Día 25 de noviembre

25 de noviembre

Devociones

Misterios luminosos del Rosario

El primer misterio luminoso es el Bautismo de Jesús en el río Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace “pecado” por nosotros, entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto, y el Espíritu Santo desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera.

Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea para ser bautizado por Juan. Pero éste se resistía diciendo: “Soy yo quien necesita ser bautizado por Ti, ¿cómo vienes Tú a mí?” Respondiendo Jesús le dijo: “Déjame ahora, así es como debemos nosotros cumplir justicia”. Entonces Juan se lo permitió. Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua y he aquí que se le abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre Él. Y una voz del Cielo que decía: “Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido (Mt 3, 13-17).

El Bautismo de Jesús es la hora solemne que Dios Padre, desde la eternidad, ha fijado para que su Hijo se dé a conocer al mundo.

Podemos imaginarnos a Jesús mezclado con la gente que espera su turno; quiere ser uno más entre los hombres, para enseñarnos a no querer privilegios ni a singularizarnos. Es una lección de humildad, como humildad fue el mismo hecho de querer someterse al rito del bautismo de Juan.

No era necesario que Jesús fuese bautizado por Juan ya que no tenía pecado alguno. Pero Jesús quiso recibir este bautismo antes de inaugurar su predicación para enseñarnos a obedecer a todas las disposiciones divinas (antes se había sometido, por ejemplo, a la circuncisión, a la presentación en el Templo y rescate como primogénito). Los planes de Dios disponían que Jesús se anonadase hasta someterse a la autoridad de otros hombres.

Jesucristo acude al bautismo de Juan en reconocimiento de una etapa de la Historia de la Salvación, prevista por Dios como preparación última e inmediata de la era mesiánica. El cumplimiento de cualquiera de estas etapas o actos del plan divino puede llamarse, resumidamente, un acto de justicia. Jesús ha venido a cumplir la Voluntad del Padre, se cuida de cumplir ese plan salvador en todos sus pormenores.

En el Bautismo de Nuestro Señor se revela el misterio trinitario: el Hijo que recibe el Bautismo; el Espíritu Santo, que desciende sobre Él en figura de paloma; y la voz del Padre, que da testimonio de la persona de su Hijo. En el nombre de las tres Personas divinas habrán de ser bautizados los cristianos.

En el segundo misterio, en el que aparece la Virgen María con una actuación decisiva y claramente maternal, Jesús se autorrevela en las Bodas de Caná, manifestando con el primero de sus milagros su gloria.

En la narración de las bodas de Caná, María, acercándose a Jesús, le dice: “No tienen vino” (Jn 2, 3). El rico simbolismo del vino en el lenguaje bíblico nos descubre todo el alcance de la súplica de María a Jesús: falta la manifestación del poder de Dios, no tienen el vino bueno del Evangelio. María aparece así como portavoz de Israel y de la humanidad entera que espera la manifestación salvadora del Mesías, que está sedienta del Evangelio, que aguarda con impaciencia la Verdad y la Luz que sólo de Cristo puede recibir. Ése es el vino nuevo, vino mejor que el que se echó en falta. En Caná se nos muestra así “la solicitud de María por todos los hombres, al ir a su encuentro en toda la gama de sus necesidades” (San Juan Pablo II).

Jesús convierte el agua en vino, pero no en cualquier vino, sino en un vino estupendo. Los Santos Padres han visto en este vino, el mejor posible, reservado para el final de aquella fiesta de boda, y en su abundancia, una figura del coronamiento de la Historia de la Salvación: Dios había enviado a los patriarcas y profetas, pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su propio Hijo, cuya doctrina lleva a la perfección la Revelación antigua, y cuya gracia excede las esperanzas de los justos del Antiguo Testamento. También han visto en este vino bueno del final el premio y el gozo de la vida eterna, que Dios concede a quienes, queriendo seguir a Cristo, han sufrido las amarguras y contrariedades de esta vida.

Antes del milagro los discípulos ya creían que Jesús era el Mesías; pero todavía tenían un concepto excesivamente terreno de su misión salvífica. San Juan atestigua que este milagro fue el comienzo de una nueva dimensión de su fe, que hacía más profunda la que ya tenían. El milagro de Caná constituye un paso decisivo en la formación de la fe de los discípulos.

En el tercer misterio de luz contemplamos a Cristo anunciando la llegada del Reino de Dios, invitando a la conversión y perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe. Con este anuncio y esta invitación Jesús inicia el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia (San Juan Pablo II).

