Día 8 de septiembre

8 de septiembre

Fiesta de la Natividad de la Virgen María

Fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, de la estirpe de Abrahán, nacida de la tribu de Judá y de la progenie del rey David, de la cual nació el Hijo de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo, para liberar a la humanidad de la antigua servidumbre del pecado. (Martirologio Romano).

Beato Federico Ozanam

En Marsella, en Francia, tránsito del beato Federico Ozanam, el cual, hombre esclarecido en erudición y piedad, defendió y propugnó con su eminente doctrina las verdades de la fe, prestó asidua caridad a los pobres en la Sociedad de San Vicente de Paúl y, como excelente padre de familia, hizo de su hogar una iglesia doméstica. (1853) (Martirologio Romano).

Semblanza

Un laico santo al servicio de los pobres

Protagonista de una anécdota

En una de las audiencias de su corto pontificado, Juan Pablo I contaba la siguiente anécdota: El siglo pasado había en Francia un profesor insigne, Federico Ozanam; enseñaba en La Sorbona. Era elocuente, estupendo. Tenía un amigo sacerdote, Lacordaire, que solía decir: “Este hombre es tan estupendo y bueno que se hará sacerdote y llegará a ser todo un obispo”. Pero no. Encontró a una señorita excelente y se casaron. A Lacordaire no le sentó bien y dijo: “Pobre Ozanam, también él ha caído en la trampa”. Dos años después Lacordaire vino a Roma y fue recibido por el papa Pío IX. “Venga, venga, Padre -le dijo-; siempre había oído decir que Jesús constituyó siete sacramentos; ahora viene usted, me revuelve las cartas y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa. No, Padre, el Matrimonio no es una trampa, es un sacramento muy grande”.

El matrimonio no fue para Ozanam un obstáculo para vivir con intensidad su fe cristiana. Alcanzó la santidad dentro del estado matrimonial. El 22 de agosto de 1997 el papa Juan Pablo II lo beatificaba en la catedral de Notre Dâme de París. En la homilía pronunciada en la solemne ceremonia de beatificación, el Romano Pontífice dijo: El beato Federico Ozanam, apóstol de la caridad, esposo y padre de familia ejemplar, gran figura del laicado católico del siglo XIX, fue un universitario que desempeñó un papel importante en el movimiento de las ideas de su tiempo. Estudiante, profesor eminente primero en Lyon y luego en París, en La Sorbona, aspira ante todo a la búsqueda y la comunicación de la verdad, en la serenidad y el respeto a las convicciones de quienes no compartían las suyas. “Aprendamos a defender nuestras convicciones, sin odiar a nuestros adversarios -escribía-; a amar a quienes piensan de un modo diferente del nuestro (…). Quejémonos menos de nuestro tiempo y más de nosotros mismos” (Cartas, 9 de abril de 1851). Con la valentía del creyente, denunciando todo egoísmo, participa activamente en la renovación de la presencia y de la acción de la Iglesia en la sociedad de su época.

Ambiente familiar

Federico Ozanam nació el 23 de abril de 1813 en Milán (Italia). Sus padres eran oriundos de la región francesa de Lyon y se habían establecido provisionalmente en la capital lombarda por razones profesionales, en la época de las guerras napoleónicas. Se crió en el seno de su familia, que era profundamente cristiana. Desde la infancia se le infundió el amor a Dios y a los desheredados, enseñándosele a buscar y encontrar a Cristo en todos los que llevan la pesada carga de los sufrimientos humanos y de las injusticias sociales. Creyó en el amor, en el amor que Dios tiene a los hombres. Él mismo se sintió llamado a amar, dando ejemplo de un gran amor a Dios y a los demás. Salía al encuentro de todos los que tenían mayor necesidad de ser amados que los demás, a quienes Dios Amor sólo podía revelarse efectivamente mediante el amor de otra persona. Ozanam descubrió en eso su vocación, y vio el camino al que Cristo lo llamaba. Allí encontró su camino hacia la santidad. Y lo recorrió con determinación. (San Juan Pablo II, Homilía, 22.VIII.1997).

