Día 1 de diciembre

1 de diciembre

Beato Carlos de Foucauld

Semblanza

Un singular hombre de Dios

Un hombre carismático

La vida de Carlos Eugenio de Foucauld, íntimamente ligada al Norte de África, es toda una aventura apasionante, llena de titubeos, quiebros y contradicciones, pero sobresaliendo la búsqueda del modo de imitar a Jesucristo en su vida oculta. Soy un viejo pecador -dijo Foucauld en una ocasión- que al día siguiente de su conversión, hace casi veinte años, fue atraído muy poderosamente por Jesús a vivir la vida oculta de Nazaret. Su deseo fue seguir a Nuestro Señor en su abyección y su pobreza.

Foucauld fue un personaje con una vocación personalísima, irrepetible, a quien no cabe definir como fraile, misionero, sacerdote diocesano, anacoreta, fundador… (aunque de todo esto fue), pues estos términos, en su caso, no tienen el sentido habitual. Tampoco le cuadran, en su significado ordinario, conceptos ascéticos o canónicos tales como observancia, disciplina, obediencia… Quizá el concepto que lo puede definir mejor es el de carismático.

Sin lugar a dudas, fue un hombre de Dios, extraordinariamente piadoso, pobre, caritativo y sacrificado, pero en su singularidad completamente inimitable.

Los años de la adolescencia

Carlos de Foucauld nació en Estraburgo el 15 de septiembre de 1858, en el seno de una familia noble y cristiana. Siendo niño quedó huérfano de padre y madre, por lo que se encargó de su educación su abuelo, el coronel Morlet. De éste recibió los dones de la simpatía y de la generosidad, el amor por su familia, el país y también, el amor por el estudio, el silencio y la naturaleza. Su familia -especialmente, su prima María Moitessier- jugará un papel decisivo en su vida.

En 1874 se trasladó a París para estudiar filosofía en el colegio jesuita de Santa Genoveva. Dos años más tarde, en marzo de 1876, por su mala conducta y falta de rendimiento es expulsado del colegio. En ese mismo año ingresó en la Escuela de Saint-Cyr para cursar estudios militares, al verse atraído por la vida militar. Más tarde pasó a la Academia de Caballería de Saumur.

Esta época de su juventud fue de total despreocupación, en la que no encontró sentido a la vida, por lo que transcurrió carente de todo freno moral. A raíz de la muerte de su abuelo, por el que profesaba gran cariño, con 19 años, se abandonó aún más, yendo su vida a la deriva.

A pesar de su poca dedicación al estudio, consiguió salir graduado de la Academia. Fue destinado al 4º de Húsares, de guarnición en Pont-à-Mousson. Allí llevó una vida lo más alegre posible, pero esa vida de placeres no consiguió más que provocarle un poderoso vacío. Años después, él mismo contó esta amarga experiencia: Una tristeza que no he experimentado más que entonces… que volvía a mí cada tarde cuando me quedaba solo en mi apartamento… que me dejaba mudo y abrumado durante lo que llaman fiestas: yo las organizaba, pero llegado el momento las pasaba en un mutismo, un desagrado, un aburrimiento infinitos… (…) nunca he sentido esa tristeza, ese malestar, esa inquietud más que entonces.

Explorador en Marruecos

En el año 1880 fue destinado a Argelia. Indisciplinado y violento, su conducta privada se hizo acreedora a frecuentes amonestaciones de sus jefes. Por su mal comportamiento, de noviembre de 1880 a enero de 1881 pasa la mayoría del tiempo en el calabozo. El 25 de marzo de 1881 lo apartan del servicio suspendiéndole de empleo por indisciplina acompañada de notoria mala conducta.

La rebelión del morabito Cheikh Bou Amama en el sur de Orán (año 1881) dio ocasión al teniente Foucauld para mostrarse bajo una nueva faceta de su complicada personalidad. No pudiendo ser readmitido en su regimiento a causa de la sanción impuesta contra él, fue enviado al 4º de Cazadores de África. Se comportó como un soldado valeroso e inteligente a la par que comenzó a interesarse por la tierra africana y sus moradores. Destacando enseguida y querido muy pronto en su nuevo Cuerpo, Foucauld mostró tanto aguante para las fatigas y privaciones como lo había tenido para el placer. Siempre de buen humor, soportando alegremente el hambre y sobre todo la sed, y muy bueno para sus jinetes: no pensaba más en mejorarles la suerte, compartiéndolo todo con ellos. Con el agua racionada, él les cedía su parte. Dando siempre ejemplo de entrega, de valor, de inteligencia y de energía, se le lee en su biografía escrita por Lesourd.

