Jesús traicionado por Judas, es arrestado

Jesús traicionado por Judas, es arrestado

Todavía estaba hablando, cuando apareció una turba; iba a la cabeza el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” Viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron: “Señor, ¿herimos con la espada?” Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino, diciendo: “Dejadlo, basta”. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él: “¿Habéis salido con espadas y palos como en busca de un bandido? Estando a diario en el templo con vosotros, no me prendisteis. Pero esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas” (Lc 22, 47-53).

Los cuatro evangelistas narran este acontecimiento que tan vivamente debió quedar grabado en sus mentes. A Jesús le entrega uno de los doce apóstoles, uno de sus amigos íntimos, que en Getsemaní va a la cabeza de los enemigos del Señor.

Judas Iscariote había sido elegido personalmente por Cristo. Era de los Doce, del grupo inicial que más cerca estuvo de Él: vio sus milagros, escuchó sus palabras de vida. El Señor había tenido con él gestos de confianza y predilección. ¿Y cuál es la respuesta? La traición. Judas vende a Jesús por dinero; cambia su amistad por unas monedas. Y la traición, como ocurre en tantas ocasiones, trata de ocultarse con el disfraz, se viste de apariencia: con un beso, gesto de amor y amistad, Judas entrega a su Maestro.

El día anterior al de la Última Cena, Judas se reúne con los enemigos de Cristo. Entonces, uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes a decirles: -¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba la ocasión propicia para entregárselo (Mt 26 14-16). Este episodio no puede dejar de ser un toque de atención para nosotros: Hoy muchos miran con horror el crimen de Judas, como cruel y sacrílego, que vendió por dinero a su Maestro y a su Dios; y, sin embargo, no se dan cuenta de que, cuando menosprecian por intereses humanos los derechos de la caridad y de la verdad, traicionan a Dios, que es la caridad y la verdad misma (San Beda, Homilía sobre el Evangelio según san Lucas).

Desde algún tiempo antes de su traición, Judas se fue separando poco a poco de Jesús. Dejó de vibrar como al principio, ante los horizontes sobrenaturales que el Maestro abría a sus discípulos. Cada vez con más frecuencia, disentía en su interior de las enseñanzas y del espíritu de Jesucristo; en ocasiones, incluso lo manifestó exteriormente, como cuando María de Betania derramó un rico perfume sobre los pies del Señor. Jesús intentó por todos los medios recuperar su amistad; la última vez, en el huerto donde Nuestro Señor se había recogido en oración. Pero Judas no reaccionó y se obcecó en el mal.

San Juan narra la unción de Jesús en Betania. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del perfume. Dijo Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo iba a entregar: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?” Pero esto lo dijo no porque él se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella (Jn 12, 3-6). Para Judas era un despilfarro gastar aquel perfume en ungir a Jesús. Actualmente hay también personas que se escandalizan -escándalo farisaico- de que se utilicen materiales nobles y ricos en la liturgia. María de Betania nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto a Dios. Escribió san Josemaría Escrivá: Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. -Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: opus enim bonum operata est in me -una buena obra ha hecho conmigo (Camino, n. 527). ¡Cuánta hipocresía hay en muchos que, como Judas, aducen falsamente motivos nobles para no dar a Dios el honor debido!

Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? El beso es signo de amistad y veneración, pero Judas lo utiliza en señal de traición. Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó, hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. El criado se llamaba Malco (Jn 18, 10). Jesús, tocándole la oreja, lo curó. Aquí vemos la misericordia del Señor que cura al criado herido. Pero también Cristo intenta recuperar al apóstol infiel. Lo que le dice en forma de pregunta es para que recapacite y se convierta. Después de ver de cuántas maneras mostró Dios su misericordia con Judas, que de apóstol había pasado a traidor, al ver con cuánta frecuencia le invitó al perdón, y no permitió que pereciera sino porque él mismo quiso desesperar, no hay razón alguna en esta vida para que nadie, aunque sea como Judas, haya de desesperar del perdón (Santo Tomás Moro, La agonía del Señor).

El apóstol traidor -Judas Iscariote- ante la condena de Jesús siente remordimiento y reconoce su pecado. Pero le faltó la esperanza del perdón y se ahorcó. Ningún pecado, aunque sea un abismo de corrupción, agotará mi Misericordia. Aunque el alma sea como un cadáver en plena putrefacción, y no tenga humanamente ningún remedio, ante Dios sí lo tiene (Palabras de Jesús a santa Faustina Kowalska, recogidas por la santa en su Diario). Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia -porque el Señor es fiel a sus promesas- y a su misericordia (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.091).

Judas se ve abandonado por aquellos que han sido cómplices de su traición. Y no teniendo ningún asidero en el que apoyarse, por haber rechazado el único que podía dárselo, arroja al suelo del Templo las monedas de plata, precio de su traición, con la misma fuerza con la que hubiera deseado arrojar de sí el pecado cometido. La tragedia de Judas consiste en que, conociendo el error de su conducta, en lugar de esperar en la misericordia del Maestro -él, que ha sido testigo de ella tantas veces- se desespera: fue y se ahorcó, relata escuetamente el Evangelio.