El joven Federico conoció las alegrías de una infancia serena. Estudió en el Colegio Real de Lyon, donde se distinguió por ser un alumno de una inteligencia viva y penetrante. En algunas ocasiones se vio afectado por esa especie de incertidumbre que engendra el primer contacto con los sistemas filosóficos. Pero afortunadamente su maestro, el abate Noirot, un santo sacerdote, y un gran director de almas, hizo todo lo posible para ayudarle a salir del laberinto de las opiniones contradictorias y confirmarle en la fidelidad a la Iglesia. Así, Ozanam dirá: He conocido las dudas del presente siglo, pero toda mi vida he estado convencido de que sólo hay reposo para el espíritu y el corazón en la fe de la Iglesia y bajo su autoridad.

En la Universidad de París

Cuando dejó el colegio, al concluir los estudios secundarios, y cuando dócil a la voluntad de su padre, se dirigió a París para estudiar Derecho, se enfrentó con una sociedad que sufría grandes trastornos. Las jornadas revolucionarias de julio de 1830 oscurecieron la antigua realeza de los Borbones, que habían soñado con afianzar su trono apoyándolo sobre el altar. Triunfaba el escepticismo con las doctrinas sansimonianas, que invadían la Universidad. Federico Ozanam se sentía solo y desanimado. Pero no tardó en recobrarse. Encontró a André M. Ampère, el gran sabio a quien le complace llamar papá Ampère, un amigo que le abrió su corazón paternal, lo arrancó de la soledad de la pensión para instalarlo en la habitación de su hijo, y le descubrió todas las tardes, en conversaciones familiares, los horizontes de la verdadera ciencia, para llegar a esta conclusión: Ozanam, ¡cuán grande es Dios!

Federico se sintió consolado por ese trato; superó la aversión que le inspiraba la gran ciudad; recuperó la esperanza en un futuro mejor; le agradaba trazar los planos de la ciudad de Dios, que se edificará sobre las ruinas de la Babilonia terrestre. Escribió gozoso al amigo confidente de sus tristezas y temores: La ciencia y el catolicismo: ¡ahí están mis únicos consuelos! Su línea de comportamiento estará marcada en el futuro por una certeza inconmovible: el cristianismo es el único remedio para curar los males de la sociedad contemporánea; hace falta demostrar la verdad científica e histórica del cristianismo. Es indispensable reconciliar la religión y la ciencia.

Las Conferencias de Cuaresma

Testigo de la verdad, sintió intensamente la necesidad de sus contemporáneos jóvenes de alimentar y profundizar su fe. Por ello, se puso a la cabeza de la delegación que, por su gran obstinación, llevó finalmente a monseñor Jacinto Luis de Quelen, arzobispo de París, a decidirse a renovar la predicación. Después de numerosos intentos que dejaron insatisfechos a los estudiantes, el prelado confió en 1835 la cátedra de Notre Dâme al abate Enrique Lacordaire. El futuro dominico les ofreció una predicación que, nueva en su forma y bajando al terreno de las controversias actuales, disputa cuerpo a cuerpo con los adversarios del cristianismo, para responder a las objeciones diariamente enseñadas en las plazas y reproducidas y popularizadas por libros y periódicos. Las célebres Conferencias de Notre Dâme, cuya prolongación son las actuales Conferencias de Cuaresma, han respondido a la sed de espiritualidad de numerosos jóvenes contemporáneos.

En la citada homilía, san Juan Pablo II hizo referencia a esta iniciativa del beato Ozanam: Es conocido también su papel en la institución de las Conferencias de Cuaresma en esta catedral de Notre Dâme de París, con el objetivo de permitir que los jóvenes reciban una enseñanza religiosa renovada frente a las grandes cuestiones que interpelan su fe.

Animado por los resultados obtenidos, Ozanam multiplicó sus esfuerzos para generalizar este movimiento, a la vez intelectual y religioso. La obra no dejaría de tener dificultades. Tras la revolución de 1830, los católicos franceses estaban muy divididos. Muchos no veían salvación más que en la restauración del régimen derrocado. Otros, entre los que se sitúa Ozanam, pensaban que había que superar resueltamente esta cuestión de régimen para dedicar los esfuerzos a lo esencial: la promoción de los valores espirituales y humanos sobre la base del amor fraterno y de la justicia social.

Apóstol de la caridad

Dotado de una intuición, sensibilidad y delicadeza precoces, Ozanam se sintió conmovido desde su juventud por las condiciones duras e inicuas que afectaban a las categorías sociales más humildes. Él observa la situación real de los pobres y busca un compromiso cada vez más eficaz a crecer en humanidad -dijo Juan Pablo II el día de su beatificación-. Comprende que la caridad debe impulsar a trabajar para corregir las injusticias. La caridad y la justicia están unidas. Tiene la valentía clarividente de un compromiso social y político de primer plano, en una época agitada de la vida de su país, ya que ninguna sociedad puede aceptar la miseria como una fatalidad, sin que se hiera su honor.