Finalizada la campaña, en enero de 1882 solicitó licencia para realizar una exploración por el Sur de Argelia. Al serle denegada aquélla abandonó el ejército para ir a explorar Marruecos. Libre ya de la disciplina militar se dedicó en Argel al estudio intensivo del árabe y del hebreo, conocimientos imprescindibles para el viaje por Marruecos que tenía proyectado.

Desde el 10 de marzo de 1883 hasta el 23 de mayo del año siguiente recorrió casi 3.000 kilómetros, por camino plagados de peligros y penalidades, y en un país hostil y cerrado materialmente a los europeos. Tuvo que cruzar las altas cadenas del Atlas con el consiguiente paso por el valle del Dra para adentrarse en el Sahara marroquí. Los resultados científicos de la expedición suscitaron un vivo interés por tratarse de datos precisos tomado de Norte a Sur y de Sudoeste a Nordeste sobre un territorio hasta entonces casi desconocido. El éxito de la expedición científica fue tal que la Sociedad de Geografía de Francia le concedió la medalla de oro.

Durante este viaje, Marruecos lo conquistó. Le conmovió la acogida de la gente, su fe en Dios sin ningún tipo de vergüenza y su oración. La vista de esta fe, de estas almas viviendo en continua presencia de Dios, me hizo entrever algo más grande y más auténtico que las ocupaciones mundanas, escribió Foucauld.

Si las experiencias del viaje reportaron un indudable prestigio a su autor, sirvieron también para cambiar radicalmente su vida. Exteriormente el actual Foucauld estaba muy lejos de parecerse al frívolo y desordenado teniente de húsares de los primeros tiempos. Por otra parte, el contacto directo con la naturaleza, la soledad y el silencio de los vastos espacios desérticos, tan propicios para la diaria meditación, su encuentro constante con musulmanes y hebreos practicantes fervorosos de sus respectivas creencias y, finalmente, la vida austera, cuajada de privaciones, a que le obligaron las propias circunstancias del viaje, fueron factores esenciales para una posible evolución. Interiormente no se sentía satisfecho.

Conversión

Al regreso de Marruecos, Carlos Foucauld hizo numerosos viajes entre Francia y Argelia. En Argel conoció a María Margarita, hija de un militar, con la que pensaba casarse, pero su familia se opuso radicalmente a este matrimonio, tanto su cuñado Ramón de Blic, esposo de su hermana María, como su tía Inés Moitessier, hermana de su padre; finalmente su prima María, que se había casado con Oliviero de Bondy, consiguió convencerle. Como dirá él más tarde, ella lo salva de este matrimonio.

En 1886 se instaló en París, cerca de sus familiares. Comenzó a frecuentar la iglesia y a dirigirse a Dios con esta sencilla oración: Dios mío, si existes, haz que conozca. Su prima, Madame Bondy, le aconsejó visitar a padre Huvelin, vicario de la parroquia de San Agustín. El encuentro con este sacerdote fue decisivo para la conversión. Foucauld le pidió lecciones de religión y Huvelin le hizo arrodillar y confesar, para después darle la comunión.

Carlos Eugenio escribió su conversión de esta forma: Era a finales de 1886. Experimenté entonces una profunda necesidad de recogimiento. Me pregunté entonces en lo más profundo de mi alma si realmente la verdad quizá era conocida por los hombres… Entonces hice una extraña oración: pedí al Dios en el que aún no creía, que si existía se me diese a conocer… Me pareció que era lo más sensato, habiendo nacido la duda en mí, era estudiar esa fe católica. La conocía muy poco, y para conocerla me dirigí a un sacerdote culto, al que conocía un poco por haberlo visto en casa de mi tía; este sacerdote es el P. Huvelin. Tuvo la amabilidad de responder a mis preguntas, la paciencia de atenderme cuantas veces quise. Me convencí de la verdad de la religión católica. Desde entonces el señor Huvelin ha sido para mí como un padre y yo he vivido cristianamente.

La amistad con el abate Huvelin fue crucial para que las inquietudes espirituales de Foucauld se encauzaran definitiva y fervorosamente hacia Dios. Y de modo especial unas palabras de Huvelin, pronunciadas en un sermón le impactaron: Nuestro Señor tomó de tal modo el último lugar, que nadie se lo puede quitar. A partir de entonces, Carlos Eugenio tan sólo piensa seguir a Jesús pobre.

