Jesús en el huerto de Getsemaní

Jesús en el huerto de Getsemaní

Salió (Jesús) y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: “Orad, para no caer en tentación”. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo: “¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación (Lc 22, 39-46).

La Última Cena ha sido la despedida, rebosante de cariño hacia los suyos. Después va Jesús con ellos al huerto de los Olivos y allí ora al Padre. Es el momento de aceptar con obediencia de hijo la voluntad divina.

En Getsemaní Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Este “” de Cristo cambia el “no” de los primeros padres en el Edén (San Juan Pablo II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 22).

En los momentos importantes de su vida Jesús reza: vuelve los ojos al Padre y entabla con Él ese diálogo lleno de confianza, ese diálogo de amor. Y ahora, en el momento decisivo, recurre a la oración. También nosotros debemos acudir a Dios mediante la oración. Ésta es diálogo con el Señor: en esto han de traducirse nuestros ratos de oración mental. Una conversación de enamorados, en la que no puede haber lugar para la desgana o para las distracciones. Un coloquio que se aguarda con impaciencia, al que se acude con hambres de conocer mejor a Jesús y de tratarle. Una charla que se desarrolla con delicadezas de alma enamorada, y que se concluye con renovados deseos de vivir y trabajar sólo para el Señor (Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral XI.1987).

La oración del Señor, su plegaria, es un acto de abandono y de confianza. La confianza filial se prueba en la tribulación, particularmente cuando se ora pidiendo para sí o para los demás (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.734). Jesús reza y pide a sus discípulos que recen: orar es un medio imprescindible para superad las tentaciones y mantenernos fieles a Dios.

El Señor invita a los apóstoles: Orad, para no caer en tentación. Pero ellos no saben ofrecerle el consuelo de estar a su lado, al menos con la plegaria. El poco apoyo de sus discípulos, la visión de los tormentos, de la muerte amarga, hace que Jesús sienta tristeza y angustia hasta sudar gotas de sangre. Vemos en toda su profundidad la humanidad de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre que ha querido entregarse hasta el final. La tradición cristiana ha subrayado el sufrimiento del Señor por cargar con los pecados de los hombres.

La Humanidad Santísima del Señor aparece en este pasaje evangélico con toda su capacidad de sufrimiento: El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena: es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios (Santo Tomás Moro, La agonía de Cristo). La angustia es tal que Jesús es confortado por un ángel.

Podemos imaginar los sentimientos del Señor en aquellos momentos de agonía. Una mole abrumadora de pesares empezó a ocupar el cuerpo bendito y joven del Salvador. Sentía que la prueba era ahora ya algo inminente y que estaba a punto de volcarse sobre Él: el infiel y alevoso traidor, los enemigos enconados, las cuerdas y las cadenas, las calumnias, las blasfemias, las falsas acusaciones, las espinas y los golpes, los clavos y la cruz, las torturas horribles prolongadas durante horas. Sobre todo esto le abrumaba y dolía el espanto de los discípulos, (…) incluso el fin desgraciado del hombre que pérfidamente le traicionaba. Añadía además el inefable dolor de su Madre queridísima (Santo Tomás Moro, La agonía de Cristo).

En la carta apostólica Novo millennio ineunte, san Juan Pablo II escribió: La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipóstatica. Ante este misterio, debemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la “teología vivida” de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces espirituales que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como “noche oscura”. Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús. (…) Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: “Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo” (Santa Teresa del Niño Jesús, Últimos Coloquios. Cuaderno amarillo, 6 de julio de 1897) (nn. 26-27).

En Getsemaní, Jesucristo expresa su aceptación de su Pasión y muerte en la cruz, las afrentas que ha de padecer, en cumplimiento de los designios salvíficos de Dios. Como en otras ocasiones, el Señor enseña con la palabra y con el ejemplo. Recomienda a sus discípulos que oren, pero Él es el primero en hacer oración. La oración de Jesús en el huerto es una lección perfecta de abandono y de unión con la voluntad divina. Se identifica con la voluntad de Dios, la abraza.

Si es posible, aleja… Con estas palabras se ve lo costoso que le resultaba a Cristo la aceptación de su muerte afrentosísima. Si no es posible…, hágase tu voluntad. Avanzada la oración, su plegaria es un rendido abandono en la voluntad del Padre.

