Día 2 de diciembre

2 de diciembre

Devociones

Misterios dolorosos del Rosario

Al meditar los misterios de la Pasión y Muerte de Cristo hemos de considerar que quiso padecer tanto y morir en una cruz por amor a nosotros. Nos fijaremos en Cristo sufriente, sudando gotas de sangre en Getsemaní; en Cristo azotado y coronado de espinas, objeto de burlas por parte de los soldados romanos; en Cristo caminando con la cruz a cuestas hacia el Calvario; en Cristo obediente al Padre hasta la muerte y muerte de cruz; en Cristo sin vida en los brazos de su Madre.

El itinerario meditativo de los misterios dolorosos se abre en Getsemaní –la oración en el huerto– donde Cristo vive un momento particularmente angustiosos frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse.

Saliendo, se fue, según costumbre, al monte de los Olivos y le siguieron también sus discípulos. Llegado allí, les dijo: “Orad para que no entréis en tentación”. Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y, puesto de rodillas, oraba, diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Se le apareció un ángel del cielo, que le confortaba. Lleno de angustia, oraba con más instancia; y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra. Levantándose de la oración, vino a por los discípulos, y encontrándolos adormilados por la tristeza, les dijo: “¿Por qué dormís? Levantaos y orad para que entréis en tentación (Lc 22, 39-46).

San Juan Pablo II comenta este pasaje evangélico diciendo: Allí (en Getsemaní), Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Este “sí” suyo cambia el “no” de los progenitores en el Edén. Y san Josemaría Escrivá dejó escrito: De rodillas sobre el duro suelo, persevera en oración… Llora por ti… y por mí: le aplasta el pecados de los pecados de los hombres.

Nos fijamos en las palabras que Cristo dirige a sus apóstoles, que también están dirigidas a cada hombre: Haced oración para que no entréis en tentación. Jesús nos advierte que debemos pedir ayuda a Dios para vencer al enemigo, para salir victoriosos de las tentaciones.

En el segundo misterio contemplamos la flagelación de Jesús. Es una de las páginas ensangrentadas del Evangelio. Ensangrentadas con la sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Sangre que nos purifica, que limpia todas nuestras iniquidades, que ha sido derramada por nuestra salvación.

Atado a la columna. Lleno de llagas. Suena el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que padece por tu carne pecadora. –Más golpes. Más saña. Más aún… Es el colmo de la humana crueldad (San Josemarïa Escrivá). Espectáculo el más horrendo que el mundo vio, ni jamás verá: los hombres azotando al Hijo de Dios, a la vista de su eterno Padre y de todos los ángeles del cielo, sin que haya nadie que se lo estorbe (Luis de Palma).

En su sentido más profundo el sacrificio brota de la conciencia de pecado y del esfuerzo que hace el hombre para ofrecer a Dios satisfacción y expiación por los pecados. San Juan María Vianney, más conocido como el Santo Cura de Ars, en un sermón dijo: Desde que el hombre pecó, sus sentidos se rebelaron contra la razón; por consiguiente, si queremos que la carne esté sometida al espíritu y a la razón, es necesario mortificarla; si queremos que el cuerpo no haga la guerra al alma, es preciso castigarle a él y a todos los sentidos; si queremos ir a Dios, es necesario mortificar el alma con todas sus potencias.

Concluida la flagelación, el Señor queda nuevamente a merced de los soldados, que le propinan toda clase de insultos, golpes y befas. Y le ponen una corona de espinas. Es el tercer misterio que consideramos en este rato de oración.

Coronado de espinas, hecho un guiñapo después de la flagelación. El cuerpo de Cristo es una llaga. Y con un manto sucio de púrpura es mostrado por Poncio Pilato al pueblo judío. Ecce homo! (¡He aquí al hombre!). Entrando un día en el oratorio, vi una imagen, que habían traído allí, de Cristo muy llagado; y tan devota que, en viéndola, toda me turbó de ver lo que el Señor pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón parece se me partía (Santa Teresa de Jesús).

