Día 14 de noviembre

14 de noviembre

Página evangélica

Los viñadores infieles

Escuchad otra parábola: Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí (Mt 21, 33). Las viñas eran abundantes en Palestina, y por eso frecuente en el lenguaje parabólico del Señor.

Comienza la parábola de los viñadores infieles con una evocación implícita de la canción de la viña que está en el libro del profeta Isaías, donde se comparaba a Israel con una viña que, pese a todos los cuidados divinos, en vez de dar frutos había dado agrazones, de ahí que el Señor vaya a destruirla. He aquí el texto: Voy a cantar a mi amado // la canción de mi amigo a su viña: // Mi amado tenía una viña en una loma fértil. // La cercó con una zanja y la limpió de piedras, // la plantó de cepas selectas, // construyó en medio una torre, // y excavó un lagar. // Esperó a que diera uvas, // pero dio agrazones. // Ahora, habitantes de Jerusalén // y hombres de Judá: // juzgad entre mi viña y yo. //¿Qué más pude hacer por mi viña, // que no hiciera? // ¿Cómo, esperando que diese uvas, // dio agrazones? // Pues ahora os daré a conocer // lo que voy a hacer con mi viña: // arrancaré su seto // para que sirva de leña; // derribaré su cerca // para que la pisoteen; // la haré un erial, // no la podarán ni la labrarán, // crecerán cardos y zarzas, // y mandaré a las nubes que no descarguen // lluvia en ella. // Pues bien, la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, // y los hombres de Judá, la cepa de sus delicias. // Esperaba juicio y encontró sangre vertida, // justicia y hete aquí gritería (Is 5, 1-7).

El profeta Isaías pone ante nuestros ojos una de las grandes imágenes de la sagrada Escritura: la imagen de la vid. En la sagrada Escritura el pan representa todo lo que el hombre necesita para su vida diaria. El agua da fertilidad a la tierra: es el don fundamental, que hace posible la vida. El vino, en cambio, expresa la exquisitez de la creación, nos da la fiesta, en la que superamos los límites de lo cotidiano:el vino, dice el Salmo, “alegra el corazón”. Así, el vino y con él la vid se han convertido también en imagen del don del amor, en el que podemos experimentar de alguna manera el sabor de lo divino (Benedicto XVI). Y así la canción de la viña comienza como cántico de amor: Dios plantó una viña. Es una imagen de su historia de amor con la humanidad, de su amor a Israel, que él eligió. Al hombre, creado a su imagen, Dios le infundió la capacidad de amar y, por tanto, la capacidad de amarlo también a él, su Creador (Benedicto XVI).

Vengo a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. La viña era la imagen de la esposa. El amigo la entrecavó, la decantó y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Pero la viña le decepcionó y en vez de dar fruto apetitoso, dio agrazones. La esposa había sido infiel, había defraudado la confianza y la esperanza, el amor que había esperado el amigo. Para el profeta, Dios es el amigo, y la viña, la esposa, es Israel.

También se puede referir la viña al alma de cada cristiano. Ésta, cuidada amorosamente por Dios, regada con las aguas bautismales y abonada con la gracia, debería dar abundantes frutos de santidad. Y sin embargo, ¿en cuántas ocasiones da agrazones en vez de uva? Reflexionemos. Al amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. La fe es en cierto modo una declaración de amor a Dios. Amor, con amor se paga.

El amor de Dios es un amor completamente gratuito. Él ama sin interés, sin esperar nada a cambio. Pero Dios es buen pagador. Yo no he dado a Dios más que amor. Él me devolverá amor, dijo santa Teresa de Lisieux poco antes de morir. Fruto de ese amor es la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Hay un Dios al que amar para toda la eternidad, pero comenzando cuanto antes, en el tiempo. El amor a Dios hay que traducirlo en amor a los hombres. Primero Dios, después los demás y el último, yo. La caridad por la que amamos a Dios y al prójimo es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente Dios, y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad (Santo Tomás de Aquino).

Con el cántico de amor del profeta Isaías, Dios quiere hablar al corazón de su pueblo y también a cada uno de nosotros. “Te he creado a mi imagen y semejanza”, nos dice. “Yo mismo soy el amor, y tú eres mi imagen en la medida en que brilla en ti el esplendor del amor, en la medida en que me respondes con amor”. Dios nos espera. Quiere que lo amemos: ¿no debe tocar nuestro corazón esta invitación? Precisamente en esta hora, en la que celebramos la Eucaristía, en la que inauguramos el Sínodo sobre la Eucaristía, él viene a nuestro encuentro, viene a mi encuentro. ¿Hallará una respuesta? ¿O nos sucede lo que a la viña de la que habla Isaías: Dios “esperaba que diese uvas, pero dio agrazones”? ¿Nuestra vida cristiana no es a menudo mucho más vinagre que vino? ¿Auto-compasión, conflicto, indiferencia? (Benedicto XVI).

Dios plantó cepas muy selectas y, sin embargo, dieron agrazones. Y nos preguntamos: ¿En qué consisten estos agrazones? La uva buena que Dios esperaba -dice el profeta-, sería el derecho y la justicia. En cambio, los agrazones son la violencia, el derramamiento de sangre y la opresión, que hacen sufrir a la gente bajo el yugo de la injusticia.

Volvamos a la parábola, que apenas la hemos iniciado. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad”. Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron (Mt 21, 34-39).

En la parábola la vid produce uva buena, pero los labradores se quedan con ella. No quieren entregársela al propietario. Apalean y matan a sus mensajeros y asesinan a su Hijo. Su motivación es simple: quieren convertirse en propietarios; se apoderan de lo que no les pertenece.

Agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. La parábola de los arrendatarios de la viña es plenamente actual. También hoy día se rechaza a Jesús y a su mensaje de amor. Escribió Benedicto XVI: Si abrimos los ojos, todo lo que se dice ¿no es una descripción de nuestro presente? ¿No es ésta la lógica de los tiempos modernos, de nuestra época? Declaramos que Dios ha muerto y, de esta manera, ¡nosotros mismos seremos dios! Por fin dejamos de ser propiedad de otro y nos convertimos en los únicos dueños de nosotros mismos y los propietarios del mundo. Queremos poseer el mundo y nuestra misma vida de modo ilimitado. Dios es un estorbo para nosotros. O se hace de él una simple frase devota o se lo niega del todo, excluyéndolo de la vida pública, de modo que pierda todo significado. La tolerancia que, por decirlo así, admite a Dios como opinión privada, pero le niega el ámbito público, la realidad del mundo y de nuestra vida, no es tolerancia sino hipocresía. Sin embargo, donde el hombre se convierte en único amo del mundo y propietario de sí mismo, no puede existir la justicia. Allí sólo puede dominar el arbitrio del poder y de los intereses. Ciertamente, se puede echar al Hijo fuera de la viña y asesinarlo, para gozar de forma egoísta, solos, de los frutos de la tierra. Pero entonces la viña se transforma muy pronto en un terreno yermo, pisoteado por los jabalíes, como dice el salmo 79 (Benedicto XVI).

Hay que denunciar el error del hombre contemporáneo y de las sociedades modernas de relegar a Dios, y de poner fin a la expresión del sentimiento religioso. La muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre. Sin Dios nada es verdadero, ni noble, ni justo, ni puro, ni amable, ni encomiable. Lo vemos en la sociedad en que vivimos: eclipse de valores morales, deterioro de la vida familiar, violencia doméstica, auge de la cultura de la muerte, jóvenes víctimas de la droga y de la pornografía, ancianos abandonados, consumismo degradante… Rechacemos la tentación de querer quitar a Dios lo que es suyo, y procuremos con nuestra vida producir frutos gratos a Dios.

Cuando vengan el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: “A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo”. Jesús le dijo: “¿Acaso no habéis leído en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos? Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos” (Mt 21, 40-43).

En el contexto en que Jesús pronunció esta parábola es fácil ver su alegoría: los viñadores, encargados por Dios del cuidado de su pueblo, simbolizan las clases dirigentes de Israel. Dios había enviado en diversos tiempos a los profetas, que no habían recogido el fruto, sino que fueron maltratados o muertos. Finalmente, Dios ha enviado a su Hijo Único, Jesús. Así se indica la diferencia entre Jesús, el Hijo, y los profetas, no más que siervos. Pero también a Éste se disponen a matarlo, fuera de la viña, esto es, de Jerusalén. Es lógico el castigo de Dios. San Mateo es el único evangelista que al narrar la parábola habla de que la viña se entregará a un pueblo que rinda sus frutos, aludiendo a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios.

El Señor, tanto en canción de la viña como en la parábola de los viñadores homicidas, anuncia el juicio a la viña infiel. El juicio que Isaías preveía se realizó en las grandes guerras y exilios por obra de los asirios y los babilonios. El juicio anunciado por el Señor Jesús se refiere sobre todo a la destrucción de Jerusalén en el año 70. Pero la amenaza de juicio nos atañe también a nosotros, a la Iglesia en Europa, a Europa y a Occidente en general. Con esta parábola, el Señor nos dirige también a nosotros las palabras que en el Apocalipsis dirigió a la Iglesia de Éfeso: Arrepiéntete. (…) Si no, iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero (Ap 2, 5). También a nosotros nos pueden quitar la luz; por eso, debemos dejar que resuene con toda su seriedad en nuestra alma esa amonestación, diciendo al mismo tiempo al Señor: “Ayúdanos a convertirnos. Concédenos a todos la gracia de una verdadera renovación. No permitas que se apague tu luz entre nosotros. Afianza nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, para que podamos dar frutos buenos” (Benedicto XVI).

Sin embargo, Pero, ¿no hay ninguna promesa, ninguna palabra de consuelo en estos pasajes bíblicos? ¿La amenaza es la última palabra?, se preguntaba Benedicto XVI. Y él mismo respondía: ¡No! La promesa existe, y es la última palabra, la palabra esencial. La escuchamos en el siguiente versículo tomado del evangelio según san Juan: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto” (Jn 15, 5).

Con estas palabras del Señor, san Juan nos ilustra el desenlace último, el verdadero desenlace de la historia de la viña de Dios. Dios no fracasa. Al final, él vence, vence el amor. En la parábola de los viñadores infieles y en sus palabras finales se encuentra ya una velada alusión a esta verdad. También allí la muerte del Hijo no es tampoco el fin de la historia, aunque no se narra directamente el desenlace del relato. Pero Jesús expresa esta muerte mediante una nueva imagen tomada del Salmo: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular (Mt 21, 42; Sal 117, 22). De la muerte del Hijo brota la vida, se forma un nuevo edificio, una nueva viña. Él, que en Caná transformó el agua en vino, convirtió su sangre en el vino del verdadero amor, y así convierte el vino en su sangre. En el Cenáculo anticipó su muerte, y la transformó en el don de sí mismo, en un acto de amor radical. Su sangre es don, es amor y, por eso, es el verdadero vino que el Creador esperaba. De este modo, Cristo mismo se ha convertido en la vid, y esta vid da siempre buen fruto:la presencia de su amor por nosotros, que es indestructible (Benedicto XVI).

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