Día 24 de septiembre

24 de septiembre

Plática

Amor a la Iglesia y al Papa

Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus. Este dicho latino traducido dice: Donde está Pedro, está la Iglesia, está Dios. Por tanto, no es posible agradar a Dios sin amar a la Iglesia, como tampoco se puede amar a la Iglesia sin tener veneración y cariño al Romano Pontífice.

La Iglesia no es ningún invento de los hombres, sino que ha sido fundada por Nuestro Señor Jesucristo para que, estando en el mundo, continuara su obra en el tiempo. Su misión no es de orden político, ni económico, ni social, sino de orden religioso: conducir los hombres a Dios. La Iglesia cuida como Madre amorosa de todos sus hijos. Preocupada de que todos lleguen a la bienaventuranza eterna, les facilita constantemente los medios de salvación que recibió de Cristo, especialmente, los sacramentos.

Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa, con un ejemplo gráfico explicó cómo la Iglesia nos proporciona los medios para alcanzar la santidad. He aquí sus palabras: Un predicador inglés, Mac Nabb, hablando en Hyde Park se había referido a la Iglesia. Al terminar, uno pide la palabra y dice: -“Bonito lo que ha dicho. Pero yo conozco algunos sacerdotes católicos que no han estado con los pobres y se han hecho ricos. Conozco también maridos católicos que han traicionado a su mujer. No me gusta esta Iglesia formada por pecadores”. El padre le dijo: -“Tiene algo de razón. Pero ¿puedo hacer una objeción?” -“Veamos”. -“Perdone, pero si no me equivoco, lleva el cuello de la camisa un poco sucio”. -“Sí, lo reconozco”. -“Pero, ¿está sucio porque no ha empleado jabón o porque ha utilizado el jabón y no ha servido para nada?” -“No, no he usado jabón”. Pues bien, la Iglesia Católica tiene un jabón excelente: evangelio, sacramentos, oración; evangelio leído y vivido, sacramentos celebrados del modo debido y oración bien hecha, serían un jabón maravilloso capaz de hacernos santos a todos. No somos todos santos por no haber utilizado bastante este jabón. Sí, aunque la Iglesia es santa, está formada por miembros pecadores, pero no estamos en la Iglesia para seguir siendo pecadores, sino para dejar nuestros pecados y hacernos santos. ¡Hay que utilizar el jabón!

Cristo y la Iglesia son inseparables. Cristo es el Esposo; la Iglesia es su Esposa, a la que Él ama porque la ha comprado con su sangre, la ha hecho hermosa y santa, y en adelante es inseparable de Él. No se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia. La fidelidad a Cristo implica fidelidad a la Iglesia. Y esto es importante que se sepa, ya que hay personas que dicen que creen en Dios, pero no en la Iglesia. Pues bien, estas personas no creen en nada. ¿Cómo es posible creer en Dios y negar una obra suya tan maravillosa como es la Iglesia? Que lo expliquen…

El beato Pablo VI, hablando de la Iglesia decía: La Iglesia es nuestra Madre; Ella nos ha engendrado a la vida nueva, a la vida de la gracia, que nos proporcionará nuestra felicidad eterna; nos ha dado la fe, y con su Magisterio nos la conserva íntegra y fecunda; nos ha dado la gracia; es la dispensadora de los sacramentos; nos ha dado la caridad; nos une, nos educa en el amor, en el humanismo verdadero; nos guía, nos defiende, nos dirige por los caminos de la esperanza, nos anticipa el deseo escatológico de la vida futura y nos hace gustar anticipadamente su felicidad.

La Iglesia es Madre. Esta verdad hizo exclamar a santa Teresa de Jesús, al final de su vida, en el umbral de la muerte: ¡Gracias, Dios mío, porque muero hija de la Iglesia!, y debe impulsar a todos los cristianos a que su vida esté impregnada de amor filial a la Iglesia. Muy claras son las palabras de san Cipriano de Cartago: No tendrá a Dios por padre, quien no quisiera tener a la Iglesia por madre.

Además de amar a su madre, un buen hijo la defiende siempre. Y esto es lo que debemos hacer con la Iglesia. Ante los ataques que sufre, hay que defenderla. Un cristiano no puede permanecer neutral o quedarse indiferente cuando se le atribuyen a la Iglesia los pecados de los hombres, ni tampoco poner en duda las enseñanzas de la Iglesia. Una idea bien clara: en temas de fe y de moral hay un solo criterio que no admite discusión, que es el de la Iglesia.