Tal como había sido profetizado por Isaías, su aspecto parecía sin apariencia humana, y en una forma despreciable entre los hijos de los hombres (Is 52, 14). No hay buen parecer en él, ni hermosura; le hemos visto, y nada hay que atraiga nuestros ojos. Despreciado, el deshecho de los hombres, varón de dolores, experimentado en el sufrimiento, y su rostro como cubierto de vergüenza y afrentado; por lo que no hicimos ningún caso de él (Is 53, 2-4).

Rex judaeorum… Sí, Cristo es Rey. Él mismo lo dijo cuando fue interrogado por el Procurador romano: Yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo (Jn 18, 37). Aunque su reino no es de este mundo, el Señor quiere reinar en el corazón de cada hombre. Es Rey de las almas y de las conciencias, de las inteligencias y de las voluntades, de las familias y de las ciudades, de los pueblos y de las naciones. Es Rey de universo. Su reino es el reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz.

Pilato, entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y Él con la cruz a cuestas salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota (Jn 19, 16-17).

En el cuarto misterio vemos a Cristo con la cruz a cuestas. El piadoso ejercicio del Vía Crucis se contempla tres caídas del Señor, pues su naturaleza humana quebrantada con tanto dolor y sufrimiento no puede con el peso de la cruz. A duras penas -y con la ayuda del Cirineo- llega al Calvario.

Dónde vas, Jesús, con ese madero que, aunque seas Dios verdadero, es mucha cruz… esa cruz para el Cordero (Letra de una saeta).

Nuestra vida debe ser la de Cristo, de tal forma que podamos decir con san Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). Ser otro Cristo, el mismo Cristo. Pero la vida de Jesús pasa por la Cruz, y allí es donde le encontramos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame (Lc 9, 23).

Llegamos al quinto misterio de dolor: la muerte de Jesús en la cruz. Fijémonos en Cristo crucificado en el Calvario y contemplemos lo que ha hecho por nosotros. Y pensemos lo que nosotros hacemos por Él. ¡Qué diferencia! Nos daremos cuenta del amor que debemos sentir por Él.

La muerte por crucifixión se contaba entre las más terribles conocidas en el antigüedad. La pérdida de sangre, que causa una sed insoportable; la progresiva rigidez de los músculos, la intensa fiebre provocada por la sed y el dolor que acompaña al más leve movimiento para respirar o dar tregua a la fatiga, son el cuadro de una agonía espantosa, que se prolongaba durante horas, y que, en el caso de los organismos particularmente robusto, podía durar varios días. Pocos suplicios como el de la cruz podían dar satisfacción a las ansias redentoras de Cristo.

Cuando santa Brígida de Suecia tenía diez años se le apareció Cristo en la cruz, diciéndole: Mira cómo estoy herido. La niña preguntó: ¿Quién te ha hecho eso, Señor? Y Cristo le respondió: Los que me desprecian y se olvidan de mi amor me han hecho esto.

Sólo un puñado de almas fieles acompañan al Señor en el abandono del Gólgota: ni el odio de los príncipes de los judíos, ni la brutalidad de los soldados, ni las burlas y ofensas de la muchedumbre, han podido alejarlas de este escenario de amor y de dolor. En primer lugar, la Madre de Jesús, María. Ella no se había hallado presente en la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, ni en los momentos de los grandes milagros, excepto el de Caná de Galilea. Pero en el momento del fracaso humano de Cristo, cuando recibe vituperios en vez de alabanzas, allí está, junto a la Cruz de su Hijo. Se encuentra junto a Jesús para ofrecerle un poco de consuelo en aquella hora de dolor, dispuesta a colaborar con Él hasta el fin en el rescate de los hombres.

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). Jesucristo hace un acto de suprema confianza, se arroja en brazos de su Padre, y libremente entrega su vida. Es la entrega total del Señor, a la que debemos corresponder.

¿Quién no se conmueve al ver a la Madre de Dios que contempla a su Hijo muriendo en tan horrendo suplicio? Madre de piedad, ¡Madre mía!, haz que arda mi corazón en el amor de tu Hijo y así pueda consolar tu inmenso dolor (Secuencia Stabat Mater).

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