Día 25 de octubre

25 de octubre

Relato apócrifo de uno de los discípulos de Emaús

La muerte del Maestro supuso para nosotros un golpe muy duro. Después del sábado, Cleofás y yo estábamos tan desalentados que decidimos volver a nuestra aldea, y recomenzar nuestra vida. La despedida de los demás hermanos fue triste. Algunos, incluso, nos aconsejaron que nos quedáramos en Jerusalén, pero ¿para qué? No tenía ya ningún sentido. Habíamos sufrido la mayor de las decepciones: el Maestro había sido crucificado como un malhechor. ¡Habíamos puesto tantas esperanzas en Jesús, seguros de que era el Mesías prometido! Y estaba muerto. Si el único que tenía palabras de vida eterna había muerto, ¿qué quedaba por esperar?

Emprendimos el camino de Emaús, que ahora lo puedo calificar -después de lo que ocurrió en él, y que a continuación te contaré- como el de los desalientos anticipados…, pero también el de los encuentros divinos. A pesar de la tristeza, Cleofás y yo íbamos recordando una y otra vez todo lo sucedido en los últimos días considerándolo como un desastre, el fin de nuestra esperanza. Sin duda nos habíamos equivocado, entendido mal su mensaje, el Nazareno quizá había sido un profeta, pero no el Mesías que todo el pueblo esperaba. Su muerte, un hecho tan seguro, sólo podía interpretarse así. Un velo de desilusión atenazaba nuestros corazones. No nos restaba, pues, otra cosa, sino volver a la monótona vida de antes.

Ni qué decir tiene que veíamos nuestras vidas como un frasco rebosante de ilusiones perdidas, sin lugar para sueños nuevos. ¡Era tanto el desánimo, la sensación de fracaso! Habíamos vivido una aventura espléndida, en la que habíamos creído, pero se disipó como la niebla ante los rayos del sol.

Mientras caminábamos nuestra conversación estaba llena de recuerdos del tiempo que pasamos junto al Maestro. Sus grandes prodigios, la elocuencia de sus palabras, el entusiasmo que sabía suscitar en la muchedumbre…, aunque también evocaban nuestra memoria su captura, su muerte en una cruz en medio de dos ladrones. Estábamos tan absortos en nuestros recuerdos, que no advertimos que, a poca distancia, nos seguía otro viajero. Apenas intercambiamos con él un saludo cuando llegó a nuestra altura, pero el desconocido viandante aminoró el ritmo de su paso con clara intención de caminar junto a nosotros.

Quizás por haberse dado cuenta de que conversábamos excitada, desesperadamente, o por vernos entristecidos, tan desasosegados, nos preguntó: “¿Qué conversación lleváis entre los dos mientras vais caminando?” Ante esta pregunta, nos detuvimos, y Cleofás le dijo: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no conoce los sucesos en ella ocurridos estos días?” En realidad era el único que lo sabía en toda su plenitud, pues no era otro que el mismo Jesús resucitado, aunque ni Cleofás ni yo le habíamos reconocido.

El desconocido nos dijo: “¿Qué ha pasado?” La pregunta la había hecho con un tono cariñoso, de verdadero interés, que provocó un diálogo lleno de confianza, sin tener nosotros reparos en abrir nuestros corazones para contarle el motivo de la tristeza que, sin duda, veía reflejada tanto en el rostro de Cleofás como en el mío. Le dijimos que la vida comenzaba a parecernos sin sentido, le hablamos de nuestra desilusión…, motivado por lo de Jesús Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo le entregaron los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados para que fuese condenado a muerte y crucificado. También le manifestamos la ilusión que habíamos puesto en Él. Nosotros esperábamos que sería Él quien rescataría a Israel; más, con todo, van ya tres días desde que esto ha sucedido.

