Día 7 de noviembre

7 de noviembre

Plática

Todos los Santos

Dice la letra de una canción: Vino la muerte a buscarme. // Yo tuve un pie en la Gloria. // Aquello está lleno de gente // de mi tierra y de mi historia.

La vida humana tiene un destino que no se identifica con la oscuridad de la muerte. Hay una patria futura para los seres humanos, hombres y mujeres, que llamamos Cielo. Alguien dijo, y con razón, que el Cielo es el único bien que está alcance de todas las fortunas. Sí, el Cielo está lleno de gente, de santos y de ángeles.

En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es”, cara a cara (n. 1.023). Y todos los que están en el Cielo, son los santos. Muchos de estos santos -de toda edad y condición- han sido reconocidos como tales por la Iglesia, y cada año, en un día preciso, son recordados en la liturgia.

Pero hay una infinidad de santos –anónimos para nosotros, pero no para Dios- desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por Dios. Es una multitud incontable que alcanzó la bienaventuranza eterna después de pasar por este mundo sembrando amor y paz. Mientras estuvieron en la tierra, hicieron, quizás, un trabajo similar al nuestro, pues fueron estudiantes, oficinistas, labriegos, abogados, bomberos, amas de casa, políticos, enfermeras, comerciantes, policías, catedráticos, obreros, secretarias, empleadas del hogar, pastores, deportistas, artistas… y un largo etcétera tan largo como son las profesiones honestas en las que los hombres y mujeres trabajan. También tuvieron dificultades parecidas a las nuestras y debieron recomenzar en bastantes ocasiones, como nosotros procuramos -o debemos procurar- hacer.

Muchos -quizás la inmensa mayoría- de los que ahora gozan de la visión beatífica -es de suponer- no tuvieron ocasión, a su paso por la tierra, de realizar grandes hazañas, pero cumplieron lo mejor posible sus quehaceres cotidianos, los pequeños deberes diarios. No estuvieron exentos de errores y faltas de paciencia, de pereza, de soberbia…, tal vez de pecados graves, pero después de sus fallos acudieron arrepentidos al sacramento de la penitencia para confesar sus pecados y volver a la lucha de nuevo. Seguro que nunca se creyeron santos, sino todo lo contrario. Bien convencidos estaban que necesitaban en gran medida de la misericordia de Dios.

La Iglesia, que es Madre y no se olvida de sus hijos, dedica un día -el 1 de noviembre- para festejar a Todos los Santos del Cielo, a esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua (Ap 7, 9); y nos invita a levantar el pensamiento y a dirigir la oración a esos hombres y mujeres que siguieron a Cristo aquí en la tierra y se encuentran ya con Él en el Cielo. Quiere -a lo menos una vez al año- ofrecer a nuestra consideración todo el conjunto de ellos, a fin de que sea mayor a la vista de su glorioso triunfo, nuestro anhelo por alcanzar la santidad, por compartir con ellos tronos de luz, felicidad radiante, y gozo sin igual y perdurable.

Cuando, por la infinita misericordia de Dios, lleguemos al Cielo nos iremos encontrando a incontables personas que alcanzaron la aureola de la santidad en las más diversas y variadas circunstancias que presentan la vida. Y es que la santidad se puede y se debe alcanzar en el sitio donde Dios nos ha situado en este mundo. En la historia de la Iglesia vemos santos de todas las épocas y en diversas situaciones, ya sea en la milicia como san Sebastián; o en el mundo de la política como santo Tomás Moro; o en la profesión médica como san José Moscati; o al frente de un ejército como santa Juana de Arco; o en el desempeño del ministerio sacerdotal como san Juan de Ávila; o en la casa labriega de su familia como santa María Goretti, mártir de la pureza; o en el cumplimiento de sus deberes de esposa, madre y reina como santa Isabel de Portugal; o en un convento, retirado del mundanal ruido, dedicado a estudio y a la enseñanza de las ciencias sagradas como santo Tomás de Aquino.

También veremos en la Gloria a los amigos de Dios del Antiguo Testamento, como Melquisedec, que es citado en el Canon romano de la Santa Misa; Abraham, nuestro padre en la fe, como le llama san Pablo en la Carta a los Romanos; Moisés, figura de Cristo, que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto y recibió de Dios en el Sinaí las tablas de la Ley; David, rey, pecador y penitente; Jeremías, profeta…

Y santos del reciente siglo XX, aunque todavía no estén canonizados ni beatificados, como María Teresa González-Quevedo, una chica madrileña que murió a los veinte años de edad después de setenta días de sufrimientos espantosos, llevados con heroica paciencia; o Jasques Fesch, que fue condenado a muerte por un asesinato y convertido mientras esperaba la ejecución; o Umberto Mori, empresario italiano, casado y con hijos, que supo santificarse en el mundo de los negocios; o Cristina Celli, que prefirió la vida de su hijo a curarse de la grave enfermedad que padecía, pues renunció a la quimioterapia que hubiera acabado con la vida del bebé que esperaba; o Alexia González-Barros, que durante su cruel enfermedad demostró su finura espiritual, aceptando con alegría el dolor y amando la voluntad de Dios; o Isidoro Zorzano, ingeniero industrial, que en el ejercicio de sus deberes profesionales supo llevar la luz de Cristo a sus amigos y compañeros.

