a Cristo como príncipe de la paz. A un colaborador suyo le dijo: Gustoso daría mi vida, si con ello pudiera conseguir la paz para Europa.

Iniciada la guerra, el embajador del Imperio austro-húngaro pidió audiencia a Pío X. El Santo Padre le recibió sentado en el trono del Salón de Audiencias. Junto al trono, en pie, se encontraban el cardenal Secretario de Estado, Merry del Val, y la alta y delgada figura de monseñor Pacelli, que más tarde sería Pío XII. El embajador, vestido de rigurosa etiqueta, avanzó, y, de rodillas, besó el Anillo del Pescador. Luego dio a conocer su misión: Santo Padre -dijo-: millones de católicos figuran en los ejércitos de Austria y de Alemania. A través de mi persona, su majestad el Emperador de Austria-Hungría pide a Su Santidad que bendiga a sus ejércitos que marchan a luchar contra las tropas de Serbia.

No. Yo soy papa, pero papa de todos los católicos del mundo, y no puedo bendecir a unos cuando van a luchar contra otros. Yo bendigo la paz, no la guerra, dijo Pío X. Y se levantó, y apoyado en el brazo de monseñor Pacelli se dirigió con paso vacilante hacia sus habitaciones particulares. Tres semanas más tarde, el 22 de agosto de 1914, falleció el papa Pío X.

Desde el primer momento de su pontificado, Benedicto XV se esforzó en trabajar por el restablecimiento de la paz. En una encíclica el Papa indicaba a los hombres las principales causas de la guerra, que eran cuatro según él: la falta de mutua comprensión entre los hombres; el menosprecio de la autoridad; las injustas luchas entre las clases; y el exagerado apetito de las cosas perecederas. Basado en la idea cristiana de que la guerra es uno de los peores males que pueden abatirse sobre la humanidad, Benedicto XV hizo todo lo posible para aliviar los sufrimientos relacionados con el conflicto que dividía el mundo en dos campos enemigos. Varias de sus sugerencias -sobre el intercambio de prisioneros no aptos para el servicio, de los heridos graves, sobre la liberación de los civiles-, apoyadas por Alfonso XIII, rey de España, fueron tomadas en consideración por los beligerantes.

Gracias a la mediación de Benedicto XV se realizaron notables canjes de prisioneros, se salvó la vida a no pocos condenados a muerte, se mitigó la suerte de muchos prisioneros enfermos trasladándolos a la Suiza neutral, y se liberó de las cárceles innumerables prisioneros civiles. Colocándose por encima de todo partidismo, Benedicto XV reprobó todas las infracciones del derecho de gentes. En la alocución del 4 de diciembre de 1916 hubo palabras de protesta contra la violación y el desprecio de las leyes que regulaban las relaciones de los Estados, contra la deportación de mujeres y niños de los países invadidos, contra los bombardeos aéreos de las ciudades abiertas y de las muchedumbres indefensas…

Pío XII llega al Supremo Pontificado en una de las horas más graves de la Iglesia. Por segunda vez, un conflicto inhumano va a devastar Europa, destrozar países y sacudir los estratos de la civilización. Al principio de su pontificado consagra la totalidad de sus esfuerzos para impedir la guerra que se prevé inminente. Su primera alocución termina con estas palabras: Deseamos añadir una invitación y un augurio de paz. Hablamos de la paz, por la que nuestro predecesor ofreció su vida, la paz que une a los pueblos y naciones en un amor fraternal… Rogamos a Dios por todos los que ejercen autoridad y soportan la carga de encaminar a sus pueblos por el camino de la paz.

En el sermón del Domingo de Pascua, Pío XII pregunta severamente: ¿Cómo puede haber una paz verdadera y sólida, cuando incluso los hombres de la misma nacionalidad son perseguidos por intereses de partido…, cuando los tratados solemnemente sancionados se violan? Y pocos días antes del inicio de la guerra alzó su voz para decir: Todavía no hemos perdido la esperanza de que los gobernantes comprendan sus responsabilidades para evitar a sus pueblos un gravísimo desastre y no incurran en la terrible responsabilidad de acudir a la fuerza. El 24 de agosto dirige un llamamiento a la razón, cuyo contenido fundamental es éste: Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra.

En el año 1944, estando ocupada Roma por Alemania y cuando la presión de los nazis para que el Papa abandonara Ciudad Eterna era más intensa, Pío XII convocó a todos los cardenales presentes en Roma, y con toda gravedad les expuso la situación y su resolución. Puesto que ha ordenado a todos los obispos católicos permanecer en sus puestos, el Obispo de Roma no abandonaría el suyo, y añade: No obstante, os liberamos de la obligación de seguir nuestro destino. Cada uno de vosotros es libre de hacer lo que crea más conveniente. Luego les dice que si algo le sucediera a él, si le encarcelaran o muriese, debían reunirse dondequiera que fuese y elegir un nuevo papa. Los cardenales, emocionados, deciden permanecer junto al Romano Pontífice y correr su misma suerte.

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