Día 15 de octubre

15 de octubre

Fiesta de santa Teresa de Jesús

Fiesta de santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia, la cual, nacida en Ávila, ciudad de España, y agregada a la Orden Carmelitana, llegó a ser madre y maestra de una observancia más estrecha; en su corazón concibió un plan de crecimiento espiritual bajo la forma de una ascensión por grados del alma hacia Dios, pero a causa de la reforma de su Orden hubo de sufrir dificultades, que superó con ánimo esforzado. Compuso libros, en los que muestra una sólida doctrina y el fruto de su experiencia. (1582) (Martirologio Romano).

Semblanza

Andariega de Dios

Infancia y adolescencia

En Ávila, ciudad célebre por sus murallas y torres, por sus monasterios e iglesias, un día de 1515 nació su hija predilecta, Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como santa Teresa de Jesús. Mujer excepcional, doctora de la Iglesia y, sin embargo, envuelta toda ella de humildad, de penitencia y de sencillez.

Sus padres eran don Alonso de Cepeda y doña Beatriz de Ahumada, que formaron una familia numerosa. Teresa era una niña morena, con rostro de gran belleza y risueña. Los ojos le bailaban de alegría: tenía un mirar penetrante y bondadoso. Ya desde su infancia dio muestras de ser locuaz. Además, poseía una inteligencia privilegiada y era audaz y muy servicial.

Muy niña aún inició sus primeras lecturas que llenaron su cabeza de fantasía. Cuando tenía ocho años propuso a su hermano Rodrigo, unos años mayor que ella, ir a tierras de moros para ser descabezados y disfrutar enseguida de las alegrías del Cielo. La idea fue puesta en marcha. Y un día Rodrigo y Teresa salieron de su casa solariega. Pero no anduvieron mucho, pues en un lugar de Ávila conocido como los Cuatro Postes un tío suyo los devolvió a casa. Más tarde Teresa contó su frustrada aventura en su autobiografía, el Libro de la vida: Juntábamos entrambos (Rodrigo y ella) a leer vidas de santos… Como veía los martirios que por Dios pasaban, me parecía que compraban muy barato el ir a gozar de Dios y deseaba yo mucho morir así… Concertábamos irnos a tierra de moros… para que allí nos descabezasen… Espantábamos mucho el decir que pena y gloria eran para siempre… Acaecíanos estar mucho rato tratando de esto y gustábamos de decir muchas veces: para siempre, siempre, siempre…

Teresa fue una niña de desbordante alegría. Le gustaba mucho desde niña jugar con sus primos, que vivían cerca de ella. Para éstos, jugar con su prima era pasarlo bien. Teresa era osada y valiente, sin ver peligros en nada. Con sus primos emprendía juegos peligrosos, trepaba por las tapias y se subía a los tejados. Su padre, a veces, la tenía que reprender por exponerse a tales peligros.

Entre la adolescencia y la juventud leyó apasionadamente las novelas de su tiempo, libros de caballería, y ella misma escribió una novelita que luego terminaría en el fuego. En su fantasía se creyó una princesa encantada de la que se enamoraba un apuesto galán que corría mil peligros para rescatarla de los moros que la tenían cautiva. También por esta época empezó a ser presumida y coqueta, según su propia confesión contenida en el Libro de la vida: Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello, y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa…

Era frivolidad nada grave, coquetería sin mala intención, y, por supuesto, como ella misma afirmó, sin nada de cosas deshonestas, que las aborrecía. Pero que no ser atajada a tiempo, tal vez esa coquetería la hubiera llevado por un mal camino. Conversando con su hermana mayor, le dijo: Tú si que eres buena, María, yo, en cambio, soy una charlatana, vocera, que de todo me río y alegro.

No había cumplido Teresa aún los catorce años cuando su madre enfermó. Ella procuraba alegrar a doña Beatriz con risas y requiebros, pero su corazón lloraba, porque veía que se quedaba sin madre. Ésta murió santamente. Teresa lo sintió mucho y volvió a sus prácticas de piedad, que había abandonado por culpa de las lecturas. Años después contó: Acuérdome que cuando murió mi madre… afligida fuíme a una imagen de Nuestra Señora y suplíquele, con muchas lágrimas, fuera ella mi madre. Paréceme que… me ha valido, porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a Ella y, en fin, me ha tornado a sí.

Vocación religiosa

Muerta su madre, el padre de Teresa decidió que ésta pasara un cierto tiempo interna en el monasterio de Santa María de Gracia, extramuros de la ciudad, para perfeccionar su educación. Antes de irse de su casa, don Alonso le dijo: Vas al monasterio como educanda, igual que otras jóvenes; y si hay un joven digno de ti, contraerás matrimonio. La marcha de Teresa al monasterio fue causa de sufrimiento y lágrimas para todos de su casa. Ella, con el corazón deshecho, dijo con una nota de humor: Parece que con esta despedida me van a enterrar.

El colegio-convento estaba regido por monjas agustinas. Allí Teresa hizo mucha amistad con una monja simpática y alegre, doña María Briceño, que volvió a despertar en ella el amor de Dios. También hizo amistad con una monja carmelita, doña Juana Suárez, que vivía en el convento de la Encarnación, a la que visitaba con frecuencia. La influencia de estas dos mujeres hizo que Teresa se planteara la vocación a la vida religiosa.

Teresa desde su niñez se sintió poseída del amor a Cristo. Convirtió a Jesús en el centro de su vida, y trató con Él como con un amigo íntimo y entrañable. Cuando ya tenía dieciséis años, su padre le insinuó el casamiento. Ante la insinuación paterna Teresa se puso seria y dijo: Yo sueño con un galán tan perfecto y hermoso, que he de levantar los ojos muy alto para dar con él.

