Día 10 de octubre

10 de octubre

Memoria libre de santo Tomás de Villanueva

Santo Tomás de Villanueva, obispo, que, siendo religioso de la Orden de Ermitaños de San Agustín, aceptó por obediencia el episcopado, donde sobresalió, entre otras virtudes pastorales, por un encendido amor hacia los pobres hasta entregarles todos los bienes, incluida la propia cama. Falleció en Valencia, ciudad de España. (1555) (Martirologio Romano).

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Virtudes

Esperanza

La Historia está llena de anécdotas. De ellas hay que decir que son hechos transmitidos de viva voz -no pocas veces en la transmisión se han desfigurado tales hechos- hasta que quedan consignados por escrito. La historicidad de algunas anécdotas es más que discutible, pero todas reflejan de algún modo la personalidad y el carácter de sus protagonistas.

Uno de los personajes históricos de la Antigüedad de los que se le atribuyen más anécdotas es Alejandro Magno. Se cuenta de él que, en cierta ocasión, iba a entablar una gran batalla. Entonces llamó a sus mejores generales y repartió sus tierras entre ellos. La cara de sorpresa de los generales fue increíble y, profundamente consternados, le dijeron: Alejandro, ¿y tú no te quedas con nada? La respuesta del rey de Macedonia fue enigmática: A mí me queda la esperanza.

La esperanza de Alejandro era ganar la batalla y conquistar nuevas tierras para él. Y la esperanza del cristiano es alcanzar la felicidad eterna del Cielo, con el gozo de la visión beatífica. (Se entiende por visión beatífica la que gozan los bienaventurados del Cielo viendo a Dios cara a cara). Una esperanza fomentada por el mismo Cristo, pues en muchos lugares del Evangelio nos habla de esta recompensa. Bien claro lo dice al referirse al Juicio final: ¡Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo! (Mt 25, 34). La esperanza del Cielo es la que llena de alegría nuestro caminar por esta vida, aun en medio de dificultades.

Definamos la esperanza. Es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, y con la cual deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven y los medios necesarios para alcanzarla. Por tanto, hemos de esperar de Dios la bienaventuranza y los medios necesarios para lograrla porque Dios misericordiosísimo, por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, lo ha prometido a quien le sirve de corazón, y como es fidelísimo y omnipotente, siempre cumple sus promesas.

Se dice que la esperanza es lo último que se pierde. Pues bien, en la vida cristiana nunca hay que perder la esperanza de la salvación por muy graves que sean los pecados cometidos. Mientras haya tiempo para el arrepentimiento siempre hay esperanza. El pasaje evangélico del buen ladrón -san Dimas- es bien elocuente: Y uno de aquellos ladrones que estaban crucificados, le injuriaba, diciendo: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo, y a nosotros”. Mas el otro respondiendo, le reprendió, diciendo: “¿Ni aun tú temes a Dios, estando en el mismo suplicio? Nosotros estamos de verdad por nuestra culpa, porque recibimos lo que merecen nuestras obras; mas éste ningún mal ha hecho”. Y decía a Jesús: “Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino”. Y Jesús le dijo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 39-43).

Las palabras de Cristo: Hoy estarás conmigo en el Paraíso, son una poderosa razón para no perder la esperanza por grandes que hayan sido nuestros errores. El Señor -rico en misericordia- siempre está dispuesto a perdonarnos, a abrirnos las puertas del Cielo. La única condición es que nos arrepintamos de los pecados y le pidamos perdón por ellos. La esperanza cristiana nos mueve, de una parte, a no perder nunca de vista la meta última de nuestra peregrinación terrena, que es la posesión de Dios en el Cielo; y, de otra, a alcanzar paz en la lucha, firmeza en las dificultades, victoria en las tentaciones, aunque de cuando en cuando caigamos por tierra, a causa de la debilidad humana, y hayamos de levantarnos.

