La torre de Babel

La torre de Babel

La historia de la torre de Babel está narrada en el Génesis. Toda la tierra hablaba una misma lengua con las mismas palabras. Al emigrar los hombres desde Oriente, encontraron una llanura en la tierra de Senaar y se establecieron allí. Se dijeron unos a otros: “Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos al fuego”. Y emplearon ladrillos en vez de piedras, y alquitrán en vez de argamasa. Después dijeron: “Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance el cielo, para hacernos un nombre, no sea que nos dispersemos por la superficie de la tierra”. El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres. Y el Señor dijo: “Puesto que son un solo pueblo con una sola lengua y esto no es que el comienzo de su actividad, ahora nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Bajemos, pues, y confundamos allí su lengua, de modo que ninguna entienda la lengua del prójimo”. El Señor los dispersó de allí por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó el Señor por la superficie de la tierra (Gn 11, 1-9).

San Juan Pablo II comentó sobre la torre de Babel: De la narración bíblica referente a la construcción de la torre de Babel emerge un primer elemento que nos ayuda a comprender el pecado: los hombres han pretendido edificar una ciudad, reunirse en un conjunto social, ser fuertes y poderosos sin Dios, o incluso contra Dios. En este sentido, la narración del primer pecado en el Edén y la narración de Babel, a pesar de sus notables diferencias de contenido y de forma entre ellas, tienen un punto de convergencia: en ambas nos encontramos ante una exclusión de Dios, por la oposición frontal a un mandamiento suyo, por un gesto de rivalidad hacia Él, por la engañosa pretensión de ser “como Él”. En la narración de Babel la exclusión de Dios no aparece en clave de contraste con Él, sino como olvido e indiferencia ante Él; como si Dios no merecieses ningún interés en el ámbito del proyecto operativo y asociativo del hombre. Pero en ambos casos la relación con Dios es rota con violencia. En el caso del Edén aparece en toda su gravedad y dramaticidad lo que constituye la esencia más íntima y más oscura del pecado: la desobediencia a Dios, a su ley, a la norma moral que Él dio al hombre, escribiéndola en el corazón y confirmándola y perfeccionándola con la revelación (Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 14).

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