Día 5 de noviembre

5 de noviembre

Devociones

Misterios gozosos del Rosario

La Anunciación. Dios envía a San Gabriel, uno de los arcángeles, para anunciar a María que concebirá en su seno y dará a luz un hijo, que es el Verbo encarnado, el Mesías prometido, el Redentor del mundo.

Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino… -Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena (San Josemaría Escrivá). Y con los oídos bien abiertos escuchamos el maravilloso diálogo entre el angélico embajador de Dios y la criatura llena de gracia que es objeto de las complacencias de Dios. Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.

Con palabras inequívocas, el mensajero del Cielo ha anunciado a la Virgen de Nazaret los planes de Dios. Ahora espera su respuesta.

He aquí la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra (Lc 1, 38). En el momento que se pronunciaron estas palabras se produjo un hecho prodigioso a partir del cual el mundo cambia por completo. Dios se hace hombre. Toma nuestra naturaleza humana. Lo humano se diviniza en Cristo, y todo lo divino, se humana. Nos resulta desde entonces más cercano el poderío, la alegría, el amor, la majestad y la belleza de todo un Dios, uno en esencia, trino en Personas.

Por Cristo, Dios y hombre, nos viene la vida de la gracia, la salvación.

Este primer misterio gozoso nos mueve al agradecimiento. Gracias sean dadas a Ti, Dios nuestro, porque quisiste que, en Cristo y por Cristo, fuésemos hijos adoptivos tuyos. Y gracias, Madre, porque tu sí, libre y sin condiciones, a la palabra de Dios hizo posible esta maravillosa realidad: la de llegar a ser hijos de Dios.

Gracias a Ti, Madre, porque en tu seno el Cielo se juntó con la tierra, el hombre con Dios, y yo soy hijo tuyo porque Tú quisiste ser Madre de Dios.

María dice sí a Dios, cumple su voluntad. Esta voluntad de Dios se cumple en nosotros cuando consentimos en ser sus instrumentos en la forma que Él desea. Este misterio nos habla de identificación con la Voluntad de Dios. Hágase en mí según tu Palabra (Lc 1, 38). Al encanto de estas palabras virginales el Verbo se hizo carne (San Josemaría Escrivá).

Le pedimos a nuestro Dios que la entrega voluntaria y amorosa de la Virgen Santa María a los planes de Dios, haga que dejemos ya de una vez para siempre el egoísmo y las condiciones con que a veces nosotros respondemos a los requerimientos divinos.

La Visitación. Se levantó María y marchó con presteza a la montaña… (Lc 1, 39). San Gabriel le ha dicho que su prima Isabel ha concebido en su vejez un hijo. Comprende que necesitará ayuda durante los últimos meses del embarazo. Y enseguida, quizá aprovechando alguna caravana emprende el fatigoso viaje de Nazaret a Jerusalén; y desde la Ciudad Santa prosigue cum festinatione a la montaña, a una ciudad de Judá. Le gustaba a san Josemaría Escrivá considerar que san José acompañaría a la Virgen en este viaje, aunque no pudiera quedarse allí por largo tiempo. Acompaña con gozo a José y a Santa María… y escucharás tradiciones de la Casa de David; oirás las palabras de santa Isabel. ¡Bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! (Lc 1, 43). Palabras recogidas en el Avemaría, que repetimos con frecuencia.

La Virgen está llena de júbilo. Tiene en sus entrañas al Dios encarnado. Siembra la alegría, el gozo. Dios está con Ella. Dios habita en Ella y de Ella tomó carne. Y María prorrumpe, desde el manantial de su humildad, en la confesión elocuente de las grandezas de su Señor. El canto del Magnificat es un canto de alegría ante la grandeza de los dones divinos. El gozo de María se funda en el conocimiento de su nada y en la omnipotencia amorosa de Dios: porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso (Lc 1, 49).

Enseñanza de este segundo misterio gozoso. La Virgen acude a ayudar a Isabel. Olvido de sí. Espíritu de servicio. Y además, saber valorar la presencia de Dios que habita en el alma en gracia. Esta inhabitación de Dios en nosotros es fuente de alegría. Y como María sentiremos ese gozo que produce la cercanía con Nuestro Señor.

