Día 20 de noviembre

20 de noviembre

Meditación

Fuertes en la batalla

Echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu y me sujeta a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro (Rm 7, 23-24).

Todas las personas humanas, a excepción de la Virgen María, hemos sido concebidos en pecado. Por el bautismo se nos quitó el pecado original, pero arrastramos las heridas de dicho pecado, tenemos el fomes peccati, la inclinación al mal. También san Pablo sentía la concupiscencia de la carne. Cuando el Apóstol de los gentiles pidió a Dios que le librase de aquel cuerpo de muerte, el Señor le dijo: Te basta mi gracia.

La vida hombre en la tierra es tiempo de lucha sin tregua. El diablo, empeñado en devorar la vida de Cristo en nosotros, incansablemente promueve planes para hacernos tropezar. Para vencer, nunca nos faltará la gracia. Éste es el mensaje que dejó san Juan Pablo II a los jóvenes españoles en su primer viaje apostólico a España: El mal es una realidad. Superarlo en el bien es una gran empresa. Brotará de nuevo con la debilidad del hombre, pero no hay que asustarse. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición.

La Sagrada Escritura atestigua la influencia nefasta de aquél a quien Jesús llama “homicida desde el principio”. En el libro del Éxodo se narra como a largo de la travesía del pueblo de Israel por el desierto, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducían a perder la confianza en el Señor y a volver a atrás. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de Él (Benedicto XVI). Ésta es la táctica del diablo en la tentación: falsea la verdad de lo que Dios ha dicho, introduce la sospecha sobre las intenciones y planes divinos, y, finalmente, presenta a Dios como enemigo del hombre.

Se ha dicho que Satanás no tienta a los que ya le pertenecen; ¿para qué?: ya está sumergidos en el fango del pecado. Procura arrastrar a los que son fieles al Señor, a los que contagian a otros el amor de Dios que llevan en el corazón. Todos los personajes más importantes de la Historia Sagrada son tentados: nuestros primeros padres, Abrahán, Moisés, David, el mismo pueblo elegido. Cristo nos ha enseñado, en el Padrenuestro, a pedir a Dios que nos ayude con su gracia para no caer a la hora de la tentación.

Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos, al permitir ser tentado por el diablo en el desierto, cómo hemos de pelear y vencer cuando nos vengan tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

En esta peregrinación en que consiste ahora nuestra vida, no puede dejar de haber tentaciones, porque nuestro mejoramiento se realiza a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni nadie puede ser coronado si no hubiese vencido, y no puede vencer si no hubiese luchado, y no puede luchar si no hubiese tenido tentaciones ni enemigo (San Agustín).

¿Y por qué Dios permite las tentaciones? Dios permite las tentaciones en primer lugar para que con ellas reconozcamos mejor nuestra debilidad y la necesidad que tenemos de la ayuda de Dios para no caer; en segundo lugar, Dios las permite para que uno aprenda a vivir desprendido de las cosas materiales y desee más fervorosamente llegar a la contemplación de Dios en el Cielo; y, en tercer lugar, para enriquecernos de méritos. En efecto, cuando el alma comienza a ser agitada de tentaciones y se ve en peligro de caer en el pecado, recurre entonces a Dios, recurre a la divina Madre, renueva el propósito de morir antes que pecar, se humilla y se abandona en brazos de la divina misericordia, y así consigue alcanzar más fortaleza y se une a Dios más estrechamente, como atestigua la experiencia (San Alfonso Mª de Ligorio).

A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.

La diferencia entre un pecador y un santo no radica en que uno tiene más tentaciones que el otro, sino en que el segundo no se deja vencer por los asaltos más violentos, en tanto que el primero cede ante la más leve tentación. La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y por volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo para no obstaculizar nunca la acción de la gracia en la propia alma.

A los cristianos nos está prohibido el desaliento por fuertes que sean las tentaciones. Tenemos que seguir luchando. Se hace y se rehace la vida cuantas veces sea preciso. Todo menos conformarse con la derrota. Si hay que llorar, se llora, pero batallando contra el enemigo. No dejes de pelear. Si has caído, si tu alma se ha manchado con el pecado, si has perdido la amistad con Dios, has de levantarte ¡en seguida! Deja el barro de tu orgullo, abandona el lugar del tropiezo, pide perdón y… ¡adelante! Si cien veces has caído, cien veces tienes que levantarte.

A Ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en Ti confío, no quede yo defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en Ti no quedarán confundidos (Sal 24, 1-3). Confianza en salir victoriosos. San Pablo escribió: No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito (1 Co 10, 13). Y decía san Josemaría Escrivá: La nuestra es una guerra de paz, pero guerra, que durará hasta que nos muramos. No os preocupéis: si somos humildes, saldremos victoriosos siempre y nos llamaremos vencedores; si somos soberbios, no. Y si alguna vez somos vencidos, volveremos a Dios inmediatamente, como el hijo pródigo de la parábola: Señor, a pesar de esta derrota, te quiero. Y brota de nuevo la paz y la alegría para luchar con mayor empeño.

La vida cristiana es un combate sin pausa, en el que se deben usar las “armas” de la oración, el ayuno y la penitencia. Combatir contra el mal, contra cualquier forma de egoísmo y de odio, y morir a sí mismos para vivir en Dios, es el itinerario ascético que todos los discípulos de Jesús están llamados a recorrer con humildad y paciencia, con generosidad y perseverancia (Benedicto XVI).

Por eso no podemos permitir que haya rutina en nuestra vida. Hay que estar vigilantes, sin descuidar la guardia. Y estamos vigilando si luchamos de verdad contra lo que se opone al amor, y en primer lugar está la soberbia, la comodidad -que es falta de amor-, la pereza -que es también ausencia de amor-… Después, cada uno, concretamente, contra sus defectos dominantes, que se introducen casi sin que nos demos cuenta. Pero tenemos un intercesor grande en el Cielo, nuestro ángel de la guarda, que pide para nosotros las gracias necesarias para que venzamos siempre en todas las batallas.

Para fortalecernos en esta dura batalla, hemos de escuchar con frecuencia la invitación que nos hace continuamente nuestra Madre la Santa Iglesia a convertirnos y creer en el Evangelio; también nos invita constantemente a abrir el espíritu a la fuerza de la gracia divina. Aprovechemos las enseñanzas que nos da en abundancia la Iglesia. Animados por un fuerte compromiso de oración, decididos a un esfuerzo cada vez mayor de penitencia, de ayuno y de solicitud amorosa por los hermanos, batallemos con optimismo. Y acerquémonos al Señor mediante una oración más continua, una penitencia más intensa, una preocupación más eficaz por el bien espiritual y material de los demás.

Todo hombre, con tal que sea amigo de Dios, debe tener gran confianza en ser librado por Él de cualquier angustia. Y como Dios ayuda especialmente a sus siervos, muy tranquilo debe vivir quien sirve a Dios (Santo Tomás de Aquino). Fiarnos enteramente de Dios, encomendarnos a Él, descarguemos en su providencia todos nuestros cuidados. Y Él nos sustentará, de modo que confiadamente podamos decir: el Señor anda solícito por mí (Sal 39, 18).

Es fundamental poner toda nuestra energía y confianza en Cristo. De este modo podremos hacernos hombres libres, sin dejarnos ahogar por el materialismo ambiental, ni atar por la esclavitud de sus ídolos: el poder, el consumo, el placer; sin ceder al conformismo; sin ser intimidados por las persecuciones o las más sutiles oposiciones que intentan marginar a los cristianos (San Juan Pablo II).

Confiemos también la protección maternal de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra.

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