Jesucristo, en obediencia a la voluntad de su Padre, tomó sobre sí las iniquidades del mundo y se convirtió en víctima expiatoria. Sintió toda la agonía y tortura de aquellos que niegan la culpa o pecan impunemente y no hacen penitencia. Era el preludio de la terrible deserción que Él había de soportar y pagar a la justicia de su Padre, la deuda debida por nosotros; ser tratado como un pecador aunque en Él no había pecado. Fue esto lo que ocasionaba su agonía, la agonía más grande que jamás haya visto el mundo.

San Lucas comienza y termina la narración de la oración de Jesús en Getsemaní con la recomendación que hace el Señor a los apóstoles de orar para no caer en la tentación. Sobre la tentación hay que decir que todos los personajes más importantes de la Historia Sagrada han sido tentados: Nuestros primeros padres, Abrahán, Moisés, David, el mismo pueblo elegido. Cristo nos ha enseñado, en el Padrenuestro, a pedir a Dios que nos ayude con su gracia para no caer a la hora de la tentación. Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos, al permitir ser tentado por el diablo en el desierto, cómo hemos de pelear y vencer cuando nos vengan tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

El Señor -movido por el Espíritu Santo- se retira a la soledad durante cuarenta días, completamente dedicado a la oración. En medio de aquellos parajes, experimentará el hambre y la sed y sufrirá luego los embates del demonio, que intentará apartarle del cumplimiento de la misión redentora. Cristo rechaza todas las tentaciones y nos enseña que la oración y la penitencia son las armas que permiten superar siempre los asaltos del enemigo (Mons. Javier Echevarría, Carta pastoral 1.III.1998).

San Marcos pone velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mc 14, 38). Y comenta san Francisco de Sales: Si el Señor nos dijera solamente “velad”, pensaríamos que podríamos hacerlo todo nosotros mismos; pero cuando añade “orad”, nos muestra que, si Él no cuida de nuestras almas en el tiempo de la tentación, en vano velarán quienes cuiden de ella (Tratado del amor de Dios).

La carne es débil. Hay personas que se justifican de sus caídas diciendo que la carne es débil. No es excusa. Precisamente por eso, porque la carne es débil, hay que luchar más, poner los medios para mantener el alma limpia, para no caer en la tentación. San Pablo escribe: Las obras de la carne son manifiestas, las cuales son adulterio, fornicación, deshonestidad, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, enojos, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y cosas semejantes. Sobre las cuales os prevengo, como ya tengo dicho, que los que tales cosas hacen no alcanzarán el reino de Dios (Ga 5, 19-21).

Cuando vengan tentaciones contra la santa pureza, hay que rezar para no caer en la tentación. No se puede llevar una vida limpia sin la asistencia divina. Dios quiere que seamos humildes y pidamos su socorro. Debes suplicar confiadamente a la Virgen, ahora mismo, en la soledad acompañada de tu corazón, sin ruido de palabras: Madre mía, este pobre corazón mío se subleva tontamente… Si tú no me proteges… Y te amparará para que lo guardes puro y recorras el camino al que Dios te ha llamado (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 180).

Hemos de mirar al Señor en Getsemaní, pero también hay que mirar a los que le acompañaron y se quedaron dormidos. Hoy, como ayer, podemos dejarle solo mientras otros se apresuran a combatirlo. Escribió santo Tomás Moro en la Torre de Londres, donde estaba prisionero: Vuelve Cristo por tercera vez adonde están sus Apóstoles, y allí los encuentra sepultados en el sueño, a pesar del mandato que les había dado de vigilar y rezar ante el peligro que se cernía. Al mismo tiempo, Judas el traidor, se mantenía bien despierto. (…) Son muchos los que se duermen en la tarea de sembrar virtudes entre la gente y mantener la verdadera doctrina, mientras que los enemigos de Cristo, con objeto de sembrar el vicio y desarraigar la fe (…), se mantienen bien despiertos (La agonía de Cristo).

Aparta de nosotros, Señor, el sueño. Haz que estemos siempre bien despiertos, vigilantes; que seamos almas de oración y que cumplamos, como Tú, la voluntad de Dios, aunque a veces sea costosa. Te lo pedimos por la intercesión de tu Madre y Madre nuestra, Santa María.

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