Día 9 de septiembre

9 de septiembre

Memoria libre de san Pedro Claver

San Pedro Claver, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús, que en Nueva Cartagena, ciudad de Colombia, durante más de cuarenta años consumió su vida con admirable abnegación y eximia caridad para con los esclavos negros, y bautizó con su propia mano a casi trescientos mil de ellos. (1654) (Martirologio Romano).

Página evangélica

Parábola del fariseo y del publicano

Dijo también esta parábola a algunos que confiaban mucho en sí mismos, teniéndose por justos, y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar, el uno fariseo, el otro publicano (Lc 18, 9-10). Con estas palabras comienza Jesucristo la parábola del fariseo y del publicano. Con ella el Señor completa su enseñanza sobre la oración. Además de ser perseverante y llena de fe, la oración debe brotar de un corazón humilde y arrepentido de sus pecados: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies (Sal 50, 19), el Señor, que nunca desprecia un corazón contrito y humillado, resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.

Jesucristo se refiere a dos hombres, uno es fariseo, y el otro, publicano. Son dos tipos humanos contrapuestos: el fariseo, meticuloso en el cumplimiento externo de la Ley; y el publicano, por el contrario, considerado pecador público. Con la parábola, Cristo ejemplifica dos modos de oración opuestos.

Los fariseos eran los miembros de una secta judía, y defendían una observancia minuciosa de la Ley mosaica que a menudo se limitaban a un cumplimiento externo y formalista de la misma. Los fariseos recibieron la dura reprimenda del Señor, que los llamó sepulcros blanqueados.

Los fariseos constituían, pues, el sector religioso más importante del judaísmo en tiempos de Jesús. Eran cumplidores rigurosos de la Ley de Moisés y, además, de las tradiciones orales que se habían ido formado en torno a la Ley, a las que daban tanta importancia como a la Ley misma. Entre los fariseos hubo hombres de sincera piedad, pero la mayoría exageraron la religiosidad farisaica hasta el fanatismo, el orgullo y la hipocresía. Esta perversión de la verdadera religiosidad israelita es la que fustigaron Juan el Bautista y después Nuestro Señor.

Los publicanos eran los cobradores de impuestos en el Imperio Romano. La cantidad genérica del impuesto para cada país la tasaba la autoridad romana. Los publicanos cobraban una sobretasa de la cual vivían, y que se prestaba a abusos, por eso normalmente eran odiados por el pueblo y tenían fama de pecadores.

El fariseo, quedándose de pie, oraba para sí de esta manera: ¡Oh Dios!, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces a la semana, pago el diezmo de todo lo que poseo (Lc 18, 11-12).

La oración del fariseo -reza de pie- no es grata a Dios debido a su orgullo, a que le lleva a fijarse en sí mismo y a despreciar a los demás. Hace una serie de comparaciones en la que él queda por encima de los todos los demás, él es justo y los otros, pecadores. ¡Qué cosa más odiosa que las comparaciones!

Sí cumple sus obligaciones religiosas, incluso más allá de lo prescrito: ayuna dos veces por semana, cuando los rabinos establecían ayunar una vez; paga el diezmo de todo, cuando sólo era obligatorio pagarlo por ciertos productos. Pero sus palabras no son verdadera oración porque no se dirige a Dios: reza para sus adentros. Además, se olvida que toda obra buena procede de Dios y que es Él quien da la gracia suficiente para que el hombre la realice. La “oración”, entre comillas, del fariseo es una especie de autocomplacencia, que le lleva a vanagloriarse.

El fariseo, satisfecho de sí mismo, comienza su oración dando gracias a Dios, pero es obvio que no se trata de verdadera acción de gracias, puesto que se jacta de lo bueno que ha hecho, y no es capaz de reconocer sus pecados, no ve en sí pecado alguno; como se cree ya justo, no tiene necesidad, según él, de ser perdonado; y, efectivamente, en sus pecados permanece; a él se aplica también lo que dijo el Señor en otra ocasión a un grupo de fariseos: Si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: Vemos; por eso vuestro pecado permanece (Jn 9, 41). El fariseo, que era un soberbio de corazón por creerse superior a los demás, a quienes desprecia, bajó del Templo, pues, con sus propios pecados.

