Día 16 de noviembre

16 de noviembre

Memoria libre de santa Margarita de Escocia

Santa Margarita, nacida en Hungría y casada con Malcolm III, rey de Escocia, que dio a luz ocho hijos, y fue sumamente solícita por el bien del reino y de la Iglesia; a la oración y a los ayunos añadía la generosidad para con los pobres, dando así un çoptimo ejemplo como esposa, madre y reina. (1093) (Martirologio Romano).

Memoria libre de santa Gertrudis

Santa Gertrudis, apellidada “Magna”, virgen que entregada desee su infancia, con mucho fervor y decisión, a la soledad y al estudio de las letras, y convertida totalmente a Dios, ingresó en el monasterio cisterciense de Helfta, cerca de Eisleben, en Sajonia, en la actual Alemania, donde progresó de modo admirable por el camino de la perfección, consagrándose a la oración y contemplación de Cristo crucificado. Falleció el día diecisiete. (1301/1302) (Martirologio Romano).

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Vida de Cristo

Los milagros

El primer milagro que hizo Jesús fue el de convertir el agua en vino en la fiesta de una boda.

Los milagros ocupan un puesto de extraordinaria relevancia en la vida pública de Jesucristo y son una prueba muy poderosa de su divinidad. Por una parte, están los 39 milagros que se mencionan expresamente en los Evangelios y que manifiestan el poder de Jesús sobre todos los ámbitos de la realidad: poder sobre la naturaleza física, poder sobre las enfermedades del hombre, poder sobre los espíritus malignos, poder sobre la muerte… Pero, además, es preciso añadir a esos 39 milagros otros 21 textos evangélicos que dicen que Cristo hizo otros muchos milagros. El mismo Jesús presentó los milagros como signos de su divinidad. Por tanto, hay que decir que la actividad milagrosa de Jesús fue casi constante a lo largo de su vida pública. El Señor hacía milagros con una finalidad bien precisa: manifestar su poder divino y despertar la fe en Él como Dios.

Los milagros que narran los evangelistas se pueden agrupar en cuatro grupos: cósmicos (convierte el agua en vino; calma la tempestad; camina sobre las aguas del lago; multiplica los panes y peces…); curaciones (cura a diez leprosos; devuelve la vista a un ciego de nacimiento; hace desaparecer instantáneamente la fiebre de la suegra de san Pedro; corta el flujo de sangre que tenía una mujer…); expulsión de demonios (expulsa los demonios del poseso de Gerasa; hace hablar a un poseso mudo…); resurrecciones (resucita a Lázaro después de estar enterrado varios días; devuelve la vida a un joven que lo llevaban a enterrar…).

Que los milagros de Jesucristo fueron reales lo reconocieron todos. En primer lugar, los apóstoles que, al ver los milagros que hacía, reconocen que Jesús es Dios. Así, después de ver a su Maestro caminando sobre las aguas, se postraron ante Él diciendo: “Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios” (Mt 14, 33). Después, también son reconocidos por el pueblo. Aquellas multitudes que seguían a Cristo creyeron que Él era el Mesías esperado a la vista de sus milagros: Muchos creyeron en Él viendo los milagros que hacía (Jn 2, 23). Y asimismo los enemigos del Señor reconocieron que Jesús hacía muchos milagros. Por eso decidieron su muerte, pues este hombre hace muchos milagros. Si le dejamos, todos creerán en Él (Jn 11, 47-48).

Los milagros de Jesús son signos del amor de Dios, que se compadece de todas las miserias humanas. Los milagros que hemos llamados cósmicos tienen la finalidad de ayudar a todos los que le seguían a descubrir la condición divina de Jesús. Los otros milagros son muestras del amor y compasión de Cristo ante las necesidades de las personas que le oían. Además, los milagros son signos del Reino de Dios que, con la venida del Mesías, se inaugura en la historia. Jesús acompaña su palabra con signos y milagros para atestiguar que el Reino está presente en Él, el Mesías. Si bien cura a algunas personas, Él no ha venido para abolir todos los males de esta tierra, sino ante todo para liberarnos de la esclavitud del pecado. La expulsión de los demonios anuncia que su Cruz se alzará victoriosa sobre “el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31) (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 108).

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