En Santa María de Gracia contrajo una grave enfermedad que le obligó volver a la casa paterna. Cuando se recuperó un poco, su padre decidió que Teresa pasara una temporada en Castellanos de la Cañada, en plena sierra de Gredos, donde vivía una hija de su primer matrimonio. Su hermana María y su cuñado le cuidaron muy bien, y pronto Teresa recobró la salud, el apetito y la alegría jocosa que a todos hacía reír con gana. Allí, en la soledad del campo, en medio de aquellos atardeceres tan deslumbrantes del sol de oro en el cielo, Teresa meditó sobre su futuro y empezó a considerar seriamente la idea de hacerse monja. Era algo que le costaba mucho, según ella misma cuenta en su autobiografía: Poníame el demonio que no podría sufrir los trabajos de la religión por ser tan regalada… Pasé hartas tentaciones esos días.

Uno de sus primos estaba enamorado de ella, y le escribía cartas de amor con promesa de matrimonio. Pero ella, a pesar de que notaba la atracción de las vanidades del mundo que le envolvían en tentaciones, rechazó aquella proposición de matrimonio -que no fue la única- y siguió firme en su resolución de ser monja carmelita.

Un día recibió carta de su padre diciéndole que ya era hora de regresar a casa, y entre otras cosas le decía: Al regreso te detendrás en casa de tu tío, mi hermano, don Pedro Cepeda, que vive en Hortigosa a cuatro leguas de Ávila, y que arde en deseos de verte. Sabes que está viudo, solo y muy necesitado por tanto de cariño y calor de familia. Don Pedro, hombre ya mayor y de gran bondad, se alegró enormemente con la llegada de su sobrina, que la recibió con emoción. Él vivía solo, rodeado de sus criados, pero con Teresa en su casa era como si hubiese entrado en su hogar el sol de la alegría. Después de estar unos días con tío, Teresa continuó el viaje a su casa paterna.

Una vez que regresó a Ávila, ya con diecisiete años, vive con su familia y hace de ama de casa. Y allí se enfrenta a la recia oposición de su padre, que no quiere que su hija se haga monja. Pero un día, en el amanecer del 2 de noviembre de 1535, con la ayuda de su hermano Juan, abandonó el hogar paterno a escondidas para ir al convento de la Encarnación para quedarse definitivamente. Teresa tenía ya veinte años. Según su testimonio fue algo que lo costó mucho, pues amaba a su padre y no quería disgustarle: Haciéndome una fuerza tan grande que parece que cada hueso se me apartaba por sí. Cuando al día siguiente lo supo su padre, éste se mostró comprensivo, fue al convento y con gran alegría de Teresa y satisfacción de las monjas, dio su consentimiento.

Grave enfermedad

En el convento se centró enseguida y jamás dudó en delante de su vocación. Se dio extremosamente a la oración y penitencia. Como novicia, Teresa se entregó con ilusión y alegría a las obligaciones que tenía. El Señor me mostró enseguida cómo favorece y ayuda a los que hacen fuerza para servirlo -escribió-. Ha mudado Dios la sequedad que sentía yo en mi alma en grandísima ternura. Más hago para mí con la escoba que si viviera metida en cosas de vanidad. Al año de su ingreso tomó el hábito, y después de dos años de formación, el 3 de noviembre de 1537, hizo la profesión religiosa, con gran contento de tener aquel estado -contaría más adelante-, que nunca jamás me faltó. A poco de profesar enfermó. Tal era su estado de salud, con vómitos, desmayos y mareos, que fue desahuciada por los médicos. La mudanza de vida y de manjares me hizo daño a la salud, escribiría años después Teresa al referirse a su enfermedad.

Su padre decidió que Teresa viajara a Becedas, en la serranía de Béjar, para que fuera tratada por una curandera que tenía fama de obrar prodigios. El remedio fue peor que la enfermedad. Las curas fueron horribles y la deshidrataron, crispando sus nervios y músculos. Las pócimas y purgas que le suministró la curandera, la llevaron al borde de la muerte. Los síntomas eran alarmantes: ataques de corazón espantosos, que creyeron era rabia. Desesperanzado, don Alonso se la trajo a Ávila, donde empeoró aún más. El 15 de agosto de 1539 Teresa sintiéndose morir pidió confesión, pero la desoyeron para no asustarla. Aquella misma noche sufrió un colapso gravísimo, cayendo en un coma profundo, que duró cuatro días. Todos la tenía por muerta; la envolvieron en una sábana para enterrarla y le cerraron los ojos con cera. Sólo su padre se obstinaba en que aquella hija no era para enterrar. Cuando el mismo don Alonso estaba a punto de rendirse a la evidencia, Teresa despertó delirando y anunciando cosas venideras. Había salido del coma, pero estaba totalmente paralizada y con unos dolores casi insoportables, que se prolongaron durante varios días. Quedé de estos cuatro días de paroxismo de manera que sólo el Señor puede saber los insoportables tormentos que sentía en mí -escribió Teresa en el Libro de la vida: la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta, de no haber pasado nada y de la gran flaqueza que me ahogaba, que aun el agua no podía pasar; todo esto me parecía que estaba descoyuntada; con grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo…, sin poder mover, ni brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviese muerta.

La recuperación fue lenta. Tres años más tarde no podía aún andar. Su curación fue para ella un favor que atribuyó a san José, y desde entonces se dedicó a propagar su devoción. Pero la enfermedad dejó una fuerte marca, su salud quedó quebrantada para toda su vida, con achaques de corazón y de estómago, y con un miedo a la muerte que sólo el maravilloso bálsamo de las gracias místicas logrará extirpar de raíz.

En el monasterio de la Encarnación

La comunidad de la Encarnación era bastante numerosa, unas ciento ochenta monjas, por lo que aquel convento resultaba casi imposible mantener una atmósfera de paz y recogimiento, de oración y silencio, tan necesaria para la vida contemplativa. La estricta Regla de la Orden del Carmelo no se observaba con todo su rigor: las monjas podían entrar y salir, recibir visitas e incluso ausentarse durante largas temporadas del convento.

