Día 12 de diciembre

12 de diciembre

Memoria libre de la Virgen de Guadalupe

Bienaventurada Virgen María de Guadalupe en México, cuyo gran maternal auxilio implora con humildad el pueblo en la colina de Tepeyac, cerca de la ciudad de México, donde apareció. Ella brilla como una estrella que invita a la evangelización de los pueblos, y es invocada como protectora de los indígenas y de los pobres. (Martirologio Romano).

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Meditación

La fuerza de la oración

Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer. Hoy día en la sociedad hay muchos problemas que resolver, problemas a los que hay que dedicarles tiempo. A primera vista, esta recomendación del Cristo a orar siempre sin desfallecer, contemplando la realidad social en la que estamos inmersos, podría parecer que está desfasada, que es anacrónica, que es un mensaje poco pertinente y poco realista, con las muchas cosas que hay que hacer. Y sin embargo, las palabras de Cristo, por ser divinas, son eternas y siempre actuales.

Reflexionando bien, se comprende que estas palabras del Señor contienen un mensaje que ciertamente va contra corriente, pero que está destinado a iluminar en profundidad la conciencia de nuestra sociedad. Se puede resumir así: la fe es la fuerza que en silencio, sin hacer ruido, cambia el mundo y lo transforma en el reino de Dios, y la oración es la expresión de la fe. Cuando la fe se colma de amor a Dios, reconocido como Padre bueno y justo, la oración se hace perseverante, insistente; se convierte en un gemido del espíritu, un grito del alma que penetra en el corazón de Dios. De este modo, la oración se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo (Benedicto XVI). Ejemplo bien elocuente es la caída del comunismo. De todo el imperio soviético, de la noche a la mañana. Se vino abajo como las murallas de Jericó. ¿Y cómo fue posible? Gracias a la oración de infinidad de confesores de la fe, de muchos mártires.

Ante las realidades sociales difíciles y complejas que vemos en nuestro mundo, ante el ambiente neopagano que se respira en estos tiempos que vivimos es preciso evitar el caer en un pesimismo, es necesario reforzar la esperanza. Una esperanza que se funda en la fe y se expresa en una oración incansable. La oración es la que mantiene encendida la llama de la fe. Clamará a mí y Yo le oiré, porque soy misericordioso (Ex 22, 27). La oración es la columna que nos trae fuerza y solidez del Cielo. Sin oración no hay nada que hacer, todo se vendría abajo.

Dijo el Salmista: Da oídos, ¡oh Dios!, a mi oración, no te escondas a mi súplica. Atiende y respóndeme (Sal 54, 2-3). En el “cara a cara” con Dios, los profetas extraen luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios, es, a veces, un debatirse o una queja, y siempre, una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.584).

El mismo Cristo nos invita a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7, 7). La oración es siempre eficaz. El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él y la acción del Espíritu Santo, que intercede por nosotros (Rm 8, 27) según los designios de Dios.

La oración que Jesús nos enseñó y que culminó en Getsemaní, tiene el carácter de “combatividad”, es decir, de lucha, porque nos pone decididamente del lado del Señor para combatir la injusticia y vencer el mal con el bien; es el arma de los pequeños y de los pobres de espíritu, que repudian todo tipo de violencia. Más aún, responden a ella con la no violencia evangélica, testimoniando así que la verdad del Amor es más fuerte que el odio y la muerte (Benedicto XVI).

En el libro del Éxodo se narra una dura batalla entre los israelitas y los amalecitas. Mientras peleaban los dos ejércitos, Moisés con las manos levantadas, en la posición de la persona en oración, imploraba a Dios por la victoria del Pueblo elegido. Y fue precisamente la oración elevada con fe al verdadero Dios lo que determinó el desenlace de aquella tremenda batalla a favor de los israelitas. Las manos levantadas de Moisés garantizaron la victoria de Israel. Dios estaba con su pueblo, quería su victoria, pero condicionaba su intervención a que Moisés tuviera las manos elevadas hacia Él en actitud de súplica.

Parece increíble, pero es así: Dios necesita las manos levantadas de su siervo. Los brazos elevados de Moisés hacen pensar en los de Jesús en la cruz: brazos extendidos y clavados con los que el Redentor venció la batalla decisiva contra el enemigo infernal. Su lucha, sus manos alzadas hacia el Padre y extendidas sobre el mundo piden otros brazos, otros corazones que sigan ofreciéndose con su mismo amor, hasta el fin del mundo (Benedicto XVI).