En el prendimiento del Señor se ve su grandeza. Jesús es apresado a escondidas –como contra un ladrón-, por un gran gentío, aunque una sola petición suya al Padre echaría por tierra aquellos planes –¿O piensas que no puedo acudir a mi Padre y al instante pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles? (Mt 26, 53)-. No ofrece resistencia, se entrega porque quiere, porque su decisión de cumplir las Escrituras –¿cómo se van a cumplir las Escrituras, según las cuales tiene que suceder así? (Mt 26, 54)- es irrevocable aunque sea con la entrega de su vida. Porque, siendo Dios, se hizo hombre y con su voluntad humana se sometió, haciéndose obediente a ti, Dios, su Padre (San Juan Damasceno, Exposición de la fe).

Jesús, que sabía todo lo que iba a ocurrir, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscáis?” “A Jesús el Nazareno” le respondieron. Jesús les contestó: “Yo soy”. Judas, el que le iba a entregar, estaba con ellos. Cuando les dijo: “Yo soy”, se echaron hacia atrás y cayeron en tierra (Jn 18, 4-6). Esta escena evoca el Salmo 56: Retrocederán mis enemigos, el día en que yo invoque (v. 10), y hace resplandecer la majestad de Cristo que se entrega voluntaria y libremente. Si Él no lo hubiera permitido, nunca hubieran realizado su intento de apresarle, pero tampoco Él hubiera cumplido su misión. Ellos buscaban con odio al que querían matar; Jesús en cambio, nos buscaba con amor queriendo morir (San Agustín, Comentario al Evangelio según san Juan).

El Señor es maniatado, a empellones le lleva aquella turba que le odia. Sus enemigos le conducen entre insultos y carcajadas, le tratan con una brutalidad feroz. San Josemaría Escrivá comenta este pasaje de la pasión: ¡Cadenas de Jesús! Cadenas, que voluntariamente se dejó Él poner, atadme, hacedme sufrir con mi Señor, para que este cuerpo de muerte se humille… Porque -no hay término medio- o le aniquilo o me envilece. Más valer ser esclavo de Dios que esclavo de mi carne (Via Crucis, I Estación, punto de meditación 2).

Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas. El arresto de Jesús es la aparente victoria del diablo. En muchas ocasiones el Señor había dicho a sus enemigos que nada podían hacerle hasta que llegara su “hora”. Y en ese momento del prendimiento es cuando llega. Era la hora en que el maligno podía apagar la luz del mundo. El mal tiene su hora; Dios tiene su día. Aquél que, cuando asumió una naturaleza humana en Belén, fue envuelto en pañales y colocado en un pesebre, ahora va atado con cuerdas. En una ocasión, cuando los oficiales del Templo trataron de prenderle, quedaron prendidos por la fuerza de sus palabras, por la elocuencia del Maestro; ahora se sometía porque su hora había llegado. Pero la victoria definitiva es de Cristo, que vence al pecado, al diablo y a la misma muerte.

¿Y los apóstoles? Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron (Mt 26, 56). Lo que el Señor había profetizado, se cumplió al pie de la letra. Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche, porque escrito está: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño” (Mt 26, 31). Antes de su Pasión y Muerte, Jesús previno a sus discípulos, y en especial a Pedro: se escandalizarán, le dejarán solo. Ellos aman a su Maestro; lo han dejado todo por seguirlo. Han confesado que Jesús es el Mesías, pero no han sabido entender que su mesianismo es del Siervo sufriente profetizado por Isaías. Ahora los acontecimientos les harán ver que el Señor es el Varón de dolores, el Siervo de Yavé doliente. Pero, aún así, se resisten en aceptarlo. Pedro, generoso, asegura que nunca negará a Jesús, pero débil, lo hará. Los demás apóstoles le abandonan. De ahí aprendemos una gran verdad, y es que no basta la voluntad del hombre, si no nos asiste la ayuda de lo alto (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el Evangelio según san Juan).

Cuando arrestaron a Jesús, un joven que se cubría el cuerpo tan solo con una sábana, le seguía. Y lo agarraron. Pero él soltando la sábana, se escapó desnudo (Mc 14, 51-52). Parece ser que este joven era san Marcos, pues es el único evangelista que habla de él. Aunque sea apócrifo este es el testimonio del joven: Durante un momento fui testigo de la agonía -sí, agonía- del Señor, pero después, vencido por el sueño me tendí en el suelo para dormir. Como hacía calor, me quité la túnica, y envuelto con una sábana pronto concilié el sueño. Pero no debía haber pasado mucho tiempo cuando me desperté por el alboroto de la gente que fue a prender a Jesús. Presencié como Judas Iscariote, el traidor, besó a Jesús, y a Pedro sacar una espada y herir a uno de aquella turba. Observé cómo arrestaron al Señor, mientras sus discípulos, abandonándole, emprendieron una rápida huida. Yo hubiera querido hacer algo para defenderle, y empecé a seguirle. Fue entonces cuando se dieron cuenta de mi presencia y me agarraron, pero yo soltando la sábana me escapé.

Pidamos a la Virgen María su ayuda para que nunca nos alejemos de Cristo.

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