El Nacimiento. Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada (Lc 2, 7).

La primera cuna de Jesús son los brazos de su Madre Virgen: brazos amorosísimos, llenos de ternura y delicadeza. También ahora, de modo espiritual, Jesucristo nace en los corazones por la gracia, con la colaboración inefable de María Santísima.

Dios se hace hombre y desde el primer momento nos quiere dar ejemplo de pobreza. Pobre nació y pobre morirá. Un pesebre es su cuna. En una cruz muere. Nace sin casa, sin calor material, sin comodidad alguna. Nace Jesús sin nada alrededor porque quiere demostrarnos que sólo nosotros le importamos, y enseñarnos que sólo El debe constituir nuestro verdadero tesoro. Es toda una enseñanza sobre el desprendimiento de las cosas terrenas.

Busquemos siempre a Cristo que es lo importante que tenemos que hacer en esta vida: Venid a mí… y Yo os aliviaré. Y nos prepara una morada en el Cielo, a pesar de haberle negado un lugar en la posada.

Cristo nació pobre, sin nada, pero encontró cariño. El cariño de María y de José. Le pedimos a nuestra Madre y al santo Patriarca que nos enseñen a querer a Jesús. María, con qué cariño velaría el sueño de su Hijo, o lo tendría en sus brazos. Que nos metamos en Belén para aprender a tratar a Cristo con inmenso cariño.

La Presentación. Cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor… (Lc 2, 22). Prescribía la ley hebrea que la mujer quedase impura después del parto y permaneciese apartada en su casa durante cuarenta días, si hubiera dado a luz un varón, y durante ochenta, si hubiera alumbrado a una niña. Transcurrido este tiempo, debía presentarse en el Templo para purificarse legalmente. La Virgen, toda Ella sin mancha, la Inmaculada, la Llena de gracia, quiso pasar por este rito de la ley mosaica sin necesitarlo. Ante este ejemplo de humildad de María, san Josemaría Escrivá escribió: ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios? ¡Purificarse! ¡Tú y yo si que necesitamos purificación. Somos nosotros los necesitados de purificación, de barrer la inmundicia de la carne, de los pecados y de la soberbia que ensucian el templo que el Señor escogió en nosotros.

Purificación. Ansia de penitencia y de perdón, de empaparnos de la Sangre de Cristo que se nos ofrece generosamente para limpiarnos. Sacramento de la Penitencia, de la misericordia de Dios, por el cual se nos perdona los pecados y recibimos la gracia. Sólo entonces, ya purificados, limpios, con María, podremos ofrecer al mundo la Luz de Cristo a través de nuestras pobres vidas.

El Niño perdido y hallado. El Niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo advirtieran sus padres (Lc 2, 43). María y José, buenos israelitas, iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de Pascua. Cuando Jesús tiene doce años, va con ellos. Después de la fiesta, comienza el retorno a Galilea. Tiene lugar entonces un episodio de la vida de Jesús que quedaría impreso indeleblemente en el corazón de María y de José. Durante el viaje hacia Nazaret no les ha inquietado la ausencia de Jesús: puede ir en aquel grupo de amigos, o en ese otro de parientes. Pero al acabar la primera jornada, advierten que Jesús no está en la caravana. Preguntan a parientes, amigos y conocidos, pero en vano. Jesús se ha perdido.

María y José con el corazón partido de dolor, buscan a Jesús por toda la caravana. Mas como no le hallan, retornan a Jerusalén. Y ocurrió que, al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas (Lc 2, 46-47). Ante la pregunta de su Madre, Cristo responde: ¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre? (Lc 2, 49).

Jesús ha venido, exclusivamente, a cumplir la Voluntad del Padre y a hacernos partícipes en ese mismo cumplimiento de los planes de Dios: Amar a Dios es amar y hacer su Voluntad. El primer lugar de nuestro corazón y de nuestros empeños ha de ser ocupados sólo por Dios y su Voluntad santa.

Señor, que aprendamos de Ti, que meditemos tu vida, que aprendamos de tus enseñanzas, y una de tus enseñanzas es: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Señor, también nosotros, como los doctores de Jerusalén, quedamos estupefactos escuchándote, porque sólo Tú tienes palabras de vida eterna.

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