Día 12 de septiembre

12 de septiembre

Memoria libre del Santísimo Nombre de María

El dulcísimo Nombre de la Bienaventurada Virgen María. En este día se recuerda el inefable amor de la Madre de Dios hacia su santísimo Hijo, y su figura de Madre del Redentor es propuesta a los fieles para su veneración. (Martirologio Romano).

El nombre de María

Una sola mujer aparece en el Antiguo Testamento con el nombre de María, a saber, la hermana de Moisés, Miriam. Ya en tiempos de Cristo aparecen muchas mujeres con el nombre de María.

Las principales etimologías de este nombre se reducen a tres clases. Unos derivan el nombre de la raíz mery, de la lengua egipcia, y significa muy amada. Otros dicen que proviene del siríaco, y significa señora. La sentencia más frecuente es que se deriva del hebreo. Dentro de esta lengua caben muchas interpretaciones: Estrella del Mar, Señora de mi linaje, Esperanza, Iluminada, Amargura, Mirra, Sublime, Excelsa…

Entre tantas etimologías resulta difícil juzgar cuál es la más acertada. Sin embargo, todas las enumeradas convienen a la Santísima Virgen y expresan de modo adecuado sus prerrogativas.

El nombre de María, por tanto, quiere decir Muy Amada, Estrella del Mar, Señora, Princesa, Luz, Hermosa, Reina…

Siempre el pueblo cristiano se ha dirigido a la Virgen llamándola Señora (Dómina, del latín).

María es nombre salvador. Es san Jerónimo quien la llama Stella Maris (Estrella del Mar). Ella es norte que guía a los cristianos a puerto seguro en medio de todas las tempestades de la vida, disipa las tinieblas del pecado y es lucero de la mañana que anuncia el día eterno de nuestra bienaventuranza. Con frecuencia se ha de tener el nombre de María en los labios, pero de modo especial cuando llegan las tentaciones, que es cuando se está más necesitado de los cuidados maternales de la Virgen.

Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María. Si te agitan las ondas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María. Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza, o en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no te caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara (San Bernardo).

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