Este clima de relajamiento influyó en Teresa. Durante una período de tiempo prolongado -años- tuvo una apatía espiritual, aunque no dejaba la oración, poniendo en ello todo su ánimo. Su manera de ser, desenvuelta y alegre, le llevaba con frecuencia a disfrutar charlando con las personas que acudían al locutorio de la Encarnación a visitarla. Pero comprendía que aquello la disipaba, que le impedía de la soledad y silencio necesarios para la vida de oración propia de su vocación. Recordando aquella época, escribió: Pasaba una vida trabajosísima… Dábanme gran contento todas las cosas de Dios, teníame atada las del mundo. Parece que quería concertar estos dos contrarios, tan enemigo uno del otro, como es la vida espiritual y contentos, gustos y pasatiempos sensuales…

Teresa no comprendía que pudiese írsele la imaginación y tener su voluntad clavada en la búsqueda de Dios. El forcejeo duró 18 años, gustando mercedes místicas de tipo pasajero. La tenacidad que la mantuvo en sus propósitos se hizo al fin definitiva con su conversión ante una imagen de Cristo muy llagada. Sustituyó su propia perfección por el amor desinteresado a Dios, abandonándose a Él, y terminaron sus inquietudes espirituales. Así relató Teresa su conversión: Acaecióme que entrando un día en el oratorio, vi una imagen que había traído allí a guardar… Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbé de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.

A partir de entonces, cuando ya tenía 39 años, Teresa se entregó plenamente a Dios, renunciando a la charla inútil, a las visitas inoportunas y las amistades frívolas que tanto la apartaba de la contemplación.

Transverberación

La presencia de Dios se le traslucía de forma que, a juicio de sus consejeros, no se avenía su jovialidad con semejantes favores divinos, que no suelen darse sino a los muy contemplativos. Sus primeros confidentes, Francisco de Salcedo y Gaspar Daza, resolvieron que a todo su parecer de entrambos era demonio. Para consolarla Diego de Cetina, de la Compañía de Jesús, le indujo a pensar sobre la Humanidad de Cristo, y lo mismo le aconsejó Francisco de Borja. La multiplicación de sus experiencias místicas obligó a su director espiritual, Baltasar Álvarez, a decirle que todos se determinaron en que era demonio, que no comulgase tan a menudo. Mas aquella serie de arrobos que tuvo ponía en evidencia el contraste entre los juicios de Dios y los de los hombres

Al quedarse viuda, una dama de Ávila, llamada doña Guiomar de Ulloa, cambió de conducta. Abandonó el lujo y las diversiones, y alejándose de los placeres del mundo, distribuyó gran parte de su fortuna entre las personas más necesitadas y comenzó a llevar una vida de oración y de sacrificio. Como vivía sola y teniendo amistad con Teresa, solicitó a las superioras de la Encarnación que la dejaran pasar una temporada con ella.

La temporada se prolongó por espacio de tres años, y durante este tiempo gozó en la casa de la noble señora castellana de la soledad y del silencio que no había encontrado en su convento. Además, el Señor la favoreció con extraordinarios dones. Estando un día del glorioso san Pedro en oración –escribió Teresa años después-, vi junto a mí (o sentí, por mejor decir, que con los ojos del cuerpo no vi nada)… a Cristo, que me hablaba. Yo, como no sabía que podía haber semejante visión, dióme gran temor… aunque en diciéndome una palabra… quedaba quieta y con regalo y sin ningún temor. Parecíame andar siempre al lado de Jesucristo… y que era testigo de todo lo que yo hacía y que ninguna vez que me recogiese un poco… podía ignorar que estaba junto a mí.

Otra merced de su Cristo fue la transverberación -un ángel con un dardo encendido atraviesa el corazón de la santa-, que recibió repetidas veces y los días que duraba esto -dijo- andaba como embobada. La misma Teresa contó esta experiencia mística suya: Vi un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal… no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, con el rostro encendido… Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin… me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas; al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios…

Fundadora

Poco después tuvo una visión espantosa del infierno que jamás pudo olvidar. Fue una de las mayores mercedes que Dios me ha hecho –escribió en el Libro de la vida-, porque me ha aprovechado muy mucho, tanto para perder el miedo a las tribulaciones de esta vida, como para esforzarme a padecerlas y a dar gracias al Señor, que me libró, a lo que parece, de males tan perpetuos y terribles. Aquella visión le llevó a hacer voto de lo más perfecto y determinó guardar su Regla con la mayor perfección que pudiese. Fue el punto de partida de su vocación reformadora.

Las gracias místicas que recibía son las que arrancaron a Teresa del sosiego monástico y la convirtieron en andariega a lo divino, dama errante de Dios, fundadora de nuevos carmelos.

En un atardecer de septiembre de 1560, cuando ya cuenta con 45 años, en su celda del convento y en conversación con varias amigas, Teresa de Jesús va concretando sus aspiraciones de hacer monasterios a manera de ermitañas. En contraste con la comunidad masiva de la Encarnación, piensa en grupos reducidos de doce religiosas, como el colegio de Cristo, dirá ella. Pobres, con la radical pobreza del evangelio. Pero ganándose el pan de cada día con el trabajo de sus manos. Y sobre todo, orantes: una comunidad que realice el ideal contemplativo con objetivos apostólicos; que ore por las grandes necesidades de la Iglesia.

Teresa encomendó el asunto a Dios pidiéndole que se hiciera su santa voluntad. La respuesta no tardó en llegar. Habiendo un día comulgado –escribió-, mandóme mucho Su Majestad lo procurarse con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría Él y Nuestra Señora a la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que daría de sí gran resplandor… Era esta visión con tan grandes efectos que yo no podía dudar que era Él. Yo sentía grandísima pena, porque en parte se me representaban los grandes desasosiegos y trabajos que me había de costar.

