Jesús es condenado a muerte por el Sanedrín

Jesús es condenado a muerte por el Sanedrín

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon: “Éste ha dicho: ‘Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’”. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: “¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?” Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: “Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús le respondió: “Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo”. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: “Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de oír testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?” Y ellos contestaron: “Es reo de muerte”. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo: “Haz de profeta, Mesías; dinos quien te ha pegado” (Mt 26, 59-68).

Los judíos principales buscan cómo deshacerse de Jesús y ahora se les presenta la ocasión. No quieren dejarla pasar, por eso le acusan injustamente y de noche le condenan.

En estas horas turbias y oscuras van a condenar a muerte al Señor. Quieren matarle, y han amañado el juicio. Lo de menos es si aquel hombre es o no inocente; ellos sólo reparan en que Jesús va contra sus intereses. Y aunque la Ley prohibía juzgar de noche, y sin oír la defensa del reo, no se detienen ante nada: convocan el Sanedrín. No les importa la verdad. Por eso, Jesús calla. Y ahora, que lo vemos frente a sus acusadores, llenos de envidia y de odio, nos conmueve todavía más ese silencio del Señor ante la acusación injusta. Nosotros, que tantas veces buscamos quedar bien, porque la verdad resulta tantas veces incómoda, sentimos el reproche de ese silencio.

El Sanedrín era el supremo Consejo de Notables de Israel después del exilio del Pueblo elegido en Babilonia, presidido por el sumo sacerdote. En tiempos del Señor este tribunal supremo de justicia estaba constituido por 72 jueces, uno de ellos, el sumo sacerdote.

Cuando Jesucristo resucitó a Lázaro muchos judíos creyeron en Él, pero otros fueron a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín: “¿Qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos signos?” -decían-. “Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación”. Uno de ellos, Caifás, que aquel año era sumo sacerdote, les dijo: “Vosotros no sabéis nada, ni os dais cuenta de que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación”. Pero esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos. Así, desde aquel día decidieron darle muerte (Jn 11, 45-53).

Cuando san Juan afirma que Cristo iba a morir para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos, se refiere a lo que el Señor había dicho acerca de los efectos salvíficos de su muerte. Ya los profetas habían anunciado la futura congregación de los israelitas fieles a Dios para formar el nuevo pueblo de Israel. Estos vaticinios se cumplieron con la muerte de Cristo que, al ser exaltado en la cruz, atrae y reúne al verdadero Pueblo de Dios, formado por todos los creyentes, sean o no israelitas.

Decidida la muerte del Señor, sus enemigos acordaron apoderarse de Jesús con engaño; y habían dado órdenes de que si alguien sabía dónde estaba, lo denunciase, para poderlo prender. Pero dijeron: Que no sea durante la fiesta, para que no se produzca alboroto entre el pueblo (Mt 26, 5). Buscaban el modo de prender a Jesús y encontraron un aliado inesperado en Judas Iscariote. Que las autoridades de Israel quisieran evitar el alboroto del pueblo indica la popularidad del Señor; que quisieran prenderlo “con engaño” es ya la primera de las afrentas que le hacen a Cristo en el proceso. Después le siguen otras muchas: el soborno a un traidor, los falsos testimonios de la condena, las burlas en la cruz, etc.; y, todo, “por envidia”.

En casa de Caifás los príncipes de los sacerdotes y el Sanedrín acusan a Cristo de alborotador y el título de la condena de Pilato será haberse proclamado “Rey de los Judíos”. Los tres evangelios sinópticos coinciden en señalar que la acusación se refería a sus palabras sobre el Templo. Las palabras “destruid este Templo y yo lo reconstruiré en tres días” (Jn 2, 19) parecen estar en relación con aquellas otras referidas por Mateo y Marcos, y que los falsos testigos pronuncian al final del evangelio contra nuestro Señor Jesucristo. Él hablaba del Templo de su cuerpo; éstos por el contrario aplican sus palabras al Templo hecho de piedras (Orígenes, Comentario al Evangelio según san Juan).

Aunque el cargo sea falso, la condena a muerte de Jesús conduce al sacrificio de la cruz y, por tanto, al verdadero culto en el nuevo Templo. Enseña el Magisterio de la Iglesia: Lejos de haber sido hostil al Templo, donde expuso lo esencial de su enseñanza, Jesús quiso pagar el impuesto al Templo asociándose con Pedro, a quien acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia. Aún más, se identificó con el Templo presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres. Por eso su muerte corporal anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: “Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn 4, 21) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 586).

