Día 18 de diciembre

18 de diciembre

Devociones

Misterios gloriosos del Rosario

La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado!” El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión (San Juan Pablo II).

Dejemos en el sepulcro del Señor los andrajos de nuestro hombre viejo, y resucitemos con Él a una vida nueva de gracia y santidad. Vida rejuvenecida en una primavera espiritual de esperanza, vida perennemente orientada hacia el cielo, a donde Cristo sube para prepararnos lugar; vida regida por ese Espíritu celestial, que el mismo Jesús envía a la tierra para continuar su obra.

En el primer misterio contemplamos el triunfo de Cristo sobre la muerte, el poder de las tinieblas, el dolor y la angustia, la Resurrección gloriosa del Señor. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe, y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó -los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús-, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado (San Juan Pablo II).

La Resurrección de Cristo es una de las verdades fundamentales de nuestra fe católica: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación; vana también es vuestra fe (1 Co 15, 14). Es también el fundamento de nuestra esperanza: Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe; todavía estáis en vuestros pecados (…). Porque, si sólo para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que murieron. Puesto que por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos (1 Co 15, 17.19-21).

La Resurrección ha supuesto el triunfo de Jesús sobre la muerte, el pecado y demonio. Cristo ha roto las cadenas de la triple esclavitud a la que estaba sometido el hombre. Sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra; el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna. Nuestra muerte ha sido vencida y redimida. Los creyentes en Cristo estamos llamados al gozo de la resurrección y de la vida inmortal a través de la muerte.

Nuestros cuerpos, tras su disolución en la sepultura, resucitarán a su tiempo por el poder del Verbo de Dios para la gloria del Padre, que revestirá de inmortalidad nuestra carne corruptible, pues la omnipotencia de Dios se manifiesta perfecta en lo que es débil y caduco (San Ireneo de Lyon).

Cuarenta días después de la Resurrección Cristo sube al Cielo. La Ascensión es el segundo misterio de gloria.

Después de dar el Señor las últimas instrucciones a sus apóstoles, a la vista de ellos se fue elevando hacia el cielo. Los discípulos tenían sus miradas fijas en Él hasta que se les presentaron dos varones con vestidos blancos, y les dijeron: Varones de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Este Jesús que de en medio de vosotros os ha sido arrebatado al cielo, vendrá de la misma manera que le habéis visto ir al cielo (Hch 1, 11).

Es de imaginar que los apóstoles se quedarían un poco tristes. Y es lógica esa tristeza. Habían seguido a Cristo durante tres años, y ahora les va a costar acostumbrarse a la ausencia física del Señor. Habían visto la forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien de su Maestro. Habían tenido la inmensa fortuna de convivir con el Señor.

Seguro que enseguida rectificaron. El mismo Cristo les había prometido: Yo estaré con vosotros hasta la consumación (Mt 28, 20), y que les enviaría al Espíritu Santo: Os digo la verdad: os conviene que Yo me vaya. Si no me fuese, el Paráclito no vendrá a vosotros. Pero si me voy, os lo enviare (Jn 16, 7). Además, la tristeza se convertiría pronto en gozo, pensando: Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria (San Josemaría Escrivá).

Antes de la Ascensión, el Señor dijo a los apóstoles: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará (Mc 16, 15-16). Es el mandato imperativo de Cristo.

Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. “La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”. Se llama “apostolado” a “toda la actividad del Cuerpo Místico” que tiende a “propagar el Reino de Cristo por toda la tierra” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 863).

Sintamos, pues, la urgencia de evangelizar. Hemos recibido el mandato y la misión de anunciar la Buena Nueva, el mensaje de Cristo.

Al cumplirse el día de Pentecostés estaban los discípulos juntos en un lugar y se produjo de pronto un ruido venido del cielo, como de un viento impetuoso, que llenó toda la casa donde se encontraban. Aparecieron unas lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos ellos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extranjeras según el Espíritu Santo les inspiraba (Hch 2, 1-4).

El tercer misterio glorioso es la venida del Espíritu Santo. Jesús se fue y nos envió el Espíritu Santo, que viene a nosotros para santificar nuestra alma, pues quiere inhabitar en lo más íntimo de nuestro ser.

En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta a la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran “icono” es la escena de Pentecostés (San Juan Pablo II).

La Tercera Persona de la Santísima Trinidad transformó a los discípulos del Señor. Los evangelistas no ocultaron su miedo, sus respetos humanos…, que estaban escondidos por temor a los judíos. Y el mismo día de Pentecostés predican ante la muchedumbre, hablan de Cristo a miles de personas.

Para muchos esta Persona divina es desconocida. Pero tú y yo vamos a procurar tratarla, a dejar actuar dentro de nosotros, a quitar obstáculos para que realice en nuestras almas la obra de la santificación.

No vendrá el Espíritu Santo a ti, si no tienes hambre de Él, si no tienes deseos de Él. No te canses, pues, de invocarlo, aunque te parezca que lo esperas y no viene, aunque te parezca que lo llamas y no responde. Persevera siempre en los deseos y Él vendrá (San Juan de Ávila).

El Espíritu Santo nos enseña que, aunque avancen los años, podemos conservar la juventud espiritual. Nuestro testimonio cristiano debe ser siempre joven. Un verdadero testigo de Cristo no envejece nunca. En efecto, Cristo no envejece nunca, es el mismo “ayer, hoy y siempre”. Él nos da al Espíritu Santo, que nos rejuvenece espiritualmente y mantiene a la Iglesia en una permanente juventud.

En el cuarto misterio contemplamos la Asunción de María. La Inmaculada Madre de Dios, María siempre Virgen, una vez que hubo terminado el curso de su vida terrenal, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial (Pío XII).

A la gloria de su Hijo, que con la Ascensión fue puesto a la derecha del Padre, fue elevada Santa María con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne.

La Asunción es la anticipación en María del triunfo total de la gracia de Dios: en Ella ya ha sido vencido el último enemigo, que es la muerte. En la Virgen María brilla en plenitud la vida verdadera, que es la vida en Dios y para Dios, sin vicisitudes, sin riesgos y sin término. Para la Iglesia Católica esta verdad de fe constituye no sólo un recuerdo de un privilegio glorioso de la Madre de Dios -y Madre nuestra- sino una prenda de nuestra vocación de eternidad en Cristo.

La Virgen entra en el cielo. Allí estarían esperando las Tres Personas Divinas, para recibir a la que es Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo. Y también todos los ángeles para dar la bienvenida a su Reina. Y san José. ¡Qué alegría la del Santo Patriarca al encontrarse de nuevo con su Esposa! No faltarían al recibimiento ninguno de los santos (patriarcas, profetas, apóstoles, mártires), pues también para ellos llegaba al Cielo su Reina.

Y ahora es Ella la que nos espera. Está allí, intercediendo maternamente por cada uno de nosotros para que un día lleguemos a la gloria eterna.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo. Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles…, y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles…, y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos…, y todos los pecadores y tú y yo (San Josemaría Escrivá).

Hemos llegado al quinto misterio: la coronación de la Virgen. Y sale de lo más íntimo de nuestro ser esta súplica a la Virgen María: Haz, Señora, que, cumpliendo la ley de tu Hijo e imitando las virtudes de que nos distes tan alto ejemplo, merezcamos la gracia de rendirte vasallaje en unión con los ángeles y santos y alabarte y bendecirte en la gloria por toda la eternidad (Rafael de la Corte y Delgado).

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