Día 7 de septiembre

7 de septiembre

Virtudes

Fe

Salt Lake City, capital del estado americano de Utah, es el centro religioso más importante de los mormones (Iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días), que es una secta fundada por Joseph Smith (1805-1844). Éste afirmó en 1823 que había recibido una revelación de un ángel para fundar la verdadera Iglesia de Jesucristo, es decir -según él- la Iglesia de los santos.

El obispo católico de Salt Lake City, cuando construyó la catedral, hizo poner sobre la puerta principal del templo católico unas palabras de la Sagrada Escritura, sacadas de la Carta de San Pablo a los Gálatas, que son las siguientes: Aunque un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema (Ga 1, 8). La palabra anatema expresa la excomunión de un hereje.

Aquel obispo no hizo otra cosa que recordar que hay que creer lo que se ha creído siempre, en todos los lugares y por todos los católicos. Es decir, lo que Dios ha revelado. Y la Revelación se acabó con la muerte del último Apóstol (San Juan Evangelista).

Vamos a hablar de la fe, que es al mismo tiempo un don gratuito de Dios y un acto libre por parte del hombre. Y empezamos definiéndola: La fe es una virtud sobrenatural que ilustra la inteligencia y auxilia a la voluntad del hombre, haciéndole capaz de asentir firmemente a todo lo que Dios ha revelado, no por la evidencia de esas verdades sino por la autoridad de Dios que revela.

El Concilio Vaticano I, celebrado en el siglo XIX durante el pontificado del beato Pío IX, expuso más ampliamente la noción de esta virtud diciendo que esta fe, que es el principio de la humana salvación, la Iglesia Católica profesa que es una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado; no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos (Constitución Dogmática Dei Filius, c. 3).

Se dice que es el principio de la humana salvación porque la fe en Jesucristo conduce a la salvación eterna. El que cree en el Hijo tiene vida eterna (Jn 3, 36). Además, por la fe participamos de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Jn 5, 4).

La fe en Dios comporta tres dimensiones que fueron enunciadas por San Agustín. Creemos en Dios, creemos a Dios y creemos lo que Dios ha dicho. Expliquemos estas dimensiones un poco con tres preguntas y sus respectivas respuestas.

¿A quién creemos? Al mismo Dios que ha hablado a todos los hombres. ¿Por qué creemos? Porque nos fiamos de Dios, de la autoridad del mismo Dios que revela. ¿Qué verdades creemos? Creemos todo lo que Dios ha revelado: lo que se encuentra en la Tradición y en la Sagrada Escritura, y que la Iglesia -por definición solemne o por su Magisterio ordinario y universal- propone como divinamente revelado.

Las verdades reveladas por Dios están expresadas y transmitidas por la Iglesia en los símbolos de la fe. Hay varios, pero el más conocido es el Símbolo de los Apóstoles, que constituye, por así decirlo, el más antiguo catecismo romano. En él profesamos la fe de la Iglesia diciendo: Creo en Dios, // Padre Todopoderoso, // Creador del cielo y de la tierra. // Creo en Jesucristo, su único Hijo, // Nuestro Señor, // que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, // nació de Santa María Virgen, // padeció bajo el poder de Poncio Pilato, // fue crucificado, // muerto y sepultado, // descendió a los infiernos, // al tercer día resucitó de entre los muertos, // subió a los cielos // y está sentado a la derecha de Dios, // Padre todopoderoso. // Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. // Creo en el Espíritu Santo, // la santa Iglesia Católica, // la comunión de los santos, // el perdón de los pecados, // la resurrección de la carne // y la vida eterna. // Amén.

Morir por la fe es un don para algunos, para todos aquellos que recibieron la palma del martirio. Ahora bien, vivir la fe es una llamada para todos. Una fe que el fiel debe ejercitar y poner por obra. ¿Qué le aprovecha, hermanos míos, a uno decir: “Yo tengo fe”, si no tiene obras? ¿Podrá salvarle la fe? (St 2, 14). La fe, si no tiene obras, es de suyo muerta (St 2, 17).

El Catecismo de la Iglesia Católica hace referencia a cómo debe influir la fe en la vida del cristiano. Creer en Dios, el Único, y amarlo con todo el ser tiene consecuencias inmensas para toda nuestra vida: Es reconocer la grandeza y la majestad de Dios: “Sí, Dios es tan grande que supera nuestra ciencia” (Jb 36, 26). Por esto Dios debe ser “el primer servido” (Santa Juana de Arco). Es vivir en acción de gracias: Si Dios es el único, todo lo que somos y todo lo que poseemos viene de Él: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Co 4, 7). “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116, 12). Es reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los hombres: Todos han sido hechos “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26). Es usar bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el Único, nos lleva a usar todo lo que no es Él en la medida en que nos acerca a Él, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparte de Él: “Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de Ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a Ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a Ti” (San Nicolás de Flüe). Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente: “Nada te turbe //Nada te espante // Todo se pasa //Dios no se muda // La paciencia todo lo alcanza // quien a Dios tiene // Nada le falta // Sólo Dios basta” (Santa Teresa de Jesús).

La fe es absolutamente necesaria para la salvación eterna. Quien no tiene fe, no tiene luz; quien no tiene religión, no tiene esperanza. Y la fe y la esperanza aseguran que nuestra vida continúa más allá de ese terrible momento que se llama muerte. Por esto, es preciso hacer que la fe -verdadero faro de luz- reviva en estos tiempos en que la sociedad se descristianiza con una huida suicida de Dios; y lo haremos si vivimos bien nuestra fe con todas sus consecuencias, y una de éstas es dar testimonio de vida cristiana.

Como hemos dicho, la fe es un regalo de Dios y, por tanto, debemos agradecérsela. ¡Cuántas personas hay en el mundo sin fe! Y a la vez, hay que pedirle con humildad a que nos la aumente, con la misma oración que emplearon los Apóstoles: Acrecienta nuestra fe (Lc 17, 5).

En el siglo XVI varios reinos aceptaron la Reforma protestante, especialmente por intereses de sus reyes y príncipes. Sin embargo, María Estuardo, reina de Escocia, permaneció fiel a la Iglesia Católica. Hecha prisionera por la reina Isabel I de Inglaterra, fue ejecutada. Antes de morir, dijo: Me han despojado de todo, mas no han podido arrancarme dos tesoros: mi fe y la sangre real que corren por mis venas.

Efectivamente, la fe -como bien consideraba la reina escocesa- es un tesoro que debemos conservar siempre. Y por eso hay que poner todos los medios para evitar el peligro de perderla. Del mismo que para conservar la salud nadie ingiere un alimento desconocido sin informarse antes de si puede hacer daño, ni se expone sin las necesarias precauciones al contacto con enfermos infecciosos; también para conservar la fe es necesario tomar medidas de prudencia. Por ejemplo, antes de leer un libro cualquiera -sobre todo si se trata de temas religiosos o de filosofía, etc., o incluso novelas- hay obligación de informarse sobre su contenido preguntando a personas con criterio cristiano, y de abandonar su lectura en caso de que represente un peligro contra la fe. También se debe evitar frecuentar determinados lugares o ambientes que representan un peligro concreto contra esta virtud o contra las buenas costumbres. Quien considerase imprudentemente que a él no le afectan esas lecturas o esos ambientes, por su madurez o formación, demostraría precisamente inmadurez y ligereza, muchas veces alimentadas por la soberbia o la curiosidad incontrolada.

La Virgen María, Madre de Dios, recibió de su prima Santa Isabel esta alabanza: ¡Bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor (Lc 1, 45). Que en vivir la fe también nos parezcamos a nuestra Madre.

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