Día 9 de diciembre

9 de diciembre

Memoria libre de san Juan Diego Cuauhtlatoatzain

San Juan Diego Cuauhtlatoalzain, de la estirpe indígena nativa, varón provisto de una fe purísima, de humildad y fervor, que logró que se construyera una santuario en honor de la Bienaventurada María Virgen de Guadalupe en la colina de Tepeyac, en la ciudad de México, lugar donde se le había aparecido la Madre de Dios. (1548) (Martirologio Romano).

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Semblanza

Nació hacia el año 1474. Era de la etnia indígena de los chichimecas. Fue bautizado por los primeros misioneros franciscanos, en torno al año 1524. Hombre de vida sencilla y humilde, y piadoso. En el cerro del Tepeyac, durante cuatro días, entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531, se le apareció la Virgen, que le encomendó decir al obispo de México, fray Juan de Zumárraga, que en ese lugar quería que se edificara un templo. La Virgen le ordenó a Juan Diego que cortara unas rosas que misteriosamente acababan de florecer en lo alto del cerro para llevarlas al obispo Zumárraga en su ayate. Cuando Juan Diego mostró al obispo las hermosas flores durante un helado invierno apareció milagrosamente la imagen de la Virgen, llamada más tarde Guadalupe por los españoles, impresa en el ayate. Murió en la Ciudad de México en el 1548.

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Pregunta y respuesta

¿Cuáles son los efectos del sacramento del Matrimonio?

El sacramento del Matrimonio crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo. Dios mismo ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el Matrimonio rato y consumado entre bautizados no podrá ser nunca disuelto. Por otra parte, este sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 346).

Paso ahora a explicarlo pormenorizadamente. En primer lugar, como en todo matrimonio válido, el sacramento del Matrimonio origina un vínculo indisoluble. Este vínculo matrimonial que resulta del acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio es una realidad irrevocable. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina.

El sacramento del Matrimonio es uno de los llamados de vivos, por lo que hay que recibirlo en estado de gracia y, por tanto, cuando se recibe aumenta la gracia santificante. Y se adquiere, por así decirlo, el derecho a recibir en el futuro aquellas otras gracias actuales que necesitan los esposos para vivir santamente el matrimonio.

Como en los demás sacramentos, también el del Matrimonio confiere una gracia sacramental propia. Esta gracia está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia los esposos se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la acogida y educación de los hijos. Por tanto, les ayuda también a superar todas las dificultades que puedan presentarse en la vida matrimonial. Además hay que decir que el matrimonio, al ser una auténtica vocación sobrenatural, supone una verdadera misión eclesial para constituir una iglesia doméstica y educar a los hijos en la fe.

Por último, hace más perfecto el amor entre marido y mujer, elevándolo a un nivel sobrenatural; así, el amor conyugal no sólo sigue siendo algo bueno, sino que pasa a ser santo, meritorio para la vida eterna. En consecuencia, se refuerza tan intensamente la unión entre ambos que la Sagrada Escritura la compara a la unión entre Cristo y la Iglesia: del mismo modo que es imposible separar a la Iglesia de Cristo, tampoco puede haber nada que separe al marido y a la mujer, pues forman una sola cosa; de la misma manera que Cristo ama a la Iglesia, deben amarse marido y mujer.

Con las gracias que se reciben en el sacramento del Matrimonio puede decirse que los cristianos disponen de todos los medios para formar una familia verdaderamente feliz. De aquí la necesidad de no poner obstáculos para obtenerlas. Por ejemplo, no se recibirían esas gracias si se contrajera matrimonio en estado de pecado, con algún pecado mortal. En este caso, el matrimonio sería válido, pero las gracias del sacramento no se recibirían. Sólo se podrá contar con esas ayudas de la gracia cuando se haya recuperado la gracia santificante por medio de la Confesión.

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