El 23 de abril de 1833, reúne en la oficina de la “Tribuna Católica” a algunos de sus compañeros, animados por la misma voluntad de servicio a los más desfavorecidos. Son siete. Las nuevas condiciones económicas habían multiplicado los sufrimientos de todo género. Ante tantas situaciones angustiosas, ante tantas calamidades inmerecidas, ante tantas familias que sufrían el hambre, el frío y la enfermedad, estos jóvenes tomaron la resolución de responder a la llamada de Cristo, consagrándose a los pobres. Pidieron a sor Rosalía Rendu, Hija de la Caridad del barrio de Mouffetard, la dirección de algunas familias que estaban sufriendo, a las que les llevaban un poco de pan y, sobre todo, mucha amistad. Sus recursos provenían sólo de sus bolsillos de estudiantes. Tal es el origen de la primera Conferencia de San Vicente de Paúl.

A este origen se refirió el papa san Juan Pablo II momentos antes de proclamarlo beato: Federico Ozanam amaba a todos los necesitados. Desde su juventud, tomó conciencia de que no bastaba hablar de la caridad y de la misión de la Iglesia en el mundo: esto debía traducirse en un compromiso efectivo de los cristianos al servicio de los pobres. Así, coincidía con la intuición de san Vicente: “Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente” (San Vicente de Paúl, XI 40). Para manifestarlo concretamente, a la edad de 20 años, con un grupo de amigos, creó las Conferencias de San Vicente de Paúl, cuya finalidad era la ayuda a los más pobres, con un espíritu de servicio y comunión. (…) Desde entonces el amor a los más miserables, a aquéllos de quienes nadie se ocupa, está en el centro de la vida y de las preocupaciones de Federico Ozanam. Hablando de esos hombres y mujeres, escribe: “Deberíamos caer a sus pies y decirles con el Apóstol: ‘Tu es Dominus meus’. Vosotros sois nuestros señores y nosotros seremos vuestros servidores; vosotros sois para nosotros las imágenes sagradas del Dios a quien no vemos y, no sabiéndolo amar de otro modo, lo amamos en vosotros” (A Louis Janmot).

Catedrático en La Soborna

Paralelamente, Ozanam se realizó a nivel cultural y profesional. Doctor en derecho en 1836, desempeñó sin demasiado entusiasmo una corta carrera de abogado; ocupó, después, la cátedra de Derecho comercial en Lyon. Doctor en Letras en 1839, obtuvo la plaza de primer agregado en las nuevas oposiciones establecidas por Víctor Cousin en 1840 para las facultades de Letras. Sustituto del profesor Claudio Fauriel en 1841, Ozanam llegó a ser titular de la cátedra de Literatura extranjera en La Sorbona, en 1844.

Matrimonio

Entre tanto, contrajo matrimonio con Amelia Soulacroix, el 23 de junio de 1841, en la iglesia Saint-Nizier de Lyon. Su hogar se llenó de luz con el nacimiento en 1845, de su hija María, a la que amará tiernamente. Su existencia, en lo sucesivo, estará repartida entre su familia, la enseñanza, la investigación histórica, su obra literaria y sus diversos compromisos cívicos, sociales y religiosos.

Otra característica importante del comportamiento de Federico Ozanam en su enseñanza y, en general, en todas sus relaciones con los medios intelectuales, fue el respeto a los demás: la tolerancia. Su bondad natural, unida a su esencial probidad, le empujó a acoger con estima y benevolencia la opinión del otro, aunque fuera contraria a la suya. La pasión que ponía en la defensa de sus convicciones iba acompañada siempre por una apertura hacia quienes no las compartían. No pronunció jamás una sola palabra que pudiese herir a los oyentes que no compartían sus ideas, y, si no cejaba en su voluntad bien afianzada de exponer la verdad y sólo la verdad, tenía sumo cuidado de hacerlo sin la menor agresividad. Prefería la persuasión a cualquier otro procedimiento que no respetara escrupulosamente la opinión y la libertad del otro.