Hay una anécdota de Lutero, cuya autenticidad es bastante dudosa, pero resulta muy ilustrativa para decir lo que es un hombre sin esperanza. Es la siguiente: Estando Martín Lutero sentado en la terraza de su casa en una noche de verano, con Catalina Bora, con la que se había casado, contemplaba el cielo estrellado. Un cielo maravilloso, lleno de estrellas. En un momento determinado, Catalina, viendo también ese cielo brillante, exclamó: ¡Qué cielo más bello! Y Lutero, al oír el comentario de su mujer, exclamó inmediatamente: Pero no es ni para ti ni para mí.

Independientemente de la suerte eterna que haya tenido el padre de la Reforma protestante, si realmente pronunció aquellas palabras, éstas dan a entender que habría perdido la esperanza. Y como escribió el poeta: Qué triste será en la mar, // pasar la noche sin luna, // pero es más triste vivir // sin esperanza alguna.

El hombre no puede vivir sin esperanza; todos los hombres esperan en alguien y en algo. Pero, por desgracia, no faltan abundantes desilusiones y tal vez se asoma incluso el abismo de la desesperación. ¡Mas nosotros sabemos que Jesús Redentor, muerto, crucificado y resucitado gloriosamente, es nuestra esperanza! (San Juan Pablo II). Sí, ya que en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que hayamos de ser salvados (Hch 4, 12). Por tanto, el ser humano sólo se encuentra realmente consigo mismo cuando acoge a Jesucristo, pues su victoria sobre la muerte y el mal es victoria para el hombre; una victoria que abre la vida terrena hacia un futuro de felicidad eterna.

La vida del hombre no es un caminar hacia el vacío, sino hacia Dios. Los cristianos navegamos por los mares de esta vida, en medio de tormentas y tempestades, con vientos huracanados y con los escollos de las dificultades cotidianas, pero siempre con la esperanza del Cielo, con la aspiración de llegar hasta Dios, de gozar de la gloria eterna.

La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre. Es una virtud que protege del desaliento, sostiene en todo desfallecimiento, conduce a la caridad, es acicate para andar más deprisa en el camino del bien y una gran ayuda para vencer las tentaciones. San Josemaría Escrivá aconsejaba: A la hora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad (Camino, n. 139).

La esperanza del cristiano se funda: a) en la omnipotencia y bondad de Dios, que puede y quiere darnos todos los bienes que nos ha prometido; b) en su fidelidad para cumplir las promesas; c) en los méritos infinitos de Jesucristo, que son la causa meritoria de todos los actos que hacemos y de todos los bienes que Dios nos concede; d) en las buenas obras de cada uno, pues ninguna de las cuales quedará sin recompensa.

Hay que evitar los pecados de presunción y de desesperación, ambos opuestos a la virtud de la esperanza.

La presunción es la confianza excesiva y temeraria de alcanzar la salvación, por las propias fuerzas, sin la gracia de Dios; o de conseguirla con la fe sola, sin las buenas obras personales. Peca, pues, por presunción el que espera conseguir el Cielo por medios distintos de los previstos por Dios. La salvación se alcanza por la fe y los méritos personales adquiridos con las buenas obras. Dios ha prometido la vida eterna al que guarda sus mandamientos, pero no al que no hace nada, confiando sólo en la divina misericordia sin poner nada de su parte.

La desesperación es una voluntaria desconfianza de salvarse. Viene a ser una renuncia voluntaria y obstinada a la esperanza de conseguir la salvación. Un ejemplo de desesperación es el de Judas Iscariote, que después de arrepentirse de haber entregado a su Maestro, no buscó la misericordia de Dios, sino que se ahorcó.

Muchas veces llamamos a la Virgen María Esperanza nuestra. Que sepamos acudir a Ella ante cualquier apuro, necesidad o tentación. También cuando aparezca -no necesariamente tiene que aparecer- una dificultad en nuestra vida -grande o pequeña- para seguir a Cristo, o para mantener con firmeza nuestra mirada puesta en Dios. Con su ayuda poderosa superaremos las dificultades y los escollos. ¡Ella es nuestra Esperanza!

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