Día 23 de noviembre

23 de noviembre

Memoria libre de san Clemente I

San Clemente I, papa y mártir, tercer sucesor del apóstol san Pedro, que rigió la Iglesia Romana y escribió una espléndida carta a los corintios, para fortalecer entre ellos los vínculos de la paz y la concorduia. Hoy se celebra el sepelio de su cuerpo en Roma. (s. I) (Martirologio Romano).

Memoria libre de san Columbano

San Columbano, abad, irlandés de nacimiento, que por Cristo se hizo peregrino para evangelizar a las gentes de las Galias. Fundó, entre muchos, el monasterio de Luxeuil, que él mismo rigió con estricta observancia, y obligado después a exiliarse, atravesó los Alpes y construyó el cenobio de Bobbio, en la región italiana de Liguria, famoso por su disciplina y estudios, en el cual se durmió en paz, lleno de méritos para con la Iglesia. Su cuerpo recibió sepultura en este día. (615) (Martirologio Romano).

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Historia bíblica

La reina Ester salva a su pueblo

Ester era una joven judía, muy hermosa y de bellísimas prendas personales, huérfana de padre y madre, que había sido criada por su tío Mardoqueo. Permitió Dios que cuando Asuero, rey de Persia, repudió a su esposa, la reina Vasti, pusiera los ojos en Ester, cuyo origen ignoraba. Y así la muchacha judía pasó a ocupar el lugar de la repudiada Vasti. El hecho de que Ester se convirtiera en reina, fue la salvación de los judíos.

Se produjo un enfrentamiento entre Mardoqueo y el primer ministro del rey Asuero, Amán. Éste, gozando del favor del rey, se irritó de sobremanera al saber que Mardoqueo no le reverenciaba doblando la rodilla cuando él aparecía en público, y resolvió perderle con todos los de su nación. Para ello, hizo creer al rey Asuero que los judíos habitantes aún en Persia eran sus mayores enemigos; y valiéndose de su influencia ante el rey, consiguió que se promulgara un edicto para que los judíos fueran exterminados en todas las provincias del imperio en un mismo día.

Los judíos, al tener noticia del decreto, quedaron consternados y se pusieron a orar a Dios. Y Mardoqueo pidió a la reina Ester que intercediera al rey por su pueblo, y tanto el uno como la otra se dirigieron al Señor en oración.

Ester decidió presentarse ante el rey Asuero, a pesar de que la ley prohibía, bajo pena de muerte, presentarse al rey sin haber sido llamado. Presa de angustia por el inminente peligro de muerte, oró al Señor. Después de fortalecer su espíritu con la oración y la penitencia, acompañada de dos doncellas, se fue a la estancia donde el rey Asuero recibía los homenajes de la corte. Apareció en la sala real Ester reluciente en la plenitud de su belleza, con el rostro alegre como el de una enamorada, aunque su corazón estaba abrumado por el miedo. Franqueadas todas las puertas, se encontró en presencia del rey. Éste se hallaba sentado en el trono real, vestido con lo adecuado para las ceremonias públicas, fastuoso, con oro y piedras preciosas; ciertamente presentaba un aspecto terrorífico, y en su mano sostenía el cetro de oro (Est 5, 20). Un rayo de cólera brilló en los ojos del rey al ver presentarse ante él a Ester, y, como ésta se dio cuenta, sintió que se desvanecía, se demudó su rostro y apoyó la cabeza sobre una de las doncellas que le acompañaban. Pero el Dios de los judíos y Señor de todas las criaturas mudó en dulzura el ánimo del rey, que preocupado descendió del trono, la tomó entre sus brazos, y mientras se reponía la animaba con palabras afectuosas: “Ester, ¿qué te sucede, hermana mía y consorte del reino? Yo soy tu hermano, no tengas miedo. No morirás, porque esta ley no va contigo sino que es sólo para la gente vulgar. Acércate” (Est 5, 2). Y Asuero le preguntó qué deseaba, dispuesto a complacerla en todo. Entonces Ester, después de sufrir un segundo desmayo, volvió en sí y suplicó al rey que asistiese al día siguiente, en compañía de Amán, a un banquete que les iba a preparar, y durante el cual le manifestaría su deseo. Asuero accedió a su ruego.

Según lo previsto, el rey asistió acompañado de Amán al banquete que ofreció la reina Ester. Durante el convite el rey instó a Ester para que le manifestase su deseo. Entonces la reina dijo: “Si he encontrado gracia a tus ojos, oh rey, y si le parece bien al rey, concédeme mi vida, porque es lo que te estoy pidiendo, la de mi pueblo, porque eso es lo que busco. Pues mi pueblo y yo hemos sido vendidos al exterminio, a la muerte y a la eliminación. Ojalá hubiéramos sido vendidos como siervos y esclavas; en ese caso me callaría, pues esa angustia no me parecería suficiente como para molestar al rey”. El rey Asuero dijo a la reina Ester: “¿Quién es y dónde está aquel al que su corazón ha movido a actuar así?” Ester replicó: “El adversario y enemigo es este perverso Amán”. Amán se quedó aterrado delante del rey y de la reina (Est 7, 3-6).

Indignado, Asuero hizo prender al perverso Amán y sabiendo que éste había hecho preparar una horca para ahorcar a Mardoqueo, mandó que el mismo Amán fuera colgado de esa horca. No se contentó Asuero con revocar el decreto de proscripción dado contra los judíos, sino que, enterado de que Mardoqueo era tío de Ester, lo llamó a palacio, le asignó todos los bienes de Amán y le nombró primer ministro. Desde entonces vivieron pacíficamente los judíos bajo la dominación de los persas.

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