Día 4 de septiembre

4 de septiembre

Vida de Cristo

Los años de Nazaret

Al hacerse hombre, Dios quiso enraizarse en una familia y en un hogar como los demás hombres. Con la diferencia de que Él fue el único que pudo escoger su familia, su raza, el sitio y las condiciones de su nacimiento, su lugar en la escala social, su modo de subsistencia. Y escogió el modo de vida común a la mayoría del género humano: trabajó y vivió en Nazaret como un hombre más, y emplea el trabajo para su subsistencia y la de los suyos. Pocas cosas más ordinarias, más propias de todos, que la ocupación profesional. En los Evangelios pueden notarse rasgos de la mentalidad de trabajador que conserva Jesús, su aspecto por las manifestaciones del trabajo en el mundo…

Nazaret era pequeño. El artesano que hacía puertas construía también yugos y arados; luego dirá que el yugo de su doctrina no es pesado. Jesús conocía el trabajo del campo: el cuidado de la viña; la necesaria unión de los sarmientos a la vid. Sigue paso a paso la vida del trigo: la simiente que cae en el camino, entre espinas, entre piedras, en buena tierra; la aparición de la cizaña; el grano que se pudre bajo tierra; el crecimiento invisible, pero cierto; la mies que ya blanquea, lista para la siega. Se fija en el crecimiento de la mostaza y en el modo de fertilizar una higuera.

No le pasan por alto las faenas del pastoreo. Sabe que los primeros invitados a su nacimiento fueron pastores y él se llama buen pastor, distinguiendo el buen trabajo (el que conoce a cada oveja, las llama por su nombre, va en busca de la perdida), del malo: el del mercenario. Otras veces se para en el que tiene necesidad de llevar abrevar al buey o de sacar a la oveja caída en un barranco.

Trabajos en el campo o en el mar. Trabajos en la ciudad: cómo edificar una casa de modo que quien ponga la primera piedra pueda también colocar la última. Y el mundo variado del comercio: en perlas, en paños. Sabe lo que da por un cuarto: dos gorriones; y la posibilidad de negociar con el propio dinero.

Sería largo recorrer toda la serie de ocupaciones humanas que aparecen en las palabras de Cristo: el publicano o recaudador de impuestos, al alguaocil, el juez, los militares, las plañideras, etc. No se le escapan tampoco las faenas caseras: la fabricación del pan, el barrido, el servicio doméstico, la necesidad de atender a la despensa. Jesucristo habla siempre para quien trabaja y se afana, para una vida ordinaria en la que rige la ley de la normalidad, la aparición previsible de los mismos problemas para las misma personas. Este es el ambiente de la predicación de Cristo; sus enseñanzas han quedado gráficamente conectadas con este clima. No el “filósofo”, ni el “visionario”, sino el artesano. Uno que trabajaba; como todos.

Jesús, en estos años de vida oculta en Nazaret, nos está enseñando el valor de la vida ordinaria como medio de santificación. Porque no es la vida corriente y ordinaria, la que vivimos entre los demás conciudadanos, nuestros iguales, algo chato y si relieve. Es, precisamente, en esas circunstancias, donde el Señor quiere que se santifique la inmensa mayoría de sus hijos (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 110).

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