Viaje a Tierra Santa

Aconsejado por su director espiritual, Foucauld marchó a Tierra, ansioso de conocer el país de Jesús, de tal forma que le ayude a descubrir el rostro concreto del Señor. Lo encontró en Belén, en Jerusalén y en Calvario. Pero en Nazaret toma conciencia de la importancia de la vida oculta de Cristo que vivió la mayor parte de su vida como un pobre artesano de pueblo.

En Nazaret; Foucauld ve a ese Dios que anduvo entre los hombres. Lo encuentra en la fuente, con María; lo descubre viendo trabajar a los artesanos. Como no se sentía hecho para imitar la vida pública del Señor, predicando por las tierras de Palestina, su ideal lo centra en la imitación de la vida oculta del humilde y pobre artesano de Nazaret. Pero se no puede ver a Jesús de otro modo que despreciado, ridiculizado, torturado, condenado a una muerte vergonzosa. Ni la belleza del trabajo, ni la calidad de las relaciones de Jesús con sus vecinos en la armonía de una humanidad perfecta, ni la admirable vida de intimidad familiar le llaman la atención en ese momento. Para él, Jesús sólo puede ser el más pobre de Nazaret, y ¿por qué no?, el peor vestido. El trabajo de carpintero no puede ser más que vil y monótono. Jesús sólo podía ser el despreciado, sin consideración alguna.

Con esta idea peculiar y original de la vida oculta del Señor, Foucauld decidió imitarle, para esto él no puede llevar una vida más pobre, más baja, sino que tiene que ser la más pobre, la más abyecta. No buscó un lugar más bajo, sino siempre el último lugar. Así se representaba su ideal de imitación de Cristo. Años después escribió: Soy un viejo pecador que al día siguiente de su conversión, hace casi veinte años, fue atraído muy poderosamente por Jesús a vivir la vida oculta de Nazaret.

En marzo de 1889 regresó a Francia. Preguntándose ¿qué tengo que hacer para vivir esta vida de Nazaret?, y de nuevo consulta a Huvelin. Se decidió por la vida religiosa después de hablar con su director espiritual. El mismo Foucauld explica el motivo de esta decisión en una carta a su prima María de Bondy: Hemos seguido buscando una vez más por qué quería yo entrar en la vida religiosa: Para hacer compañía, todo lo posible, a nuestro Señor en sus penas. Esta misma idea está en la carta que escribió al Abad de la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Soligny, para ser admitido: Encuentro que es en su Orden donde se vive al máximo la vida cristiana, de la unión completa con nuestro Señor(…). Mi deseo me lleva hacia esta vida, por la cual me parece que nuestro Señor es consolado y glorificado tanto como puede serlo por los hombres.

Monje trapense

El 26 de enero de 1890, en el que se celebraba en la Trapa la fiesta del monje san Alberico, Carlos Eugenio toma el hábito de trapense con el nombre de Hermano María Alberico. Después de estar seis meses en Nuestra Señora de las Nieves, a petición propia, fue trasladado a la Trapa de Akbès, en Siria. Esta Trapa tenía la ventaja de ser la más pobre que existía y además, de estar alejada de todo.

En Akbès se encuentra muy bien y ama el trabajo que le acerca a Jesús de Nazaret. Pero le vinieron dudas si aquella vida monacal era lo que Dios le pedía. En una carta escrita a su prima manifiesta sus dudas: Espero… estoy en la situación en que estaba antes de entrar en la Trapa, haciendo tabla rasa de todos mis deseos en cuanto a la resolución (…) tengo un ardiente deseo de seguirla más de cerca… Pero, ¿es ésa su voluntad? Lo ignoro: para que yo pruebe otra vida es necesario que sepa lo que Él quiere… espero con gran paz que su voluntad de manifieste.

El padre Huvelin, conociendo la situación de Foucauld, es de la idea que no era la Trapa el lugar que buscaba su dirigido. En una carta le dice: Esperaba que usted encontraría en la Trapa lo que buscaba, que encontraría en ella suficiente pobreza, humildad y obediencia para poder seguir a nuestro Señor en su vida de Nazaret. Creía que usted habría podido decir, ingresando allí: “Aquí está mi descanso por los siglos de los siglos”… Lamento que no pueda ser. Hay un impulso muy profundo hacia otro ideal, y usted va llegando poco a poco, por la fuerza de ese movimiento, a salir de ese marco, a encontrarse desplazado.

