Día 13 de septiembre

13 de septiembre

Memoria obligatoria de san Juan Crisóstomo

Memoria de san Juan, obispo de Constantinopla y doctor de la Iglesia, antioqueño de nacimiento, que, ordenado presbítero, llegó a ser llamado “Crisóstomo” por su gran elocuencia. Gran pastor y maestro de la fe en la sede constantinopolitana, fue desterrado de la misma por insidias de sus enemigos, y al volver del exilio por decreto del papa san Inocencio I, como consecuencia de los malos tratos de sus guardianes durante el camino de regreso, entregó su alma a Dios en Gumenek, localidad del Ponto, en la actual Italia, el catorce de septiembre. (407) (Martirologio Romano).

*****

Relato apócrifo de un testigo excepcional de una resurrección

Mi única hija me ha dado nietos que alegran mi vejez. Cuando yo era joven soñaba con tener muchos hijos. Durante los primeros años de matrimonio, los niños no llegaban. Por fin, al séptimo año de estar casado, mi mujer quedó embarazada. Mi ilusión era que la criatura que esperábamos fuera varón; y pensaba en la educación que le daría para que fuera rabino, un buen maestro para interpretar la Escritura. Yo por aquel entonces ya era arquisinagogo. Mi misión era mantener el orden en las reuniones que se celebraban los sábados y fiestas en la sinagoga, así como dirigir las oraciones, los cantos y designar al que había de explicar lo que se había leído del libro de la Ley y los profetas. Para realizar bien mi tarea, tenía a mi servicio un ayudante encargado de las funciones materiales. Además estaba asistido en mi misión por un consejo. Por ser jefe de la sinagoga estaba considerado como un hombre principal de la ciudad.

Mi mujer dio a luz a una niña. Mi decepción fue grande. Sin embargo, pronto me di cuenta que mi hija era realmente un regalo del cielo. Según iba creciendo, tanto su madre como yo cada día estábamos más felices con ella. Un sábado, después de la reunión de la sinagoga, al llegar a casa encontré a mi mujer preocupada, pues la niña tenía fiebre alta. La tranquilicé, pero enseguida también a mí me entró un tremendo desasosiego. Por los síntomas vi que mi hija estaba gravemente enferma. Acudí de inmediato a los médicos. Estos, después de examinar detenidamente a mi hija, confirmaron la gravedad de la enfermedad. “Hay que esperar a ver cómo evoluciona”, dijeron. No quise esperar, y avisé a los médicos más afamados de la comarca, que no hicieron otra cosa que confirmar el diagnóstico de sus colegas, sin conseguir sanarla, ni tan siquiera mejorarla. La perspectiva era de un desenlace fatal.

Por aquel entonces, mi mujer me había hablado de Jesús de Nazaret, un nuevo profeta que había surgido. Se decía de él que era superior a todos los anteriores y que tenía el poder de curar. Yo era escéptico, pero en el profeta de Galilea estaba mi última esperanza. Informado de que estaba en Cafarnaún, fui a su encuentro, pero a los que pregunté por él me dijeron que lo habían visto alejarse en una barca hacia la otra orilla del lago, y lo más seguro era que se hubiera dirigido a Gerasa. A la mañana siguiente, después de pasar toda la noche en vela junto a la cama de mi hija moribunda, oí a unos que decían que Jesús estaba de nuevo en la ciudad, en la ribera del Tiberíades. Me dirigí hacia allá, y al llegar vi que una gran muchedumbre se había congregado en la orilla del lago. Alguien que estaba a mi lado comentó que los gerasenos no le habían acogido bien. Aquella multitud de gente rodearon a Jesús nada más descender éste de la barca. Y fue entonces cuando, dejando a un lado todo tipo de respetos humanos, me decidí a acercarme a él. Avancé rápidamente. Tenía prisa, pues mi hija estaba muriéndose. Afortunadamente los que estaban alrededor de Jesús me facilitaron el que pudiese llegar hasta él. Oí cómo decían: “Es Jairo, uno de los jefes de la sinagoga”. Nada más verme delante de Jesús, me postré ante él. Lo hice como manifestación de respeto.

Desde el primer momento vi cómo la mirada de Jesús se posaba en mí. Esto me dio ánimo para exponerle la angustia grande que me atenazaba. “Maestro, mi hija, la única que Dios me ha dado, está en las últimas. Los médicos dicen que no pueden hacer nada por salvarla. Ven, impón tus manos sobre ella para que se salve y viva. Es aún una niña…”, y me puse a llorar. Ante mi súplica, noté cómo el Nazareno se movió a compasión. Al instante se puso en camino hacia mi casa. Y envié a un criado que me acompañaba para que fuera corriendo a avisar a mi mujer que Jesús había oído mi ruego y que iba a ver a la niña. En medio de la inmensa amargura de mi corazón, sentí que en mi corazón se abría paso a una esperanza: Jesús podría devolverle la salud a mi hija.

