Día 31 de octubre

31 de octubre

Efemérides

Tal día como hoy del año de 1982 llegaba por primera vez a España el papa san Juan Pablo II.

En el aeropuerto madrileño de Barajas fue recibido por el rey Juan Carlos I, que saludó al Pontífice con unas palabras de bienvenida. Tras el saludo de Su Majestad Católica, san Juan Pablo II contestó con palabras rebosantes de agradecimiento: Gratitud a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas españoles; por el calor de vuestro recibimiento, por el afecto puesto en la hospitalidad dispensada a un amigo, y sobre todo a quien España siempre ha querido entrañablemente a lo largo de su historia: al Papa. Vengo atraído por una historia admirable de fidelidad a la Iglesia y de servicio a la misma, escrita en empresas apostólicas y en tantas grandes figuras que renovaron esa Iglesia, fortalecieron su fe, la defendieron en momentos difíciles y le dieron nuevos hijos en enteros continentes. En efecto, gracias sobre todo a esa simpar actividad evangelizadora, la porción más numerosa de la Iglesia de Cristo habla y reza a Dios en español. Tras mis viajes apostólicos, sobre todo por tierras de Hispanoamérica y Filipinas, quiero decir en este momento singular: ¡Gracias, España; gracias, Iglesia en España, por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo!

Durante diez días el Papa recorrió calles y ciudades, rezó en santuarios marianos y catedrales testigos de la fe dos veces milenaria de un pueblo. Siguió la huella de los santos, andando los caminos polvorientos de santa Teresa de Jesús, postrándose ante los restos de san Juan de la Cruz y dejando como modelo de santidad a la humilde Angela de la Cruz. Quiso iniciar su siembra de verdad con un acto eucarístico para adorar a Cristo Redentor y dirigió su plegaria a la Madre de Dios.

Acudió al cementerio de La Almudena en Madrid -lleno de vida en la fría mañana del 2 de noviembre- para ofrecer su Misa por los difuntos y cantar aun entre las tumbas de un cementerio, el canto gozoso del Aleluya.

Peregrino en Compostela alzó su voz para despertar de su marasmo a la vieja Europa. Su grito -lleno de amor por un continente iluminado por el Señor con su luz evangélica desde los orígenes de la predicación apostólica- salido de entre los muros pétreos de una catedral del Medievo, se oyó en Europa desde Finisterre a los Urales: Yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca, sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades.

Pero, sobre todo, predicó la Palabra de Dios a hombres y mujeres, saciándoles su sed de verdades totales; a los jóvenes –porvenir del mundo, esperanza de la Iglesia- y a los enfermos; a los intelectuales y a los hombres del mar; al mundo del trabajo y a las almas contemplativas del claustro; a las familias cristianas y a las autoridades de la Nación; a los periodistas y a los propagadores de la verdad de Cristo en tierras de misión; a los sacerdotes y a los educadores en la fe. Su palabra invitaba a caminar por la historia con los ojos dirigidos hacia atrás y, a la vez, hacia adelante; bien fijos en el horizonte, con la mirada puesta en Cristo Jesús.

Venido de Roma para conmemorar el IV Centenario de Santa Teresa de Jesús, puso a la santa de Ávila como modelo de amor y de fidelidad a la Iglesia.

En su peregrinaje apostólico fueron frecuentes sus alusiones a la Iglesia, recalcando su conciencia de profundización sobre sí misma, que es el renovado descubrimiento de su relación vital con Cristo, su misión salvífica y su constitución jerárquica. En el Auditorium nuevo de la antigua Universidad Salmantina –centro y símbolo del periodo áureo de la teología en España, foco irradiador, que con su luz en Trento contribuyó a la renovación de toda la teología católica- habló a los profesores de las facultades eclesiásticas de fidelidad a Cristo y a la Iglesia, que conlleva la fidelidad a su magisterio.

La verdad evangélica salía de sus labios, orientando a su grey, condenando las falsificaciones del Evangelio con palabras duras, pero nítidas, claras y precisas, al hablar a las familias cristianas del proyecto original de Dios sobre el matrimonio. Ante una multitud de dos millones de personas fue paladín de la indisolubilidad del matrimonio, del derecho de la persona nonata a la vida y del derecho-deber primario de los padres en la educación de los hijos.

En el encuentro con la gente joven, una voz -la del Papa- que se hace oír en medio del griterío de las gradas de un estadio, convertido por unas horas en templo, para dialogar con los jóvenes. En medio de un aparente caos, la devoción, el amor y la oración tienen resonancia de júbilo. Es un rezo lleno de vítores. Una juventud que inunda de alegría el corazón de Juan Pablo II. Y el Papa habló confidencialmente, como con un amigo, buscando el apoyo de unas vidas jóvenes para realizar una gran empresa: vencer al mal con el bien, con todo un programa de lucha: el programa de las bienaventuranzas que Cristo propuso.

Sus brazos abiertos, su aliento paternal, fueron una llamada a la esperanza. Una esperanza fundamentada en la devoción de un pueblo a la Virgen, a la que honra con mil advocaciones.

La semilla de su palabra esparcida a voleo por las tierras de España fue abundante. Y antes de emprender su viaje de regreso a Roma, dijo: Mi peregrinación por tierras de España acaba aquí, en Santiago de Compostela. He pasado por vuestra patria predicando a Cristo crucificado y resucitado, difundiendo su Evangelio, actuando como “testigo de esperanza”, y he encontrado por todas partes apertura generosa, correspondencia entusiasta, afecto sincero, hospitalidad afable, capacidad creadora y afanes de renovación cristiana. Sea para la mayor gloria de Dios -“ad maiorem Dei gloriam”- todo este servicio del Obispo de Roma peregrino. Con tal espíritu lo comencé y os ruego que así lo recibáis.

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