Día 3 de septiembre

3 de septiembre

Memoria obligatoria de san Gregorio Magno

Memoria de san Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia, que siendo monje ejerció ya de legado pontificio en Constantinopla, y después, en tal día, fue elegido Romano Pontífice. Resolvió problemas temporales y, como siervo de los siervos, atendió a los valores espirituales, mostrándose como verdadero pastor en el gobierno de la Iglesia, ayudando sobre manera a los necesitados, fomentando la vida monástica y propagando y reafirmando la fe por doquier, para lo cual escribió muchas y célebres obras sobre temas morales y pastorales. Murió el doce de marzo. (604) (Martirologio Romano).

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Anécdotas

Una confidencia

San Gregorio I fue elegido papa el día 3 de septiembre del año 590. Era romano de nacimiento y llegó a ser primer magistrado de la ciudad. Después entregó toda su fortuna para los pobres e ingresó en un monasterio como monje. Más tarde fue nombrado secretario del papa Pelagio II.

Al morir el Papa, le eligieron a él y no quería aceptar. Intervinieron el emperador Mauricio y el pueblo. Finalmente aceptó y escribió a su amigo Leandro, obispo de Sevilla: Siento ganas de llorar, más que de hablar.

A la hermana del Emperador le dijo: El Emperador ha querido que un mono se convierta en león.

Un libro

El papa san Gregorio I escribió un libro titulado Regula pastoralis, en el que explica detalladamente a los obispos su misión. El libro termina con unas palabras que reflejan la humildad del Papa. Son las siguientes: Yo he descrito al buen pastor pero no lo soy; he mostrado la playa de la perfección a la que hay que llegar, pero personalmente me encuentro en las oleadas de mis defectos y de mis faltas; así, pues, por favor, para que no naufrague, echadme una tabla de salvación con vuestras oraciones.

Un título

San Gregorio I Magno jamás consentía que persona alguna le alabase en su presencia. Para oponerse al orgullo de Juan el Ayunador, Patriarca de Constantinopla, que se arrogaba el título de Patriarca Ecuménico, comenzó a llamarse Servus servorum Dei (Siervo de los siervos de Dios), que es el título que utilizan desde entonces los romanos pontífices.

Un consejo

San Gregorio I Magno, buen teólogo y liturgista, decía a los sacerdotes: Nosotros, que celebramos los misterios de la Pasión del Señor, debemos imitar lo que celebramos, porque sólo así ofrecemos a Dios un sacrificio en beneficio nuestro, cuando hacemos de nosotros mismos una víctima.

Son ángeles

San Gregorio I Magno, antes de ser papa, cuando era un simple monje, había visto en el mercado de esclavos de Roma un grupo de jóvenes esbeltos, rubios y de ojos azules. Preguntó a qué tribu pertenecían y le respondieron que eran angli, procedentes de Britania. Entonces él exclamó: Non angli sed angeli (No anglos, sino ángeles), y pensó ir a Britania, con un grupo de monjes para convertirlos.

En peligro

Al ser elegido romano pontífice, Gregorio I Magno expresó lo que sentía: Indigno y débil, me he hecho cargo de un viejo barco castigado por las olas que le envuelven por todas las partes, un navío con la quilla podrida y cuarteada, azotado por la galerna, que amenaza con echarle a pique.

Apariencia engañosa

A finales del siglo VI había un patriarca de Constantinopla llamado Juan y conocido con el sobrenombre de El Ayunador, porque ayunaba con bastante frecuencia. También era muy caritativo, pues eran numerosas y cuantiosas las limosnas que hacía. Sin embargo, tenía un defecto grande: el orgullo. Este orgullo le hacía tener celos del papa san Gregorio I.

En cierta ocasión comentó al legado pontificio que se encontraba en Constantinopla: ¿Por qué ha de ser Gregorio Jefe de la Iglesia? Constantinopla es una ciudad más grande que Roma y el Emperador reside en ella; puesto que es la capital del Imperio, debería ser también la sede del Jefe de la Iglesia; en realidad el Papa debería ser yo.

Al enterarse de esta pretensión, san Gregorio I Magno, que le conocía bien, comentó: Juan tiene apariencia de un dulce cordero, pero esconde dientes de lobo.

Servidor de los cristianos

Juan, Patriarca de Constantinopla, escribió una carta al papa san Gregorio I que firmó con estas palabras: Juan, Obispo de toda la Iglesia. Con estas palabras daba a entender que se consideraba Jefe de toda la Iglesia.

San Gregorio Magno se entristeció al leerla y decidió contestarle. Pero antes de escribir hizo la siguiente reflexión: El Jefe de la Iglesia soy yo, indudablemente, puesto que san Pedro, príncipe de los Apóstoles, era obispo de Roma y yo soy su sucesor. ¿Qué debo responder? Contestaré que el Jefe de la Iglesia soy yo; pero para calmar el orgullo y los celos de Juan, le recordaré que los Jefes de la Iglesia no son como los reyes de las naciones, que reclaman grandes honores y fomentan los celos de los orgullosos; le recordaré lo que dice el Evangelio: “Quien quisiera ser mayor entre vosotros, ha de ser vuestro servidor, y quien quisiera entre vosotros ser el primero, ha de ser siervo de todos” (Mc 10, 44). Es decir, que el Jefe de la Iglesia, más que ningún otro obispo, es el servidor de los cristianos.

En la carta que escribió al Patriarca Juan el Ayunador firmó: Gregorio, siervo de los siervos de Dios.

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