A tiempos nuevos ha de corresponder un programa nuevo. Ozanam, con la plena aprobación del arzobispo de París, monseñor Dionisio Alfre, se encargó de establecer este programa y preparó su aplicación. Fue uno de los primeros en formular la idea del “salario natural” (antepasado del salario mínimo interprofesional), reivindicar medidas contra el paro forzoso y los accidentes, y exigir que se asegurara una jubilación a los trabajadores. Así, se le puede considerar como un precursor de la doctrina social de la Iglesia. Muchas de sus ideas generosas y audaces se encuentran en la encíclica Rerum novarum de León XIII (1891).

Muerte santa

La labor abrumadora que se impuso, y la disponibilidad total con la que estaba comprometido, dañaron muy pronto su delicada salud. El 23 de abril de 1853, día en que cumplía cuarenta años (cuatro meses y medio antes de su muerte), formuló el fiat por el que se abandonaba a la voluntad de Dios, ofreciéndole su vida: No sé si Dios permitirá que pueda aplicarme el final. Sé que cumplo hoy mis cuarenta años, más de la mitad del camino de la vida. Sé que tengo una mujer joven y muy querida, una hija encantadora, hermanos excelentes, una segunda madre, muchos amigos, una honrosa carrera, trabajos llevados con precisión hasta el punto de que podrían servir de fundamento a una obra largo tiempo soñada. Pero en este momento he sido víctima de un mal grave, pertinaz y tanto más peligroso cuanto entraña probablemente un agotamiento completo. ¿Es preciso, pues, dejar todos estos bienes, que tú mismo me habías dado? ¿No quieres, Señor, contentarte con una parte del sacrificio? (…). Aquí estoy, Señor. Aquí estoy, si me llamas, y no tengo derecho a quejarme. Me has regalado cuarenta años de vida… Si repaso delante de ti mis años con amargura, es a causa de los pecados con que los he manchado; pero considero las gracias con que tú los has enriquecido, repaso mis años ante ti, Señor, con reconocimiento. Aunque me encadenes a un lecho por los días que me queden de vida, no serán suficientes para agradecerte los días que he vivido. ¡Ah!, ¡si éstas son las últimas páginas que escribo, que sean ellas un himno a tu bondad!

El 8 de septiembre de 1853, fiesta de la Natividad de la Virgen, a la que había profesado una gran devoción, terminó su vida excepcionalmente densa, consagrada sólo al servicio de Cristo y de los hombres.

Ejemplo para la juventud

Su vida fue puesta de ejemplo por el papa san Juan Pablo II a los jóvenes reunidos en París para la jornada mundial de la juventud de 1997: Federico Ozanam, hombre de pensamiento y de acción, sigue siendo para los universitarios de nuestro tiempo, para los profesores y los alumnos, un modelo de compromiso valiente, capaz de hacer oír una palabra libre y exigente en la búsqueda de la verdad y en la defensa de la dignidad de toda persona humana. ¡Que sea también para ellos una llamada a la santidad!

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Natividad de Santa María

Los Evangelios nada nos dicen de la vida de María antes de la Anunciación del ángel. En cambio, en la literatura apócrifa sí se habla de los padres e infancia de la Virgen. Del Protoevangelio de Santiago arranca la remotísima tradición que afirma que Santa María es hija de Joaquín y Ana, de noble ascendencia israelita.

Joaquín y Ana vivían en Séforis, pueblo cercano a Nazaret. Ana era estéril y, por tanto, el matrimonio infecundo. Ambos esposos, habiéndose trasladados a Jerusalén, obtuvieron de Dios a fuerza de ruegos una hija, ya en su ancianidad.

Llegó el tiempo en que había de nacer la mujer anunciada por Dios en el paraíso para quebrantar con su planta la cabeza de la serpiente homicida. Este día fue glorioso para Dios, alegre para el cielo, consolador para los hombres y principio de las misericordias del Señor a favor de los mortales (Rafael de la Corte y Delgado, Novena de Nuestra Señora de la Cinta). Cuando se le cumplió el tiempo, Ana dio a luz una hija, a la que llamó María.

Celebremos con alegría el Nacimiento de María, la Virgen: de Ella salió el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios (Antífona de entrada de la Misa de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María). La natividad de Santa María es la luz primera del nuevo amanecer de la historia del género humano. María es la Estrella de la mañana que, en la aurora que precede a la salida del sol, anuncia la llegada del Salvador, el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte (Lc 1, 78-79).

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