No me atrevía meterle prisa al Maestro. Éste, mientras andaba, conversaba con la gente. Yo caminaba presuroso, con el deseo de llegar cuanto antes a casa, pues sabía que en cada instante que pasaba la vida de la niña se iba. Temía no llegar a tiempo, de no encontrarla viva. Pero aquella multitud de personas que acompañaba a Jesús impedía a éste caminar deprisa. Y ocurrió algo imprevisto. Jesús se detuvo, miró a su alrededor, y preguntó: “¿Quién ha tocado mis vestidos?” Esta parada del Maestro me impacientó. Suponía un retraso que me agobiaba. Los discípulos de Jesús quedaron un poco desconcertados por la pregunta, y le dijeron: “Ves que la muchedumbre se aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?” Entonces una mujer, llena de temor, le dijo a Jesús que había sido ella. Y le explicó el por qué le tocó. “Maestro, padecía un flujo de sangre desde hacía doce años. Los médicos no han podido curarme. Entonces, habiendo oído lo que se dice de ti, que obras milagros, me dije: Si tocare siquiera su vestido, seré sana. Eso hice y noté en todo mi cuerpo que mi enfermedad había desaparecido”. Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y seas curada de tu mal”. Al ver el milagro obrado por el profeta de Galilea, mi fe se fortaleció. Pero poco después vi llegar a unos sirvientes de mi casa. Al verlos, palidecí. Lo que temí, había ocurrido. Aquellos criados me dijeron: “Tu hija ha muerto; ¿para qué molestar ya al Maestro?” Me quedé paralizado. Sentí un inmenso dolor. No sabía qué decirle a Jesús. Balbuceé unas palabras de agradecimiento por la molestia que se había tomado en acompañarme. Y cuando me disponía a irme con toda prisa a mi casa para llorar a mi hija muerta, Jesús me dijo: “No temas, ten sólo fe”.

Yo había acudido a Jesús con fe, sin dudar de su poder milagroso. Aunque mi hija estaba ya desahuciada por los médicos, tenía esperanza porque estaba seguro de que el Maestro podía curarla. Pero no habíamos llegado a tiempo. Sin embargo, él me pedía que tuviera fe. La curación de la niña hubiera sido un gran milagro. ¿Era posible un milagro mayor? No me atreví a preguntarle qué pensaba hacer. Y en un silencio sólo roto por mis sollozos, emprendí el regreso a casa. Jesús y sus discípulos me acompañaron. La muchedumbre estaba expectante. ¿Qué haría Jesús?

Ya cerca de la casa, comencé a oír las lamentaciones de las plañideras, la música fúnebre y el llanto de familiares y amigos que estaban velando el cadáver de mi hija. Al entrar en la habitación del duelo, abracé a mi mujer que estaba hecha un mar de lágrimas. Y no sé por qué, le señalé a Jesús, diciéndole lo mismo que él me había dicho: “Ten fe”. El Maestro, antes de entrar en la estancia mortuoria, dijo a los que estaban allí: “¿Qué alboroto y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida”. No había la menor duda que mi hija estaba realmente muerta, por eso los allí presentes se rieron en plan de burla.

Años después, hablando con Felipe, uno de los apóstoles, le comenté las palabras de Jesús: “No ha muerto, sino que duerme”, que contrastaban claramente con las mis sirvientes. Ellos me dijeron: “Tu hija ha muerto”. Y Felipe me explicó: “Estaba muerta para los hombres, que no podían despertarla; para Dios dormía, porque su alma vivía sometida al poder divino, y la carne descansaba para la resurrección. Las palabras que dijo Jesús revelan que la muerte es para Dios nada más que un sueño, porque él puede despertar a la vida cuando quiere. Es lo mismo que ocurrió con la muerte y resurrección de Lázaro. Jesús nos dijo: ‘Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle del sueño’. Y nosotros, sus discípulos, pensábamos que se trataba del sueño natural. Entonces él claramente afirmó: ‘Lázaro ha muerto’. Que el Maestro hablara de sueño al referirse a la muerte es porque para él no hay más muerte verdadera que el eterno castigo”.

Vuelvo al relato del prodigioso milagro que hizo Jesús en mi casa. Haciendo caso omiso a las risas que había provocado con sus palabras, el Maestro hizo salir a todos de la sala donde estaba la niña, y entró él, pero sin permitir que entraran con él más que mi mujer, tres de sus discípulos y yo. Se acercó a mi hija, la cogió de la mano y le dijo: “Talitha qumi, que significa: Contigo hablo, niña, levántate”. Y la niña, mi hija se levantó inmediatamente y su puso a andar. Tenía doce años. Y Jesús, con inmenso cariño nos dice que diéramos de comer a la niña. Todos nos quedamos llenos de asombro. Mi mujer y yo no cabíamos de gozo por haber recobrado con vida a nuestra hija muerta. Antes de irse, Jesús nos encareció que no diéramos noticia del suceso.

A veces le digo a mi hija que su cumpleaños debería celebrarlo en el aniversario de su resurrección, y que tiene doce años menos de lo que aparenta.

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