Día 3 de diciembre

3 de diciembre

Memoria obligatoria de san Francisco Javier

Memoria de san Francisco Javier, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús, evangelizador de la India, el cual, nacido en Navarra, fue uno de los primeros compañeros de san Ignacio que, movido por el ardor de dilatar el Evangelio, anunció diligentemente a Cristo a innumerables pueblos de la India, en las Molucas y otras islas, y después en Japón. Convirtió a muchos a la fe y, finalmente, murió en la isla de San Xon, en China, consumido por la enfermedad y los trabajos. (1552) (Martirologio Romano).

*****

Carta a un amigo

Querido amigo: Ha sido tu ida tan rápida, que aún estoy sin poder creer que no es mal sueño. Miraste a la muerte de frente; con fe diste el salto hacia lo infinito, donde la eternidad deja de ser futuro convirtiéndose en un continuo presente de felicidad. Tu vida fue corta, pero vivida con intensidad en cada día, en cada hora, en cada minuto, sintiendo siempre la necesidad de engrandecer el valor de la amistad.

No pretendo con estas letras hacerte un panegírico ni una elegía. Qué mejor alabanza que esa pronunciada por Cristo, que ya habrás oído referida a ti: “Muy bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor”. Pero cuando el corazón sangra por ese vacío que has dejado en mí, el escribirte esta carta es como ahogar el dolor de la separación -separación momentánea nos dice la fe que es- con el recuerdo de una amistad fraterna, fuerte, que ni la misma muerte ha conseguido romper, ni el tiempo borrará.

La brújula de tu destino fue una permanente y alegre disposición de servicio: servicio a Dios y a los demás -a los demás, precisamente para servir a Dios- pues estabas convencido -¡bendito convencimiento!- que la vida no se puede desarrollar al margen de Dios y de los demás. La amistad fue para ti un río caudaloso de virtudes humanas, concebida como sinónima de donación, de sacrificio, de generosidad, de amor…, llevando consigo la comunicación de bienes, creando armonía de sentimientos, y desarrollando hasta grados muy elevados -e incluso hasta el heroísmo- la dedicación del amigo al amigo.

La Biblia compara la amistad con un tesoro: “Un amigo fiel es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como el amigo fiel; su precio es incalculable”. Y este amigo encontrado en los años primeros de la vida, la muerte me lo ha arrebatado. Ahora que siento tu ausencia quiero conservar el recuerdo del amigo, de ese amigo que cada página de su breve vida es una página de mi juventud, de ese amigo que me enseñó con su ejemplo y consejo afrontar las cuestiones que en los años de la adolescencia nos planteamos todos.

Los anhelos vibrantes del corazón te llevaron muy pronto a hacer tu vida plenamente coherente con la fe. Con el coraje suficiente para ir contra la corriente de la moda o la mentalidad imperante en muchos jóvenes -de ésos que han torcido sus conciencias y han sustituido la verdadera alegría de la vida por las drogas, el sexo, el alcohol y la búsqueda vacía de las meras pasiones materiales-, procuraste mostrarnos la misma senda que tú recorrías, ese camino que conduce a la verdadera felicidad.

Estabas convencido de que la muerte aguarda siempre en el horizonte de la vida. Pero… ¿para qué hablar de muerte cuando has encontrado Vida? Ahora que ves la luz de un nuevo día, rotos los lazos de lo temporal, inmerso en la fuente del eterno amor; ahora que has vencido a la propia muerte con tu vida cristiana; ahora que tu cuerpo espera una resurrección gloriosa, mientras tu alma -no me cabe la menor duda- contempla a Dios, el ejemplo de tu vida será faro que ilumine la ruta de mi navegar por este mundo hacia ese puerto donde las aguas son seguras.

Mientras mis días sean contados en el tiempo y sienta la inquietud propia del caminante por el desierto de la vida, tu amistad permanecerá viva en mí, pues como fue dicho “aunque mis amigos mueran, no muere mi amistad”. Y esta amistad me recordará el valor de toda una existencia vivida con el deseo hecho realidad de servir, la que haga permanecer en mi memoria la actitud de quien ante la opción entre el egoísmo o la generosidad, ha preferido esta última para sembrar en la tierra amor, para esparcir sonrisas e ilusiones.

Rápida, silenciosa, te vino la muerte. “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?”, pregunto yo, con las mismas palabras de san Pablo. Tú me has dado la respuesta: En ninguna parte, pues la muerte no tiene la última palabra, ha sido vencida.

Tu amigo (firma ilegible)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s