Día 15 de diciembre

15 de diciembre

Página evangélicas

Jesús en Cafarnaún

Llegaron a Cafarnaúm, y luego, el día de sábado, entrando en la sinagoga, enseñaba. Se maravillaban de su doctrina, pues la enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas (Mc 1, 21-22). San Marcos va a contar cómo era un día en la vida de Jesús. Relata con detalle una secuencia apasionante de veinticuatro horas en la vida pública del Señor. Y vamos a ver, siguiendo el pasaje evangélico, que tiene un día muy ocupado: cura a los enfermos, ora de madrugada y predica su mensaje. Nada dice el evangelista de la hora en que se retiró a descansar, pero sí que se levantó de madrugada para orar a la intemperie del campo.

Luego, saliendo de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, e inmediatamente se lo dijeron. Él acercándose, la tomó de la mano y la levantó. La fiebre la dejó, y ella se puso a servirles (Mc 1, 29-31). En este episodio aparece simbólicamente toda la misión de Nuestro Señor. Jesús, viniendo del Padre, llega a la casa de la humanidad, a nuestra tierra, y encuentra una humanidad enferma, enferma de fiebre, de la fiebre de las ideologías, las idolatrías, el olvido de Dios. El Señor nos da su mano, nos levanta y nos cura. Y lo hace en todos los siglos; nos toma de la mano con su palabra, y así disipa la niebla de las ideologías, de las idolatrías. Nos toma de la mano en los sacramentos, nos cura de la fiebre de nuestras pasiones y de nuestros pecados mediante la absolución en el sacramento de la Reconciliación. Nos da la capacidad de levantarnos, de estar de pie delante de Dios y delante de los hombres. Y precisamente con este contenido de la liturgia dominical el Señor se encuentra con nosotros, nos toma de la mano, nos levanta y nos cura siempre de nuevo con el don de su palabra, con el don de sí mismo (Benedicto XVI).

La suegra de san Pedro, una vez que la fiebre desapareció, se puso a servir, dice el Evangelio. Inmediatamente comienza a trabajar, a estar a disposición de los demás. Es un ejemplo muy bonito de espíritu de servicio, de olvido de sí. Dios pide que pensemos en los demás, con comprensión y con cariño. Y a veces ocurre que pensamos demasiado en nosotros mismos, sin pensar en el prójimo.

En cierta ocasión, un periodista preguntó a Gary Cooper: ¿Qué es lo que usted considera que puede hacer feliz a un hombre? Y el famoso actor, católico, contestó rápidamente: Un hombre feliz es el que durante el día, por su trabajo, y a la noche, por el cansancio que éste le produce, no tiene tiempo de pensar en sus cosas. Nosotros tenemos todo el tiempo para pensar en hacer el bien a los demás. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama (Benedicto XVI).

Continuemos con el relato del Evangelio. Llegado el atardecer, puesto ya el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados, y toda la ciudad se reunió a la puerta; curó a muchos pacientes de diversas enfermedades y echó muchos demonios, y a éstos no les permitía hablar, porque le conocían (Mc 1, 32-34). Ante el espectáculo del dolor, de la miseria y del sufrimiento, el corazón de Cristo -siempre dispuesto a condolerse de los que sufren y de los que yerran- se mueve a misericordia. Tiene para ellos palabras de cariño y consuelo. Y realizó varias curaciones milagrosas.

Aquellas largas filas de enfermos que acuden a Jesús; aquellos rostros consumidos por la fiebre, aquellas carnes rotas por el sufrimiento, dan testimonio del amor redentor de Jesucristo, que ha venido al mundo a derramar misericordia. Y el cristiano, fiel discípulo del Maestro, debe tener entrañas de misericordia, ser Buen Samaritano.

La parábola del buen Samaritano nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de “prójimo” hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere en mí compromiso práctico aquí y ahora (Benedicto XVI).

El evangelista pasa a relatar la jornada siguiente. A la mañana, mucho antes de amanecer, se levantó, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba (Mc 1, 35). El día anterior, llegada la noche, Jesús se retiró a descansar. Durmió en casa de Simón, pero a primeras horas de la mañana, cuando todavía reina la oscuridad, se levanta, sale, busca un lugar desierto y se pone a orar.

Jesucristo hace oración, nos da ejemplo y nos enseña a hacer oración; nos muestra las cualidades de la oración, entre ellas: la sinceridad: vamos a la oración a hablar confiadamente -huyendo siempre del anonimato- de Él y de nosotros. La confianza: todo lo alcanzaremos del Señor, que es Padre nuestro. La humildad. La constancia: Dios nos deja perseverar en la oración porque nos hace mejores.

El Señor comienza su día hablando con su Padre Dios. Después vendrá una intensa y agotadora jornada de trabajo. Es una forma de decirnos que también nosotros debemos empezar el día con la oración, de ella sacaremos la fuerza necesaria para afrontar los quehaceres cotidianos. En una ocasión, cuando a la beata Teresa de Calcuta le preguntaron: ¿Cuál es el secreto del éxito en todo el mundo de sus monjas, las Misioneras de la Caridad?, respondió: La oración, porque el fruto de la oración es la fe, y el fruto de la fe es el amor; el fruto del amor, el servicio al prójimo; y el fruto del servicio, la paz.

En la oración nos ponemos en relación con nuestro Dios, tenemos esa experiencia vibrante del diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar.

San Marcos cuenta: Fue después Simón y los que con él estaban, y hallado, le dijeron: Todos andan en busca de ti. Él les contestó: Vamos a otra parte, a las aldeas próximas, para predicar allí, pues para esto he venido. Y se fue a predicar en las sinagogas de toda Galilea, y echaba los demonios (Mc 1, 36- 39).

Nos imaginamos la escena evangélica. Ante la casa de Simón, donde todos saben que se aloja el Maestro, se arremolinan muchos antes de partir para la faena de la jornada. También han llegado personas de las aldeas vecinas, que imploran del Señor una mirada de compasión para los suyos. Pero a Jesús no le encuentran. Mientras tanto, Pedro y los demás han visto al Señor. Se detienen un instante, indecisos, no atreviéndose a turbar su diálogo con el Padre. Es entonces cuando Pedro le dice: Todos te buscan.

Los Apóstoles, escogidos por el Señor para ser fundamento de su Iglesia, cumplieron el mandato de presentar a judíos y gentiles, por medio de la predicación oral, el testimonio de lo que habían visto y oído: el cumplimiento en Jesucristo de las promesas del Antiguo Testamento, la remisión de los pecados, la filiación adoptiva y la herencia del Cielo ofrecida a todos los hombres. Por esto, la predicación apostólica puede llamarse evangelio, la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo. Y esta misión es también la de cada cristiano. No hay necesidad más urgente que la de dar a conocer las innumerables riquezas de Cristo a los hombres de nuestra época.

Hemos considerado la actividad de Cristo en un día en Cafarnaún. Ahora queremos poner en práctica toda la enseñanza que encierra esa jornada del Señor: oración, preocupación por los demás, predicación… En manos de Santa María ponemos los propósitos que hemos hecho. Ella nos ayudará a cumplirlos.

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