San Mateo narra la serie de afrentas que sufre Jesús cuando es juzgado por el Sanedrín. Primero es acusado falsamente y después se le incrimina con una frase sacada del contexto. ¡Cuánto cuidado debemos tener con los juicios precipitados! Juicios que pueden ser temerarios. También hay que cuidar no sacar las cosas de su contexto.

Frente a las acusaciones Jesús permanecer callado, domina la situación con su silencio. Todos hablan y Él calla. Sólo hablará para decir que Él es el Cristo, el Mesías; luego cerrará sus labios y soportará en silencio que le escupan a la cara y jueguen con Él. El Señor está recogido en su interior y piensa que nos está redimiendo a cada hombre en particular; a los que en aquellos momentos se burlan de Él y a todos nosotros. Tiene presentes nuestros pecados y nuestras resurrecciones.

Jesús… callado. -Jesus autem tacebat-. -¿Por qué hablas tú, para consolarte o para sincerarte? Calla. -Busca la alegría en los desprecios: siempre te harán menos de lo que mereces. -Puedes tú acaso, preguntar: “quid enim mali feci?” -¿qué mal he hecho? (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 671).

Cuando el sumo sacerdote le conjura a que diga si es el Mesías, el Hijo de Dios, su confesión mesiánica le vale la inculpación de blasfemo, la condena a muerte y las burlas de los criados. El Señor es acusado con falsedades, pero confiesa la verdad y por ello es condenado a muerte por el sumo sacerdote. Cristo afirmó que es el Mesías, y añadió: Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo. Con estas palabras evoca al Juicio Final; el que ahora es juzgado, será quien juzgará después.

Las acusaciones del Sanedrín son tan inconsistentes que no pueden ofrecer un pretexto razonable para condenarlo. Pero obtienen del Señor una declaración comprometedora. Jesús -aun conociendo que con su respuesta les ofrece el pretexto que buscan- afirma con toda gravedad no sólo que es el Cristo, sino que es el Hijo de Dios. Los sanedritas captan la contestación de Jesús pero piden su muerte: debe morir por blasfemo. Para aceptar la confesión de Jesús les era necesaria una fe que no tenían.

En el evangelio según san Juan se habla de lo que ocurrió en casa de Anás, suegro de Caifás. Allí el sumo sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina. El Señor contestó. Insiste en el carácter público y notorio de su predicación y de su conducta. Todo el pueblo ha podido escuchar sus palabras y contemplar sus milagros, de ahí que le hayan aclamado como Mesías. Los mismos pontífices habían vigilado su actividad en el Templo y en las sinagogas, pero, como no quieren ver, ni creer, atribuyen algo oculto y siniestro a los planes de Jesús.

Inmediatamente después de responder Cristo, uno de los servidores que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: “¿Así es como respondes al sumo sacerdote?” Jesús le contestó: “Si he hablado mal, da testimonio de lo que está mal; pero si bien, ¿por qué me pegas?” (Jn 18, 22-23). Esta bofetada inesperada, sin justificación, a un hombre indefenso es una de las acciones más cobardes y que más deshonra a quien la comete. Conviene insistir en esto. El Señor aguantó en silencio otras y peores afrentas, pero ésta, no. Es un aviso. Esos ataques a la Iglesia, las persecuciones contra los cristianos, no quedarán impunes delante de Dios.

Limitarse a lamentar alguna situación que ofende a Dios, resulta estéril. En cambio, un acto de desagravio tiene un valor grandísimo. Ahoguemos el mal en abundancia de bien. Y defendamos siempre con valentía nuestra fe católica. No callemos cuando haya que hablar.

En las Escrituras se dice: Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí mismos (Hb 4, 6). Más claro, agua. Y no sólo crucificar al Señor, sino también azotarle, coronarle de espinas, abofetearle, burlarse de Él… Todos somos pecadores y todos debemos acudir a la misericordia de Dios con verdadera contrición. Y le dirán… ¿qué heridas son ésas que llevas en las manos? Y Él responderán: Estas llagas que ensangrientan mis manos me la hicieron en la casa de aquellos que me amaban (Za 13, 6).

Pidamos al Señor el santo temor de Dios que es uno de los siete dones del Espíritu Santo. Y es temor de disgustar a Dios, a ese Dios que es Padre. Si todavía un enemigo me ultrajare, podría soportarlo… pero tú, mi compañero, mi íntimo, con quien me unía por lazos de amistad… (Sal 54, 13-15). Tengamos piel fina.

Santa María no sólo guardaba en su corazón los hechos de la infancia de su Hijo, sino los de toda la vida del Señor, también estos acontecimientos de la Pasión. Consideremos la Pasión de Cristo que nos servirá para la contrición.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s