Día 1 de noviembre

1 de noviembre

Solemnidad de Todos los Santos

Solemnidad de Todos los Santos, que están con Cristo en la gloria. En el gozo único de esta festividad, la Iglesia Santa, todavía peregrina en la tierra, celebra la memoria de aquellos cuya compañía alegra los cielos, recibiendo así el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y, un día, la corona del triunfo en la visión eterna de la divina Majestad. (Martirologio).

Efemérides

Tal día como hoy del año 1950 el papa Pío XII proclamó el Dogma de la Asunción de la Virgen María al Cielo en cuerpo y alma.

En la Solemnidad de Todos los Santos del año 1950, los centenares de obispos y miles de fieles que abarrotaban la Plaza de San Pedro y las calles adyacentes, oyeron la palabra clara del papa Pío XII definiendo el dogma de la Asunción de la Virgen a los Cielos en cuerpo y alma, según el cual el cuerpo de la Madre de Dios no se desintegró como los de los demás mortales, sino que ascendió directamente a los cielos como el de su Hijo. Después de haber sido proclamado el dogma hubo salvas y bandadas de palomas, mientras repicaban las campanas de todo el orbe católico en señal de júbilo. Fue la gran fiesta de María.

La Virgen María era objeto de una especial veneración por parte de Pío XII durante toda su vida. Pero el Romano Pontífice no obró enteramente por su iniciativa. La Iglesia desde hacía muchos siglos celebraba en su liturgia la fiesta de la Asunción.

Los primeros datos de esta fiesta han llegado a través de la literatura apócrifa. A principio del siglo VI en Palestina y en Siria, la fiesta del 15 de agosto era la conmemoración del tránsito de María, la Dormición, que va propagándose, hasta que a finales de siglo quedó definitivamente establecida en todas las Iglesia de Oriente por un decreto del emperador Mauricio (582-602). En el mismo siglo la fiesta pasó a Occidente.

En Roma, probablemente, también en el siglo VI, se introdujo esta fiesta, asimismo con un carácter general de memoria de María. Y fue en el siglo VII cuando la festividad del 15 de agosto tomó definitivamente su carácter específico de conmemoración de la Asunción de la Virgen.

La creencia de la Asunción persistía desde tiempos remotísimos, tanto en Oriente como en Occidente. Era una verdad de fe siempre profesada por la Iglesia docente y discente, aunque no definida como tal. Y el papa Pacelli pudo encontrar en los archivos vaticanos una larga cadena de solicitudes para que la Asunción de María fuera elevada a dogma de la Iglesia. Son de destacar la petición formulada en 1762 por el servita tirolés P. Shguanin a Clemente XIII, la conocida carta remitida en el mismo sentido por Isabel II de España a Pío IX en 1863 y, sobre todo, la demanda unánime de los padres asistentes al Concilio Vaticano I en 1870. Mientras tanto, en el discurrir de los años, la doctrina asuncionista había ido enriqueciéndose con la contribución de numerosos estudios, monografías y tratados tanto históricos como mariológicos.

Antes de tomar la decisión de proclamar el Dogma de la Asunción, Pío XII ordenó a los eruditos, en los mismos comienzos de su pontificado, en 1940, que examinaran minuciosamente el asunto, impartiéndoles especiales indicaciones para profundizar más a fondo en la doctrina asuncionista. Y puso a disposición de los estudiosos (con una decisión que pudo parangonarse a aquella tomada por León XIII sobre los archivos vaticanos) incluso los documentos de fe reservados al Santo Oficio.

Las peticiones que llegaron al Papa para que definiera dogmáticamente la Asunción de la Virgen casi alcanzaban la cifra de ocho millones, entre las que estaban las de los cardenales, las 2.505 de arzobispos y obispos, las 383 de vicarios capitulares. Es decir, el 73% de las diócesis de toda la Iglesia, comprendido el 75% de las sedes orientales.

A la vista de todos los estudios, Pío XII llegó a la convicción de que tal creencia era una inexcusable consecuencia de la doctrina de la Inmaculada Concepción. El 1 de mayo de 1946, con la carta apostólica Deiparae Virginis, el Papa en forma reservada pedía por escrito el parecer del episcopado sobre la posibilidad y la oportunidad de la definición dogmática. La respuesta fue casi unánimemente afirmativa.

El anuncio oficial de la proclamación del Dogma de la Asunción fue hecho el 15 de agosto del Año Santo. Diez semanas después, el 1 de noviembre de 1950, el papa Pío XII, en el atrio exterior de la Basílica de San Pedro, rodeado de 36 cardenales, de centenares de patriarcas, arzobispos y obispos, y de miles de fieles enardecidos de entusiasmo, definió solemnemente, con su suprema autoridad apostólica y mediante la bula Munificentissimus Deus, el Dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo.

He aquí las palabras mismas de la definición: Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, “pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

Pío XII rehusó intencionadamente pronunciarse, al menos en la fórmula dogmática, sobre la muerte de María, o sea, sobre si fue asunta al cielo después de morir y resucitar, o si fue trasladada en cuerpo y alma al cielo sin pasar por el trance de la muerte como todos los demás mortales.

Un clamor de entusiasmo se levantó de la enorme muchedumbre al oir las palabras del Papa. Y los miles y miles de espectadores que presenciaron en las cinco partes del mundo la emocionante proclamación dogmática a través de la incipiente televisión o la oyeron a través de las emisoras de radio del mundo católico, unieron su emoción y su alegría al gozo que invadió al alma de los que tuvieron la suerte de presenciar el más grande acontecimiento religioso del siglo XX, aquella inolvidable escena, en la Plaza de San Pedro o en la Via della Conciliazione.

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