Día 26 de octubre

26 de octubre

Página evangélica

El buen samaritano

Entonces un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle: Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? (Lc 10, 25). Aquel doctor de la Ley no pregunta para saber, sino para ver si su interlocutor, en este caso Cristo, cae en un error o en una contradicción. Y esto ocurre también en nuestros días. Hay que personas que no quieren oír la verdad, sino que siempre están intentando retorcer las cosas. Con ellas no es posible el diálogo, porque lo utilizan con doblez, porque no están dispuestas a aceptar las cosas como son, porque no tienen voluntad recta.

Él le contestó: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? Y éste le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Has respondido bien: haz esto y vivirás (Lc 10, 26-28). Con este cruce de preguntas y respuestas, Cristo enseña que el camino para conseguir la vida eterna consiste en el cumplimiento fiel de la Ley de Dios. Jesús alaba y acepta el resumen del Decálogo que hace el escriba judío. El mismo Maestro había dado esta idéntica respuesta cuando le preguntaron en otra ocasión cuál era el principal mandamiento de la Ley, para terminar diciendo: De estos dos Mandamientos pende toda la Ley y los Profetas (Mt 22, 40).

Hay una jerarquía y un orden en estos dos mandamientos que constituyen el doble precepto de la caridad: ante todo y sobre todo amar a Dios por sí mismo; en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, amar al prójimo, porque ésa es la voluntad explícita de Dios. Bien claro lo dijo Juan Pablo I: Debemos amar “a Dios y al hombre”. Pero nunca al hombre más que a Dios, contra Dios o tanto como Dios. En otros términos, el amor de Dios es superior, pero no exclusivo.

En esta conversación se encierra también otra enseñanza fundamental: la Ley de Dios no es algo negativo, no hacer, sino algo claramente positivo, es amor; la santidad, a la que todos los bautizados están llamados, no consiste tanto en no pecar, sino en amar, en hacer cosas positivas, en dar frutos de amor de Dios. Cuando el Señor hable del Juicio Final hará referencia a este aspecto positivo de la Ley de Dios. El premio de la vida eterna se concederá a los que hicieron el bien.

Jesucristo no desaprovecha la ocasión para invitar a su interlocutor a que lleve una vida conforme a la Ley de Dios: haz esto y vivirás. Sigamos el ejemplo del Señor, y siempre que alguien nos pregunte sobre religión, o cuando damos formación cristiana o hablamos de la doctrina católica, que no nos conformemos con haber informado, sino que demos un paso más, como hizo Cristo, animar a los que nos han preguntado o nos han estando escuchando a vivir según las enseñanzas de la Iglesia, que no son otras que las del mismo Jesús.

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? (Lc 10, 29). Ante esta pregunta, Jesús responde con una parábola que la cercanía de Jerusalén y los peligros del camino que conduce a Jericó, infestado de bandoleros, hacen comprensible a todo el mundo.

Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote; y, viéndole, pasó de largo. Asimismo, un levita, llegando cerca de aquel lugar, lo vio y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él, y al verlo se movió a compasión, y acercándose vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino; lo hizo subir sobre su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los salteadores? Él le dijo: El que tuvo misericordia con él. Pues anda, le dijo entonces Jesús, y haz tú lo mismo (Lc 10, 30-37).

En esta entrañable parábola, que sólo recoge san Lucas, el Señor da una explicación concreta de quién es el prójimo y de cómo hay que vivir la caridad con él, aunque sea nuestro enemigo. Deja bien claro que nuestro prójimo es cualquiera que esté cerca de nosotros -sin distinción alguna de raza, de amistad, etc.- y necesite de nuestra ayuda.

También queda claro cómo hay que amar al prójimo: teniendo misericordia con él, compadeciéndonos de su necesidad espiritual o corporal; y esta disposición tiene que ser eficaz, concreta, debe manifestarse en obras de entrega y de servicio, que no puede quedarse en sólo sentimiento. El amor a Dios y al prójimo es la esencia de la santidad. El amor a los demás depende del amor a Dios y se debe manifestar en obras.

San Agustín identifica al Señor con el buen samaritano, y al hombre asaltado por los ladrones con Adán, origen y figura de toda la humanidad caída. Llevado de esa compasión y misericordia baja a la tierra para curar las llagas del hombre, haciéndolas propias. Así, en más de una ocasión, vemos cómo Jesús se compadece y se conmueve ante el sufrimiento del hombre.

Esa misma compasión y amor de Jesucristo hemos de sentir los cristianos, que debemos ser discípulos suyos, para no pasar nunca de largo ante las necesidades ajenas. Una concreción del amor al prójimo está plasmada en las obras de misericordia, que se llaman así porque no se deben por justicia. Son catorce, siete espirituales y siete corporales. Las espirituales abarcan: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo ha menester, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas de nuestros prójimos, y rogar a Dios por los vivos y los muertos. Las corporales son: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, redimir al cautivo, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, y enterrar a los muertos.

