Día 2 de septiembre

2 de septiembre

Historia bíblica

Eleazar

Cuando murió Alejandro Magno, sus generales asumieron el poder, cada uno en su región, imponiéndose la corona real. A éstos les sucedieron sus hijos, multiplicando la maldad sobre la tierra. De éstos brotó una raíz pecadora: Antíoco Epífanes (1 M 1, 10). Subió al trono en el año ciento treinta y siete de la dominación griega.

Antíoco IV decretó para todo su reino que todos fuesen un solo pueblo y que cada cual renunciase a sus propias tradiciones. Todos los gentiles aceptaron el edicto del rey. Muchos en Israel adoptaron de buen grado su religión, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. El rey, mediante mensajeros, envió decretos a Jerusalén y a las ciudades de Judá para que vivieran conforme a tradiciones extrañas a las del país: que se prohibiera hacer holocaustos, sacrificios y libaciones en el Santuario; que profanaran los sábados y los días de fiesta; que el Santuario y los objetos sagrados fueran contaminados; que levantaran altares, templos e ídolos; que hicieran sacrificios de cerdos y animales impuros; que no circuncidaran a sus hijos y que hicieran sus almas abominables con toda clase de inmundicia y profanación; así se olvidarían de la Ley y cambiarían todas sus buenas costumbres. El que no cumpliera la orden del rey sería condenado a muerte (1 M 1, 41-50).

Muchos judíos tuvieron la desgracia de apostatar, alejándose de la alianza santa, y comenzaron a obrar el mal. Pero otros prefirieron morir antes que renegar de su fe. Entre éstos estaba Eleazar. Éste era un escriba, hombre de avanzada edad. Los enviados del rey se empeñaron que comieran carne de cerdo, algo prohibido por la Ley de Moisés. Al negarse el venerable anciano, le abrieron la boca para forzarle a comer. Pero él, prefiriendo una muerte gloriosa a una vida ignominiosa, escupiendo el bocado mostró el modo de comportarse de aquellos que se mantienen firmes en rechazar las cosas que no es lícito comer ni siquiera por el entrañable amor a la vida.

Algunos, llevados de una falsa compasión, le dijeron que comiera carne de la que estaba permitido comer, y así fingir comer de la carne prohibida. De esta forma se libraría de la muerte. Pero él tomó una honrosa decisión digna de su edad, del prestigio de su vejez, de sus merecidas y venerables canas, de su inmejorable conducta desde niño, y, sobre todo, de la divina y santa legislación (2 M 6, 23). Y dijo a los que le pedían que fingiera: Porque no es digno de nuestra edad fingir, de manera que muchos jóvenes crean que el nonagenario Eleazar se ha pasado a las costumbres extranjeras, y a causa de mi simulación y de una vida breve y pasajera, se pierdan por mi culpa, y yo acarree ignominia y deshonor en mi vejez. Pues incluso si al presente yo escapara del castigo de los hombres, no huiría de las manos del Todopoderoso, ni vivo ni muerto. Por eso, entregando valerosamente la vida, me mostraré digno de mi vejez, dejando a los jóvenes un noble ejemplo de morir voluntaria y noblemente por las santas y venerables leyes (2 M 6, 24-28). Tras pronunciar estas palabras, fue conducido al tormento. Y cuando estaba a punto de morir por las heridas, aún tuvo fuerzas para decir: Quede patente al Señor, poseedor del santo conocimiento, que aun pudiendo librarme de la muerte, soporto fuerte dolores en mi cuerpo al ser flagelado, pero en mi alma lo sufro con gusto por temor a Él (2 M 6, 30). Y murió Eleazar dejando a su nación y a los siglos venideros un gran ejemplo de entereza en la fidelidad de Dios.

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