Día 18 de noviembre

18 de noviembre

Memoria libre de la Dedicación de las Basílicas de los apóstoles san Pedro y san Pablo

La dedicación de las basílicas de los apóstoles san Pedro y san Pablo. La primera de ellas fue edificada por el emperador Constantino sobre el sepulcro de san Pedro en la colina del Vaticano, y al deteriorarse por el paso de los años fue reconstruida con mayor amplitud y de nuevo consagrada en este mismo día de su aniversario. La otra, edificada por los emperadores Teodosio y Valentiniano en la vía Ostiense, después de quedar aniquilada por un lamentable incendio fue reedificada en su totalidad y dedicada el diez de diciembre. Con su común conmemoración se quiere significar, de algún modo, la fraternidad de los apóstoles y la unidad de la Iglesia. (1626; 1854) (Martirologio Romano).

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Un don de Dios

Estamos en los comienzos de un siglo y, desgraciadamente, hemos contemplado con horror ya en estos pocos años que la herencia sangrienta del siglo pasado -dos guerras mundiales, además de muchos conflictos armados en diversas partes del planeta, y multitud de actos terroristas- se ha incrementado con la barbarie extremista de los sembradores del terror -especialmente trágicos han sido los días 11 de septiembre de 2001, con la destrucción de las Torres gemelas de Nueva York, y 11 de marzo de 2004, con los trenes de la muerte en Madrid-; y con guerras, inacabables unas, y otras, iniciadas en estos albores del tercer milenio.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9). Ahora, en estas páginas, déjame que ponga lo que escribí hace unos años. Aún no había acabado el siglo XX y continuaba existiendo el telón de acero y el muro de la vergüenza en Berlín. Eran los años de la guerra fría, aunque ya se vislumbraba su fin.

Oye a esos hombres, reunidos en sus torres de Babel. Todos -sin excepción- gritan, con voces cada vez más fuertes y desgarradas. Claman, día tras día, por ese bien tan noble que incluso entre las cosas terrenas no se puede oír algo más grato ni desear nada más dulce (San Agustín). Buscan la paz. Una paz rota hoy día por crueles atentados contra la convivencia humana: conflictos bélicos que enfrentan pueblos contra pueblos en guerras interminables; actos terroristas que ensangrientan el asfalto de las ciudades con sangre inocente; abortos -legalizados o clandestinos- que claman al cielo, al privar a seres humanos del derecho más inalienable: el de la vida; rupturas en el seno de las familias, que repercuten en toda la sociedad; opresiones de las libertades más sagradas; condiciones injustas de pueblos enteros…

Una paz que parece inalcanzable y que sólo se conseguirá cuando el hombre vuelva su mirada a Dios, aceptando el mensaje de Cristo, y rechace el pecado, razón definitiva por la que el mundo es teatro de divisiones, tensiones, rivalidades, bloques e injustas desigualdades en vez de ser un lugar de genuina fraternidad.

No te contentes con una paz ficticia, con una tranquilidad sólo exterior; no busques sólo salvaguardar el máximo bienestar material que se pueda alcanzar con el mínimo esfuerzo, pues sólo conseguiría construir una paz imperfecta e inestable. No olvides que el hombre tiene un destino eterno y que el horizonte de su vida no se limita a la existencia terrena, y que la paz verdadera está radicada en la dignidad de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios y llamada a la filiación divina.

En su búsqueda por lo que han denominado “un valor sin fronteras”, cuántos -yo te diría que millares de millares- han confundido su anhelo de paz con auspiciarla solamente, sin empeñarse en construirla sobre los cimientos firmes de la justicia y del amor. Y cuántos otros se contentan con esos sucedáneos de paz, como es la paz efímera y epidérmica que esconde una rendición sin condiciones a los impulsos de la triple concupiscencia referida por el apóstol san Juan en su Primera Carta.