Con el beneplácito del Cielo, Teresa comenzó su tarea fundadora. Informó de su proyecto fundacional a su confesor y al Provincial de su Orden. Éste último dio su consentimiento. Pero el diablo comenzó a enredar… Cuando se supo en Ávila, se originó una airada oposición. Pero nada comparable con el revuelo que se produjo en la Encarnación. La mayoría de las monjas del convento empezaron a decir que Teresa era soberbia, ruin, presuntuosa y engreída. Estaba muy malquista en todo mi monasterio, porque quería hacer monasterio más severo –contó ella misma-; decían que las afrentaba, que allí podían también servir a Dios, que allí había otras mejores que yo, que no tenía amor a la casa…

Tal como se pusieron las cosas, el Provincial retiró su permiso para fundar el nuevo convento. Teresa de Jesús obedeció en silencio, rezando y cumpliendo a la perfección todas sus obligaciones. Al cabo de seis meses, como Cristo en otra revelación, le volvió a decirle que no dejara de fundar, su confesor le dio licencia para intentarlo de nuevo. Escribió al papa Pío IV para que le autorizara a hacerlo. Mientras llegaba la respuesta de Roma, Teresa hizo venir a su hermana Juana y a su cuñado Juan de Ovalle, para que comprasen una casa como si fuese para ellos y la fuera transformando en convento con el mayor secreto. Doña Guiomar de Ulloa ayudaría económicamente en la realización de aquellos planes.

Todo parecía que iba a resolverse bien y pronto cuando, en las vísperas de la Navidad, de 1560 el Provincial ordenó a Teresa de Jesús partir a Toledo para consolar a doña Luisa de la Cerda que había caído en una tremenda melancolía tras la reciente muerte de su marido. La misión de Teresa era acompañarla, cuidarla y procurar que encontrara ayuda y consuelo en la religión. Cuando llegó Teresa, el duque de Medinaceli, hermano de doña Luisa, le dijo: Dicen las gentes que sois hermosa, sensata y santa. La Madre, que tenía un carácter firme y nada pusilánime, le contestó con donaire: Si soy bella, a la vista está; me creo discreta y no tonta; y lo de santa, eso sólo lo sabe Dios. Ante esta respuesta, el duque quedó admirado del talento de la carmelita.

Enseguida Teresa entabló amena y agradable conversación con la viuda y ésta dejó de llorar y recuperó la alegría perdida. La monja carmelita la inició en el camino de la oración, en el amor de Dios y en la caridad con los pobres y humildes. Doña Luisa de la Cerda estaba tan encantada con la Madre que le dijo: Quisiera que vos estuvierais conmigo toda la vida. A lo que Teresa de Jesús le contestó con donaire: Eso que me proponéis es como llevarme derecha al infierno, porque la vida de lujo y regalo que llevo aquí es incompatible con la vida evangélica que debo llevar. Al cabo de seis meses, cumplida su misión, regresó a Ávila. Una vez reincorporado a la Encarnación, la Providencia hizo posible que el día de la fiesta de san Bartolomé (24 de agosto) de 1562 se fundara -¡por fin!- el convento de san José y tomaran el hábito de descalzas cuatro monjas que tenía apalabradas.

Le puso al nuevo convento el nombre de san José por la devoción que tenía al castísimo Esposo de la Virgen María. Solía comentar: Todo cuanto le he pedido me lo ha concedido. Y en el Libro de la vida escribió: A otros santos parece que le dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso santo (san José) tengo experiencia que socorre en todas. (…) No he conocido persona que de veras le sea devota (a san José) y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud. (…) Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome a este glorioso santo (san José) por maestro y no errará en el camino.

En el recién fundado convento no había más que unas pocas monedas, se comía pan duro, pero nunca faltaban velas para el altar y todo lo que se refería al culto era escogido y bueno. Un sacerdote que paró allí, yendo de paso, preguntó un poco escandalizado: ¿Un lienzo perfumado para secarse las manos antes de decir la Misa? Teresa, con su rostro encendido de devoción, le respondió: Esta imperfección la tomaron mis monjas de mí. Pero cuando recuerdo que el Señor se quejó del fariseo porque no le había recibido honrosamente, quisiera que todo, desde el umbral de la iglesia, estuviese empapado de bálsamo.

Cinco años después, el General de la Orden, padre Juan Bautista Rubeo, enviado por el papa Paulo III para proceder a la reforma de la Orden del Carmelo en España, pasó por Ávila y visitó el convento de San José y quedó tan prendado por la vida de oración y sacrificio que en él se llevaba que mandó a Teresa de Jesús que fundase más conventos a la vez que le permitía que sacase las monjas voluntarias de la Encarnación para las nuevas fundaciones. También le otorgó licencia para fundar, con alguna reserva, dos casas de contemplativos, para que hubiese frailes reformados.

Fundaciones teresianas

En el 1566 escribió el Camino de perfección, para las doce pioneras del monasterio de San José y al año siguiente, con los permisos oportunos, Teresa de Jesús emprende su primera correría fundacional. En la fiesta de la Asunción (15 de agosto) de 1567 funda en Medina del Campo. Al prior del convento de frailes carmelitas de esta ciudad, fray Antonio de Heredia, le explica Teresa que tiene autorización del padre Rubeo para fundar un convento de frailes descalzos. El prior, entusiasmado, dijo: Yo seré el primero. En Medina tiene la suerte de encontrarse con fray Juan de San Matías (más tarde, san Juan de la Cruz), que lo gana para su causa reformadora. Teresa de Jesús comentó a sus monjas: ¡Alabado sea Dios, que ya tengo fraile y medio para la fundación de mi monasterio! Aquel medio fraile (san Juan de la Cruz) sería con el tiempo reformador del Carmelo, poeta incomparable, y uno de los mayores místicos de todos los tiempos. Lo de medio, por su baja estatura. Con estos dos frailes (fray Antonio de Heredia y fray Juan de la Cruz) se funda el convento de Duruelo (28 de noviembre de 1568), el primero de frailes reformados.

Anteriormente, el 1 de abril de 1568, se había inaugurado en el feudo de doña Luisa de la Cerda el convento de Malagón. Y pocos meses después, y tras superar una serie de dificultades, se llevó a cabo la fundación del convento de la Concepción de Nuestra Señora del Carmen, en Valladolid (15 de agosto de 1568). Este monasterio se fundó en la casa de don Bernardino de Mendoza, que hacía poco había fallecido. El Señor reveló a Teresa que el finado estaba en el purgatorio, sufría mucho y no iría al cielo hasta que se fundara monasterio en su casa de Valladolid y se ofrecieran sufragios por su alma. De aquí las prisas de Teresa por fundar en Valladolid. Un día, durante la celebración de la Santa Misa en el convento de esta ciudad castellana Teresa vio claramente a don Bernardino, al lado del sacerdote, que, con el rostro resplandeciente de alegría, le agradecía todo lo que había hecho para sacarle del purgatorio.