Buen samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre, de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es una determinada disposición interior del corazón, que tiene su expresión emotiva. Buen samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que se conmueve ante la desgracia del prójimo (San Juan Pablo II).

Repasemos la escena que describe el Señor: un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote; y viéndolo pasó de largo. Es mejor, se diría, no mezclarse en este asunto; quizá este hombre haya merecido el castigo por sus pecados. Que Yavé lo acoja en su seno.

Más tarde pasa un levita; atraído por las quejas se acerca. Aquel hombre se halla en trance de muerte. El levita lo vio y pasó de largo, quizá diciendo: no es cosa mía; además, ya es tarde. Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él y al verlo se movió a compasión. A éste no se le ocurre pensar: él es judío; ni en el cúmulo de ofensas que esto sugería a la mente de un samaritano. El amor le urge y no es tiempo de cálculos.

La primera enseñanza de la parábola es que hemos de querer bien a todo el mundo, sin distinción. Cristo nos enseña a querer a todos, a comprender a todos, incluso a los que no nos comprenden. Reconocemos su figura en el samaritano de la parábola, que, acercándose al peregrino maltrecho, vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino, lo hizo subir sobre su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó.

¿Qué es lo que no puede conseguir el aceite y el vino de la caridad? Ese hombre estaba herido por los cuatro costados, cubierto de sangre. Casi daba repugnancia acercarse a él. Pero la caridad todo lo cura: transforma cualquier llaga en algo noble y limpio.

Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta. Nadie había querido a detenerse a socorrer el herido. El sacerdote, como el levita, tenía prisa; además la justicia estricta quizá no les exigía aquel sacrificio. Pero el samaritano se detuvo, porque en su corazón estaba el amor. No le bastaba, para tranquilizar su conciencia, el pensamiento de que nada debía al herido; se sintió deudor de aquel hombre al que no conocía; no era cicatero, y el amor le pedía auxiliar al herido, aunque no tuviera obligación de justicia alguna. Si se hace justicia a secas, es posible que la gente se quede herida. Tiene que ir la caridad al lado, porque la caridad lo dulcifica todo (San Josemaría Escrivá).

La caridad ha de ser universal, como la del samaritano; delicada, abnegada. El buen samaritano no se anda con cálculos: hace más de lo justo en la atención al hombre maltrecho, y lo hace casi sin ser notado, sacrificando sus propios intereses.

Caridad universal, pero ordenada. Amamos a todos: a los que son de religiones paganas, a los mahometanos, a los hebreos, a los que ahora se llaman hermanos separados; pero yo amo primero a los que no están separados, porque la caridad tiene que estar ordenada. El amor -os lo enseña la Teología- es ordenado. Y uno que no quiere a su madre y dice que quiere a los demás, se equivoca. Amad a todos, pero con orden y concierto, de modo que hasta aquéllos a quienes tengáis poca obligación de amar estén satisfechos, porque ven que les queréis. Tenemos que amar a todas las almas, sin excluir ninguna (San Josemaría Escrivá).

Aprendamos cada uno de nosotros a no pasar nunca de largo, a estar siempre atentos a las necesidades de los demás; para detenernos, para consolar, para ayudar con la finura y delicadeza con que Jesús quiere que amemos.

Meditemos también el final de la parábola. Para ocuparse del herido, el samaritano recurrió también al mesonero. ¿Cómo se hubiera desenvuelto sin él? Nuestro Padre admiraba la figura de este hombre -el dueño de la posada- que pasó inadvertido, hizo la mayor parte del trabajo y actuó profesionalmente. Al contemplar su conducta, entended, por una parte, que todos podéis actuar como él, en el ejercicio de vuestro trabajo, porque cualquier tarea profesional ofrece de un modo más o menos directo la ocasión de ayudar a las personas necesitadas. Ciertamente lo permite la tarea de un médico, de un abogado, o de un empresario que no cierra los ojos ante las necesidades materiales que la ley no le obliga a atender, porque sabe que le obligan la justicia y el amor; pero también la de un oficinista, un trabajador manual o un agricultor que encuentra el modo de servir a los demás, quizá en medio de grandes estrecheces personales. Sin olvidar (…) que el fiel desempeño del oficio profesional ya es ejercicio de la caridad con las personas y con la sociedad (Beato Álvaro del Portillo).

Terminada la exposición de la parábola, Cristo dirige de nuevo la palabra al doctor de la Ley que le ha preguntado: ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los salteadores? La respuesta de aquel hombre fue: El que tuvo misericordia con él. Y de nuevo el consejo imperativo del Señor: Haz tú lo mismo.

Pidamos a la Virgen María la gracia de ser buenos samaritanos de todas las personas necesitadas que pasen junto a nosotros. Y para esto que sepamos ver en el hombre que fue asaltado por los bandidos la imagen de Cristo, despojado, maltratado y herido injustamente por nuestros pecados. El mismo Señor nos ha enseñado que debemos verle en quienes padecen necesidad: tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt 25, 35.40).

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