La inminente llegada del Reino exige una conversión auténtica del hombre hacia Dios. Ya los Profetas habían hablado de la necesidad de convertirse y volverse de los malos caminos que seguía Israel, lejos de Dios. Tanto Juan Bautista como Cristo y sus Apóstoles insisten en que es preciso convertirse, cambiar de actitud y de vida como condición previa para recibir el Reino de Dios.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 545).

Siendo discípula del único Maestro Jesucristo, la Iglesia, como Madre y Maestra, no se cansa de proponer a los hombres la reconciliación y no duda en denunciar la malicia del pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar y pedir a los hombres “reconciliarse con Dios”. En realidad ésta es su misión profética en el mundo de hoy como en el de ayer; es la misma misión de su Maestro y Cabeza, Jesús. Como Él, la Iglesia realizará siempre tal misión con sentimientos de amor misericordioso y llevará a todos la palabra de perdón y la invitación a la esperanza que viene de la cruz (San Juan Pablo II).

Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración del Señor en el monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo “escuchen” y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo (San Juan Pablo II).

Éste es mi Hijo, el elegido, escuchadle (Lc 9, 35). Todo lo que Dios quiere decir a la humanidad lo ha dicho a través de Cristo, al llegar la plenitud de los tiempos.

En el silencio de la oración se realiza el encuentro con Dios y se escucha esa palabra que Dios dice en eterno silencio y en silencio tiene que ser oída. En el cara a cara con Dios, los profetas del Antiguo Testamento extrajeron luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios. Igualmente, los santos han alcanzado las cumbres de la santidad porque han sido almas de oración.

Un alma contemplativa no se limita a buscar y a descubrir a Dios en cada cosa y en cada suceso; ni siquiera se conforma con llenar la jornada de actos de amor, de adoración o de desagravio. Necesita escuchar a su Amado para conocerlo y quererlo cada día un poco más.

Este cuarto misterio luminoso es una llamada a la esperanza. Cristo quiso manifestarnos el esplendor de su gloria divina, un destello de la gloria y de la majestad que en el Cielo tiene su Humanidad santísima, con el fin de que cobrásemos alientos para seguir el difícil y áspero camino que nos queda por recorrer, fijando la mirada en la meta gozosa que nos espera al final. Si un destello fulgurante de la gloria divina bastó para transportar a los tres apóstoles (Pedro, Santiago y Juan) a una inmensa felicidad, que en Pedro produce un deseo incontenible de alargar aquella situación, ¿qué será el gozo que se experimente con la visión beatífica que durará toda una eternidad?

La Transfiguración del Señor fue un cierto anticipo no sólo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como escribió el apóstol san Pablo a los filipenses, transformará el cuerpo de nuestra bajeza conforme al cuerpo de su claridad (Flp 3, 21), y a los cristianos de Corinto: Se siembra en estado de vileza; resucitará con gloria (1 Co 15, 43).

El quinto misterio luminoso es la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad hasta el extremo (Jn 13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.

La Eucaristía es el sacramento de la presencia de Cristo que se nos da porque nos ama. Él nos ama a cada uno de nosotros de un modo personal y único en la vida concreta de cada día: en la familia, entre los amigos, en el estudio y en el trabajo, en el descanso y en la diversión. Nos ama cuando llena de frescura los días de nuestra existencia y también cuando, en el momento del dolor, permite que la prueba se cierna sobre nosotros; también a través de las pruebas más duras, Él nos hace escuchar su voz (San Juan Pablo II).

El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Para no dejarnos solos, para no alejarse nunca de nosotros, que somos suyos desde que recibimos el bautismo, para hacernos partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía, la más bella expresión del amor de Jesucristo a los mortales, verdadero misterio de fe y de amor.

La Eucaristía… es el misterio de los misterios, cúmulo de milagros, en que magníficamente resplandece la divinidad… y que a la vez retrata fielmente y expresa lo que es el Corazón de Jesús. Desear estar junto al amado es propio de todo el que ama. Y este deseo del Corazón de Jesús es el que le ha obligado a instituir la Eucaristía (Beato Marcelo Spínola).

Una consideración sobre este misterio, que es locura del amor de Dios por nosotros. Inerme como un niño; oculto como un tesoro; disponible como un esclavo; loco como un enamorado que espera; paciente como un preso que aguarda una visita, agradecido como un pordiosero. Y es Dios, Dios escondido.

Excepto en el de las bodas de Caná, en estos misterios luminosos, la presencia de María queda en el trasfondo. Pero de algún modo acompaña toda la misión de Cristo. A Ella le pedimos que la luz de estos misterios ilumine nuestro caminar terreno para que un día alcancemos la luz de la gloria.

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