Día 29 de octubre

29 de octubre

Compañerismo

Historia contada por Jesús Urteaga

¿Tú has estado en Granada? Cuando vayas o vuelvas por aquella preciosa ciudad pregunta por Puerta Elvira, pasa por ella y tuerce a la derecha. Te encontrarás con el mismo escenario que yo contemplé. Todo el sol de Andalucía caía por la cuesta de Alhacaba, la cuesta que sube al barrio del Albayzín, el barrio de los gitanillos.

Aquí, por la izquierda, corría este mismo regato, la misma agua. ¡Mira más arriba! De ahí, de la derecha, de ese mismo carmen -en Granada llaman carmen a una casa con huerto o jardín-, salieron dos gitanillos panzudos, protagonistas de este cuento, hecho carne por el amor de los chiquillos.

El más pequeño, muy contento, daba palmadas. Su pelo, ensortijado, caracolillo, le caía sobre la frente. La camisa al aire, no le cubriría más de un palmo y medio. Era casi negro, un negro tirando a gris-polvo de carretera. Los pies, descalzos, sobre las piedras del camino. ¿Qué tendría? ¡No más de cinco años!

El mayor, sí alcanzaría ya los diez.

Con la vestimenta de los hermanos gitanos se hubiera podido cubrir a uno por completo. El pequeño llevaba media camisa; el mayor, un pantalón, q ue sujetaba con un tirante en forma de bandolera sobre la carne tostada al sol.

El pequeño danzaba alrededor del mayor. Éste, el de diez años, salía despacio del carmen de la derecha, con aire procesional, llevando entre las manos un bote de riquísima leche.

Y aquí comenzó el diálogo:

-¡Siéntate! ¡Primero beberé yo y después lo harás tú!

¡Si lo hubieras oído! Lo decía con aire de emperador. El chiquillo lo miraba con sus dientes blancos, la boca entreabierta, jugando con la punta de la lengua.

Y yo, como un bobo, contemplando la escena.

¡Si vieras al mayor mirando de reojo al churumbel!

Llevó el bote a la boca y, haciendo como que bebía, cerró fuertemente los labios, para que no entrara en su boca ni una gota de leche blanca y le tocara más al chiquitín.

Después, alargando el bote, decía a su hermano: -Ahora te toca a ti. ¡Sólo un poco!

Y el hermanito pequeño dio un sorbo… ¡Qué sorbo!

-¡Ahora me toca otra vez a mí! Y repitió la escena, completamente ajeno a mis miradas bobaliconas.

Llevó el bote -ya mediado- a la boca, que mantenía cerrada.

-¡Ahora te toca a ti!

-¡Ahora me toca a mí!

-¡Ahora a ti!

-¡Ahora a mí!

Y con tres, cuatro, cinco, seis sorbos, el churumbel de pelo ensortijado, panzudo, con la camisa al aire, terminó el bote.

El “ahora a ti” y el “ahora a mí” me hicieron saltar las lágrimas.

Entre risas gitanas de fondo, comencé a subir la cuesta de Alhacaba, llena de churumbeles. Mediada la cuesta, volví la cabeza. Tuve ganas de bajar y guardarme el bote. ¡Aquello era un tesoro! Pero, ¡cá!, ni siquiera pude intentarlo. Entre borricos cargados de botijos corrían diez churumbeles detrás del bote, dándole patadas. El bote saltaba entre los pies negros, descalzos, sucios, de color gris-polvo de carretera.

También el generoso jugaba con ellos, con la naturalidad de quien no ha hecho nada extraordinario, o -¡mejor!- con la naturalidad de quien está acostumbrado a hacer cosas extraordinarias.

¿Ves? Esto es compañerismo. A los mayores les diría que el compañerismo es la virtud humana que sirve de soporte a la fraternidad sobrenatural. Uno de vosotros que viva bien este olvidarse de sí mismo para hacer la vida un poquitín más feliz a los demás, cumplirá perfectamente lo que pide Dios a los cristianos: el amor al prójino.

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