El cristiano debe sostener un combate sin tregua contra el demonio, contra los poderes infernales. La fe nos asegura que Dios escucha nuestra oración y nos ayuda en el momento oportuno. Dios quiere nuestra victoria, pero también que acudamos a Él, que contemos con su fortaleza y su gracia. No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, le pedimos cuando rezamos el Padrenuestro. Sólo acudiendo a Dios podremos vencer. Con nuestras solas fuerzas, sin la ayuda de la gracia, no conseguiremos la victoria.

En el Evangelio de san Lucas está la explicación que da Jesucristo a sus discípulos con una parábola de la eficacia de la oración: Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”. Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice este juez injusto; pues ¿Dios no hará justicia a sus elegidos que le claman de día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que hará justicia prontamente” (Lc 18, 2-8).

Estas palabras del Señor nos impulsan a pensar en los “pequeños”, en los últimos, pero también en tantas personas sencillas y rectas que sufren por los atropellos, se sienten impotentes ante la persistencia del malestar social y tiene la tentación de desalentarse. A ellos Jesús les repite: observad con qué tenacidad esta pobre viuda insiste y al final logra que un juez injusto le escuche. ¿Cómo podríais pensar que vuestro Padre celestial, bueno, fiel y poderoso, que sólo desea el bien de sus hijos, no os haga justicia a su tiempo? (Benedicto XVI).

A través de la oración, Dios se revela en primer lugar como verdadero Padre que va al encuentro de sus hijos, los hombres, que siempre están necesitados de misericordia. Un Padre amoroso que sostiene, que levanta, que invita a la confianza. La victoria del bien en el mundo está unida de modo orgánico a esta verdad: un hombre que reza profesa esta verdad y, en cierto sentido, hace presente a Dios que es Amor misericordioso en medio del mundo

En ocasiones nosotros no sabemos cómo pedir (Rm 8, 26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal. Pero para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu Santo hacen brotar en nuestro corazón, interviene María con su intercesión materna.

La oración ferviente del justo tiene gran eficacia. El profeta Elías, que era un hombre de la misma condición que nosotros, oró fervorosamente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses; y oró de nuevo, el cielo envió la lluvia y la tierra produjo sus frutos (St 5, 16-18).

El libro de Isaías cuenta que el rey Ezequías enfermó de muerte, y el profeta Isaías fue a visitarle y le dijo: Esto dice el señor: “Ordena tu casa, porque morirás”. Volvió Exequias el rostro a la pared, y oró al Señor diciendo: Ruégote, Señor, te acuerdes que he caminado en tu presencia con sinceridad y con perfecto corazón, y que he hecho lo que era bueno a tus ojos. Y rompió a llorar con grande llanto. Luego el Señor habló a Isaías y le dijo: Vuelve a Exequias y dile: Esto dice el Señor dios de David, tu padre: He visto tu oración y he visto tus lágrimas. Sabe que te añadiré otros quince años de vida, y libraré del poder del rey de los asirios a ti y a esta ciudad, y la protegeré, dice el Señor Todopoderoso.

Confiados en la fuerza y en la eficacia de la oración, roguemos por nosotros mismos, siempre necesitados de la misericordia divina, y por caridad fraterna pidamos por los demás. Interceder, pedir a favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora “no busca su propio interés sino el de los demás”, hasta rogar por los que le hacen mal (recuérdese a Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.635).

Viendo el mundo en que vivimos y la sociedad de nuestros días, nos damos cuenta que para muchos vivir no es sencillo: son numerosas las situaciones de pobreza, de carencia de viviendas, de desempleo o subempleo, de falta de perspectivas de futuro. Además, está el triste fenómeno de la violencia, de la marginación, los jóvenes que son atrapados por droga. Pero la Iglesia tiene la misión de alimentar siempre la fe y la esperanza. Es posible un mundo mejor, una sociedad con valores morales. Contamos con la oración.

La oración cristiana (…) es fuerza de esperanza, expresión máxima de la fe en el poder de Dios, que es Amor y no nos abandona (Benedicto XVI). El mundo necesita cristianos que pongan plenamente su confianza en Dios y que, con su ayuda, se comprometan a difundir los valores del Evangelio. Pidamos al Señor, por la intercesión de Santa María, con fe auténtica y esperanza firme, que superemos los problemas y dificultades de nuestra época. Veremos cómo nuestra oración es capaz de contrarrestar eficazmente el desaliento y la violencia, y construir la ciudad terrena conforme al querer divino.

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