Día 17 de septiembre

17 de septiembre

Memoria libre de san Roberto Belarmino

San Roberto Belarmino, obispo y doctor de la Iglesia, miembro de la orden de la Compañía de Jesús, que intervino de modo conspicuo, con sutiles y peculiares aportaciones, en las disputas teológicas de su tiempo. Fue cardenal, y durante algún tiempo también obispo entregado al ministerio pastoral de la diócesis de Capua, en Italia. Finalmente, desempeñó en la Curia romana múltiples actividades relacionadas con la defensa doctrinal de la fe. (1621) (Martirologio Romano).

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La tumba del Reformador

El 18 de febrero de 1546 murió Martín Lutero en su ciudad natal, Eisleben. Cuatro días más tarde -el 22 de febrero, el mismo día que la Iglesia Católica celebra la Cátedra de San Pedro- fue enterrado en Wittenberg. La vida del Reformador ha sido calificada de tormentosa. Su paso por la historia, funesto. Las consecuencias de su rebeldía a Roma, incalculables.

Con Lutero se quebró la unidad que caracterizara el sentir espiritual de la sociedad cristiana medieval: media Europa dejó de ser católica para pasarse al Protestantismo. Toda la doctrina luterana es disgregadora. Los ataques más encarnizados del heresiarca fueron dirigidos contra el Papado.

El emperador de Alemania, Carlos V, se esforzó por impedir el desarrollo de la herejía, luchando contra la Reforma y, desde luego, contra Lutero. Después de la muerte de éste, el Emperador, en un viaje que realizó por tierras alemanas, llegó a la ciudad de Wittenberg. Los nobles que acompañaban a Carlos V le aconsejaron que hiciera destruir la tumba del padre de la Reforma para que no se convirtiera en lugar de peregrinación de los adeptos al luteranismo. El Monarca se negó. –No soy quién para juzgarle después de muerto -dijo-, pues sería meterme en el terreno del Juez Supremo. Ni he hecho jamás la guerra a los muertos ni a nadie que no estuviera debidamente armado.

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Inmediatamente después de la muerte, el alma se presenta ante Dios para ser juzgada. Todos los hombres serán juzgados según sus obras. Está establecido que los hombres mueran una vez, y después de esto el juicio, se lee en la Carta a los Hebreos. Ante el tribunal de Dios comparece cada alma, y allí se hace examen justísimo de todo cuanto en cualquier tiempo haya hecho, dicho o pensado.

Este juicio, llamado particular, tiene lugar una sola vez para cada hombre, y en él se decide su destino por toda la eternidad. Sólo son posibles dos sentencias: Una, salvífica; la otra, condenatoria. El alma que muere en estado de gracia, es decir, limpia de pecados mortales, es destinada al Cielo. La sentencia condenatoria está reservada para todos aquellos que al morir tienen el alma manchada con pecados graves. Después de pronunciada la sentencia no es posible apelación a instancias superiores.

Es importantísimo no olvidarse de este juicio, de que hay que rendir cuenta a Dios de los talentos recibidos. La idea del juicio ayuda a obrar siempre con rectitud de intención, buscando en todo momento agradar a Dios.

Bien hizo Carlos V en no juzgar a Lutero después la muerte de éste. Sólo a Dios le corresponde juzgar a las almas.

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