Asimismo nos encontraremos con matrimonios -él y ella- santos, como san Isidro y santa María de la Cabeza, Luis Beltrame Quattrocchi y María Corsini, cuya beatificación es la primera conjunta de un matrimonio, y los beatos Luis Martin y Celia Guérin, padres de Santa Teresa de Lisieux, y otros muchos.

Realmente, la Gloria está llena de gente. Jesucristo, con su muerte en la cruz, abrió las puertas del Cielo, y desde entonces no ha cesado de entrar santos en el Paraíso. Pidámosle que los que aún estamos aquí en esta vida, formando parte de la Iglesia militante, también lleguemos a ser miembros de la Iglesia triunfante, aunque tengamos que pasar -mejor, no- por la Iglesia purgante (En la única Iglesia de Cristo se distingue la Iglesia triunfante, formada por los santos del Cielo; la Iglesia purgante, cuyos miembros son los fieles difuntos, cuyas almas están purificándose en el Purgatorio; y la Iglesia militante, a la que pertenecemos todos los católicos que aún estamos en este mundo).

Todos estamos llamados a ser santos, y que la santidad es asequible, independientemente de la profesión y del estado que se tenga, pues para conseguirla lo que hay que hacer es corresponder a la gracia que Dios nos concede. También nos ofrece una ocasión para acrecentar nuestra esperanza, porque todos los santos -de algunos, al estar canonizados, conocemos sus nombres, pero de los restantes desconocemos cómo se llamaban- lograron la santidad en la misma tierra que pisamos; no fueron extraterrestres, sino que estaban hechos del mismo barro que nosotros. Eso sí, amaron a Dios.

Una gran reunión nos espera en el Cielo. Y todos estamos convocados a ella. Hace años leí en un libro el siguiente relato: Una noche, en una calle de Londres, varios hombres sentados en la terraza de un bar, miraban a la gente rica que salía del teatro y tomaba cada uno su lujoso coche para volver a sus hogares. De ahí que la conversación girase sobre la igualdad de los hombres. -“Cada hombre -dijo un americano- tiene los mismos derechos que cualquier otro vecino. Todos los hombres han nacido iguales”. -“Esto no son más palabras -replicó un obrero inglés-. Los hombres no han nacido iguales. Unos nacen millonarios; otros, en un hospicio”. -“Es verdad -observó el camarero-. Y algunos vienen a este mundo dotados de gran cerebro y salud exhuberante, y otros, al contrario”. -“Serán todos iguales cuando hayan muerto -dijo un comunista ruso-. Un hombre no es más importante que otro, porque ninguno de ellos importa nada en absoluto. Lo único que cuenta es la masa de la humanidad; la totalidad de la comunidad humana. La vida individual no cuenta”. Tomó la palabra un árabe y dijo: -“Los hombres son libres e iguales, solamente cuando son verdaderos creyentes en el Profeta. Los infieles, en cambio, son verdaderos esclavos; ésta es la voluntad de Alá”. -“¿Y usted qué piensa?” -preguntó el camarero a un anciano. -“Yo creo que todos los hombres son iguales ante los ojos de Dios” -respondió. Y echando mano al bolsillo, sacó un puñado de monedas de cobre y las extendió sobre la mesa y prosiguió: -“Aquí tenéis estos peniques: unos son nuevos y relucientes; otros gastados, delgados, feos; todos son diferentes, pero todos son peniques y tienen el mismo valor. Y sobre todo, todos llevan la imagen del rey”.

La enseñanza que encierra las palabras del anciano que fue interpelado por el camarero es bien clara. Toda alma humana, creada por Dios a su imagen, es preciosa a los ojos de Dios, está destinada al Cielo y redimida por la sangre de Cristo. Todos hemos sido llamados a participar de la vida de Dios.

Para llegar al destino no estamos solos, pues estamos unidos a todos los cristianos -a los que triunfan ya en el Cielo, a los que se purifican en el Purgatorio y a los que aún peregrinan por la tierra- por una corriente de caridad que vivifica a los miembros de la Iglesia, que es la Comunión de los Santos. También estamos acompañados por Santa María, Reina de todos los Santos. A Ella le pedimos que nos ayude alcanzar el premio que Dios tiene reservado para los que le aman, para que un día -un día sin fin, eterno- estemos con la Santísima Trinidad en la Gloria, en ese Cielo que está lleno de gente, de ángeles y de santos.

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