La paz verdadera es un don de Dios, que no se debe confundir jamás con esa otra que los hombres son capaces de construir por sí solos, buscada -y te lo digo con palabras de san Juan Pablo II- en un equilibrio de fuerzas, fruto fatigoso de acuerdos y compromisos humanos. Un don que es concedido a quienes aman su ley santa, y que hemos de pedirlo con humildad en una oración perseverante. Un don que nos trajo Cristo: la paz os dejo, mi paz os doy (Jn 14, 27).

La paz es uno de los dones mesiánicos por excelencia. La paz cristiana transciende por completo la del mundo: no os la doy como la da el mundo (Jn 14, 27). La del mundo es superficial y aparente, terrena y falsa, compatible con la injusticia. Es la mera tranquilidad que ansía el egoísmo humano. En cambio, la paz de Cristo es sobre todo reconciliación con Dios y entre los hombres, es serenidad de la mente, tranquilidad del alma, sencillez del corazón y vínculo de amor, unión de caridad (San Agustín, Sermone).

El mensaje salvífico de Cristo es mensaje de paz. Cristo es nuestra paz. Desde Belén –Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14)- hasta la gloria del Resucitado –La paz sea con vosotros (Jn 20, 19)-. La paz es el tesoro que Cristo –Príncipe de la paz– dejó en herencia a sus discípulos de todos los tiempos.

El cristiano es un hombre abierto a la paz, a esa paz que, como señal mesiánica, trajo el Señor al mundo; un hombre que promueve la paz en todo su entorno, contribuyendo a superar miedos, componer enemistades, extinguir odios, apaciguar resentimientos. Hacedor de paz porque sigue las huellas de Cristo Jesús; porque procura pasar por la vida -como su Maestro- haciendo el bien; porque contagia serenidad…

No confundas pacífico con pacifista. Son conceptos distintos. Pacífico es sinónimo de hombre de paz. El pacifista no promueve la paz como el pacifismo, que muchas veces encubre una manipulación de la paz con fines políticos, convirtiéndola en una arma arrojadiza contra posibles adversarios. Y la “paz” que siembra discordia y división en el mundo no es la verdadera paz, esa paz que procede de Dios, esa dádiva divina que es fruto del orden plantado en la sociedad humana por Dios y sobrepuja a todo entendimiento (Flp 4, 7). Sin embargo, los pacíficos siembran en paz los frutos de la justicia (St 3, 18). Sí, sólo con hombres de corazón pacífico -pacificadores de hombres y promotores de justicia- el mundo gozará de la auténtica paz.

Oirás hablar de paz, aquí y allá. Nunca como ahora la Humanidad ha deseado la paz. Nuestro mundo ansía la paz. Y, sin embargo, se constata más y más como la paz es amenazada y destruida.

Observa a nuestro mundo -el de hoy, no el descrito en las páginas de la Historia-. Diariamente, en una u otra parte de la tierra, la guerra -en sus diversas modalidades- sigue haciendo sus estragos. No hay paz. No es encontrada porque se la busca por falsos caminos. Pero la paz es posible. Una posibilidad encaminada a convertirse en realidad. Una realidad que será el resultado de preocupaciones morales, de principios éticos, basados en el mensaje del Evangelio y corroborados por él. La verdadera paz debe fundarse en la justicia, en el sentido de la dignidad inviolable del hombre, en el reconocimiento de una igualdad indeleble y deseable entre los hombres, es decir, en el respeto y amor debido a cada hombre, porque es hombre (Pablo VI).

Para ser artífices de paz: Responded a la violencia ciega y al odio inhumano con el poder fascinante del amor. Venced la enemistad con la fuerza del perdón. Manteneos lejos de toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia. Testimoniad con vuestra vida que las ideas no se imponen, sino que se proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar por el mal! Para ello necesitáis la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con Cristo. Sólo así, viviendo la experiencia del amor de Dios e irradiando la fraternidad evangélica, podréis ser los constructores de un mundo mejor, auténticos hombres y mujeres pacíficos y pacificadores (San Juan Pablo II).

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