Día 27 de septiembre

27 de septiembre

Memoria obligatoria de san Vicente de Paúl

Memoria de san Vicente Paúl, presbítero, que, lleno de espíritu sacerdotal, vivió entregado en París, en Francia, al servicio de los pobres, viendo el rostro del Señor en cada persona doliente. Fundó la Congregación de la Misión (Paúles), al modo de la primitiva Iglesia, para formar santamente al clero y subvenir a los necesitados, y con la cooperación de santa Luisa de Marillac fundó también la Congregación de Hijas de la Caridad. (1660) (Martirologio Romano).

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Anécdota

San Vicente de Paúl estuvo de esclavo en el norte de Africa al servicio de un médico que le trató bien, como a un hijo. Su amo se sentía apenado porque Vicente era cristiano y se negaba tozudamente a rezar a Alá y a su profeta. Ante su insistencia, Vicente leyó el Corán, y ante la pregunta de su amo árabe de si no reconocía en las palabras de Mahoma la verdad, Vicente respondió: –Señor, si tuvieras oro, ¿lo transformarías en plomo?¿Cómo podría ser tan insensato?, contestó el musulmán. –Pues así sería yo de loco si pretendiera cambiar la doctrina pura del Evangelio por el plomo del Islam.

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Del “Diario” de un joven

Tengo veinte años y soy estudiante de Filosofía y Letras. De pequeño mi fe fue blanda y beata. A los diecisiete años la perdí por completo. Ahora desearía volver a la Religión y mis dificultades son grandes. Necesito una fe muy recia para abandonar, de una vez, mis debilidades. Tengo algunos amigos, pocos, que se dicen católicos. No me costaría mucho volver a la fe, si Cristo sólo me exigiera vivir como ellos. Pero yo no creo en un cristianismo sin exigencias. La vida de estos chicos no me convence. Vivir el cristianismo como ellos es muy fácil… ¡No hacen nada bueno!

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Una fábula

Un poderoso jeque viajaba por el desierto, seguido de una larga caravana que llevaba una mercancía de mucho valor. Era toda una riqueza en oro y piedras preciosas. A mitad del camino, a consecuencia del fuego de los arenales, un camello extenuado cayó para no levantarse. El arca que llevaba sobre su joroba se rompió dejando esparcidas sobre la arena joyas y brillantes. El príncipe, no teniendo con que recoger aquel tesoro, hizo un gesto indiferente y, a la vez, generoso, invitando a los miembros de su séquito a que cogiesen lo que cada uno quisiera y llevar sobre sí. Mientras aquellos hombres se abalanzaban con avidez sobre aquel tesoro desparramado en la tierra, el jeque siguió adelante su camino por el desierto. De pronto, escuchó los pasos de alguien que caminaba detrás de él. Se volvió y vio que era uno de sus pajes que le seguía. Y tú -le preguntó-, ¿no te quedas a recoger nada? El joven respondió con sencillez llena de elegancia: Yo sigo a mi rey.

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