Foucauld, aconsejado por Huvelin, expuso a sus superiores sus dudas. Y más adelante emprendió una gestión oficial pidiendo dejar la Trapa. Mientras tanto, piensa en una fundación y escribe una Regla para los fuesen a vivir con él. La Regla, titulada Congregación de los Hermanitos de Jesús, es de carácter fuerte y absoluto, donde se manifiesta plenamente el radicalismo de Foucauld. El padre Huvelin lo desaprueba, no lo ve fundador. Su reglamento -le dice- es absolutamente impracticable. ¡Oh!, eso me parece sin duda alguna. El Papa dudaba en dar su aprobación a la Regla Franciscana: la encontraba demasiado severa… Pero este reglamento… a decir verdad ¡me ha espantado!

En Nazaret

Tras haber presentado su solicitud al abad general de los cistercienses para la dispensa de los simples y dejar la Trapa, los superiores del hermano María Alberico le envían a la Trapa de Staouéli para que reflexione. Al cabo de un mes se decide que vaya a estudiar a Roma. En esta ciudad es donde Foucauld por primera vez hace la distinción de las tres vidas de Jesús: “Jesús en Nazaret”, “Jesús en el desierto” y “Jesús en la vida pública”. Él se siente llamado a la vida de Nazaret.

Estando en la Ciudad Eterna recibió la autorización para dejar la Trapa. Carlos Eugenio anota en una libreta: Recibida la decisión de mi General que la voluntad de Dios es que yo salga de la Orden para seguir a Nuestro Señor en su abyección y su pobreza. Miércoles 23 de enero de 1897, fiesta de los esponsales de la Santísima Virgen María con san José y víspera de la fiesta de la Sagrada Familia.

Empujado por la búsqueda apasionada por imitar a Jesús en su vida oculta, se va a Nazaret, donde el Señor vivió treinta años, y allí intenta llevar una vida de oración y trabajo humilde.

Durante tres años estuvo sirviendo a las Clarisas de Nazaret, buscando siempre experimentar al máximo la humildad, pobreza y penitencia en su deseo de entregarse a Dios plenamente. Vivo en una casita solitaria, situada dentro de un cercado que pertenece a las hermanas, de las que soy un criado feliz: estoy solo (…) en una ermita deliciosa, perfectamente solitaria, escribió Carlos Eugenio a su cuñado Ramón de Blic, al poco de llegar.

Encerrado en una situación muy especial, en una vida de inactividad, sintió la necesidad de hacer algo útil. Y le vino la idea de pedir limosnas para las Clarisas, cosa que el P. Huvelin desaprobó: ¡Oh!, no deje Nazaret (…) veo demasiado peligros para su alma si emprende ese camino itinerante haciendo colecta… entréguese en ese rinconcito donde trabajó nuestro Señor (…). Haga todo lo que sea necesario, todo, para quedarse en Nazaret: allí será más útil a las Madres (las Clarisas).

Poco tiempo después, un pensamiento de orgullo le atormenta. Siente, una vez más, la necesidad de actuar, de ser útil. Y escribe a su director espiritual: Tengo que decirle sin embargo que en estos últimos tiempos, y quizá especialmente con ocasión de los aniversarios de mi entrada en la Trapa, de mi profesión (2 de febrero), me atormenta con bastante frecuencia un pensamiento de orgullo: me digo a veces que hubiera podido hacer bien a las almas quedándome en la Trapa; que hubiera sido Superior en dos años; que con la ayuda de la gracia de Dios hubiera podido hacer el bien en esa pequeña Trapa de Akbès, que por su situación está bien preparada para la santificación de sus propios religiosos y de los pueblos cercanos.

Pero él mismo se da cuenta que es una tentación, pues no tengo nada de lo que se necesita para ser Superior -escribe-, ni autoridad, ni firmeza, ni seguridad de juicio, ni experiencia, ni ciencia, ni perspicacia, ni nada de nada… y el espíritu de Trapa, el espíritu actual no es en modo alguno el mío.

En la época de Nazaret continuarán surgiendo nuevos proyectos en la mente de Foucauld, que van siendo rechazados por Huvelin. Renace en él el sueño monástico y rehace su Regla de los Ermitaños del Sagrado Corazón, que presenta a monseñor Piavi, Patriarca latino de Jerusalén. Éste no toma en consideración la propuesta de Foucauld.