La siguiente fundación fue en Toledo. En la Ciudad Imperial un hombre rico, antes de morir, había ofrecido una casa a Teresa para que fundara. Mas la sorpresa de la fundadora al llegar a Toledo fue grande al saber que ni había casa ni tenía licencia para establecer el nuevo convento. Para conseguir el permiso eclesiástico pidió ser recibida por el presidente del Consejo que regía la archidiócesis, don Gómez Tello Girón (el arzobispo de la ciudad, fray Bartolomé de Carranza había sido denunciado ante la Inquisición y apartado del gobierno de su sede). Tras esperar dos meses, Teresa de Jesús fue recibida por don Gómez Tello. Díjele –escribió en el Libro de las fundacionesque era cosa recia que hubiese mujeres que querían vivir en tanto rigor y perfección y encerramiento, y que los que no pasaban nada de esto, sino que estaban en regalos, quisieran estorbar obras de tanto servicio a Nuestro Señor. Y aquel hombre, que era adusto y altanero, quedó tan conmovido que otorgó su permiso sin la menor dilación.

En cuanto a la casa, a pesar de las gestiones hechas por doña Luisa de la Cerda, no se consiguió nada hasta que se presentó ante la Madre Teresa un estudiante llamado Andrada ofreciéndole una modesta vivienda en muy malas condiciones que acababa de alquilar. Y en esa casa semiabandonada el 14 de mayo de 1569 quedó fundado un nuevo convento de carmelitas descalzas. Años después recordaba Teresa: Estuvimos algunos días con los jergones y la manta, sin más ropa, y aun aquel día ni un poco de leña no teníamos para asar una sardina, y no sé a quién movió el Señor, que nos pusieron en la iglesia un hacecito de leña, conque nos remediamos. A las noches se pasaba algún frío, que le hacía; aunque con la manta y las capas de sayal que traemos encima nos abrigábamos, que muchas veces nos aprovechan. Poco a poco fueron llegaron ayudas para remediar aquel estado de penuria. Así sentía pena de que se nos iba acabando la pobreza, y mis compañeras lo mismo; que como las vi mustias, les pregunté qué habían, y me dijeron: Qué hemos de haber, Madre, que ya no parece somos pobres.

La sexta fundación fue en Pastrana, a instancia de la princesa de Éboli. La fecha de la fundación fue el 21 de junio de 1569. En aquella ciudad de la Alcarría también se fundó un convento de frailes descalzos, que con el tiempo se convertiría en noviciado general de la Reforma carmelitana. Sin embargo, la fundación del convento de monjas fue un desastre, pues doña Ana de Mendoza, princesa de Éboli, ya viuda, hacía la vida imposible a la comunidad al querer mangonear todo: la comida, los ayunos, la administración, los rezos, los horarios… Su pretensión era un imposible: ser descalza sin dejar de ser princesa.

Después de Pastrana, en la solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre) de 1570, fue la fundación en Salamanca. Aunque Teresa estaba un poco remisa a fundar en aquella población, por entonces la ciudad universitaria más importante de España, por el barullo propio de los jóvenes estudiantes, las razones que le dio el padre jesuita Martín Gutiérrez le convencieron. De Salamanca se fue a Alba de Tormes para fundar el 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo, de 1571 en el feudo de los duques de Alba.

Priora de la Encarnación

Con la fundación del convento de Alba de Tormes se cerró la primera fase fundacional de Teresa de Jesús. El visitador apostólico de los carmelitas, el dominico Pedro Fernández, impuso a Madre Teresa regresar a su primitivo convento de la Encarnación en calidad de priora. Con obediencia pronta, la fundadora se dirigió a Ávila para tomar posesión de su cargo. Cosa que hizo entre un griterío infernal de protestas de las monjas. Pero a pesar de la enorme hostilidad que fue recibida por la mayoría de la comunidad pocos días después se le rindieron y acataron su reforma con tanta perfección como su propio convento de San José.

Para conseguir esto, Teresa de Jesús se fue ganando a todas las monjas, una a una, con exquisita habilidad y tacto. Llamó para confesarlas a fray Juan de la Cruz. A los pocos meses de hacerse cargo del gobierno del convento, un orden perfecto se advertía donde antes casi reinaba el caos. Las monjas ya no entraban ni salían a todas las horas, las visitas eran muy limitadas y todo el mundo respetaba el horario. Pronto empezó a notarse un gran progreso espiritual entre casi todas las monjas y hasta sus más enconadas adversarias la respetaban.

Al cabo de un par de años, viendo cumplida su tarea, Teresa de Jesús pidió ser relevada de su cargo para proseguir nuevas fundaciones. El visitador apostólico, encantado del trabajo realizado por la priora impuesta por él, se negó en redondo. Fue precisa, nada menos que la intervención del rey Felipe II para que la Madre Teresa pudiera dejar el monasterio de la Encarnación.

De Ávila partió para Alba de Tormes pues la duquesa de Alba, inconsolable por la larga ausencia de su esposo en los Países Bajos, quería que Teresa le visitara. Después de consolar a la duquesa, estuvo con las descalzas de Salamanca, donde el padre Jerónimo Ripalda, de la Compañía de Jesús, le ordenó escribir el Libro de las fundaciones. En este libro se lee el consejo que Teresa dio a sus monjas, motivado por una religiosa que se negaba a ayudar en los trabajos de la cocina, alegando que ella estaba destinada a la más alta oración, y aquellos trabajos de la cocina eran una cosa vulgar: Pues, ¡ea! Hijas mías, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajese empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos en lo interior y exterior. Al oír el consejo de la Madre, aquella monja se dio cuenta que todos los trabajos, aun los más prosaicos, hechos con amor, son una hermosa oración a Dios.