Le veíamos interesado por lo que le contábamos. Tanto es así que nos atrevimos a referirle la remota esperanza que abrigábamos en nuestro interior, aunque sin mucha convicción de que fuera tal. “Nos dejaron estupefactos ciertas mujeres de las nuestras que, yendo de madrugada al monumento, no encontraron su cuerpo, y vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que vivía. Algunos de los nuestros fueron al monumento y hallaron las cosas como las mujeres decían, pero a Él no le vieron”. Hasta aquel momento no nos habíamos parado a considerar la posibilidad de ser ciertas las buenas noticias que se habían ido recibiendo durante la mañana de aquel primer día de la semana, pero al contárselo, notábamos ir recuperando la esperanza que estaba casi totalmente perdida.

Yo añadí: “Algunos dicen que han vuelto a verle, que ha resucitado, pero ¿quién puede creer una cosa como ésta?” No había acabado de hablar, cuando el desconocido caminante nos reprochó el tener la mente embotada. En concreto nos dijo: “¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas! ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?”, y nos fue citando, desde Moisés a los profetas, los fragmentos de la Escritura en que se anuncia que el Mesías tiene que padecer y morir para luego entrar en su gloria. Vivamente impresionados nos quedamos cuando se refirió al libro del profeta Isaías, en el que están escritos los poemas del Siervo de Yavé. Realmente lo que se dice allí se ha cumplido con la pasión y muerte de Jesús.

Sus palabras eran consoladoras, nos recordaba lo que ya sabíamos, pero creíamos no saber porque estábamos cegados; no nos descubría nada nuevo, pero sacaba de nuestra memoria lo que había nublado la tristeza. Tan interesados y embebidos estábamos en aquella conversación llena de amabilidad que el camino se hizo corto, de tal manera que para cuando quisimos darnos cuenta habíamos llegado a la aldea.

Ya en las mismas puertas de Emaús, aquel hombre hizo ademán de seguir adelante. Fue entonces, cuando de nuestros labios salió una súplica. “Quédate con nosotros, pues el día ya declina”. Era verdad que estaba oscureciendo, pero lo dijimos sólo como una excusa para convencerle de que no nos privara de su presencia, para poder continuar aquel coloquio ambulante en nuestra casa, para que compartiera nuestra cena. No nos resignábamos a perder tan pronto la compañía de aquel compañero misterioso de viaje que había consolado nuestros corazones y nos había dado luces para entender los designios divinos. No se hizo rogar. Accedió y entró en nuestra casa.

Se sentó a la mesa. Nos disponíamos a tomar algunos alimentos para recuperar las fuerzas gastadas durante el camino, cuando Él tomó el pan, lo bendijo y nos lo dio. En aquel gesto suyo lo reconocimos. Era el Maestro. Efectivamente había resucitado. Habíamos caminado a su lado sin advertir quién era. Pero… desapareció de nuestra presencia. No importaba. Le habíamos visto, estado con Él. Una inmensa alegría invadía todo nuestro ser. Después comenté con Cleofás: “¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Cleofás asintió.

No había que perder tiempo. Enseguida nos levantamos, y aunque ya era de noche, nos encaminamos a Jerusalén. Había que desandar lo andado por la tarde, recorrer en sentido inverso el mismo camino polvoriento, pero ahora sin tristezas, ni desánimos, ni sensaciones de fracaso. De la tristeza habíamos pasado a la alegría. Ya no sólo había una ligera esperanza, sino la certeza de la resurrección. Sentíamos la urgencia de volver a la Ciudad Santa por el afán de comunicar el gozo que había en nuestros corazones, de compartir tanta dicha, de ser pregoneros de la buena nueva de la resurrección de Nuestro Señor.

Nada más llegar a Jerusalén, nos dirigimos a la misma casa donde Jesús había celebrado la Pascua con los Apóstoles. Seguramente aún permanecerían allí en compañía de otros discípulos, pues por la mañana nos habían dicho que no se moverían de ese sitio. ¡Qué alegría, pensábamos, cuando le comuniquemos que hemos visto al Maestro! Golpeamos fuertemente con la aldaba sobre el portón hasta que nos abrieron después de cerciorarse que éramos nosotros. Ya dentro, las palabras nos salían atropelladamente de los labios. Pero… ellos también conocían la feliz noticia y nos dijeron: “Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Nosotros le referimos lo que nos había pasado por el camino y cómo le reconocimos al partir el pan.

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