El sacerdocio

Estando en Nazaret va cobrando fuerza la idea del sacerdocio. Y decide viajar a Francia. El 10 de julio de 1900 le dice a su hermana: Mi deseo de las sagradas órdenes permanece firma, pero todo el resto queda en duda. Y el 29 de septiembre vuelve al monasterio de Nuestra Señora de las Nieves, en esta ocasión para prepararse para el sacerdocio. En el monasterio, el hermano María Alberico, que ha recobrado el nombre de trapense, hace vida de ermitaño.

En su retiro, una nueva idea le lleva a retocar la Regla escrita en 1898 para los Ermitaños del Sagrado Corazón, pero ahora no serán ya ermitaños sino hermanitos, y deja de utilizar el lenguaje de ermitaño y solitario para hablar de sus futuros compañeros, y de fraternidad. Foucauld quiere ser hermano, hermano de Jesús, hermano de los hombres. El giro que da a su espiritualidad se expresa diciendo que para estar con Jesús, ya no basta con estar solo con Él, con irse lejos de todo para no estar más que con Él, hay que hacer lo que a Él le gusta más. Y lo que Jesús quiere, por encima de todo, es la salvación de los hombres.

El 9 de junio de 1901 el obispo de Viviers, monseñor Bonnet, le ordena sacerdote. Con dicha circunstancia dio comienzo a nueva etapa en la vida del que habría de llamarse en religión hermano Carlos de Jesús. Y éste se pregunta: ¿A dónde hay que ir para establecer los hermanitos del Sagrado Corazón? El mismo Foucauld se responde: No a donde haya más oportunidades humanas de tener novicios, autorizaciones canónicas, dinero, terrenos, ayudas; no, sino allí donde sea más perfecto en sí mismo, lo más perfecto según la palabra de Jesús, lo más conforme a la perfección evangélica, lo más conforme a la inspiración del Espíritu Santo; allí donde Jesús iría: a “la oveja más extraviada”, al “hermano” de Jesús “más enfermo”, a los más abandonados, a los que tienen menos pastores, los que “están sumidos en las tinieblas más densas”.

Surgió en él la vocación misionera, a la que no fue ajena la atracción por la tierra africana, mantenida siempre en su espíritu, y la esperanza de un trabajo oculto y silencioso en las grandes soledades. Con este propósito solicitó y obtuvo de las jerarquías eclesiásticas para desarrollar su apostolado en África. En una carta escrita al padre Martin, abad de la abadía cisterciense de Nuestra Señora de las Nieves, escribía: Acabo de ser ordenado sacerdote y hago los trámites para seguir en el Sahara con la “vida escondida de Jesús de Nazaret”. No para predicar, sino para vivir en la soledad, la pobreza y el trabajo humilde de Jesús, tratando de hacer el bien no por la palabra, sino por la oración, la ofrenda del Santo Sacrificio, la penitencia, la práctica de caridad…

En el Sahara

El 9 de septiembre de 1901 embarcó de Marsella a Argel el hermano Carlos de Jesús. Va vestido con una túnica blanca, con un corazón y una cruz sobre el pecho. Va al Sahara. Al no pertenecer a ninguna Orden religiosa fue autorizado para residir y ejercer como sacerdote libre en el vicariato apostólico del Sahara argelino, confiado a los Padres Blancos. El 28 de octubre llegó a Beni Abbés (Argelia), oasis situado en pleno Sahara, al sur de Orán y muy próximo a la frontera con Marruecos, país al que quiso tanto y en el que pensaba instalarse cuando las circunstancias fuesen propicias. Allí se instaló. Construyó una modesta ermita, una capilla y una nave donde acoger a los indígenas.

Su vida de anacoreta transcurrió desde entonces compartiendo la oración y la penitencia con la práctica de la caridad, cuidando y consolando a los indigentes que a él acudían, a los que proporcionaba alimento. En una carta a monseñor Guerin, prefecto apostólico del Sahara, le contó como transcurren allí sus días: Los pobres soldados vienen siempre a mí. Los esclavos llenan la casita que se les pudo construir. Los viajeros vienen derecho a la “Fraternidad”. Los pobres abundan… Todos los días hay huéspedes para comer, dormir, desayunar…

Durante el año 1902 no cesó de denunciar ante las autoridades la injusticia de la esclavitud. En una carta al padre Martin le decía: Hay que amar la justicia y odiar la iniquidad, y cuando el gobierno comete una gran injusticia contra aquellos que tenemos a nuestro cargo, hay que decírselo…, no tenemos derecho a ser “centinelas dormidos” o “perros mudos” o “pastores indiferentes”. Para solucionar el problema de la esclavitud creó la obra de rescate de esclavos.