El amor a la Iglesia se manifiesta también en la fidelidad a su Magisterio, en aceptar con docilidad -y totalmente- su doctrina, en difundir sus enseñanzas, en no dejarse arrastrar por ideologías contrarias a la verdad católica.

He aquí el relato de un joven universitario, de una vivencia suya. En una de las clases, el profesor aludió a la Iglesia con ácida ironía; me levanté y dije: “por favor, no hable así de la Iglesia”. Pero, al poco rato, el profesor volvió a hacer un comentario jocoso e insultante para los Apóstoles y para el Papa. De nuevo interrumpí: “Le pido que no hable así de la Iglesia, porque yo soy hijo de la Iglesia”. Al terminar la clase, el profesor se me acercó y me pidió disculpas. ¿Verdad que es un ejemplo de valentía?

Cristo fundó una sola Iglesia, que es la Iglesia Católica, y quiso que estuviera cimentada sobre la roca que es San Pedro y apoyada en las columnas que son los Apóstoles. Y en ella se conserva sin interrupción la sucesión apostólica. El Papa es el sucesor de San Pedro y los Obispos son los sucesores de los Apóstoles.

Los poderes supremos dados por Jesucristo a San Pedro son para bien de toda la Iglesia. Como ésta ha de durar hasta el fin de los tiempos -aunque algunos se empeñen en enterrarla-, esos poderes se han transmitiendo en estos dos mil años de historia y se transmitirán en los tiempos venideros a los sucesores de San Pedro en la Sede de Roma. A los Papas, como a todos los hombres, les llega inexorablemente la muerte, pero la institución del Primado de Pedro en la Iglesia permanecerá hasta el fin de los tiempos.

El Papa, además de sucesor de San Pedro, es Vicario de Cristo -hace las veces de Cristo aquí en la tierra- y Pastor de la Iglesia Universal, pues tiene la misión de gobernar la Iglesia Católica. Como dijo san Juan XXIII, el Papa es el Buen Pastor que busca las almas de todos para difundir la verdad. Dios ha querido que el Papa, como es Maestro supremo de toda la Iglesia, no pueda equivocarse cuando define solemnemente doctrinas sobre la fe y la moral, para que todos estemos seguros y tengamos certeza de la verdad que la Iglesia enseña. Este don que posee el Romano Pontífice es el de la infalibilidad. Si una persona no creyese en las solemnes definiciones del Papa pecaría contra la virtud de la fe, y si persistiese obstinadamente en esa incredulidad, ya no sería católico sino hereje.

Uno de los más gratos deberes de nuestra caridad de cristianos es el amor y la fidelidad al Papa, pues es el Padre común de todos los fieles. Además, el cariño y la veneración al Papa es inseparable de la devoción a Jesucristo. Este amor de buenos hijos obliga a reparar con nuestro afecto el odio y el desprecio de cuantos le censuran, calumnian y ridiculizan.

Dijo san Pío X sobre el amor al Romano Pontífice: Amad al Papa, no con palabras, sino con toda verdad y sinceridad. Cuando se ama al Papa, no se hacen distinciones en torno a lo que él dispone o escribe, o hasta dónde deba llegar la obediencia y en qué cosas se deba obedecer. Cuando se ama al Papa no se dice que no ha hablado bastante claro, como si estuviese obligado a repetir al oído de cada uno la voluntad claramente expresada tantas veces no sólo de palabra, sino con cartas y otros documentos públicos; no se ponen en duda sus órdenes, aduciendo el fácil pretexto, para quien no quiere obedecer, de que no es el Papa quien manda, sino quienes le rodean; no se acota el campo en el que él pueda y deba ejercitar su autoridad; no se antepone a la autoridad del Papa la de ninguna otra persona, por muy docta que sea, que disienta del Papa, la cual si es docta, no es santa, porque quien es santo no puede disentir del Papa. Más claro, agua.

El amor al Papa –el dulce Cristo en la tierra, según expresión de santa Catalina de Siena- no puede reducirse a algo sentimental sino que debe llevar consigo el seguir sus enseñanzas, recibir con docilidad sus orientaciones. Un amor concretado en obras, tales como la oración y el sacrificio por su persona, que es la mejor forma que tenemos de ayudarle; la obediencia pronta y rendida a sus preceptos y recomendaciones; escucharle, porque su Magisterio es el verdadero, el que contiene la doctrina de Cristo; la propagación de su enseñanza, para que llegue a todos los pueblos de la tierra, y la luz de Cristo ilumine a todos los hombres.

Un buen propósito que podemos sacar es rezar todos los días alguna oración por el Romano Pontífice; quizás, un padrenuestro, un avemaría y un gloria por la persona e intenciones del Papa.

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