En el polo opuesto está el publicano. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador! Os sigo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado (Lc 18, 13-14).

¡Qué diferente es la oración del publicano a la del fariseo! El publicano reconoce su indignidad, que es pecador, y se arrepiente sinceramente. Confía sólo en la misericordia divina. Su oración es auténtica y fue grata a Dios, porque estaba hecha con las disposiciones necesarias -entre otras, la humildad- que hay que tener ante Dios y para ser perdonado por Dios. La jaculatoria del publicano, que expresa tales sentimientos, alcanza el perdón divino.

San Francisco de Sales explica: Con razón algunos han dicho que la oración justifica, porque la oración contrita o la contrición orante eleva el alma a Dios, la une a su bondad y obtiene su perdón en virtud del amor divino que le comunica este santo movimiento. Por consiguiente, debemos sentirnos fuertes con tales jaculatorias, hechas con actos de amoroso dolor y con deseos de divina reconciliación a fin de que, por medios de ellas, expresando delante del Salvador nuestras angustias, confiemos el alma a su Corazón misericordioso que la recibirá con piedad.

La enseñanza principal de esta parábola es que la oración, además de ser perseverante (enseñanza de la parábola del juez inicuo), tiene que ser humilde.

¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130, 1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla será ensalzado. La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.559).

En la figura del publicano, Cristo Jesús nos pone delante a un hombre que se ha dado cuenta de su miseria, la reconoce sin ningún tipo de excusas y, compungido, se arrodilla delante de Dios. Es un buen ejemplo para todos, sobre todo cuando venga la tentación de que nuestra indignidad no nos permite ser escuchados por Dios.

El publicano no intentó tranquilizar su conciencia echando en el gazofilacio del Templo un puñado de oro. Él sabía que el Señor mira en el fondo del corazón, y allí se sentía pequeño, porque había ofendido a Dios. Tiene humildad, una humildad que conmueve, pues ni siquiera se atrevía a levantar sus ojos al cielo. El alma humilde ante los favores de Dios se siente movida al gozo y al agradecimiento. Y el publicano salió del Templo con la inmensa alegría de haber sido justificado por Dios.

¡Y qué contraste con la figura del fariseo! Éste piensa que lo tiene todo -especialmente la virtud-, y se llena de orgullo como si fuera mérito suyo. No se da cuenta de que está vacío, de que sus virtudes son pura apariencia. Es lo que sucede con muchas personas que se pavonean de sus obras de caridad -así las llaman- mientras descuidan quizá los graves deberes de la justicia y del amor al prójimo. ¿Cuántas personas prescinden de la justicia, y se limitan a un poco de beneficencia, que califican de caridad?

Mueve a compasión la autosuficiencia del fariseo, porque la vanagloria es humo de pajas. Y no acaba aquí el mal, porque el fariseo que, creyéndose luz, no deja que Dios le abra los ojos, es el mismo que tratará soberbia e injustamente al prójimo: “yo te doy gracias de que no soy como los otros hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano” (Lc 18, 11) (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 71). El desprecio que siente por los demás hombres delata la ruina de su alma.

En el cántico Magnificat la Virgen nos enseña cómo en todo tiempo el Señor ha tenido predilección por los humildes, resistiendo a los soberbios. Las palabras pronunciadas por Santa María en la casa de Isabel están llenas de humildad. Reconoce las maravillas que se han obrado en Ella y profetiza que todas las generaciones la llamarán bienaventurada, y por ello su cántico es de alabanza a Dios porque el que ha hecho cosas grandes en su alma es el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo. En este maravilloso ejemplo de humildad y de oración de Santa María queremos parecernos a nuestra Madre. Que Ella nos consiga esta gracia.

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