En Beni Abbés estará hasta 1904. En los primeros meses de su estancia, los militares del contingente, movidos de cierta piedad, acudían todas las tardes a escucharle y a la bendición con el Santísimo Sacramento; les leía y comentaba un pasaje del Evangelio.

En su mente continuaba su antiguo proyecto de la creación de una familia religiosa que llevase a cabo sus anhelos misioneros: los Hermanos Menores del Sagrado Corazón de Jesús. Basaba su idea en fundar lo que él llamaba Hermandades, en forma de escalones entre Beni Abbés y los oasis del Sur, extendiendo así la evangelización de los nativos a la par que se atendían espiritualmente los puestos avanzados de Francia en el Sahara. Con el este fin realizó diversas gestiones, así como algunos viajes hacia el Sur aprovechando la vieja amistad que le unía con el comandante Laperrine, jefe militar del territorio.

En junio de 1903, Laperrine contó a Foucauld como una mujer tuareg, Tarichat Ouit Ibdakane, después de una cruenta batalla se opuso a que mataran a los soldados heridos, cuidándolos ella misma, y haciendo que los repatriaran a Trípoli. Carlos de Foucauld, sorprendido por este gesto, vio que los tuaregs, los hombres azules del desierto, le llamaban. Y aunque le costaba dejar Beni Abbés decidió seguir la llamada de los tuaregs, que para él eran los hombres más abandonados.

En el país tuareg del Hoggar

Inició el viaje hacia el Hoggar, sur de Argelia, el 13 de enero de 1904. Después de estar en In Salah, donde estaba una guarnición militar, y de realizar un largo viaje por el desierto, el 11 de agosto de 1905 llegó Tamanrasset, en pleno corazón del Hoggar, a 700 kilómetros de In Salah. Y allí, al ser aceptado por Moussa Ag Amastante, jefe del Hoggar, se estableció definitivamente.

Recorrió toda la zona para conocer a le gente y participar de su vida, mirando a todos como hermanos. Estudió a fondo la lengua tuareg, y compuso una gramática y un diccionario tuareg-francés. Y en la nueva ermita que construyó dedicó todos sus anhelos evangelizadores a los nómadas habitantes de aquel inmenso territorio desértico.

En su diario de 1909 escribió: Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome deben decirse: “Ya que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena”. Y si me preguntan por qué soy manso y bueno, debo decir: “Porque soy servidor de alguien que es más bueno que yo. ¡Si supieran qué bueno es mi maestro Jesús!… Yo quisiera ser bastante bueno para que se diga: si así es el servidor, ¿cómo debe ser el Maestro?”

Desde hace tiempo quería fundar una familia religiosa, pero él está solo. En uno de los viajes que realizó a Francia constituyó una especie de cofradía denominada Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón, con los siguientes objetivos: 1) Vida evangélica imitando al “modelo único”; 2) Vida eucarística, desarrollando el sentido del sacramento del amor; 3) Vida apostólica, por medio de la bondad en medio de los más necesitados.

Su conducta abnegada y los cuidados que prodigó entre las tribus lograron que éstas le veneraran como a un morabito.

Muerte

La tranquilidad del Sahara se vio perturbada por la Primera Guerra Mundial. La violencia y la inseguridad llegaron a la región del Hoggar. Los rebeldes sinusitas organizan la guerra santa desde Tripolitania, surgiendo varios grupos armados que hacían incursiones en el territorio colonial francés.

En la mañana del viernes, 1 de diciembre de 1916, Carlos de Jesús escribió a su prima: Nuestro anonadamiento es el hecho más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas. Al atardecer del mismo día, una banda de salteadores de una de las tribus senusis llegó hasta Tamanraset y saqueó todas las dependencias de la ermita. Foucauld se dejó agarrar sin resistir y los rebeldes sinusitas, al ver llegar a soldados franceses que traían el correo, lo mataron, arrojando su cadáver a un foso.

El proceso de beatificación de Carlos Eugenio de Foucauld comenzó en 1926. Fue beatificado en 2005.

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