Segunda etapa fundacional

Después de su estancia en Alba de Tormes y tras pasar por Salamanca comenzó la segunda época de las fundaciones de la Madre de Teresa. Tenía en proyecto fundar un convento en Segovia cuando le llegó la noticia de que la princesa de Éboli, tras haber enviudado, en pleno ataque histérico, había decidido hacerse carmelita descalza e ingresó en el convento de Pastrana. Enterada Teresa de Jesús del desorden que doña Ana de Mendoza había introducido en el convento tomó la decisión de llevar a cabo cuanto la fundación de Segovia y trasladar a aquella ciudad castellana a las carmelitas de Pastrana. Decidido y hecho. El 19 de marzo de 1574 quedaba inaugurado el nuevo monasterio de San José en Segovia. En una fría noche de primavera y con el mayor secreto, sin que se enterara la princesa de Éboli, las monjas de Pastrana abandonaron el convento para dirigirse al nuevo de Segovia.

Teresa de Jesús permaneció en Segovia hasta el final del verano de 1574 en que inició un nuevo viaje para fundar en Beas de Segura. La iniciativa había partido de una rica dama aristocrática que deseaba renunciar al mundo y hacerse carmelita descalza. En Toledo se unieron a la Madre Teresa cinco monjas del convento de Malagón y con ellas fundó el 24 de febrero, festividad de San Matías, de 1575 el convento del aquel pueblo limítrofe entre Andalucía y la Mancha.

En Beas de Segura Teresa se encontró con el Padre Gracián, a la sazón, visitador apostólico de Andalucía con plena autoridad sobre los conventos de frailes y monjas carmelitas, tanto calzados como descalzos. Gracián le ordenó que fuese a fundar en Sevilla, por esta ciudad andaluza una de las más ricas y populosas de España. La Madre Teresa, aunque tenía pensado pasar el verano en su ciudad natal, obedeció con prontitud el mandato del visitador apostólico. Pero por renuencia del arzobispo de Sevilla se retrasó la fundación un año. Mientras tanto, el primer día del año 1576 Ana de San Alberto hizo en nombre de Teresa la fundación un convento en Caravaca.

El viaje a Sevilla fue bastante duro para Teresa de Jesús y las siete monjas que le acompañaban. En un punto del camino, al atravesar el Guadalquivir en una balsa, ésta estuvo de zozobrar y parte del modesto ajuar se cayó al agua. La salud de la Madre se resintió antes de llegar a Córdoba. Gravemente enferma en medio de un calor asfixiante tuvo que acostarse en el asqueroso chamizo de una mísera posada al juzgar prudente no alojarse en alguna de las habitaciones por estar la posada llena de maleantes y gente pendenciera. Al día siguiente, encontrándose mejor, reemprendió el viaje. En Córdoba de nuevo el Guadalquivir fue un obstáculo pues los carros de las monjas no cabían por el estrecho puente. No hubo más remedio que serrarlos. En la ciudad del antiguo califato asistieron a Misa. Todo el mundo se burlaba de ellas al verlas con aquellos hábitos pardos, la cara tapada con un velo negro y los pies descalzos.

Al ser insoportable el calor de aquellos días primaverales, la Madre Teresa decidió hacer viajar de noche cuando la temperatura descendía algunos grados. Para animar a sus acompañantes, Teresa no cesó de cantar, reír y gastar bromas, además les decía que pensaran en el fuego del purgatorio, ya que, sin duda, debía ser algo semejante al que estaban padeciendo en aquel viaje por tierras andaluzas. Después escribiría: A los que Dios quiere mucho, lleva por caminos de trabajos, y mientras más los ama, mayores. El 26 de mayo de 1575 llegaron a la ciudad de la Giralda.

En Sevilla todo parecía ponerse en contra para la fundación. La casa que había buscado el Padre Mariano era vieja y pequeña, llena de suciedad y con humedad. No tenían otro mobiliario que unas cuantas esteras, unos jergones y unas mantas. Y en aquella ciudad tan rica, donde fluía el oro y la plata que los barcos traían de América, nadie les ayudó. Años más tarde escribió Teresa de Jesús: Nadie pudiera juzgar que en una ciudad acaudalada como Sevilla… había de haber menos aparejo de fundar que en todas las partes que había estado. Otro contratiempo fue la falta de la oportuna licencia del arzobispo para abrir el convento. La Madre, con sus dotes de persuasión, consiguió el permiso, pero después de varios meses.

Las contradicciones de la Madre parecían no tener fin. Algunas lenguas murmuradoras se desataron y dijeron de Teresa y de sus carmelitas que, además de ser unas insensatas e iluminadas, estaban locas, cuando en realidad no eran otra cosa que monjas pobres, humildes y sacrificadas, llenas de amor de Dios. De la Madre Teresa dijeron que llevaba mujeres mozas de un lugar a otro con la excusa de fundaciones para hacerlas malas. Gran parte de culpa de estas habladurías la tuvo una supuesta beata que quiso ser admitida como carmelita, y salió del convento echando pestes al comprobar que allí no se amaba de Dios sólo de boquilla, sino con una vida de oración y mortificación. El resentimiento de la beata fue tal que denunció a Teresa y a sus monjas de herejes, e intervino la Inquisición. Después de investigación, no sucedió nada, porque como dijo Teresa a sus compañeras para tranquilizarlas, nadie que tiene fe sufre nunca por causa de la Inquisición.

La Madre, totalmente abandonada en Dios, en ningún momento perdió la serenidad. Al pie de la letra vivió lo que ella misma escribió: Nada te turbe, // nada te espante, // todo se pasa, // Dios no se muda, // la paciencia todo lo alcanza; // quien a Dios tiene // nada le falta: // sólo Dios basta.

Dios, que permitió aquellas contradicciones, llenó de gozo a Teresa. Una de las alegrías que tuvo fue las nuevas y excelentes vocaciones que el ejemplo de sus hijas suscitaba. Otra, la llegada a Sevilla de su hermano Lorenzo que volvía rico de América y estaba dispuesto a ayudarla. Y de tal forma lo hizo que encontró una casa en condiciones para convertirla en convento y se la entregó a su hermana. Y el 3 de junio de 1576 tuvo lugar la solemne ceremonia de apertura, presidida por el arzobispo de Sevilla.

Reclusión en Toledo

Los intentos de reforma de la Orden no fueron bien recibidos por los carmelitas calzados de Andalucía, que protestaron a sus superiores e incluso hicieron llegar su malestar al nuncio. Con sus protestas consiguieron la supresión de los tres prioratos de Andalucía establecidos por los carmelitas reformados (descalzos). A Teresa de Jesús, además de prohibirle que fundara más conventos, se le ordenó recluirse en uno de los conventos fundados por ella. La Madre aceptó sumisa y resignada aquel castigo. Salió de Sevilla para ir a recogerse en el convento de Toledo, donde vivió como una humilde monja carmelita. En la Ciudad Imperial, además de escribir Visita de descalzas, acabó El libro de las Fundaciones, iniciado unos años antes, e inició su obra cumbre: El Castillo Interior o Las moradas, verdadero tratado de la vida interior.

Los descalzos decidieron constituir una provincia separada. Quizá hubieran logrado su propósito con el apoyo del nuncio Ormaneto, pero éste falleció 18 de junio de 1577. Para sucederle llegó Filipo Sega que, mal informado, arremetió contra los descalzos, considerándoles de insensatos, y de Teresa de Jesús dijo que era fémina inquieta y andariega que, por holgarse, anda en devaneos so color de religión. Mientras tanto la Madre, viendo cómo arreciaba la tormenta y el peligro de que ésta se llevara por delante la reforma iniciada por ella, rezaba. Pero con claridad y sin esbozos, dijo: Murió un nuncio santo; vino otro, que parecía lo había enviado Dios para ejercitarnos en padecer…, condenando a los que le pareció le podían resistir, encarcelándolos, desterrándolos.

Teresa dejó Toledo para ir al convento de la Encarnación de Ávila, donde de nuevo fue nombrada priora. Asustada y consternada, pues la reforma parecía fracasada, decidió escribir al rey Felipe II y, entre otras cosas, le decía: Si Su Majestad no manda poner remedio, no sé cómo todo esto acabará. El Monarca la llamó a El Escorial para escucharla. Al final de la audiencia, Felipe II tranquilizó a Teresa de Jesús. Después el Rey convocó a Sega para decirle que estaba equivocado porque los descalzos llevan una vida de austera perfección. Y los propósitos del Nuncio de anular a los descalzos fueron desarticulados por la fina política de Felipe II.

Al reconocer su error, Sega, que en el fondo era un hombre honrado y de buen corazón, permitió la creación de una provincia separada para los frailes y monjas descalzos. La causa concluyó cuando de Roma llegó el breve Pia consideratione de Gregorio XIII, fechado el 22 de junio de 1580, por el que constituía a los descalzos en provincia separada de los calzados y autorizaba definitivamente la reforma teresiana.

Últimas fundaciones

De nuevo con libertad para fundar, Teresa de Jesús reanudó su tarea. A pesar de su edad avanzada y de sus enfermedades y dolencias, volvió a recorrer los caminos polvorientos de Castilla par visitar los conventos por ella fundados, e iniciar una nueva etapa -la última- de fundaciones. El 25 de febrero de 1580 fundaba en Villanueva de la Jara, en la provincia de Cáceres. De allí se encaminó a Toledo, donde cayó gravemente enferma. Recuperada se fue a Medina. Después estuvo en Valladolid y Segovia. En esta ciudad recibió la noticia de la muerte de su hermano Lorenzo, que tanto la había ayudado. Por las muchas enfermedades y calamidades que pasó en su vida, solía decir: Esta vida es una mala noche en una mala posada.

A finales de 1580 fue a Palencia para fundar. Y en aquella ciudad, por primera vez en su vida, todo fue facilidades para establecer un nuevo convento. Y así, gracias a la generosidad de los palentinos, el 29 de diciembre de 1580 fue realidad la fundación proyectada. Teresa de Jesús escribiría meses después: Yo no querría dejar de decir muchos loores de la caridad que hallé en Palencia. Es verdad que me parecía cosa de la primitiva Iglesia (al menos, no muy usada ahora en el mundo) ver que no llevábamos renta, y que nos habían de dar de comer, y no sólo defenderlo, sino decir que les hacía Dios merced grandísima. Y, si se mirase con luz, decían verdad; porque aunque no sea sino haber otra iglesia adonde está el Santísimo Sacramento, es mucha.

Al tener noticia de que una señora viuda de Soria le había facilitado una casa para fundar otro convento, la Madre Teresa se dirigió a esa ciudad castellana. La fama de santidad que tenía era tal que al atravesar pueblos y ciudades la gente salía a su encuentro pidiéndole que las bendijera. Y así, honrosamente, viajó a Soria, donde el 3 de junio de 1581 un nuevo convento se añadía a los ya fundados por la carmelita abulense. Pero en tiempos anteriores no siempre fue bien recibida. En algunos pueblos por los que pasaba en sus numerosos viajes los niños iban detrás del carro gritando y tirándoles piedras, y Teresa, sin perder el sentido del humor, solía comentar: Por Dios, si parece que entran en este pueblo toros, en lugar de monjas; tal es como nos reciben.

Realizada la fundación de Soria emprendió viaje a su ciudad natal. El otoño de 1581 lo pasó en el convento de San José, el primero de las descalzas. En Ávila tuvo la alegría de recibir a fray Juan de la Cruz. Éste pidió a la Madre que fundara en Granada para combatir la corrupción y el vicio de la capital del último reino árabe. Sin embargo los planes de Teresa de Jesús eran abrir un convento de descalzas en Burgos, pero accediendo a la petición de Juan de la Cruz delegó en Ana de Jesús para que fundara en Granada. El nuevo convento se inauguró el 20 de enero, festividad de san Sebastián, de 1582.

La fundación de Burgos fue la más difícil. La Madre Teresa partió de Ávila en enero de 1582 y hasta 19 de abril no concluyó la que sería su última fundación. En total diecisiete. El viaje de Ávila a Burgos lo realizó en lo más crudo del invierno, con caminos totalmente enfangados. El río Arlazón, debido a las lluvias torrenciales, se había desbordado. Para pasarlo no había más que un pequeño puente. El peligro era grande, por lo que las monjas se confesaron antes de iniciar el paso y pidieron a la Madre su bendición. Afortunadamente no ocurrió nada y todos los carros siguieron su camino ya sin dificultades.

Pero lo más desagradable estaba por llegar. El arzobispo de la ciudad se negaba a dar el permiso para la apertura del nuevo convento. Teresa, enferma y quebrantada, armada de paciencia, tuvo que esperar unos meses hasta que el prelado se dignó a autorizar la fundación.

Estas dificultades fueron llevadas a la oración por la Madre. En un momento Teresa le dijo a su amado Jesús: ¡Señor! ¿Por qué ponéis tantas dificultades en nuestro camino? Y una voz interior le respondió dulcemente: No te quejes, hija mía, que así trato yo a mis amigos. Y ella, con confianza, exclamó: ¡Por eso tenéis tan pocos!

Vida de oración

Teresa era una encariñada de la oración, porque por ella se comunicaba con el amor de Dios en Cristo Jesús. Por eso bien decía: La oración es tratar de cosas de amistad con aquel que sabemos que nos ama. Todo su amor se centraba en Dios. Él es su único amor, y cuanto más meditaba sobre el amor, mayor era su ardiente amor a Jesús. Sólo Dios le bastaba. Jesús, como Dios, era su amigo entrañable.

Y con confianza, también su oración era de petición: ¡Oh Señor mío!, ¿por ventura será mejor callar con mis necesidades esperando que Vos las remediéis? No, por cierto; que Vos, Señor mío y deleite mío, sabiendo las muchas que habían de ser y el alivio que nos es contarlas a Vos, decís que os pidamos y que no dejaréis de dar. Especialmente le pedía cosas al Señor después de haberle recibido, por eso solía aconsejar a sus hijas: No perdáis tan buena sazón de negociar, como es la hora después de haber comulgado.

La vida de Teresa de Jesús fue de adoración a Dios y de oración por la salvación del mundo, una continua búsqueda de la santidad. Pero una santidad alegre, aun en medio de una total pobreza. Su gozo -y el de sus hijas- consistía en servir a Dios. Solía aconsejar a sus monjas: Estén siempre alegres y con buena salud. Yo huyo de las tristezas, que son malas. Y solía añadir: Un santo triste es un triste santo.

Cuando estaba en Toledo con doña Luisa de la Cerda, ésta, para agradecerle todo el bien que le había hecho su compañía, cogió un cofre lleno de joyas de gran valor y le dijo a la Madre: Todo esto es para vuestro convento. Teresa rechazó aquel valioso regalo diciendo amablemente: Todo esto es mejor que lo vendáis, y el dinero se lo deis a los pobres. Mis conventos lo que necesitan no es dinero, sino amor, oración y pobreza.

Teresa de Jesús recomendaba a sus monjas que cuidaran la salud y que las penitencias no fueran excesivas. Ella misma había tenido experiencia mística en la que Dios le hizo desistir de una penitencia grande. Había visto que doña Catalina de Córdoba hacía grandísima penitencia y deseó mucho en imitarla en esto. Su confesor se lo prohibió, pero estuvo la Madre tentada de desobedecerle en este particular; y Dios le dijo: Hija mía, tú llevas un seguro y buen camino; y aunque miras a la penitencia que esa otra hace, estimo en más tu obediencia. Y cuando su hermano Lorenzo, al final de su vida se entregó a la oración y penitencia, Teresa le reprendía al ver las excesivas penitencias que hacía con estas palabras: Mira, hermano, Dios quiere más el fuego de la caridad que el de vuestras penitencias.

Muerte

La Madre después de fundar en Burgos y permanecer unas semanas en aquella ciudad castellana salió de allí con intención de llegar a Madrid donde quería fundar; mas en el camino se le ordenó ir a Alba de Tormes pues la joven duquesa de Alba hay tenido un parto prematuro y, como consecuencia, estaba pasando momentos difíciles. La noble dama había reclamado la presencia de Teresa para que la consolara.

Teresa de Jesús llegó a la villa ducal al atardecer del 20 de septiembre molida por el viaje largo y penoso, y con mortal hemorragia. El 1 de octubre se acostó y no se levantó más. El 3, recibió el viático después de confesarse. Mientras esperaba que le trajesen a Jesús Sacramentado dijo: Hijas mías y señoras mías: por amor de Dios las pido que tengan gran cuenta con la guarda de la Regla y Constituciones y no miren el mal ejemplo que esta mala monja las ha dado…

En la madrugada del 4 perdió el habla. Las últimas palabras que salieron de sus labios son propias de una enamorada: Hora es ya, Esposo mío, que nos veamos. Antes había manifestado un sentimiento de gratitud: Te doy gracias, Señor, porque muero hija de la Iglesia. A las nueve de la noche, con sonrisa inefable, expiró. Debido a la reforma del calendario hecha por el papa Gregorio XIII, el día siguiente era 15 de octubre. El cadáver de Teresa de Jesús despedía un perfume penetrante, milagroso. Temiendo que lo robaran, se la enterró precipitadamente a las once de la mañana.

Glorificación

Diez años después de su marcha al Cielo, en 1592, y por iniciativa del Padre Gracián se iniciaron los informes previos en orden a su beatificación. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por Paulo V. Tres años después, el 16 de noviembre de 1617, las Cortes españolas de Felipe III la proclamaron patrona de España; Urbano VIII confirmó el título en 1617; mas lo rectificó poco después por la competencia de Santiago, alegada por los santiaguistas. El 12 de marzo de 1622 fue canonizada por Gregorio XV. En 1922 la Universidad de Salamanca la declaró doctora honoris causa. El 18 de septiembre de 1965, Pablo VI, por el breve Lumen Hispaniae, la proclamó patrona de los escritores católicos de España. El 27 de septiembre de 1970 fue declarada por Pablo VI Doctora de la Iglesia. En 1982 san Juan Pablo II viajó a España y en Ávila y Alba de Tormes clausuró el IV Centenario de la muerte de Teresa de Jesús.

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